Entonces…

Portada de uno de los 'Libros de Sangre' de Clive Barker, editado como parte de la colección Gran Super Terror de Martínez Roca
Portada de uno de los ‘Libros de Sangre’ de Clive Barker, editado como parte de la colección Gran Super Terror de Martínez Roca

¿Qué pasaba entonces?

Porque entonces era 1988, y ya pensaba en el fin del mundo.

Sí. Todo porque las cosas eran casi las mismas que ahora. Entonces, encender la televisión y sintonizar un noticiero solo servía o para querer ponerte los pelos de punta y para rumiar una o mas maldiciones por segundo.

Maldiciones derivadas hasta por esa insulsa forma en la que el presentador de noticias en turno se prestaba a recetarnos su cascada de infortunios faltando a las más elementales reglas de nuestro siempre vapuleado español, pasando por las mismas calamidades que tan jocosamente nos endilgaban.

Ah, entonces, todo eso y más nos hacían fácil el amar nuestra consola de videojuegos rentada. Porque era raro el que tenía una de planta.

¡Ah, los bueno tiempos de Nintendo!

Y… La televisión por cable era un lujo que poco a poco se popularizaba. Las parabólicas servían más para definir estilos de vida que como opción de entretenimiento (aún recuerdo el comentario: mira, una parabólica en aquella casa, entonces ahí vive o un gomero o un político o un negociante. Todo se resumía en corrupción, eso sí).

Y, eran tiempos en los que fuera del centro de la república y de algunas capitales de cada uno de los estados, la opción de entretenimiento televisivo se resumía en sintonizar (y mal a veces) un canal nacional y otro local (que regularmente era como no tener nada).

Por su parte la radio ofrecía un magro consuelo, gracias a ella o acababas odiando a Mecano o canturreando: Cruz de Navajas por una Mujer… Y por eso, los discos que regularmente te llegaban por conocidos, parientes o vecinos, sí eran un consuelo válido.

Solo que si los escuchabas más de la cuenta acababas con vinilos rayados e inservibles, o simplemente con una cinta que la grabadora tragaba. Creo que así fue como comprendí qué significaba: lo finito.

Ah… Y las primeras computadoras solo eran calculadoras grandes, pesadas, costosas, extrañas. Para poco servían, pero uno podía embobarse tecleando y borrando textos por horas. Eso sí, solo con media hora esas pantallas de color naranja o verde hacían que los ojos te dolieran mas que un maratón de Ahí Viene Cascarrabias.

¿En qué plataforma de streaming tienen ese título?

Creo por eso me aficioné tanto a la lectura…

¿Qué más iba a hacer?

Demasiado grande para seguir jugando con las figuras de Star Wars de mi hermano menor, demasiado pequeño para hacer otra cosa que no fuera perderme dos o tres horas vagando por las calles de la ciudad en turno.

Además, vagar es diversión por tiempo limitado: una vez que ya te sabes de memoria el camino, que te aprendes las calles, los árboles, las casas y hasta los rostros, llega la hora de dedicarte a otra cosa.

Y sí, los libros siempre ofrecían una posibilidad de fuga tan buena que siempre he comprendido la razón por la que el mejor regalo para alguien que esté encarcelado, si aquel es consciente de su estado.

Un libro, por más que lo leas, lo releas, lo explores, subrayes o taches… Siempre te dará más y más y más.

Así que, regreso al inicio: Entonces era 1988 y ya pensaba en el fin del mundo.

Cuando uno deja de ser niño es cuando el miedo comienza a tener sentido. Yo, en 1988, le tenía miedo a la Guerra Fría y a la amenaza nuclear, aunque no sabía bien ni qué era una cosa ni qué otra. Un sueño recurrente era que el sonido de una sirena me despertaba en medio de la noche, por lo que mi padre nos juntaba en la sala y encendía un radio solo para escuchar a una voz mecánica que anunciaba que teníamos dos o tres horas para refugiarnos, que los misiles nucleares ya estaban en el aire y no tardaba en escucharse la gran detonación. El problema era que no había refugio ¿Por qué habríamos de cavar, aquí en México, sendas prisiones subterráneas de hormigón? ¿Qué no ese chisme era entre Estados Unidos y la URSS? ¿Qué tenía que hacer un misil nuclear próximo a rompernos la madre en esta parte tan calurosa de México?

