12 de agosto, 2022

Salman Rushdie
Salman Rushdie, también conocido como Joseph Anton y Antonio Gómez

El 14 de febrero de 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeiní leyó en Radio Teherán un edicto religioso en el que acusaba de blasfema a la novela The Satanic Verses (primera edición a mediados de 1988) y de apostata a su autor, Salman Rushdie (1947, Bombay).

El fetua, que es como se conoce a ese tipo de edictos religiosos, instaba a cualquier musulmán para que encontrara y diera muerte a Rushdie, y también a cualquiera que tuviera que ver con la publicación de la novela.

Remataba diciendo que: Cualquier musulmán que muera en esta empresa será considerado un mártir.

El delito del que se acusó a Rushdie fue el de haber escrito un texto contrario al Islam, que satirizaba la vida de Mahoma y en el que había un personaje, un Imán exiliado en París, que se valía de su autoridad y del fanatismo de sus acólitos para realizar vendettas personales.

Lo último, algo que con la fetua de Jomeiní dejó atrás los terrenos de la ficción para meterse de cabeza en la realidad.

La fetua incluyó una recompensa no oficial valuada en unos 3 millones de dólares.

Así inició el capítulo que significó un antes y un después en el mundo editorial. Y al respecto diré que bastaron un par de días para que el Gobierno Británico pusiera bajo protección a Salman Rushdie, que en ese momento dejó la vida pública para vivir recluido en habitaciones de hoteles o en departamentos de lujo vistiendo chalecos blindados, resguardado por ventanas con cristales a prueba de balas y sometido a protocolos de seguridad.

Eso sí, Rushdie siguió con su vida literaria. Publicó novelas y artículos cada tanto, aunque resguardado en todo momento por el Servicio Secreto Británico.

Cierto, la fetua no alcanzó a Rushdie en aquellos años, pero sí a los traductores: Ettore Capriolo de Italia y al japonés Hitoshi Igarashi, además del editor noruego William Nygaard. Según informativos y autoridades, fanáticos musulmanes atacaron a los tres y solo el japonés murió por las heridas sufridas en el ataque.

En los primeros años tras la fetua, Rushdie solo dio entrevistas y conferencias desde búnkeres de locación indeterminada. Pero a los años fue presentándose en lecturas y charlas en universidades o en ferias de libro, aunque sus apariciones jamás figuraban en los programas oficiales.

Juan Villoro hace una recuento de la visita de Rushdie a México como parte de las presentaciones para la promoción de su novela de 1995: The Moor’s Last Sigh. Está en su libro de crónicas: Safari Accidental (2005, Joaquin Mortiz).

En ese texto, Villoro plantea una lectura sobre cuál fue el verdadero pecado cometido por Rushdie:

… no aceptan que un novelista nacido en el seno de una familia musulmana se declare librepensador…

En los días en los que vino a México y visitó Tequila, Jalisco, bajo sobrenombres como Antonio Gómez o algo Chávez, Rushdie ya se las ingeniaba para aparecer o en un concierto de U2

Rushdie y Bono, que luego colaborarían en la canción The Ground Beneath Her Feet

En una escena de la película Bridget Jones’s Diary (2001).

Luego, fue apareciendo como panelista del algún programa televisivo norteamericano o británico, entre ellos el de Bill Maher para HBO: Real Time.

Sí, ese es Vicente Fox.

La fetua no caducó. Pasó que el mundo no se detuvo, que siguió su curso. Y como tantas otras cosas, la rutina se impuso dejando a un lado el imperio de los extraordinario.

Rushdie se fue a vivir a Nueva York, se nacionalizó estadounidense. Dicen que solía caminar por las calles de la metrópoli ya sin operativo de seguridad.

Hoy me entero que Rushdie sufrió un atentado en Chautauqua, una localidad ubicada al oeste del Estado de Nueva York. Estaba por dar una charla cuando un hombre subió al escenario y lo atacó a él y a otros miembros del staff. Hasta cuando escribo estas líneas, solo se sabe que el hombre fue detenido y que Rushdie y demás heridos están siendo atendidos en un hospital. Hace unos minutos, su editor Andrew Wylie comunicó mediante un correo electrónico que el escritor está conectado a un respirador, que no puede hablar, que su hígado está dañado junto con los nervios de una de sus manos, que incluso puede que pierda un ojo.

