True Crime a la mexicana

Fotograma de El Profeta Mimi
Fotograma de El Profeta Mimi

Principios de los setenta, Centro Histórico de la Ciudad de México. Noche.

Una prostituta ataviada como la conocidísima Muerte de Posadas trastabilla por una calle.

Cerca de ella va un hombre alto, de paso corto y bien vestido.

Quizá el último cliente de la noche, quizá.

La prostituta se detiene y lo encara. Para eso, el par ya ha dejado la calle y ahora están en un callejón. El hombre escucha que la prostituta primero se le ofrece, luego, tras repasarlo de arriba para abajo con su acuosa mirada, se mofa de él.

Entonces, el hombre saca de sus bolsillos una corbata. Con ella la ahorca.

Cuando el cuerpo sin vida de la mujer cae, el hombre lanza un rezo y se da a la fuga.

Llega a su casa.

Vive en una vecindad con su anciana madre. Ellos tienen su propia historia violenta. De niño le tocó presenciar la muerte de su padre (Héctor Ortega). Lo mató su madre (Ofelia Guilmáin) de un balazo. A él y a la prostituta que había llevado a la casa al final de una juerga. Así terminó la pelea de esa noche. Su madre no quiso ver cómo su esposo fornicaba con la prostituta en el sillón de su sala.

Descubrimos que al hombre le gusta la ópera, los libros y aunque no va a misa o pertenece a un culto religioso, es capaz de citar pasajes enteros de La Biblia. Su nombre es Ángel Peñafiel, aunque todo mundo lo conoce como Mimi (Ignacio López Tarso).

También por su buen corazón. Desde niño se hizo cargo de su madre mientras purgaba su condena. Ahora trabaja como mecanógrafo. Escribe con su máquina lo que el cliente le pida y le pague. Suele no cobrarle a esas prostitutas que requieren sus servicios. La razón, nunca envía las cartas que ellas le piden que les escriba.

Algunas noches las pasa jugando ajedrez con el gallego encargado de un hotel en el que las prostitutas realizan su trabajo. Vive enamorado de su vecina, Rosita (Ana Martín), una joven cuyo sueño es largarse de la vecindad.

Y sí, él es ese asesino de prostitutas del que tanto hablan los diarios y las mujeres en la calle. Mimi sale a matar amparado por su creencia de que está haciéndoles un favor a esas mujeres. Librándolas de sus pecados y del dolor por vivir vendiendo su carne.

Nadie sospecha de él ¿Quién podría hacerlo? Mimi es de los que se quita el saco cuando ve a alguien pasar frío en la calle. También ha dejado de comer para regalar su comida a algún hambriento.

Rosita tiene un novio abusivo, Federico (Roberto “El Flaco” Guzmán), que se la tiene jurada a Mimi por las veces en las que se ha entrometido en sus asuntos. Y de noche, él sube a las azoteas para ver a Rosita desnuda. Por las mañanas, platica con ella. Le cuenta intimidades. Sueña con dejar a su madre, irse con Rosita. Quizá iniciar una familia. Ya no es joven, pero tiene fe.

Todo da un vuelco cuando conoce a Magdalena (Carmen Montejo), una solitaria y mal hablada señora que vive en un cuartucho en el techo de la vecindad. Con su desfachatez le desbarata esa idea de pecado y dolor en el que viven las prostitutas. Y buscando escapar del yugo de su correcto padre (Carlos Jordán), Rosita decide hacer la calle para juntar dinero y cumplir su sueño de largarse. Eso le rompe el corazón a Mimi.

Para colmo, conoce, y por sugerencia de Rosita, al Hermano Mackenzie (Ernesto Gómez Cruz), que con su iglesia new age está alborotando las buenas conciencias de los jóvenes.

El Profeta Mimi es el nombre de la película. Se estrenó en 1973. Dirección de José Estrada, guion del propio Estrada y Eduardo Luján. Forma parte de la colección Grandes Directores Mexicanos de los 70’s de Zima. Costó entre 15 y 20 pesos en un botadero de supermercado. Entiendo que está en streaming por ahí.

Cierto, su misoginia es tan elemental que raya en la caricatura. Los discursos del padre de Rosita corresponden a esos choros aleccionadores de la generación posterior al ‘68. La transformación de Rosita está cantada desde el inicio. Por ello, el desenlace no logra causar sorpresa.

Pero resaltar esos derrapes es tan válido como aplaudirle los logros. López Tarso está impresionante. También Montejo. Y Estrada logra transformar el Centro Histórico, escenario único de la película, en dos mundos. El de día, que se ve como un lugar apacible y hasta hermoso, y el de noche.