Como buen sueño, la lógica valía madre, pero ¿cuántas noches me despertó ese sueño? ¿Cuántas me quedé sentado en la cama, cerrando los ojos e intentando captar, lejana, el sonido de una sirena?

La idea de que nos habíamos puesto a hacer de todo, menos preservar nuestro futuro, me aterraba. Eso sí, a pesar de mi miedo, sabía que un ataque de esa magnitud no equivaldría al fin del mundo total, constante y sonante. No, era más bien el fin del mundo tal y como lo habíamos conocido hasta ese año, 1988.

Solo eso.

Y si había una cosa que me obsesionara en 1988, era precisamente saber qué tan cerca estábamos de ese fin. Y cómo lo afrontaríamos.

Como siempre, cuando uno es joven lo único que se puede hacer era consumir ficciones como remedio para todo aquel mal que sientes que te aqueja. A falta de disciplina y displicencia, es el cine, la literatura, el chisme, los cómics y la música los buenos remedios que todo-lo-salvan-o-lo-empeoran.

De todos ellos, a los que debo, si cabe, mi cordura es a: la saga de Mad Max de George Miller, entonces primera de 1979, segunda de 1981 y tercera de 1985. Durante años fueron ese tótem especialmente diseñado para que un fatalista miope como yo pudiera sostener su creencia de que, por más mal que vaya todo, siempre habrá esperanzas.

Concret Island de JG Ballard, de 1974, leído en una ajada versión de la librería pública por 1986. Antes que Camus, Sábato o Borges, Ballard me pervirtió sobre qué podía esperar de la sociedad.

Y The Stand de Stephen King, publicada en 1979, leída por vez primera entre 1986 y 1987 en su primera versión llamada La Danza Macabra, de solo de seiscientas y tantas hojas, que dentro de ese denso relato sobre el fin y el inicio del mundo, lo que más me importaba siempre era, contradiciendo un poco a Ballard, a Camus y a Sábato, aunque dándole la razón a Borges y a Miller: Hay que tener fe.

En lo que quieras. Hay que tener fe…

Por esos años, las librerías abundaban hasta en la ciudad más pequeña. Y no solo eso: los libros, maldición, de cualquier clase, tema, lo que fuera, se encontraban porque simplemente ahí estaban. Eso, recuerdo, me lo dijo el dueño de una librería cuyo local ahora es una veterinaria.

El problema siempre fue el precio… ¡Chingado!… Siempre se dice que nadie lee, que es una lástima, que somos incultos, etcétera ¿Pero por qué los libros jamás han tenido un precio verdaderamente accesible para todos? Sí, lo sé, hay colecciones baratas, accesibles, como quieran llamarlas. Pero ¿y el resto? ¿Esas que por cualquier causa la gente quiere leer?

Y de entre todas las editoriales de aquellos años, mi afición por los libros de Martínez Roca y Minotauro (entiendo, ambas del grupo Planeta), no tenía par.

Solo las colecciones de Roca: Gran Super Terror y Gran Super Ciencia Ficción, me sirvieron como ejemplo de que los sueños siempre serán inalcanzables.

Verán, dichas colecciones siempre fueron un listón muy alto como para atreverse a cortarlo. Los libros eran caros, y aunque ahorraba y no gastaba más que en ellos, la verdad es que siempre acabé releyendo más que comprando.

Pero bueno, entonces era 1988 y además de pensar en el fin del mundo, mi vida giraba alrededor de los textos de: Brian Lumley, Bob Randall, TED Klein, Clive Barker, Richard Laymon, Tanith Lee, Stephen King, Brian Aldiss, Theodore Sturgeon, Samuel R Delaney, Philip K Dick, Dan Simmons, Roger Zelazny, Jack Vance, Ramsey Campbell, Thomas Disch, Robert Silverberg, George RR Martin, HP Lovecraft, Edgar Allan Poe, Ray Bradbury y Peter Straub.