Desde acá le deseo que se recupere.

Y también pongo sobre la mesa que si alguien quiere honrar a Rushdie, lo mejor no sería hacerlo leyendo The Satanic Verses, sino su biografía novelada Joseph Anton: A Memoir, publicada hace diez años.

En Joseph Anton, Rushdie se sincera y de paso, se desnuda.

El nombre del título fue el que Rushdie utilizó en la década que vivió de incógnito. Fue su forma de honrar a dos de sus tótems literarios: Joseph Conrad y Antón Chéjov. Aunque en el libro relata que los agentes que lo resguardaban se referían a él como: Joe.

Narrado no en primera persona, sino en tercera, Rushdie nos presenta, tras un interesante y delicioso repaso de su infancia y adolescencia, a un personaje maduro que suele mostrarse cáustico con aquellos que lo rodea. Sean estos su esposa o sus amantes o sus familiares y hasta algunos amigos.

Entre las tantas crisis con las que Rushdie tuvo que lidiar en esos años, estuvo una que es de la que trata la mayoría de los capítulos finales de Joseph Anton: el hecho de que un hombre que ha dedicado su vida a configurar ficciones y crear personajes y mundos, descubriera que ahora se ha convertido él mismo en un personaje de una ficción que a no le gusta, y que vive en un mundo que ni en sus peores pesadillas pensó que existiría.

Pero no esperen un texto sombrío y plagado de autocompasión. No, Joseph Anton: A Memoir es casi una novela picaresca.

Esa es la muestra de algo que Rushdie siempre ha defendido, sea con sus artículos, sus novelas o sus discursos: que la literatura y todas las artes, incluyendo aquellas dedicadas al entretenimiento, jamás podrán pensarse o realizarse al margen de la política.

Canción de U2 con letra de Salman Rushdie, que apareció originalmente en su novela The Ground Beneath Her Feet

Atentamente, el Duende Callejero

PD…

Hace meses, Rushdie comenzó un newsletter llamado: Sea of Stories en Substack. Contaba anécdotas, ideas, incluso comenzó a publicar una novela llamada The Seventh Wave.

Es de paga, y la liga está acá:

Ganando sus alas

Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt
Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt

Creo que no será un spoiler decir que Martyrs Lane (2021, Reino Unido) es una historia de fantasmas.

Ese dato está en la mayoría del material publicitario que la acompaña. Y bastan los primeros minutos dentro del mundo en el que vive Leah (Kiera Thompson), la protagonista de la historia, una niña de diez años que anda de aquí para allá recorriendo un caserón viejo, observando las rutinas familiares, para entender por dónde irán los tiros, como dicen.

Leah es miembro de una familia de cuatro integrantes.

La madre, Sarah (Denise Gough), es una mujer triste que suele estallar a la menor provocación y que se ha convertido en una obsesión para Leah. Sabe que esos cambios de humor provienen de algún hecho del pasado, pero no sabe qué podría ser, aunque está segura que el relicario dorado que cuelga de su cuello, y que no deja que nadie toque, es una pista importante.

Su padre, Thomas (Steven Cree), ha tomado a la religión como una forma de lidiar con cualquier problema con el que se enfrenta. Eso hace que sea difícil hablar con él, hacerlo entender que hay cosas terrenales que afectan e importan más que su ansiado más allá.

Finalmente está Bex (Hannah Rae), la hermana mayor, que suele mostrarse hosca y hermética como cualquier adolescente de su edad, pero que es el justo punto medio de la familia: secunda los silencios maternos con una pizca del mercurial temperamento paterno.

Debemos sumar el hecho de que, tras revisar el relicario de su madre, Leah comienza a recibir la visita de una niña (Sienna Sayer), que al parecer viene de algún lugar del bosque, que toca a su ventana, que charla con ella sobre varios temas. Esa niña anónima le va informando en dónde puede encontrar algo que le servirá para comprender ese pasado que su familia intenta mantener en secreto, mientras le presume que ya le están creciendo alas de verdad.

Porque las que de momento porta solo son parte de un disfraz.

