Los misterios del amor (Redux)

Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet
Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet

Nota: esta es la cuarta vez que me piden subir este texto. Así que está dedicado para los que me mandaron un correo o me dejaron un comentario.

Dice Christian Metz que la diferencia entre la situación fílmica y la situación onírica reside exclusivamente en el sujeto. Aquel que ve una película sabe que está viendo una película, mientras que aquel que sueña regularmente no se entera que está soñando en el momento.

En resumen, la socorrida relatividad solo nos sirve como un punto de referencia.

Ahora bien ¿Qué pasa cuando la diferencia entre ambos estados tiende a reducirse?

Bueno, disfrutar una película, según Metz, depende de la participación afectiva que pueda tener el espectador. Cuando la conciencia del sujeto ante la situación fílmica comienza a enturbiarse, la transferencia perceptiva aumenta.

Así, el sujeto deja su papel de espectador para gesticular, decirle al personaje que continúe, aplaudir por la acción recién efectuada, sobresaltarse, gritar, llorar, reír, insultar, sentir pena, asombro o, de plano, marcharse de la sala mientras lanza palabras incomprensibles.

Catársis. Así la llaman ¿no?

Lo interesante es que, en cualquiera de los eventos antes mencionados, al sujeto en cuestión le será difícil explicar la razón por la que actuó de una u otra forma.

Por eso, no está de más tener en cuenta que el cine, como cualquier arte, se escribe con un conjunto de leyes y valores propios. Recordemos que al ver una película solo somos espectadores. Los cuestionamientos u opiniones que tengamos son meros puntos de vista que, a veces, simplemente tendemos a sublimar hasta por el estado de ánimo en el que nos encontremos.

Planteo todo lo anterior como una confesión. Todo porque mi gusto por la película Blue Velvet (1986) de David Lynch, reside precisamente en esa gozosa sublimación a la que hago referencia.

Disfruto mucho de esa historia sobre un amor que es llevado al límite. Un amor que sobrepasa los términos de normalidad y que termina decantándose en un espectáculo hermosamente bizarro. Espectáculo que se complica al querer contestar la siguiente pregunta ¿Quién es mas perverso, aquel que hace el mal justificándose con la posibilidad de tener al amor de su vida a su lado, o aquel que hace el bien solo porque piensa que eso es lo correcto?

Dos personajes representan los contrapuestos de esa pregunta: Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), un joven universitario que regresa al lugar que lo vio nacer debido al repentino paro cardiaco de su padre. Y Frank Booth (Dennis Hooper), un peligroso asesino y traficante de drogas que se enamoró de la cantante de un bar (Isabela Rossellini), así que secuestra a su esposo e hijo con tal de poder hacer con ella lo que le plazca.

Como leerán, la premisa de la película es sencilla. Lo interesante reside en como David Lynch arma su relato. Blue Velvet es una película que narra cómo un sueño se vuelve pesadilla.

Sencillo ¿no?

Así, el engañoso inicio con la cerca blanca, el cielo azul y las rosas rojas parece denotar tanto la tranquilidad pueblerina del ficticio Lumberton, el pueblo en donde se desarrolla la historia.

Ese seria el inicio del sueño, me temo.

Guiados por la melodía Blue Velvet de Bobby Vinton, damos un recorrido por las soleadas calles del lugar. Vemos los preciosos jardines cuidados por los apacibles lugareños, también al jefe de bomberos que cruza la pantalla a bordo de un hermoso camión rojo. Y llegamos con los Beaumont, y conocemos al padre y a la madre de Jeffrey.

El padre está en el jardín, regando. La madre en la sala de su casa, viendo una película en la televisión. La manguera comienza a fallar justo cuando la canción de Vinton pasa a un segundo término y un molesto zumbido se hace presente. En ciertos momentos, la escena nos recuerda a aquella película realizada por los Lumière, El regador regado.

Entonces, el padre de Jeffrey parece gritar y luego cae al suelo.

Es el paro cardiaco que ya mencioné. La manguera sigue lanzando agua, se le enrosca en la entrepierna al hombre y simula un descomunal chorro de orín. Entra a escena un molesto perro que, brincando sobre el infartado, lame el chorro de agua. Cerca, un niño de meses que da sus primeros pasos, observa el espectáculo y ríe.

Dejamos todo ese mundo y nos adentramos al fondo del jardín. Bajamos y bajamos hasta que nos encontramos con varios insectos que devoran todo lo que está a su alcance.

Conocemos a Jeffrey, el orgullo de la familia Beaumont. Joven, soltero, apuesto. Jeffrey visita a su padre en el hospital y se siente afligido por el precario estado en el que lo encuentra. En su regreso a casa, el joven se detiene en un solitario lugar para arrojar piedras a un tambo de lámina abandonado. Una forma algo infantil de descargar sus frustraciones, cierto, pero así es Jeffrey. Ahí encuentra una oreja humana llena de hormigas que envuelve en un papel y decide llevar a la policía. El detective Williams (George Dickerson) le plantea al joven que investigará el caso y lo somete a un interrogatorio de rutina, sin embargo Jeffrey comienza a sentir curiosidad por su hallazgo. Visita por la noche al detective Williams en su casa. Pero es Sandy Williams (Laura Dern), la adolescente hija del detective, quien le aporta la información que busca.