Obviamente, porque todos ellos tenían al menos un relato en alguna de esas colecciones de Gran Super Terror o Gran Super Ciencia Ficción.

Unos años después, el muro de Berlín cayó.

Fueron ellos los que me hicieron descubrír a Ernesto Sábato, a Albert Camus, a Herman Hesse

Y a Mario Vargas Llosa… A Gabriel García Márquez… A Jorge Luis Borges… A Adolfo Bioy Casares

¡A Julio Cortázar!

Las librerías comenzaron a cerrar, concretamente cuando me disponía a comprar esos dos volúmenes editados por el FCE de Cortázar traduciendo los cuentos de Poe.

Esas librerías se volvieron ópticas o algo peor.

Las mueblerías se comieron a los cines, y la televisión en cable ya era una obligación. Todo porque los canales gratuitos jamás pudieron verse bien sin una suscripción de cable.

Sin embargo, dijeron insistentemente por ahí: el MTV era lo peor que había para la salud.

De pronto todos olvidaron a Led Zeppelin a favor de un estúpido güero que berreaba: Hello, hello, hello… How low?

¡El horror!

Todo esto para anunciar: se vienen un textos relacionados con esas primeras lecturas, esos autores con los que inicié.

Y no sé si decirles: estén atentos, o: lo siento.

Atentamente, el Duende Callejero

Trascender

Ethan Hawke en un momento de First Reformed, de Paul Schrader
Ethan Hawke en un momento de First Reformed, de Paul Schrader

A propósito del estreno de The Card Counter, la nueva cinta escrita y dirigida por el alguna vez crítico cinematográfico Paul Schrader (1946, Michigan), vale recordar First Reformed (2017, Estados Unidos, Reino Unido y Australia), impresionante película que, entiendo, acá no nos tocó ver en salas comerciales, que se fue directamente a digital y que conocimos con el horrible título de El Reverendo.

Schrader citó a Ida, de Pawel Pawlikowski, como su inspiración a la hora de escribir el guion de First Reformed. Sin embargo, su cinta sobre un reverendo que siente que ha perdido la fe no solo en Dios sino también en la humanidad, bien podría ser una secuela de Taxi Driver que, recordemos, él escribió y Martin Scorsese dirigió, pero con un pequeño revés: aquí Travis Bickle viste sotanas.

Ethan Hawke interpreta a Ernst Toller, pastor protestante que, hace seis meses, convencido de que seguía los valores familiares con los que creció centrados en una idea extrema de patriotismo y honor, convenció a su propio hijo de alistarse en el ejercito. Su esposa siempre estuvo en contra de esa idea. Ahora, abandonado por su mujer y con su hijo muerto en la guerra de Irak, Toller bebe diariamente, ha dejado de creer en la patria y en el honor y cuestiona su fe. Además, reniega del destino de los hombres, se deja consumir por una enfermedad que desconoce y cuyos dolores se incrementan a diario y escribe un diario en el que deja a un lado la honestidad para dedicarse mejor a lacerarse metafóricamente.

Toller es el encargado de un templo de 250 años en Nueva York, que alguna vez estuvo lleno de acólitos y cuyo interés histórico lo mantenía en la lista de lugares por conocer. Pero ahora apenas y hay gente en sus sermones. La razón fue porque él decidió que su templo ya no sería un centro de atracción turístico. Otro cercano se ha llevado tanto a sus feligreses como a los turistas debido en parte a su papel en el Tren Subterráneo, que a mediados del siglo XIX usaron varios esclavos afroamericanos para escapar de sus amos, y a su carismático reverendo (interpretado por Cedric Antonio Kyles).

Y Toller día a día se va alejando de su fe protestante para mejor buscar respuestas a sus dudas tanto en textos católicos o inclusive místicos. Y en esas está cuando conoce a Mary (Amanda Seyfried), una feligresa que le pide que vaya a hablar con su esposo Michael (Philip Ettinger), un amargado ambientalista recién salido de la cárcel que le ha pedido a Mary que aborte al hijo que esperan debido a que no quiere traer una nueva vida en un mundo que está condenado a morir por su propia causa.