De nueva cuenta un realizador, en este caso a la directora y guionista (y también actriz, aunque aquí no aparezca frente a las cámaras) Ruth Platt, se sirve de un relato de horror para volver un tema mundano en toda una odisea sensorial y alegórica. En este caso está el cuestionar esa costumbre por parte de los mayores por evitar que los infantes se enteren y encaren eventos que, cierto, son duros, crueles, pero que, caray, forman parte de la vida misma.

Platt lanza una pregunta interesante con Martyrs Lane ¿No será que intentando evitar un trauma, suele crearse uno?

Leah se ha convertido, por cuenta propia, en una especie de devorador de angustias para los miembros mayores de su familia. Y no sabe la razón por la que hace eso. Su conocimiento sobre cosas tan simples, como el amor o la compasión, es bastante limitado. Sus mayores han estado ocupados lidiando con otras cosas como para enseñarselo.

Es en ese apartado en el que Platt triunfa: en el situarnos, por momentos, en ese mundo infantil lleno de dudas y miedos, pero con un hambre por conocer y entender qué pasa cueste lo que cueste y que vale para que cualquier miedo quede relegado.

Ese triunfo me basta para decir que Platt se ha ganado, con Martyrs Lane, sus alas reales.

Atentamente, el Duende Callejero

Recordando a Fundación

Isaac Asimov dibujado por Rowena Morrill
Isaac Asimov dibujado por Rowena Morrill

Originalmente, solo fueron varios relatos publicados entre 1942 y 1950 en revistas pulp. Relatos que luego se convirtieron en tres tomos corregidos y aumentados publicados entre 1951 y 1953.

Y sí, tuvieron sus subsecuentes ramificaciones en otros tantos relatos, en otras tantas novelas, incluso en algunos ensayos. Todo eso fue la saga Fundación de Isaac Asimov, saga que suele considerarse el pináculo de la literatura de ciencia ficción de la llamada Era Dorada.

Dicha Era marca el momento en el que las historias de ciencia ficción se hicieron populares tanto con la crítica como con el público. Inicia, según, a finales de los años 30 y acaba por 1950, década en el que esas historias-ideas comenzaron a utilizarse como base de películas de mediano presupuesto que poco a poco fueron conquistando nuevas audiencias en todo el mundo.

La saga Fundación plantea, primero, la idea de que el final de todo es inminente y que al ser humano, con todo y sus saberes y tecnologías, le resultará imposible evitarlo. Pero ¿Qué pasaría si se realizaran una serie de micro eventos aquí y allá, todos basados en meras teorías y que serán perpetrados a lo largo de miles de años?

¿Bastaría eso para alterar un poco dicho fin? ¿Servirá para albergar alguna esperanza, aunque eso entre en territorios ignotos?

Hari Seldon es un científico que desarrolla la teoría de la psicohistoria. Parte matemática, parte psicología, parte antropología, parte filosofía y, bueno, también parte alquimia, mediante complejos teoremas se anticipa que el fin del Imperio Galáctico gobernante, uno enclavado en tradiciones feudales, será dentro de treinta mil años. Por ello, elabora un complejo plan que abarcará a generaciones enteras, además de provocar algunas crisis intergalácticas. Todo para asegurarse que cualquier cosa que resulte tras el inminente desplome del Imperio sea algo que ha aprendido de sus errores y que deje atrás la idea de: Siempre han confiado en la autoridad o en el pasado, nunca en sí mismos.

Solo que su verdadero plan consiste en agrupar a dos grupos de científicos, artistas e ingenieros en dos colonias para que sean las bases de lo que resulte de la caída del Imperio. Caída que ocurriría en mil años y no en los 30 mil anunciados.

Esas dos colonias se desarrollarán en los extremos de la galaxia y cada una serán ignorante de la existencia de la otra. La razón oficial de la existencia de la primera, será elaborar una enciclopedia que concentre todos los saberes en un lugar para la posteridad.

A cada una las llamarán Fundación. La creación de ese par de Fundaciones se le delega al Imperio mediante una ingeniosa estratagema que incluye que dichas autoridades olviden la existencia de ambas colonias. Solo aporten los recursos necesarios para su creación y no se inmiscuyan en su desarrollo.

Seldon pensó al dedillo el plan y sabiendo que no sobreviviría para comprobar si se cumplirían o no sus vaticinios, guardó parte de sus conocimientos e ideas en una réplica virtual suya que vive dentro de una máquina que se abrirá cada tantos años: la Bóveda del Tiempo.