Sandy le cuenta a Jeffrey que durante días ha escuchado, desde su habitación que está justo encima del estudio de su padre, ciertos comentarios sobre el caso de una cantante llamada Dorothy Vallens (Rossellini). Esa misma noche Sandy le muestra a Jeffrey donde vive la mujer. Jeffrey invita a Sandy a investigar el asunto por su cuenta. Sandy acepta siempre y cuando aquello no afecte su relación con su novio y sus padres no se enteren.

Así, Jeffrey y Sandy, ese par de jóvenes inexpertos, claramente inocentes y soñadores, entran en el inframundo de Lumberton.

La analogía inicial es bastante clara ahora. Aquella intromisión en el césped del precioso jardín de los Beaumont, ese donde encontramos a los insectos que devoran todo, fue una advertencia sobre lo que estaba por suceder.

Cuando la noche cae, las solitarias calles del pueblo con sus apacibles jardines y cercas blancas, se transforman en terrenos inhóspitos que en lo absoluto contrastan con la parte urbana e industrial del pueblo. Esa antesala del infierno siempre tan temida.

Así vamos conociendo que el misterio alrededor de la oreja que encontró Jeffrey reside en el corazón de un hombre, Frank Booth (Hopper). Es su deseo por Dorothy Vallens el que provoca la catástrofe. Frank y sus hombres secuestran al esposo y al hijo de la cantante. Frank acosa a Dorothy, obligándola a usar una bata de terciopelo azul mientras aspira oxigeno desde una bomba y simula que la viola. Esa es la única forma en la que ese hombre maduro, violento, decadente puede excitarse. Queda clara su impotencia, su virulencia.

Eso que él llama amor es una obsesión que lo está destruyendo.

Jeffrey entra en el mundo de Frank y con su curiosidad lo corrompe.

Conoce a Dorothy y se obsesiona con sus obsesiones. También se enamora de la aparentemente inocente Sandy, a quien arrastrará involuntariamente hasta destruir su mundo mágico de sueños donde, por la falta de amor, alguien roba a todos los petirrojos del mundo.

Que venga la pesadilla…

Frank grita su masculinidad cada vez que puede. Dice que puede coger con todo lo que se mueva, aunque el único placer que le puede dar a Dorothy en sus encuentros son los golpes que le propina y la intoxicación que le provoca su ingesta de oxígeno. Jeffrey ve en Frank la encarnación de un mal mundano. Le teme, aunque también se sienta intrigado por su violenta personalidad y sus momentos de fragilidad ¿Será que ve en él a una figura paterna que no le pudo dar su padre?

Los hombres que acompañan a Frank, además del extraño Ben (Dean Stockwell), son meras comparsas que acompañan el decadente viaje de Jeffrey hacia los misterios del amor.

Es un mundo extraño, dice el supuesto héroe cada vez que encuentra una pieza del rompecabezas que nadie le pidió que armara. Y ninguno de nosotros, en nuestro papel de espectadores, puede contradecirlo. Tan extraño como la vida misma.

Sin embargo, al final nadie aplaudirá las hazañas de Jeffrey pues, en el fondo, todos terminaremos sintiéndonos como Frank, unos payasos de caramelos a los que apodaron arenero. Somos los que entramos todas las noches de puntillas en cuartos ajenos para que, en sueños, acompañemos al personaje de esa otra historia que apenas se cuenta.

Eso es lo que hacemos cada que vemos una película ¿no?

Todo eso es recitado mientras el andrógino Ben enciende una lámpara de mecánico y, usándolo como un micrófono, nos da una cruel representación del dolor que debe sentirse al tener algo que, sabemos, nunca podrá ser nuestro.

Y sí, quizá cuando llegue a nuestra ventana un petirrojo con un insecto en el pico, podamos entender cuál podría ser el misterio del amor que obligó a Frank a no darle una de sus cartas de amor a Jeffrey, un balazo en la cabeza, cada vez que pudo.

Ah, los misterios del amor ¿Y qué fue lo que dijo Chuang Tzu sobre una mariposa y un sueño?

Atentamente, el Duende Callejero

Lo elusivo

Publicado por Citadel a finales del año 2000, The Diary of Søren Kierkegaard, que contiene lo escrito de mayo 5 de 1813 a noviembre 11 de 1855, es una joya que nos permite conocer al llamado primer filósofo existencialista en plena faena del siempre elusivo arte de la soledad que, según él, significa escribir un diario.