Hace años, Schrader escribió el libro Trascendental Style in Film. En dicho texto analizó el estilo empleado por tres directores: Robert Bresson, Carl Dreyer y Yasujirō Ozu. Su tesis es que estos tres directores aportaron una estética que buscaba capturar no las acciones de los personajes, como sucede con el resto de cineastas, sino su espíritu.

Y eso lo lograron mediante una puesta en escena mínima: pocos emplazamientos de cámara, diálogos austeros, una edición funcional. Así tuvimos películas que parecen desarrollarse en los llamados tiempos muertos: esos momentos en los que los personajes se entregan a acciones que usualmente se dejan fuera de una historia.

Y es en tales tiempos muertos, tan alejados de lo operático de todo, en los que nos enfrentamos a la autoreflexión tanto de los personajes como de nosotros mismos.

Sí, First Reformed es una muestra de esa tesis: cine como una experiencia espiritual más que una narrativa. Y de paso fue una de las grandes cintas que se vimos en aquel 2018.

Ahora, a ver qué nos depara The Card Counter.

Atentamente, el Duende Callejero

Al Otro Lado del Tiempo

John Huston, Orson Welles y Peter Bogdanovich

Hace años, un artículo informaba que el director, guionista, productor y actor Orson Welles (1915-1985), responsable de Citizen Kane (1941), película que a juicio de varios críticos y académicos es la mejor que se ha realizado en la historia de la cinematografía, había trabajado en la industria pornográfica.

Su labor, según el artículo, consistió en editar y dirigir un par escenas de una película titulada 3 A.M.
Dicho artículo explica que hubo dos razones por la que Welles trabajó en esa cinta. La primera, porque estaba devolviendo un favor a Gary Graver, un director de fotografía con el que acababa de trabajar en un caótico proyecto y al que reconoció haber tratado muy mal durante la producción.

Para ganar dinero extra en esos meses en los que no tenía proyectos en puerta, Graver adoptaba el seudónimo de Akdov Telmig y realizaba películas porno. Y Welles se ofreció a editar y co-dirigir una de sus películas como una ofrenda de paz entre ambos.

Aunque, plantea el artículo, también lo hizo porque necesitaba urgentemente algo de dinero.
Pasa que necesitaba rescatar ese caótico proyecto en el que había trabajado con Graver, al que Welles describía como una película que contaba el último día en la vida de un celebrado aunque problemático director, que era capturado por un grupo de documentalistas que filman el detrás de cámaras de la película con la que planea despedirse, y que sabe que no terminará de filmar porque otra vez se le ha acabado el presupuesto.

Welles sabía muy bien lo que era tener problemas durante la realización de una película. Tras su intensa batalla con el magnate de los medios William Randolph Hearst por las similitudes entre su vida y la del protagonista de la citada Citizen Kane, batalla que incluso escaló al grado de que Hearst quiso comprarle a la productora RKO la película solo para quemar todas las copias, vino el pleito con los productores de su segunda película Los Fabulosos Ambersons (1942). Dicho pleito tuvo como resultado el despido de Welles durante la edición y el estreno de una versión editada por los productores. Algo similar le sucedido en Touch of Evil (1958), dónde por años solo se conoció la versión que armaron los productores. Esa fue la última cinta que realizó para algún estudio hollywoodense. Luego, Welles vivió más de veinte años en Europa. Solo regresaba a Estados Unidos para trabajar como actor y el resto de sus cintas como director las realizó juntando recursos de donde pudiera.

De ahí que necesitara el dinero. Le urgía tener recursos para terminar ese proyecto que, según él, marcaba su regreso a Estados Unidos y cuya producción y parte de la postproducción acabarían costándole nueve años de trabajo (de 1970 a 1979).

Finalmente ese dinero tampoco fue suficiente y su proyecto de regreso, cuyo título es The Other Side of the Wind, acabó enlatado por cerca de 40 años.

Eso hasta que su amigo, el recientemente finado Peter Bogdanovich (1939-2022), que actúa en la película al lado de John Huston, buscó recursos para terminar la edición.