Ese es apenas el arranque de la saga. Otra idea tras Fundación está en cuestionar qué sucedería en caso una sociedad aprendiera a predecir, mediante la ciencia, eventos futuros.

¿Qué sería del predeterminismo entonces?

Asimov responde ese cuestionamiento planteando que de todas formas lo impredecible acabaría filtrándose, porque eso es lo que nos hace humanos: ser subjetivos, azarosos, caóticos.

De ahí la existencia de El Mulo. Su papel reside en representar el caos que acabará certificando, digamos, al orden.

Y esas son las dos fuerzas en las que se basa toda existencia.

Y a propósito de esos elementos caóticos, Asimov deja bien claro que para él: La violencia es el último recurso del incompetente. Así que en gran parte de Fundación se plantea en cómo los personajes intentan por todas las formas posibles el no recurrir a la violencia.

Se entiende. Isaac Asimov comenzó a escribir los relatos originales durante la 2da Guerra Mundial. Por esos años, trabajó para el ejército de Estados Unidos como químico civil en una base militar y como muchos, se preguntaba si aquel conflicto iría a cambiar a la humanidad entera cuando terminara. Si aquella guerra, aquella experiencia iba a servir de algo. También se preguntaba, sin saber aún cuál sería el resultado del conflicto, qué vendría después. Y, claro ¿Es que nadie había previsto que algo así sucedería?

Fundación y sus ramificaciones son respuestas a todas esas interrogantes, y también para las que vinieron después. Además recordarnos, desde esa propia Bóveda del Tiempo de letras, que:

Cualquier dogma, basado primariamente en la fe y el sentimentalismo, es un arma peligrosa usada sobre los demás, puesto que es imposible garantizar que el arma nunca se vuelva contra el que la emplea.

Atentamente, el Duende Callejero

La balada de Bella Cherry

Sofia Kappel en una escena de ‘Pleasure’ de Ninja Thyberg
Sofia Kappel en una escena de Pleasure de Ninja Thyberg

Linnéa (Sofia Kappel, en su debut) es una joven sueca de diecinueve años que llega a Los Ángeles con un sueño: convertirse en la nueva sensación del porno amateur (que, como veremos en los 109 minutos de metraje, de amateur solo tiene el nombre). Sus cartas de presentación son un modesto número de seguidores en una red social muy parecida a Instagram, un nombre de guerra bastante ordinario: Bella Cherry, 25 tatuajes y una determinación que ella cree que basta para lograr su objetivo.

La cuestión es que no es lo mismo tener una idea sobre cómo es el trabajo de tus sueños, y otra es el comprender que un trabajo, sin importar en dónde se desarrolle o en qué consista, es simplemente eso: un trabajo.

Esa es, en resumen, el hilo conductor del primer largometraje de Ninja Thyberg (1984, Gotemburgo), Pleasure (2021, Suiza, Países Bajos y Francia). Tema que, por cierto, había explorado con un cortometraje del mismo nombre que estrenó allá en el 2013.

Ambos escritos por Thyberg junto con Peter Modestij.

Jugando entre la estética documental y siguiendo golpe a golpe las historias relacionadas con la fórmula del pez fuera del agua, Pleasure nos toma de la mano y nos va mostrando lo que significa: crear una marca en una industria que se distingue por su conservadurismo.

Todo esto ocurre justo en la transición en la que la industria porno abandonó el mercado tradicional, ese de la renta y venta en formato físico, al de las plataformas de streaming de suscripción y el boom de las redes sociales y los influencers.

Cherry/Linnéa quiere trastocar esa industria solo con su belleza, su inocencia y, de nuevo, con su determinación. A la hora de crear su perfil para el catálogo para los productores pone ciertas limitantes, que luego verá que en lugar de distinguirla la han encasillado. Llegar a la cumbre en cualquier área es duro, lleva tiempo, pero Cherry/Linnéa quiere las cosas ya. Por ello se pone como objetivo el seguir los pasos que cree que tomó su modelo, Ava (Evelyn Claire).