Una antesala de un infierno plagado de sombras, de demonios, de desolación.

Punto aparte le corresponde esas cuidadas escenas de asesinatos. Resaltando el segundo de ellos, que ocurre en un cuarto de hotel con las paredes de color rojo y en el que todo es visto desde un espejo, con una sombra de Mimi que a cada paso que da se agiganta.

¿Estamos ante uno de los primeros ejercicios de giallo a la mexicana?

Quizá. Y aunque Estrada citó en su momento a Psycho (1960) de Alfred Hitchcock como inspiración de su película, no debemos dejar fuera dos historias ocurridas realmente en ese Centro Histórico.

La de Goyo Cárdenas y la de Higinio Sobera de la Flor.

Dos hombres cuyas andanzas la escritora Norma Lazo relató en dos excelentes crónicas en su libro Sin Clemencia (2007).

Ellos fueron, indudablemente, la inspiración tras este Profeta Mimi que he vuelto a revisar.

Un true crime a la mexicana que vale la pena rastrear.

Atentamente, el Duende Callejero

(Días y) noches de furia

Pier Paolo Pasolini
Pier Paolo Pasolini

Recordemos ahora a Pier Paolo Pasolini (1922, Bolonia-1975, Via dell’Idroscalo), el realizador tras Salò o le 120 Giornate di Sodoma (1975).

Aún en nuestros días de descargas, piratería afuera de tiendas de conveniencia, streaming, Amazon, y rentas y compras en línea, Salò sigue siendo uno de los santos griales del cine de culto.

Parte de ese interés se debe al morbo por conocer la razón por la que, según algunos aficionados a las teorías de la conspiración, el cineasta fue asesinado.

Pasolini murió entre la noche del 1 y la madrugada del 2 de noviembre de 1975 en un paraje afuera de Roma.

Fue apaleado y atropellado con su propio auto, un Alfa Romeo GT 2000.

Según reportes oficiales, una mujer anónima que pasó por el lugar fue la que encontró el cuerpo y dio aviso a la policía.

Detuvieron a un joven pandillero conocido como La Rana, Pino Pelosi.

Él fue el único que cumplió condena por el asesinato. Cine años. Murió en julio del 2017, víctima del cáncer.

Pelosi fue detenido porque manejaba el auto de Pasolini a toda velocidad por la carretera de Ostia y en sentido contrario.

Iba drogado.

Al principio negó estar involucrado en el asesinato. Dijo que había encontrado el auto con todo y llaves y que solo se lo había llevado. Luego cambió su versión. Dijo que Pasolini le había propuesto tener sexo a cambio de dinero. Que él accedió porque quería comprar drogas, pero que luego se arrepintió.

No le gustó el trato que le dió el cineasta.

Solo que Pasolini no aceptó el rechazo. Lo agredió y él se defendió.

Fue por ese relato que Pelosi fue a la cárcel.

Las razones tras el asesinato siguen siendo poco claras. Circulan muchas historias, entre ellas que un grupo de políticos italianos conservadores no quería que Pasolini llegara a un puesto público.

El cineasta estaba incursionando en la política italiana, incluso había anunciado que Salò sería su última película porque ahora se concentraría en su carrera política.

Otra historia va que el asesinato fue el resultado de un conflicto amoroso con Pelosi. Que los dos ya se conocían y el asesinato se trató de un crimen pasional más.

Esa versión hasta el mismo Pelosi la negó.

Una final, también de Pelosi: la pareja sí llegó al paradero. Tuvieron sexo y luego él fue a orinar. Entonces, tres desconocidos aparecieron y golpearon y amenazaron a Pelosi.

Ellos fueron los que sacaron a Pasolini del auto y lo mataron a golpes mientras le gritaban: cerdo, comunista y maricón.

En fin…

Salò llegó a los cines de Italia el 10 de enero de 1976.

Basada en el libro homónimo del Marques de Sade, la trama del Salò de Pasolini sucede en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, en una villa en la que unos destacados miembros de la sociedad italiana llevan a un grupo de jóvenes para someterlos a sus deseos, reflejando con esos actos la depravación que según Pasolini, reinaba en la gloriosa Italia fascista de Mussolini.

En la película vemos castraciones, coprofagia, sodomía… El catálogo de perversiones es extenso.

Esas sórdidas imágenes es lo que la ha convertido en leyenda. Sin embargo, de vez en cuando convendría recordar que además de cineasta provocateur, el nacido en Bolonia también fue un furioso militante político de izquierda.

