12 de agosto, 2022

Salman Rushdie
Salman Rushdie, también conocido como Joseph Anton y Antonio Gómez

El 14 de febrero de 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeiní leyó en Radio Teherán un edicto religioso en el que acusaba de blasfema a la novela The Satanic Verses (primera edición a mediados de 1988) y de apostata a su autor, Salman Rushdie (1947, Bombay).

El fetua, que es como se conoce a ese tipo de edictos religiosos, instaba a cualquier musulmán para que encontrara y diera muerte a Rushdie, y también a cualquiera que tuviera que ver con la publicación de la novela.

Remataba diciendo que: Cualquier musulmán que muera en esta empresa será considerado un mártir.

El delito del que se acusó a Rushdie fue el de haber escrito un texto contrario al Islam, que satirizaba la vida de Mahoma y en el que había un personaje, un Imán exiliado en París, que se valía de su autoridad y del fanatismo de sus acólitos para realizar vendettas personales.

Lo último, algo que con la fetua de Jomeiní dejó atrás los terrenos de la ficción para meterse de cabeza en la realidad.

La fetua incluyó una recompensa no oficial valuada en unos 3 millones de dólares.

Así inició el capítulo que significó un antes y un después en el mundo editorial. Y al respecto diré que bastaron un par de días para que el Gobierno Británico pusiera bajo protección a Salman Rushdie, que en ese momento dejó la vida pública para vivir recluido en habitaciones de hoteles o en departamentos de lujo vistiendo chalecos blindados, resguardado por ventanas con cristales a prueba de balas y sometido a protocolos de seguridad.

Eso sí, Rushdie siguió con su vida literaria. Publicó novelas y artículos cada tanto, aunque resguardado en todo momento por el Servicio Secreto Británico.

Cierto, la fetua no alcanzó a Rushdie en aquellos años, pero sí a los traductores: Ettore Capriolo de Italia y al japonés Hitoshi Igarashi, además del editor noruego William Nygaard. Según informativos y autoridades, fanáticos musulmanes atacaron a los tres y solo el japonés murió por las heridas sufridas en el ataque.

En los primeros años tras la fetua, Rushdie solo dio entrevistas y conferencias desde búnkeres de locación indeterminada. Pero a los años fue presentándose en lecturas y charlas en universidades o en ferias de libro, aunque sus apariciones jamás figuraban en los programas oficiales.

Juan Villoro hace una recuento de la visita de Rushdie a México como parte de las presentaciones para la promoción de su novela de 1995: The Moor’s Last Sigh. Está en su libro de crónicas: Safari Accidental (2005, Joaquin Mortiz).

En ese texto, Villoro plantea una lectura sobre cuál fue el verdadero pecado cometido por Rushdie:

… no aceptan que un novelista nacido en el seno de una familia musulmana se declare librepensador…

En los días en los que vino a México y visitó Tequila, Jalisco, bajo sobrenombres como Antonio Gómez o algo Chávez, Rushdie ya se las ingeniaba para aparecer o en un concierto de U2

Rushdie y Bono, que luego colaborarían en la canción The Ground Beneath Her Feet

En una escena de la película Bridget Jones’s Diary (2001).

Luego, fue apareciendo como panelista del algún programa televisivo norteamericano o británico, entre ellos el de Bill Maher para HBO: Real Time.

Sí, ese es Vicente Fox.

La fetua no caducó. Pasó que el mundo no se detuvo, que siguió su curso. Y como tantas otras cosas, la rutina se impuso dejando a un lado el imperio de los extraordinario.

Rushdie se fue a vivir a Nueva York, se nacionalizó estadounidense. Dicen que solía caminar por las calles de la metrópoli ya sin operativo de seguridad.

Hoy me entero que Rushdie sufrió un atentado en Chautauqua, una localidad ubicada al oeste del Estado de Nueva York. Estaba por dar una charla cuando un hombre subió al escenario y lo atacó a él y a otros miembros del staff. Hasta cuando escribo estas líneas, solo se sabe que el hombre fue detenido y que Rushdie y demás heridos están siendo atendidos en un hospital. Hace unos minutos, su editor Andrew Wylie comunicó mediante un correo electrónico que el escritor está conectado a un respirador, que no puede hablar, que su hígado está dañado junto con los nervios de una de sus manos, que incluso puede que pierda un ojo.

