La Lección de un Maestro

Para Julieta (2016, España), su vigésimo segundo largometraje, Pedro Almodóvar (1949, Calzada de Calatrava) tomó tres historias del libro Runaway de la escritora canadiense Alice Munro, y las hiló en un guión que tendría como escenario original un par de ciudades canadienses.

Supuestamente esa sería su primera película en inglés y supuestamente la protagonista sería Meryl Streep, pero como lo cuenta en una entrevista con Robbie Collin de The Telegraph, fue durante la pre-producción que comenzó a dudar en su capacidad para realizar la película tanto en un idioma que francamente no domina, como en un país al que solo conoce como turista.

En cuanto cambié la geografía del guión, lo impregné con la idiosincrasia española y agregué la culpa, todo comenzó a tener sentido” dice Almodovar en la entrevista.

Y es así como Julieta resulta una experiencia tan familiar: otra vez estamos ante los estragos provocados por la ausencia de un ser querido, otra vez estamos ante la ingobernable fragilidad de la memoria, otra vez estamos ante el lascerante peso de la culpa, otra vez estamos ante madres que se cuestionan qué significa ser madres, y, sí, otra vez nos encontramos ante la certidumbre de que lo único que nos debería importar es el amor, venga de donde venga y se manifieste como se manifieste.

Así, Julieta es la historia de una mujer de mediana edad, interpretada primero por Emma Suárez, que planea reiniciar su vida mudándose de España a Portugal junto con su nueva pareja Lorenzo (Dario Grandinetti). Y mientras está en los preparativos de la mudanza, se reencuentra con un amigo de su hija Antía, a la que consideraba muerta.

Por ese encuentro, se entera no solo que su hija sigue viva, sino que ahora es madre de tres hijos. Así que, en lugar de continuar con la mudanza, Julieta rompe su relación con Lorenzo y se encierra en su departamento para escribirle una carta a su hija.

Una carta que será su confesión.

Por ese escrito regresamos a los rutilantes años ochentas y conocemos a una joven y temperamental Julieta (ahora interpretada por Adriana Ugarte), y la acompañamos durante esos tumultuosos años en los que, a pesar de su aura de mujer independiente y empoderada, se enamora del bruto Xoan (Daniel Grao), inicia una relación amistosa con Ava (Inma Cuesta), la mismísima amante de ocasión de Xoan; y mantiene como puede una relación con su demandante madre Marian (Rossy De Palma).

Lo interesante de Julieta es que a pesar de su trama, no nos encontramos ante un melodrama puro y duro sino a una interesante mezcla de géneros que nos permite imaginar cómo sería una película de Alfred Hitchcock basada en un guión escrito por Ingmar Bergman y revisado por Patricia Highsmith.

Sí, hay un misterio oculto en la memoria de Julieta, y no tardamos en comprender que aunque quizá la revelación sobre el paradero de su hija sirviera para quitarle la careta de una vez por todas, aquella mentira ya estaba por caer y por su propio peso.

Almodóvar tenía años sin estrenar una película tan redonda. Pocos son los cineastas que, como él, logran hacernos estremecer o llorar o suspirar o maldecir o incluso reír tan solo con presentarnos a un frágil personaje que, sentado en una habitación semi vacía y a media luz, arma un rompecabezas.

Sí, definitivamente eso es Julieta: no un ejercicio sino una lección.

Mala Memoria

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Debo a mi mala memoria mi presente (y patente) obsesión con la siguiente frase:

“Pocos lugares tan dignos de la palabra pretencioso como un cementerio.”

Según yo, había leído esa frase en la segunda novela del más famoso autor de KiotoJapónHaruki Murakami.

El título de esa novela, Pinball 1973.

De acuerdo a mi mala memoria, uno de los personajes va con su novia del momento a un cementerio que se encuentra en una colina, frente al mar. Mientras la chica duerme a su lado, dicho personaje se deja llevar por sus pensamientos. A ese personaje sólo se le conoce como el Rata, y en ese momento, frente al mar, comprende que simplemente es otro ser humano que espera (y quizá desespera) a que su hora llegue.

Tocó que el pasado 2016, la editorial Tusquets publicó (por fin) las primeras dos novelas de Murakami en un solo tomo (la primera, por si les interesa, se llama: Escucha la Canción del Viento), así que volví a leerlas.

Y al llegar al capítulo en el que el personaje va con su novia del momento al cementerio, me doy cuenta que la frase que me obsesiona no existe.

Lo más cercano sería lo siguiente:

“A veces, el Rata tomaba a las chichas de la mano y vagaba sin rumbo por los caminos cubiertos de grava de aquel pretencioso cementerio.”

Sí, tienen razón, más que un recuerdo, lo que tenía en la cabeza era en parte un resumen y en parte una interpretación.

Lo digo pues, ajeno a lo que inspira un cementerio en una colina al personaje inventado por Murakami, que inclusive se deja llevar por la siguiente imagen:

“El viento que llegaba del mar, el olor de las hojas de los árboles, los grillos de la espesura: aquella tristeza del mundo que continuaba viviendo era lo único que ocupaba por completo los alrededores.”

… la verdad es que yo sólo puedo pensar que un cementerio es un completo desperdicio de espacio.

Todo porque mi idea de la muerte es la de un final en todos los campos y sentidos.

Y cuando digo eso de un final, incluyo al plano físico.

Creo entender la noción de los deudos por tener un lugar al que puedan regresar cada tanto para honrar la memoria de ese ser querido, pero también considero que eso debe tomarse como una forma de esclavitud en la que se da la nada a cambio de un puñado de tierra, un manojo de flores y una impostada andanada de nostalgia.

Así que no sólo debo a mi mala memoria mi presente (y patente) obsesión por la frase:

“Pocos lugares tan dignos de la palabra pretencioso como un cementerio.”

También se la debo a mi aversión por esos lugares de publicitado descanso eterno y paz.

Y, bueno, ahora que descubro que la frase es mía me queda la interrogante de cómo habré de utilizarla.