Netflix aportó parte de esos recursos y fue así que tuvimos, por fin, la última película de Orson Welles a un clic de distancia.

¿El resultado?

Bueno, en los caóticos primeros 20 minutos de The Other Side of the Wind (2018, Estados Unidos), una de las varias película inconclusas que dejó Orson Welles y que gracias a una campaña en Indiegogo y, como ya se apuntó, con la ayuda de Netflix pudo completarse, conocemos a Jake Hannaford (John Huston), un legendario director de cine con un gusto especial por los autos de carreras, los excesos y enemigo de las entrevistas.

También conocemos lo que sus acciones provocan en todos aquellos que lo rodean: disgusto, nerviosismo, furia, reverencia, desconcierto, admiración, exasperación.

El Ernest Hemingway del cine lo llaman. O bueno, lo llamaban. Porque en el prólogo de la cinta, Brooks Otterlake (Peter Bogdanovich), quien fuera la mano derecha de Hannaford, nos informa que el día en el que cumplió los 70 años el director murió en un accidente automovilístico.

También nos informa que lo que veremos es el recuento de ese último día de vida de Hannaford. Un día que fue capturado por las diversas cámaras de varios documentalistas que, por motivo de la filmación de su película The Other Side of the Wind, seguían al mercurial director a donde fuera.

En la película dentro de la película, The Other Side of the Wind marca el regreso a Estados Unidos de Hannaford luego de pasarse varios años en Europa. Aquel fue un autoexilio provocado por los problemas que tuvo en el pasado con algunos productores. Y además de ser el festejo de sus 70 años, ese día también marca el último día de filmación de la película. Porque, para variar, Hannaford quemó el presupuesto, así que ya no hay dinero para continuar con la filmación. Por eso, mientras la comitiva se dirige a un rancho para el festejo, en una sala de exhibición Billy Boyle (Norman Foster), asistente de producción, muestra fragmentos de la cinta a un posible inversionista (Geoffrey Lamb). Cabe señalar que a ese inversionista le extraña que Hannaford esté ausente de dicha exhibición, además de cuestionar el problema que plantea la publicitada salida del protagonista de la película, John Dale (Bob Random), y deja clara sus dudas sobre las tablas de la actriz que fue escogida como co-protagonista (Oja Kodar, co-escritora de la cinta junto con Welles).

Sí, con todo y sus juegos de espejos de una película dentro de otra película, queda claro que The Other Side of the Wind fue una lectura por parte de Welles sobre la crisis del Hollywood de finales de los sesenta, principios de los setenta. Como el protagonista interpretado por Huston, Welles venía de Europa tras un autoexilio luego de varios enfrentamientos con productores. Y lo que encuentra es un monstruo herido que pelea por mantenerse vivo: el sistema de estudios del Hollywood que Welles conoció y con el que batió a duelo tantas veces, que está muriendo debido al auge del cine independiente y de las nuevas técnicas de filmación.

Hay una nueva democratización en la producción, por lo que los dinosaurios que se gastaban millones y que tardaban años haciendo una película, verán que todo cambia en su contra.

Lástima que los problemas en la producción hicieron que The Other Side of the Wind acabara en una bodega en París y la muerte alcanzara a Welles a mediados de los ochenta. Porque lo que tenemos sigue siendo una película inconclusa.

Bella, monstruosa, intensa, hipnótica. Cierto. Pero que nos deja ver apenas qué había en la cabeza de su guionista-director-productor. Y aún así, estamos ante una obra mayor que se estrenó en el 2018. Aunque eso, creo, no debería ser sorpresa tratándose de Orson Welles.

Atentamente, el Duende Callejero

Material para Pesadillas

Mark Lewis Jones en una escena de Apostle (2018) de Gareth Evans
Mark Lewis Jones en una escena de Apostle (2018) de Gareth Evans

En su quinto largometraje, el director y guionista galés Gareth Evans (1971, Nuneaton) dejó a un lado la saga rompe huesos del agente Rama (Iko Uwais) de la dupla Serbuan Maut (2011 y 2014, Indonesia, Francia y Estados Unidos), para explorar los terrenos del folk horror vía Apostle (2018, Estados Unidos y Reino Unido).