Desde acá le deseo que se recupere.

Y también pongo sobre la mesa que si alguien quiere honrar a Rushdie, lo mejor no sería hacerlo leyendo The Satanic Verses, sino su biografía novelada Joseph Anton: A Memoir, publicada hace diez años.

En Joseph Anton, Rushdie se sincera y de paso, se desnuda.

El nombre del título fue el que Rushdie utilizó en la década que vivió de incógnito. Fue su forma de honrar a dos de sus tótems literarios: Joseph Conrad y Antón Chéjov. Aunque en el libro relata que los agentes que lo resguardaban se referían a él como: Joe.

Narrado no en primera persona, sino en tercera, Rushdie nos presenta, tras un interesante y delicioso repaso de su infancia y adolescencia, a un personaje maduro que suele mostrarse cáustico con aquellos que lo rodea. Sean estos su esposa o sus amantes o sus familiares y hasta algunos amigos.

Entre las tantas crisis con las que Rushdie tuvo que lidiar en esos años, estuvo una que es de la que trata la mayoría de los capítulos finales de Joseph Anton: el hecho de que un hombre que ha dedicado su vida a configurar ficciones y crear personajes y mundos, descubriera que ahora se ha convertido él mismo en un personaje de una ficción que a no le gusta, y que vive en un mundo que ni en sus peores pesadillas pensó que existiría.

Pero no esperen un texto sombrío y plagado de autocompasión. No, Joseph Anton: A Memoir es casi una novela picaresca.

Esa es la muestra de algo que Rushdie siempre ha defendido, sea con sus artículos, sus novelas o sus discursos: que la literatura y todas las artes, incluyendo aquellas dedicadas al entretenimiento, jamás podrán pensarse o realizarse al margen de la política.

Canción de U2 con letra de Salman Rushdie, que apareció originalmente en su novela The Ground Beneath Her Feet

Atentamente, el Duende Callejero

PD…

Hace meses, Rushdie comenzó un newsletter llamado: Sea of Stories en Substack. Contaba anécdotas, ideas, incluso comenzó a publicar una novela llamada The Seventh Wave.

Es de paga, y la liga está acá:

Ritos de Iniciación

Amber Midthunder en una escena de Prey
Amber Midthunder en una escena de Prey

El verano cinematográfico ha terminando.

Para estas fechas, los grandes estudios ya han lanzado casi todas sus cartas fuertes, quedando solo un puñado de títulos que seguro atraerán a algunos curiosos, pero que dudo que junten a tantos espectadores como ya sucedió en los pasados tres meses.

Vendrá el otoño y con él una nueva andanada de estrenos, pero del verano solo nos quedan los análisis de taquilla, que seguramente se centrarán en entender qué sucedió este 2022, año en el que los grandes estrenos fueron, primero, esa secuela tardía de aquel comercial para reclutar a jóvenes para la fuerza aérea norteamericana.

Segundo, una película realizada artesanalmente que, valiéndose del manido concepto del multiverso, hace una reflexión sobre la maternidad, la migración, el peso de la tradición y muchísimas cosas más.

Y tercero, que una de las mejores películas de una franquicia no se estrenó en salas. Se fue directamente a una plataforma de streaming (aquí, Star+) y en la misma semana en la que en otra plataforma cancelaba su propio pedazo de franquicia.

Esta última película es Prey (2022, Estados Unidos), quinta película (dejando fuera la dupla contra Alien) de una franquicia que inició hace 35 años como vehículo de lucimiento para Arnold Schwarzenegger. Pero que acabó siendo el inicio de una interesante franquicia que hasta en sus momentos más bajos, como The Predator (2018), que se vio afectada por las demandas de ser el primer capítulo de algo, entretiene.

En esta ocasión, el encargado de contarnos el ya conocido cuento en el que un extraterrestre cazador se enfrenta al que será su mayor adversario: el hombre, es Dan Trachtenberg, que según los créditos también aportó la historia junto con el guionista Patrick Aison.

La novedad es que la trama se ubica en 1719, en el mes de septiembre. Y los protagonistas son parte de una aldea comanche.

Regresamos a lo básico: estamos ante una ágil película que consume sus primeros minutos presentándonos a la protagonista, Naru (Amber Midthunder), una joven comanche que no quiere ser una recolectora más.

