Mala Memoria

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Debo a mi mala memoria mi presente (y patente) obsesión con la siguiente frase:

“Pocos lugares tan dignos de la palabra pretencioso como un cementerio.”

Según yo, había leído esa frase en la segunda novela del más famoso autor de KiotoJapónHaruki Murakami.

El título de esa novela, Pinball 1973.

De acuerdo a mi mala memoria, uno de los personajes va con su novia del momento a un cementerio que se encuentra en una colina, frente al mar. Mientras la chica duerme a su lado, dicho personaje se deja llevar por sus pensamientos. A ese personaje sólo se le conoce como el Rata, y en ese momento, frente al mar, comprende que simplemente es otro ser humano que espera (y quizá desespera) a que su hora llegue.

Tocó que el pasado 2016, la editorial Tusquets publicó (por fin) las primeras dos novelas de Murakami en un solo tomo (la primera, por si les interesa, se llama: Escucha la Canción del Viento), así que volví a leerlas.

Y al llegar al capítulo en el que el personaje va con su novia del momento al cementerio, me doy cuenta que la frase que me obsesiona no existe.

Lo más cercano sería lo siguiente:

“A veces, el Rata tomaba a las chichas de la mano y vagaba sin rumbo por los caminos cubiertos de grava de aquel pretencioso cementerio.”

Sí, tienen razón, más que un recuerdo, lo que tenía en la cabeza era en parte un resumen y en parte una interpretación.

Lo digo pues, ajeno a lo que inspira un cementerio en una colina al personaje inventado por Murakami, que inclusive se deja llevar por la siguiente imagen:

“El viento que llegaba del mar, el olor de las hojas de los árboles, los grillos de la espesura: aquella tristeza del mundo que continuaba viviendo era lo único que ocupaba por completo los alrededores.”

… la verdad es que yo sólo puedo pensar que un cementerio es un completo desperdicio de espacio.

Todo porque mi idea de la muerte es la de un final en todos los campos y sentidos.

Y cuando digo eso de un final, incluyo al plano físico.

Creo entender la noción de los deudos por tener un lugar al que puedan regresar cada tanto para honrar la memoria de ese ser querido, pero también considero que eso debe tomarse como una forma de esclavitud en la que se da la nada a cambio de un puñado de tierra, un manojo de flores y una impostada andanada de nostalgia.

Así que no sólo debo a mi mala memoria mi presente (y patente) obsesión por la frase:

“Pocos lugares tan dignos de la palabra pretencioso como un cementerio.”

También se la debo a mi aversión por esos lugares de publicitado descanso eterno y paz.

Y, bueno, ahora que descubro que la frase es mía me queda la interrogante de cómo habré de utilizarla.

“Death is much on people’s mind.” 

Cada tanto me da por regresar al abrazo de London Fields de Martin Amis.

Y han sido tantos los regresos, que me resulta curioso que mi copia siga tan conservada a pesar del manoseo que supone la inclemente manía de la relectura.

Porque releer es diferente a leer. Y quién diga lo contrario es un farsante.

Cuando leemos algo por vez primera, vaya que somos cuidadosos. Tanto con el objeto-libro que tenemos en nuestras manos, como con las líneas que vamos pasando con la vista. Queremos obtenerlo todo, todo; y obramos en consecuencia. Nos convertimos en hormiguitas exploradoras deseosas de conseguir el alimento para la colonia. Un alimento proveniente de las mismísimas entrañas de ese libro. Pero a la vez sabemos que más nos vale que esa fuente de alimento se conserve. Que esas entrañas no sean horadadas más de la cuenta pues siempre contaremos con la amenaza de un invierno en nuestro norte.

Pero, ay, el proceso de relectura.

Como ya sabemos de qué va todo, como también sabemos que imposible es un término que sólo vale para referirnos a la tonta idea de intentar revivir una experiencia; a aquello más le vale alcanzar la categoría de orgía.

Y al objeto-libro más le vale resentir la experiencia.

Personalmente he destruido libros en las relecturas. Las hago sin mediar en el lugar, y opero en ellos presiones y omisiones que no creía ni posibles ni probables (y que para nada son encomiables).

Sí, pareciera que una lerda furia se apodera de mis manos. Y entre más disfrute esa relectura, el castigo es mayor: subrayados, notas, caídas, pruebas de hasta dónde puedo extender sus páginas antes de que las costuras comiencen a crujir…

Ay…

Por eso me extraña, y mucho, lo bien conservada que está mi copia de London Fields. Ni una arruga en su lomo, ni una hoja desprendida. Apenas unas huellas de polvo o descuido aquí, allá. Apenas una obvia decoloración.

Debo querer mucho a ese libro. Mucho, mucho. Y, sí, hasta hoy me doy cuenta.

Atentamente, @duendecallejero