Tanto que el mismo partido de izquierda italiana lo vetó por su radicalismo.

Además, fue veterano de esa Segunda Guerra Mundial que tanto marcó su obra. Y crítico político y literario, poeta, dramaturgo, actor, y, claro, homosexual declarado en una época en la que eso significaba una muerte pública.

Hasta publicó unas novelas y algunos libros de cuentos. Y por ahí hasta le cuelgan un título francamente peligroso: filósofo.

Obviamente, también fue guionista. Y a finales de los cincuenta, uno de los trabajos con los que subsistía era o corrigiendo o escribiéndole guiones a esos directores italianos que estaban cosechando éxitos nacionales e internacionales: Federico Fellini y Mauro Bolognini.

Con Fellini co escribió dos obras mayores: Le Notti di Cabiria (1957) y, sin crédito, La Dolce Vita (1960).

Con Bolognini realizó varios proyectos al hilo, entre ellos uno realizado dos años antes de debutar como director con su polémica Accattone (1961).

Dicho proyecto, inspirado en su novela Ragazzi di Vita (1956), que en el año de su publicación le acarreó la primer demanda por obscenidad cortesía de un grupo político conservador que se sintió perturbado por la crudeza con la que Pasolini retrató los barrios bajos de Roma.

La Notte Brava (1959) es el título de esa cruda crónica sobre un día y una noche de furia en la vida de varios jóvenes romanos que buscan pasarla bien sin que les importen las consecuencias de sus actos.

Scintillone (Jean-Claude Brialy) y Ruggeretto (Laurent Terzieff) son dos amigos que inician su día levantando dos prostitutas rivales, Anna (Elsa Martinelli) y Supplizia (Antonella Lualdi), para luego llevárselas a un funeral.

Ahí buscan hablar con Mosciarella (Mario Meniconi), para ofrecerle un material robado del que les urge deshacerse.

El gánster los corre con la promesa de hablar otro día del asunto, pero ellos no quieren esperar.

Necesitan el dinero para sus putas, para la noche.

A la salida del funeral encuentran a Gino (Franco Interlengui), que alcanzó a escucharlos y les ofrece ayuda a cambio de un porcentaje. Solo que el contacto de Gino está en la ruina, la depresión tras la guerra lo ha secado completamente, así que los jóvenes, con todo y las mujeres, que se están aburriendo cada vez más y no ven cómo sacarán dinero de esa temprana aventura, se quedan sin nada, riñendo nada más.

Fotograma de La Notte Brava
Fotograma de La Notte Brava

Los jóvenes acaban vendiendo el material, unos rifles robados a la policía, a un sordo (Piero Palmisano) que en ese momento está acompañado por una mujer, Nicoletta (Anna-Maria Ferrero).

El dinero que ganan es suficiente como para augurar el deseado derroche.

Para celebrar, el trío llevan al campo a las mujeres. Allá cada joven se desaparece con una y sin ponerse de acuerdo vemos cómo les va llenando la cabeza de promesas de hogares, sustento, de dejar la calle y demás, para luego del acostón dejarlas sin paga y en medio del campo.

En el camino de regreso, en plena discusión sobre cómo repartirse el dinero sobrante, los jóvenes se dan cuenta de que las mujeres les han robado, así que deciden regresar por la noche al lugar en el que las encontraron no para que les devuelvan el dinero, sino para vengarse.

En La Notte Brava podemos ver claramente esa intención demoledora de dejar atrás a ese orgullo nacional que era el neorrealismo y la enorme sombra de Roberto Rossellini.

Empresa que ni el mismísimo Fellini se había prestado a realizar.

Para Bolognini y Pasolini, más que ese retrato romántico del aquí y el ahora que cuenta esa historia del hombre común y corriente, el verdadero nuevo realismo debía escupir sangre y vísceras sin que les importara ni el qué dirá el espectador, ni la realidad misma.

Para eso el cine es un arte. Esa era su mantra.

Obviamente La Notte Brava no es aún la tesis de ese realismo sucio que luego trabajaría y perfeccionaría Pasolini por su cuenta.

La película es de Bolognini y sigue esa senda que fue marcada por títulos como: Giovani Mariti (1958) y La Giornata Balorda (1960). Senda que podría resumirse en el recuento de relatos sostenidos por noches caóticas, vividas por personajes caóticos que ni buscan su lugar en el mundo ni les preocupa encontrarlo.