Naru quiere cazar para proveer alimento y seguridad a su aldea, quiere hacer su rito de iniciación para formar parte de los cazadores. Algo que ya hace su hermano, Taabe (Dakota Beavers), junto con otros jóvenes. Esos primeros minutos también sirven para que conozcamos ese mundo que se fue: un bosque enorme, plagado de depredadores. Desde una rata, una serpiente, un puma, un oso, unos franceses cazadores de pieles y el familiar extraterrestre que es dejado en la Tierra para que realice su propio rito de iniciación.

Prey es una gran survivor movie que, una vez que presenta sus piezas, como ese terreno fangoso que se traga todo, esa hacha modificada por Naru, esa flor que medicinal; pisa a fondo el acelerador y no lo suelta hasta el final. Es como si en Apocalypto de Mel Gibson alguien soltara a un extraterrestre que puede hacerse transparente. Prey es una película que narra una ida y un regreso, y que, en efecto, se nota que aprendió lo mejor de Tolkien. Naru es la única que entiende que en el bosque hay algo más peligroso que los osos, los pumas y los franceses. Algo que amenaza a su aldea, pero necesita pruebas además de las huellas que todos confunden con la de otros animales.

Ahí está un discurso sobre el colonialismo que no huele a sermón. A Prey le basta con mostrar el salvajismo de ese grupo de franceses que masacran búfalos solo por las ganancias que obtendrán por sus pieles, como a las acciones del Predator, que mata todo lo que se cruce en su camino solo porque está recolectando trofeos.

Los comanches solo matan porque necesitan alimento o porque se están defendiendo. La naturaleza les provee todo y ellos viven en conjunto con ella. Y todo aquel que ose alterarla, sea de esta o de otro planeta, tendrá que pagar las consecuencias.

Sobre esa idea de que el regreso a las salas de cine acabará con el streaming, diré que, si el streaming sirve para que tengamos cintas como Prey, si este es un rito de iniciación por parte de Disney, dueña desde hace años de franquicias como Predator y Alien; entonces, desde acá le deseo una larga vida al streaming.

Atentamente, el Duende Callejero

¿Golpe de Timón?

Chris Hemsworth en una escena de 'Spiderhead'
Chris Hemsworth en una escena de Spiderhead

Hace algunas semanas, una filtración en la prensa que sigue sin ser negada ni aceptada por algún miembro importante de la compañía, apuntó a que Netflix iba a dejar de dar luz verde a los vanity projects.

Según algunos medios, esto significa que luego de años experimentando con levantar proyectos de prestigio que por diversas causas otros estudios habían abandonado o rechazado, como The Irishman de Martin Scorsese o The Power of the Dog de Jane Campion, y de comprar los derechos de distribución internacional de proyectos independientes como Roma de Alfonso Cuarón, la junta directiva de la compañía californiana había llegado a la conclusión que aquello no les había traído grandes beneficios. Dichas películas ni habían aumentado las suscripciones ni tenía la cifra de visionados que ellos deseaban.

Y, bueno, tampoco habían recogido los galardones que ellos deseaban.

Anoto que lo primero es mera especulación. Sobre suscriptores y visionados solo sabemos lo que ellos reportan cada trimestre. Y sobre los premios, ahí sí sabemos que fuera de varios documentales y de la ya mencionada Roma, los otros proyectos se cubrieron con nominaciones, sí, pero recogieron muy pocos galardones.

Así que, y de nuevo citando el artículo de The Hollywood Reporter, Netflix está cambiando su estrategia. Y, según eso, este año se comenzará a ver dicho cambio.

La idea, según, es presentar menos producciones con la marca de originales, pero que estos títulos sean mejores y más grandes películas.

Superproducciones, pues.

De esas que capturen la atención de los espectadores y los haga o suscribirse al servicio o, de plano, no pensar en cancelarlo.

Valga todo lo anterior para poder justificar la siguiente pregunta ¿Es Spiderhead (2022, Estados Unidos), cinta dirigida por Joseph Kosinski, parte de ese golpe de timón por parte de Netflix?

Porque si la respuesta es , entonces les mando decir a los ejecutivos de Netflix que tienen un problema mayor de lo que pensaban.