Con reflexiones sobre la relevancia que tiene la ansiedad en nuestra vida, el sentido de la cada vez más vapuleada espiritualidad, las retorcidas dinámicas que encierra todo acto creativo, los posibles sentidos de la melancolía y varias cosas más; Søren Kierkegaard (Copenhague, 1813 – 1855) apostilla varios de sus trabajos y, de paso, al relatar algunas intimidades, nos ofrece su visión sobre lo que estaba pasando en esa conservadora porción de Europa que le tocó vivir.

Algunos estudiosos de su obra, como Samuel Hugo Bergmann, han sugerido que la escritura de sus diarios puede tomarse como una sútil muestra de soberbia por parte del pensador danés al que, por cierto, le molestaba la etiqueta de filósofo.

Acostumbrado a firmar con seudónimos la mayoría de sus obras, Kierkegaard estaba tan seguro de que como autor pasarían a la posteridad que decidió estructurar los textos que componen sus diarios no como una mera compilación de memorias, sino como un muestrario de todas esas motivaciones sobre las que iba erigiendo su pensamiento filosófico.

Motivaciones que incluyeron desde una ruptura amorosa bastante famosa, hasta la complicada relación que tuvo su padre con la iglesia católica, pasando, claro, por sus problemas de salud.

En una de esas entradas, Kierkegaard escribe sobre, valga la redundancia, la escritura.

Molesto por lo que considera la peor afrenta que encaraba todo autor de aquellos años, la autopromoción, Kierkegaard opina que la mayor amenaza que se cierne sobre la escritura es el propio escritor.

Van sus razones:

Everyone today can write a fairly decent article about all and everything; but no one can or will bear the strenuous work of following through a single solitary thought into the most tenuous logical ramifications. Instead, writing trivial is particularly appreciated today, and whoever writes a big book almost invites ridicule.

Todo porque:

… people write about matters which they have never given any real thought, let alone experienced.

Y por ello, apunta que decidió:

… to read only the writings of men who have been executed or have risked their lives in some way.

Perdonándole lo extremista del último apunte, no podemos negar que sus opiniones parecieran describir lo que día a día acontece en este cada vez más insulso reino de listículos, de fan-theories y de click baits.

Pero no olvidemos que Kierkegaard estampó esas ideas en el año de 1843.

Tampoco que no ha sido el único que ha ponderado el valor de la experiencia en las labores relacionadas con la creación y el desarrollo del pensamiento crítico.

En 1990, Faber and Faber Ltd publica un libro del escritor norteamericano Paul Auster (Newark, 1947): Ground Work: Selected Poems and Essays 1970-1979.

Dividido en dos partes, la primera dedicada exclusivamente a poemas mientras que la segunda a los ensayos, es en esa segunda parte en la que podemos encontrar: Babel, New York.

En dicho escrito, que trata sobre el libro Le Schizo et les Langues (1970) del también norteamericano Louis Wolfson (Nueva York, 1931), autor cuyas obras fueron escritas en francés debido a que el ahora oriundo de Puerto Rico padece esquizofrenia y no soporta ni leer ni escribir en inglés, Auster recuerda lo planteado por George Bataille (1897-1962) en el prólogo de su novela Le Bleu du ciel (1957): hay dos tipos de libros, apunta Auster que escribió Bataille, aquellos nacidos como una forma de experimentación y aquellos nacidos de una necesidad.

En las primeras líneas de su ensayo, Auster nos recuerda que para Bataille (y, permitiéndome una anotación, también para Auster si hemos de creerle lo planteado en Hand to Mouth de 1997), la literatura es una fuerza esencialmente devastadora. Una presencia que merece ser vivida con temor y estremecimiento, algo capaz de revelarnos la verdad de la vida y también de sus desmedidas posibilidades.

Bataille cree que el motor de toda gran obra es siempre un momento de rage: una obra literaria no puede crearse mediante un acto de voluntad y su fuente es siempre extraliteraria.

Toda obra nace, según dice Auster que escribió Bataille, de una experiencia que marcó tanto a su autor que no le quedó de otra que batirse en duelo con el tiempo, la locura y de paso llevar al límite su paciencia para compartir eso que tanto lo gobierna.

Porque esa es otra idea que anda por ahí, entrelíneas: toda obra acaba, aunque lo quiera o no su autor, planteando qué era aquello que lo obsesionó durante cierto tiempo.

Es como esa relación amor/odio/creación/destrucción entre Víctor Henry Frankenstein y Adam, la criatura.

El primero inició el experimento que trajo a la vida al segundo, intentando dejar en claro su capacidad de crear algo de la nada y como una forma de dejar huella en esta tierra. Mientras que el segundo, que salió de esa nada sin haberlo pedido, tras obtener experiencia regresará con su creador para reclamarle no solo su derecho a existir, sino que esa existencia sea bajo sus propias reglas.

Nada de imposiciones, nada de sutilezas.

Aunque, claro, dirán algunos que plantear eso es pecar de reduccionista.

No toda obra surge de las tripas. Y bueno, queda recordar lo que el propio Auster decía:

… si llevas un lápiz en el bolsillo, hay bastantes posibilidades de que algún día te sientas tentado a utilizarlo.

Atentamente, el Duende Callejero.