El protagonista de la historia es Thomas Richardson (Dan Stevens). Cuando lo conocemos vive en la calle y es adicto al opio, pero su acomodada familia lo busca con una encomienda para que enmiende su camino: su hermana (Lucy Boyton) fue secuestrada por los miembros de un culto que radica en una isla remota y hasta una petición de rescate existe. El año es 1905 y Richardson sabe que la única forma de dar con su hermana será infiltrándose en dicho culto. Un evento hace que Richardson se gane la confianza del líder y profeta, Malcolm (Michael Sheen), y es así que entra al círculo interno. Por ello, se le comienzan a develar algunos de los secretos del culto: ellos adora a Ella, la diosa de la isla. Fue fundado por tres hombres cuyos pasados no son del todo claros y que incluyen insinuaciones de que escaparon de prisión y llegaron a la isla con la idea de no ser encontrados.

Todos los miembros aparentemente han llegado a esa isla huyendo de algo. El tal líder y profeta es un hombre que predica la igualdad y la hermandad pero que en cuanto observa que algún miembro está por cuestionarlo o no cumple sus encomiendas, saca su lado violento y gracias a sus salvajes guardias someten al disidente y acaban torturando públicamente sobre una mesa, acusándolo además de blasfemia.

La tensión que logra crear Evans, una tensión que aumenta conforme van pasando los minutos de metraje, hace que Apostle no sea la típica historia de horror que creemos conocer.

Cierto, su inicio y desarrollo nos hace pensar inmediatamente en clásicos como The Wicker Man (1973, Reino Unido) o inclusive Suspiria (1977, Italia) o algún clásico de la Hammer, sin embargo es justo cuando ya estamos seguros sobre lo que ocurrirá a continuación cuando Evans nos deja ver que en ese mundo que ha creado tan detalladamente, el caos reina y cualquier cosa será posible.

Y al ser un director tan dotado técnicamente, lo que vemos en pantalla simplemente es un festín: una cámara que no da tregua a cargo de Matt Flannery que jamás perderá un detalle por más escabroso que éste sea. Un diseño de arte a cargo de Carwyn Evans y Ceinwen Wilkinson, que no escatima en lo macabro de la puesta en escena. Y, bueno, quizá el lado flaco del combo sea la edición a cargo, según los créditos, del propio Evans, al que se le va la mano con sus 130 minutos y que quizá debió repasar alguna de las subtramas que, cierto, le dan color a los moradores de la isla, pero que poco aportan a la trama principal.

Lo cierto es que Apostle es una cinta de horror insidiosa a la que le preocupa mucho remarcar que el hombre es un ser que acaba corrompiéndolo todo. Y lo peor es que lo hace casi siempre alegando que es por el bien del colectivo.

Ya con eso tenemos material para pesadillas.

Atentamente, el Duende Callejero

Los misterios del amor (Redux)

Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet
Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet

Nota: esta es la cuarta vez que me piden subir este texto. Así que está dedicado para los que me mandaron un correo o me dejaron un comentario.

Dice Christian Metz que la diferencia entre la situación fílmica y la situación onírica reside exclusivamente en el sujeto. Aquel que ve una película sabe que está viendo una película, mientras que aquel que sueña regularmente no se entera que está soñando en el momento.

En resumen, la socorrida relatividad solo nos sirve como un punto de referencia.

Ahora bien ¿Qué pasa cuando la diferencia entre ambos estados tiende a reducirse?

Bueno, disfrutar una película, según Metz, depende de la participación afectiva que pueda tener el espectador. Cuando la conciencia del sujeto ante la situación fílmica comienza a enturbiarse, la transferencia perceptiva aumenta.

Así, el sujeto deja su papel de espectador para gesticular, decirle al personaje que continúe, aplaudir por la acción recién efectuada, sobresaltarse, gritar, llorar, reír, insultar, sentir pena, asombro o, de plano, marcharse de la sala mientras lanza palabras incomprensibles.

Catársis. Así la llaman ¿no?