Spiderhead va de acuerdo a lo planteado en el artículo. Su director, Kosinski, es un nuevoviejo lobo del mar de los blockbusters de medio pelo (hasta que llegó Top Gun: Maverick, claro). Los guionistas son Rhett Reese y Paul Wernick, responsables de los guiones de los dos Deadpool y de Zombieland. Además, está basada en un cuento de ciencia ficción distópica escrito por el galardonado George Saunders. Y como cereza, está protagonizada por Chris Hemsworth, Miles Teller y Jurnee Smollett. Los tres con un caché bastante popular a cuestas: Thor, la saga Insurgente y Birds of Prey, respectivamente.

Y, sin embargo, esta historia sobre un futuro mediato en el que todo aquel que cumple una condena en una cárcel de máxima seguridad puede transmutar ciertos privilegios si accede a servir de conejillos de Indias para una super corporación que está probando una droga, solo tiene una interesante premisa. Porque de ahí se decanta por una serie de escenas en las que los personajes se explican muchas, muchas cosas.

Y lo único que no explican esos personajes en sus interminables choros, es cómo una película tan blanda como la que protagonizan, Spiderhead, podrá ayudarle a Netflix a capotear su crisis.

Atentamente, el Duende Callejero

Ganando sus alas

Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt
Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt

Creo que no será un spoiler decir que Martyrs Lane (2021, Reino Unido) es una historia de fantasmas.

Ese dato está en la mayoría del material publicitario que la acompaña. Y bastan los primeros minutos dentro del mundo en el que vive Leah (Kiera Thompson), la protagonista de la historia, una niña de diez años que anda de aquí para allá recorriendo un caserón viejo, observando las rutinas familiares, para entender por dónde irán los tiros, como dicen.

Leah es miembro de una familia de cuatro integrantes.

La madre, Sarah (Denise Gough), es una mujer triste que suele estallar a la menor provocación y que se ha convertido en una obsesión para Leah. Sabe que esos cambios de humor provienen de algún hecho del pasado, pero no sabe qué podría ser, aunque está segura que el relicario dorado que cuelga de su cuello, y que no deja que nadie toque, es una pista importante.

Su padre, Thomas (Steven Cree), ha tomado a la religión como una forma de lidiar con cualquier problema con el que se enfrenta. Eso hace que sea difícil hablar con él, hacerlo entender que hay cosas terrenales que afectan e importan más que su ansiado más allá.

Finalmente está Bex (Hannah Rae), la hermana mayor, que suele mostrarse hosca y hermética como cualquier adolescente de su edad, pero que es el justo punto medio de la familia: secunda los silencios maternos con una pizca del mercurial temperamento paterno.

Debemos sumar el hecho de que, tras revisar el relicario de su madre, Leah comienza a recibir la visita de una niña (Sienna Sayer), que al parecer viene de algún lugar del bosque, que toca a su ventana, que charla con ella sobre varios temas. Esa niña anónima le va informando en dónde puede encontrar algo que le servirá para comprender ese pasado que su familia intenta mantener en secreto, mientras le presume que ya le están creciendo alas de verdad.

Porque las que de momento porta solo son parte de un disfraz.

De nueva cuenta un realizador, en este caso a la directora y guionista (y también actriz, aunque aquí no aparezca frente a las cámaras) Ruth Platt, se sirve de un relato de horror para volver un tema mundano en toda una odisea sensorial y alegórica. En este caso está el cuestionar esa costumbre por parte de los mayores por evitar que los infantes se enteren y encaren eventos que, cierto, son duros, crueles, pero que, caray, forman parte de la vida misma.

Platt lanza una pregunta interesante con Martyrs Lane ¿No será que intentando evitar un trauma, suele crearse uno?

Leah se ha convertido, por cuenta propia, en una especie de devorador de angustias para los miembros mayores de su familia. Y no sabe la razón por la que hace eso. Su conocimiento sobre cosas tan simples, como el amor o la compasión, es bastante limitado. Sus mayores han estado ocupados lidiando con otras cosas como para enseñarselo.

Es en ese apartado en el que Platt triunfa: en el situarnos, por momentos, en ese mundo infantil lleno de dudas y miedos, pero con un hambre por conocer y entender qué pasa cueste lo que cueste y que vale para que cualquier miedo quede relegado.

Ese triunfo me basta para decir que Platt se ha ganado, con Martyrs Lane, sus alas reales.

Atentamente, el Duende Callejero