Ella es la nueva chica Spiegler (que en la película es interpretado por el propio Mark Spiegler, uno de los mandamases de la industria porno angelina), término que significa que Ava es parte de las realezas: viajan en los mejores autos con chofer-guardaespaldas que la cuidan en las filmaciones, tienen miles de seguidores en sus redes sociales, entra en las fiestas sin hacer fila y directamente a los reservados. El precio que debió pagar fue no negarse a nada dentro del set.

Cherry/Linnéa toma una decisión: ella también quiere ser una chica Spiegler, así que inicia su recorrido por una sinuosa desviación que la lleva directamente a esos lugares que ella dijo en un inicio que no iba a visitar. Y es donde pienso que otro nombre que pudo tener esta película es: Todo por un Sueño.

Resulta interesante que los momentos más duros de una película cuyo diorama es el mundo de la pornografía de inicios de la segunda década del siglo XXI, tenga que ver con sus aspectos burocráticos. Lo que resulta tormentoso son esas rutinarias entrevistas, en las que los entrevistadores repiten como autómatas las preguntas y las frases de celebración por cada respuesta; esas burdas sesiones fotográficas, en las que el fotógrafo no tiene tiempo para tratar con primerizas o modelos inseguras; los preparativos entre cada escena, en los que el equipo intenta romper el hielo con pláticas sosas. Y ese momento en el que el negocio asoma su verdadera cara: Esto no es para cualquiera.

Si algo podemos reclamarle a Pleasure es que plantea una idea interesante desde una perspectiva también interesante: este negocio, que lucra con el placer ajeno a cambio de beneficios económicos solo redituables para los que contestan los teléfonos o empuñan las agarraderas de las cámaras, es una trampa quizá no mortal pero que vaya que lacera. Solo que a la hora de fijar su postura, a la hora de plantear si todo aquello vale o no la pena, la película decide irse por el camino menos transgresor: un final abierto.

Caray. El viaje vale la pena, por supuesto. Pero el destino…

Atentamente, el Duende Callejero

PD. Una versión de este texto se publicó en el periódico El Debate, en la columna Pista de Despegue.

Infancia, memoria y olvido

Manuel Jabois y un ejemplar de su novela ‘Malaherba’. La foto, entiendo, es de Jeosm.
Manuel Jabois con un ejemplar de su novela ‘Malaherba’. La foto, entiendo, es de Jeosm

Sobre la infancia diré que, basándome tanto en mi experiencia como en la de cercanos, aquello se trató de un largo y sinuoso paseo por el más crudo campo de batalla al que nos pudimos enfrentar.

Paseo del que pocos acabamos enterándonos, por cierto. Porque si hay algo que merece que la llamen traicionera, esa sería la memoria.

Más en cualquier caso relacionado con la infancia.

Que conste, no digo todo esto montándome en una atalaya cuya bandera es la amargura. Para nada. Lo digo teniendo en cuenta que durante esos años, que entiendo que llaman de formación, también podríamos emplear otro término: de definición.

Y parte de esa definición viene de cómo nos toca lidiar con cuestiones tan básicas como la frustración, la inseguridad, los deseos y tantas cosas más cuyos nombres entonces desconocemos y cuyas implicaciones, si nos va bien, tardaremos quién sabe qué cantidad de años en entender.

Además están las cosas, como eventos o sucesos entenados, que precisamente por su cualidad de ajenos acaban mercándonos de forma tan diferente a los propios. Principalmente porque no los comprendemos y porque los adultos en turno suelen vestirlos con explicaciones bastante sosas. Arguyendo que es porque estamos muy chicos para enterarnos de ciertas complicaciones, así que lo mejor es o mentirnos o distorsionar aquello que sucedió.

Ah, claro, y hacen eso por nuestro bien.

Ser padre consiste básicamente en mentir, desde el primer momento hasta el último se pasan la vida mintiendo. Siempre.

Así que son esos eventos o sucesos los acaban ocultos por una bruma densa, uniforme, grisácea y diré que bastante práctica. Tanto que al referirnos a la infancia como un todo, caemos en lugares bastante comunes que suelen resumirse en: Te ahorraré los detalles, fuimos felices.

Pero esos eventos se quedan ahí. Solemos recordarlos o evocarlos más como pesadillas que como sucesos reales. Y usualmente los arropamos con el manto siempre correoso de las leyendas personales.