Lo interesante es que, en cualquiera de los eventos antes mencionados, al sujeto en cuestión le será difícil explicar la razón por la que actuó de una u otra forma.

Por eso, no está de más tener en cuenta que el cine, como cualquier arte, se escribe con un conjunto de leyes y valores propios. Recordemos que al ver una película solo somos espectadores. Los cuestionamientos u opiniones que tengamos son meros puntos de vista que, a veces, simplemente tendemos a sublimar hasta por el estado de ánimo en el que nos encontremos.

Planteo todo lo anterior como una confesión. Todo porque mi gusto por la película Blue Velvet (1986) de David Lynch, reside precisamente en esa gozosa sublimación a la que hago referencia.

Disfruto mucho de esa historia sobre un amor que es llevado al límite. Un amor que sobrepasa los términos de normalidad y que termina decantándose en un espectáculo hermosamente bizarro. Espectáculo que se complica al querer contestar la siguiente pregunta ¿Quién es mas perverso, aquel que hace el mal justificándose con la posibilidad de tener al amor de su vida a su lado, o aquel que hace el bien solo porque piensa que eso es lo correcto?

Dos personajes representan los contrapuestos de esa pregunta: Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), un joven universitario que regresa al lugar que lo vio nacer debido al repentino paro cardiaco de su padre. Y Frank Booth (Dennis Hooper), un peligroso asesino y traficante de drogas que se enamoró de la cantante de un bar (Isabela Rossellini), así que secuestra a su esposo e hijo con tal de poder hacer con ella lo que le plazca.

Como leerán, la premisa de la película es sencilla. Lo interesante reside en como David Lynch arma su relato. Blue Velvet es una película que narra cómo un sueño se vuelve pesadilla.

Sencillo ¿no?

Así, el engañoso inicio con la cerca blanca, el cielo azul y las rosas rojas parece denotar tanto la tranquilidad pueblerina del ficticio Lumberton, el pueblo en donde se desarrolla la historia.

Ese seria el inicio del sueño, me temo.

Guiados por la melodía Blue Velvet de Bobby Vinton, damos un recorrido por las soleadas calles del lugar. Vemos los preciosos jardines cuidados por los apacibles lugareños, también al jefe de bomberos que cruza la pantalla a bordo de un hermoso camión rojo. Y llegamos con los Beaumont, y conocemos al padre y a la madre de Jeffrey.

El padre está en el jardín, regando. La madre en la sala de su casa, viendo una película en la televisión. La manguera comienza a fallar justo cuando la canción de Vinton pasa a un segundo término y un molesto zumbido se hace presente. En ciertos momentos, la escena nos recuerda a aquella película realizada por los Lumière, El regador regado.

Entonces, el padre de Jeffrey parece gritar y luego cae al suelo.

Es el paro cardiaco que ya mencioné. La manguera sigue lanzando agua, se le enrosca en la entrepierna al hombre y simula un descomunal chorro de orín. Entra a escena un molesto perro que, brincando sobre el infartado, lame el chorro de agua. Cerca, un niño de meses que da sus primeros pasos, observa el espectáculo y ríe.

Dejamos todo ese mundo y nos adentramos al fondo del jardín. Bajamos y bajamos hasta que nos encontramos con varios insectos que devoran todo lo que está a su alcance.

Conocemos a Jeffrey, el orgullo de la familia Beaumont. Joven, soltero, apuesto. Jeffrey visita a su padre en el hospital y se siente afligido por el precario estado en el que lo encuentra. En su regreso a casa, el joven se detiene en un solitario lugar para arrojar piedras a un tambo de lámina abandonado. Una forma algo infantil de descargar sus frustraciones, cierto, pero así es Jeffrey. Ahí encuentra una oreja humana llena de hormigas que envuelve en un papel y decide llevar a la policía. El detective Williams (George Dickerson) le plantea al joven que investigará el caso y lo somete a un interrogatorio de rutina, sin embargo Jeffrey comienza a sentir curiosidad por su hallazgo. Visita por la noche al detective Williams en su casa. Pero es Sandy Williams (Laura Dern), la adolescente hija del detective, quien le aporta la información que busca.

