Mujeres que bailan

“No hay nada más peligroso que una mujer que baila.”

Eso lo dice el juez inquisidor Rostegui (Alex Brendemühl) al boquiabierto Padre Cristóbal (Asier Oruesagasti).

Rostegui y un grupo de soldados, además de Salazar (Daniel Fanego), su escribano, y un hombre al que solo conoceremos con el mote de cirujano (Daniel Chamorro), llevan meses deteniéndose en varios pueblos de provincias. Van en una misión que presumen sagrada: luego de constantes reclamos al rey por cosechas perdidas, por ganado que no da leche, por embarazos malogrados y hasta por climas inexplicables, se ha concluido que el origen de todo es diabólico.

Según ellos, Lucifer está recorriendo el reino español. Va deteniéndose en cada pueblo para ejecutar sus malignas obras. Y es ayudado, claro, por mujeres. Lucifer escoge siempre a las más jóvenes, a las de espíritu libre. Esas que gustan de salir solas para beber, cantar, bailar, fumar, charlar y comer sin la compañía de algún hombre o sin la supervisión de alguna señora. Eso que hacen solas, dice Rostegui, es el Sabbat. Solo que ningún hombre lo ha visto. Las únicas que saben cómo es, qué se hace, en dónde se celebra, son ellas, las mujeres. Ellas lo confiesan luego de horas y horas de interrogación. Dicha interrogación incluye la búsqueda de “la marca de la bestia”: según el cirujano, hay una parte de su cuerpo en la que las mujeres no sienten dolor. Él lo encontrará clavándole aquí y allá una aguja larga. Ese, dice el cirujano, es el lugar dónde las tocó Lucifer.

Esa es la premisa de Akelarre (2020, España y Argentina), película dirigida y co-escrita por Pablo Agüero (1977, Mendoza), con guion también escrito por Katell Guillou.

1609 es el año en el que suceden los hechos que narra la cinta.

Estamos en la región Vasca. Los inquisidores llegan a un pueblo de costeño con mala fama. Las mujeres pasan más de medio año solas, les explica el padre Cristóbal. Los hombres se hacen a la mar y duran meses pescando. Mientras, las mujeres andan de aquí para allá sin supervisión masculina y sin que el cada vez más apesadumbrado sacerdote pueda hacer algo.

Para colmo, hablan vasco. Lengua no cristiana, ladra Rostegui.

Luego de capturar a seis jóvenes cuyo único delito fue robarse la leche de una cabra, los inquisidores las encierran y sin informarles la razón por la que están ahí, van interrogando una a una. Es Ana (Amaia Aberasturi) la que, tras ver que aquello no es un juego y que lo que sí está en juego es su vida, elabora un plan: todas saben que los hombres del pueblo suelen regresar días después de luna llena, y que llegan a ponerse violentos cuando la situación obliga. Ya ha pasado, de ahí la tal mala fama del pueblo. Así que ellas deberán hacer tiempo. Y para ello, el plan es engatusar a los inquisidores con cantos, relatos y actuaciones. Darles lo que quieren: el Sabbat. Porque de no hacerlo, están seguras de que ellos las harán firmar confesiones forzadas, que les dictarán sentencia pronta y luego, las harán arder en una hoguera.

Akelarre (que es el término euskera para referirse al Sabbat, según nos enteramos en un momento de la película) hace una relectura de Las Mil y una Noches. Solo que la Scheherezade de esta historia es esa Ana joven, inteligente, aguerrida, bella, que de inmediato nota una flaqueza en el “duro” inquisidor: ha quedado prendado de ella.

¿Podrá valerse de eso para salvar su vida y la de las otras mujeres?

Akelarre no es un cuento de horror. Es uno sobre el terror del que se valió la corona española y la iglesia para querer “borrar” toda diversidad cultural en las provincias. Y aunque se entiende que lo que ocupa el centro del discurso es remarcar, y con marcador grueso, la desventaja histórica que siempre ha tenido la mujer ante el gobierno de los hombres; eso no deja a un lado que estamos también ante un alegato sobre lo peor que tiene todo colonialismo: la imposición tanto de credos, de cultura, de modos y de formas.

Y, bueno, también es un cuento que sirve para entender porque no se debe gritar tan a la ligera, como lo han hecho algunos políticos últimamente, aquello de: “¡Es una cacería de brujas!”.

Atentamente, el Duende Callejero

Una versión de este texto apareció en El Debate, en la columna Pista de Despegue, el 21 de marzo de 2021.


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