Solo viven lo que viven sin pedir permiso o pedir perdón, pero siempre con una sonrisa en los labios.

Eso sí, indudablemente La Notte Brava es esa piedra de toque que en años posteriores tendría sus ecos en películas como À bout de Souffle de Jean-Luc Godard (1960), Los Caifanes de Juan Ibáñez (1967), Who’s Knocking at my Door? de Martin Scorsese (1967), en A Clockwork Orange de Stanley Kubrick (1971) y en la filmografía de Larry Clark.

Quizá por esa razón el propio Pasolini se decidió hacer su remake con la que sería su primer película: Accattone.

Lo mejor de este asunto: La Notte Brava no es tan difícil de encontrar.

Así que, buona caccia.

Atentamente, el Duende Callejero

El podcast nuestro de cada domingo, I

Marlon & Jake read dead people
Marlon & Jake read dead people

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno. Que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que suelo escuchar durante la semana.

Esta es la primer recomendación.

Marlon & Jake Read Dead People.

Estrenado a finales de enero del 2020, el podcast reúne al laureado escritor jamaiquino Marlon James y al editor Jake Morrissey de Riverhead Books. El par habla de lecturas, de películas, de personajes. Todo con una sola regla: que sus autores estén muertos.

En entrevista para The New York Times publicada el año pasado, James dijo que el podcast es la consecuencia de tantos años de discusiones públicas y privadas sobre qué libros recomiendan leer.

The thing they noticed was that we were always arguing about no-longer-living authors as if they just wrote a book last week.

Ajeno a cualquier tufillo académico o desliz chabacano, alternando la pedantería de James con el estoicismo de Morrissey, Marlon & Jake Read Dead People acaba de estrenar lo que llaman segunda temporada luego de los ocho episodios y la coda del año pasado.

Aquí les dejo el primer episodio de la llamada segunda temporada.

El consentimiento

Fotograma de A Serious Man

De nuevo, al pasado ¿Me acompañan?…

En concreto, al decimocuarto largometraje, A Serious Man (2009, Estados Unidos, Inglaterra y Francia), de los hermanos Joel y Ethan Coen, donde vuelven a adeñuarse de una historia del dominio público para montar su trama.

Recordemos, hace años tomaron unas cuantas escenas de La Odisea de Homero y las insertaron en O Brother, Where Art Thou? (2000). Antes se adueñaron de una anécdota del dramaturgo Clifford Odets para su Barton Fink (1991). Sin embargo, lo que la distingue A Serious Man del resto de su filmografía es que aquí hacen algo que permanece inédito en su filmografía.

Verán, luego de cubrir varios puntos de la geografía estadounidense del siglo XX relatando ironías que solo podrían pasarle a ciertas personas que viviera en ciertas regiones y en ciertos momentos, ahora el relato que pertrecha el par se vuelve personal.

A Serious Man se sitúa en un pueblo de su natal Minnesota, repitiendo parte de lo que hicieron con Fargo (1996), solo que a finales de los sesenta. Justo en esa época en la que los hermanos dejaban la niñez y entraban en la adolescencia.

Estamos en una comunidad judía clasemediera como en la que ellos vivieron, y para colmo acompañando a un personaje, Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg), dedicado a la academia. Profesión de Edward Coen, padre de Joel y Ethan.

Curiosamente ante una historia que parece tan personal, uno esperaría que los Coen se explayaran con esa conocidísima marca de la casa: por más desventuras que le pasen sus criaturas, al final ninguna quedará desvalida. Recordemos lo que dijo el vaquero anónimo (Sam Elliot) en The Big Lebowski (1998): I guess that’s the way the whole durned human comedy keeps perpetuatin’ itself.

Pero, sorpresa, estamos ante su película más visceral. Una que se toma sus momento para gritar ¿Carajo, qué es lo que Dios quiere de nosotros? Para luego responder que claro, qué inocente es esperar una respuesta de la nada.

Larry es un maestro de ciencias en un pequeño colegio liberal en el Estados Unidos de 1967. Vive con su familia (su esposa Judith, sus hijos Danny y Sarah), en una casa recién adquirida cuya manutención los hace ajustarse el cinturón. Pero Larry no se queja. Como diría una canción de la época: the times they are a-changin’, así que lo mejor sería aprovechar ese momento plagado de ánimos revolucionarios, de amor, de paz y dejarse llevar por la corriente.