Sandy le cuenta a Jeffrey que durante días ha escuchado, desde su habitación que está justo encima del estudio de su padre, ciertos comentarios sobre el caso de una cantante llamada Dorothy Vallens (Rossellini). Esa misma noche Sandy le muestra a Jeffrey donde vive la mujer. Jeffrey invita a Sandy a investigar el asunto por su cuenta. Sandy acepta siempre y cuando aquello no afecte su relación con su novio y sus padres no se enteren.

Así, Jeffrey y Sandy, ese par de jóvenes inexpertos, claramente inocentes y soñadores, entran en el inframundo de Lumberton.

La analogía inicial es bastante clara ahora. Aquella intromisión en el césped del precioso jardín de los Beaumont, ese donde encontramos a los insectos que devoran todo, fue una advertencia sobre lo que estaba por suceder.

Cuando la noche cae, las solitarias calles del pueblo con sus apacibles jardines y cercas blancas, se transforman en terrenos inhóspitos que en lo absoluto contrastan con la parte urbana e industrial del pueblo. Esa antesala del infierno siempre tan temida.

Así vamos conociendo que el misterio alrededor de la oreja que encontró Jeffrey reside en el corazón de un hombre, Frank Booth (Hopper). Es su deseo por Dorothy Vallens el que provoca la catástrofe. Frank y sus hombres secuestran al esposo y al hijo de la cantante. Frank acosa a Dorothy, obligándola a usar una bata de terciopelo azul mientras aspira oxigeno desde una bomba y simula que la viola. Esa es la única forma en la que ese hombre maduro, violento, decadente puede excitarse. Queda clara su impotencia, su virulencia.

Eso que él llama amor es una obsesión que lo está destruyendo.

Jeffrey entra en el mundo de Frank y con su curiosidad lo corrompe.

Conoce a Dorothy y se obsesiona con sus obsesiones. También se enamora de la aparentemente inocente Sandy, a quien arrastrará involuntariamente hasta destruir su mundo mágico de sueños donde, por la falta de amor, alguien roba a todos los petirrojos del mundo.

Que venga la pesadilla…

Frank grita su masculinidad cada vez que puede. Dice que puede coger con todo lo que se mueva, aunque el único placer que le puede dar a Dorothy en sus encuentros son los golpes que le propina y la intoxicación que le provoca su ingesta de oxígeno. Jeffrey ve en Frank la encarnación de un mal mundano. Le teme, aunque también se sienta intrigado por su violenta personalidad y sus momentos de fragilidad ¿Será que ve en él a una figura paterna que no le pudo dar su padre?

Los hombres que acompañan a Frank, además del extraño Ben (Dean Stockwell), son meras comparsas que acompañan el decadente viaje de Jeffrey hacia los misterios del amor.

Es un mundo extraño, dice el supuesto héroe cada vez que encuentra una pieza del rompecabezas que nadie le pidió que armara. Y ninguno de nosotros, en nuestro papel de espectadores, puede contradecirlo. Tan extraño como la vida misma.

Sin embargo, al final nadie aplaudirá las hazañas de Jeffrey pues, en el fondo, todos terminaremos sintiéndonos como Frank, unos payasos de caramelos a los que apodaron arenero. Somos los que entramos todas las noches de puntillas en cuartos ajenos para que, en sueños, acompañemos al personaje de esa otra historia que apenas se cuenta.

Eso es lo que hacemos cada que vemos una película ¿no?

Todo eso es recitado mientras el andrógino Ben enciende una lámpara de mecánico y, usándolo como un micrófono, nos da una cruel representación del dolor que debe sentirse al tener algo que, sabemos, nunca podrá ser nuestro.

Y sí, quizá cuando llegue a nuestra ventana un petirrojo con un insecto en el pico, podamos entender cuál podría ser el misterio del amor que obligó a Frank a no darle una de sus cartas de amor a Jeffrey, un balazo en la cabeza, cada vez que pudo.

Ah, los misterios del amor ¿Y qué fue lo que dijo Chuang Tzu sobre una mariposa y un sueño?

Atentamente, el Duende Callejero