Solo que como todo hombre consciente de que la juventud se ha ido y que eso que llaman madurez hace rato que está instalada en su humanidadLarry comienza, sin tener conciencia de ello, a cuestionarse sobre su vida, sobre sus logros, hasta sobre sus creencias. Y sin dejar en claro cuáles son sus conclusiones, inicia una especie de campaña dedicada a encontrar paz mental para él y para sus allegados, iniciando con algo tan simple como un chequeo médico.

Es cuestión es que, en cuanto deja su usual estado pasivo parece haber puesto en marcha una serie de desgracias.

Desgracias que vendrán a ponerlo a prueba en cuanto a su tolerancia y paciencia, y que también sirven para ilustrar esa época en la que la palabra inocencia dejó de tener sentido para el norteamericano promedio.

No es secreto, estamos ante la reinvención del Libro de Job.

Allá, el Diablo y Dios juegan una apuesta relacionada con la fe del hombre ¿Hasta dónde llegará? ¿Qué se tiene que hacer para quebrarla? El Diablo escoge a un hombre sin atributos, o bueno, a un hombre serioJob, para someterlo a toda clase de calamidades con el permiso de Dios. Todo porque Él estaba tan seguro de que la mejor de sus criaturas nunca lo defraudaría

Al final, Dios gana al demostrarle al Diablo que por más desgracias acontecidas, ese hombre serio, Job, jamás perdió la fe. Pero también acaba reprendiendo a Job al escucharlo molesto cuando uno de sus vecinos le dice que si algo malo le estaba pasando debía ser a causa de sus pecados. Que lo mejor sería que revisara qué ha hecho con su vida.

Por esa muestra de orgullo, el castigo de Dios resulta más interesante que la misma apuesta: le devuelve todo lo que perdido, para ver si así aprende a no ser orgulloso.

¿Y qué es lo que los Coen quieren de nosotros?

Eso podemos gritar al final, aunque, la verdad ¿No lo hemos entendido?

Convendría recordar aquí que algunos han puesto un pero a la historia de Job.

¿Cómo es posible que Dios consintiera que alguien más que Él fuera el que pusiera a prueba a Job?

Y, teniendo en cuenta que esta es la película más personal del dueto ¿Qué significan ese crudo relato que los hermanos nos han mostrado?

Ah, eso me recuerda dos cosas

Primero, a la escritora y activista norteamericana Eleanor Roosevelt, esposa del trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos, se le atribuye la frase: nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento.

Segunda, la única criatura parida por la imaginación los Coen que queda desvalida es Barton Fink. Ese otro personaje principal judío que tiene su filmografía que en algún momento de la película otro personaje le dice: Barton, empathy requires understanding.

Atentamente, el Duende Callejero

El rincón del diablillo

¡Lotería!

Carlos Sandoval, compañero desde hace años de andanzas cinematográficas, literarias, musicales, y de degustar Jack Daniels con Jolly Ranchers y unos habanos, ha creado un canal de YouTube, El rincón del diablillo.

Por acá pueden ver su opinión sobre el film noir:

Y por acá sobre Federico Fellini:

También pueden seguir Carlos, el diablillo, Sandoval en Twitter.

Atentamente, el Duende Callejero

Entre ruinas y cenizas, la eternidad

Fotograma de Popiól i diament
Fotograma de Popiól i diament

La última película de la involuntaria trilogía sobre los estragos de la Segunda Guerra Mundial en las juventudes de Polonia, dirigida por Andrzej Wajda (1926-2016), Popiól i diament (1958, conocida por acá como Cenizas y Diamantes), sigue coreando con esa poderosa voz de contralto su propio himno antibélico que aún ahora, sesenta y tres años después de su estreno, sigue nublando ojos y enchinando la piel.

Adaptación de la novela del mismo nombre escrita por Jerzy Andrzejewski, que junto con Wajda escribió el guion de la película, toma su título de unos versos del poema del también polaco Cyprian Norwid:

Tan seguido te presentas encendido como una hoguera

desprendiendo incendiados fragmentos,

sin saber qué lograrán esas flamas: libertad o muerte.

Solo comprendes que consumen todo lo que te es preciado

¿Y si solo quedarán cenizas, significaría que lo que quieres es caos y tormentas

o es que podrán esas cenizas descubrir que la gloria es un diamante tan brillante como una estrella

que se levanta al amanecer con la esperanza de tan ansiado triunfo?

Al joven e idealista soldado del la facción conservadora del Ejercito Nacionalista de Polonia, Maciek (Zbigniew Cybulski), junto con su amigo y comandante en el campo Andrzej (Adam Pawlikowski), justo en el día en el que debían estar celebrando la rendición de los alemanes y preparándose para el regreso a casa son llamados para cumplir una misión de suma importancia. Deben asesinar al Secretario del Partido Comunista, Szczuka (Waclaw Zastrzezynski), que viaja hacia un pequeño pueblo sin nombre para participar en un evento relacionado con el fin de la guerra.

Las cosas no van bien en Polonia. Apenas han caído los enemigos comunes, los nazis, cuando el Ejercito Nacionalista ya se ha dividido en dos facciones: la conservadora y la liberal.

El atentado contra ese alto mando de la facción liberal dará un punto a favor a los conservadores. Quizá hasta sirva para que inicie una guerra civil que rematará al pueblo polaco. Algo que, por cierto, a los altos mandos no les importa. Lo único que ellos quieren es ver quién se queda con el poder.

Quién será el que gobernará las ruinas.

El primer intento para matar al secretario ocurre durante su viaje por carretera. Pero resulta fallido. Los únicos muertos son dos civiles. Dos inocentes, piensa Maciek.

El alto mando, incluyendo a Andrzej, le comunican a Maciek que habrá que seguir adelante ¿Y sobre los muertos?

Ellos son daños colaterales. Lo que importa es el bien mayor.

Hay una nueva y última oportunidad en un banquete que se celebrará en un lujoso hotel.

Sin embargo Maciek ya no está tan seguro de querer terminar su misión.

Son esos daños colaterales, además que las varias estratagemas políticas en las que ha participado en su aún corta vida, que incluyen la virulenta figura de un doble agente encargado de la seguridad de Szczuka, Drewnowski (Bogumil Kobiela), lo que en suma lo están haciendo dudar.

Para colmo, una relación amorosa comienza a surgir entre él y una empleada del hotel en el que se celebrará el banquete, Krystyna (Ewa Kryzewska). Relación que lo hace desear una vida sin armas, abrazando por fin la tan ansiada paz por la que tanto luchó y que sabe que de seguir adelante con su misión, jamás les llegará.

El dilema de Maciek es claro: las armas les dieron libertad al pueblo, y las tantas muertes que se han sumado desde que se organizó la insurrección quedaron justificadas con la rendición del enemigo. Pero se debe entender que ha llegado el día en el que lo mejor es guardar esas armas en un ropero o colgarlas tras alguna puerta antes de que portarlas y dispararlas se vuelva la costumbre con la que se resuelven todos los problemas.

Y él, con su misión para iniciar un nuevo conflicto armado que traerá más dolor al pueblo pero que le dará más poder al bando en el que milita, le toca decidir qué destino es el que le espera a Polonia.

Szczuka, por su parte, tiene su propia historia.

Héroe para el comunismo que vivió los horrores del nazismo, dejó a su único hijo al cuidado de un familiar mientras recorría el mundo defendiendo la ideología del partido. Ahora regresa viejo y cansado solo para encontrar que ese hijo, por culpa de las ideas políticas que dividen a su pueblo, es un prisionero más del propio ejercito y de la propia facción en la que sirve.

Esa es la razón por la que se ha adentrado hasta esa tierra de nadie, poniendo en riesgo su vida y cuestionándose también de qué ha valido todo ese servicio prestado, si sabe que el futuro que le depara a ese único hijo está fuera de sus manos.

Wajda es claro: toda guerra es un error, siempre.

No importa quién gane o quién pierda o qué se logre después, el único resultado posible es dolor, sufrimiento, rencor, ruinas y cenizas.

Muchas cenizas.

Aunque el trabajo del cinematógrafo Jerzy Wojcik es impresionante, logrando empatar la tibieza del neorealismo de Italia con la frialdad del expresionismo de Alemania, lo que destaca está en el guion. Ese fuerte y furioso discurso político planteado con toda la gloria que la ambigüedad otorga y con la venia del totalitario partido comunista que durante esos años gobernaba los países del este de Europa.

Venia que, ya con tantos años de por medio, podríamos considerar otro momento en el que el comunismo se dio un nuevo balazo en el pie a favor del arte.

Además, Wajda logra capturar esa esencia que emanaba el cine norteamericano de la época.

Ese de los jóvenes sentimentales y rebeldes del tipo del Marlon Brando de The Wild One (1953) o del James Dean de Rebel without a Cause (1955).

Así, la hamletiana figura del también trágico Zbigniew Cybulski crea uno de esos contados iconos cinematográficos que nos hacen comprender qué significa ser eterno por obra y gracia del cine.

Atentamente, el Duende Callejero