Me gustaría pensar que de esos derroteros viene el título de la novela de Manuel Jabois (1978, Sanxenso), Malaherba (2019, Alfaguara). Porque entiendo que se refiere a alguien o algo cuya naturaleza es lo malo, sea provocando miedo o desazón o daño. Y que cuando se emplea en, digamos, una persona es porque se está diciendo que aquel es alguien que nunca tuvo remedio. Es malo, hará el mal y no importa qué se haga al respecto. Esa es su única forma de ser y contra eso poco puede hacerse.

Yo creo que lo que nos pierde es la crueldad, porque malo es imposible no serlo.

La novela está narrada principalmente por un niño de diez años que se va enterando de cosas.

Él es Tambu, y esas cosas son, por ejemplo, que las personas mueren y nada se puede hacer al respecto.

También que cualquier expectativa que se tenga sobre los sucesos que están pasando, siempre quedarán a deber.

Igual que eso que los mayores, desde sus territorios, tienden a categorizar como transgresiones, para aquel que las provoca y/o protagoniza solo son sucesos que pasaron un lunes por la mañana.

Y que podrán justificarlos sin que importe si aquel hecho resulta trágico.

En Malaherba, todo constituye una anécdota que ya quisiéramos que se vaya sumando para lograr ese manido arco dramático del personaje narrador. Esa es la principal virtud del relato, caray, que aquí no hay un mensaje. Lo que hay es un aprendizaje que en el mayor de los casos, ni Tambu ni su hermana Rebe, ni los amigos y vecinos Elvis y Claudia atenderán de inmediato.

No esperemos, pues, un final catártico. Lo que tenemos, advierto, es uno de esas conclusiones en las que comprendemos que todo es finito y que ha llegado la hora de seguir nuestro camino. Así que debemos abandonar a esos personajes debido a que nada se detiene y ya estuvimos el tiempo suficiente atestiguando sus vidas para comprender que todo aquello que nos sucedió en nuestra infancia, lo recordemos bien o no, lo comprendamos bien o no, tiene más en común con un todo de lo que pensaríamos.

Porque en ciertos momentos, solo somos niños que se niegan a saber que han crecido.

Y es ahí donde me gustaría aplaudirle a Jabois.

Sí, levantarme de la silla y aplaudir hasta sentir que mis palmas quedan mudas. Su relato, su Malaherba, configura un verdadero mundo literario en el que los guiños y referencias particulares acaban aportando una universalidad que seguro y acabará calando en más de un sentido.

Sea este sentido por la turbación común por sentir algo que, según nos han dicho, no debíamos sentir, o por hacer algo que, incluso nosotros mismos sabemos que no debimos hacer.

Pero, lo sabemos: lo hecho, hecho está.

Cuando tienes seis años, dieciocho kilómetros son aproximadamente tres vueltas al mundo.

Hace años, muchos, muchos años, charlaba con una amiga que me había invitado a comer a su casa. Era compañera del trabajo, se había casado grande, su esposo era como seis o siete años menor que ella. Tenían un hijo y me dijo que no pensaban tener otro.

Durante la comida hubo un incidente con el niño: se negó a utilizar una cuchara y acabó dejando gran parte de la comida o en el mantel o en el piso o sobre su humanidad.

Durante el incidente, el papá quiso razonar con el niño. Con una voz serena, le explicó que necesitaba utilizar una cuchara, no un tenedor, y hasta le mostró las razones. Mi amiga dejó que su esposo acabara su explicación para lanzar y ver que nada cambiaba para dar el primer grito, acompañado de un fuerte golpe en la mesa. Luego, le arrebató el tenedor al niño y le ensartó la cuchara en su diestra.

El niño hasta acabó incluso medio limpiando parte del tiradero.

Al final, mientras yo lavaba los platos, mi amiga se acercó. Recargó su espalda en el refrigerador, se quedó mirando a la calle. El niño y su esposo se habían ido a otro lugar de la casa. Ella sacó una cajetilla de uno de los bolsillos de su pantalón, de lo alto del refrigerador tomó un cenicero y me pidió que vertiera un poco de agua en él. También me pidió que abriera la ventanilla que tenía frente a mí.

Luego, encendió un cigarro y mientras lanzaba el humo en dirección a la ventanilla y lo seguía con la mirada, me dijo:

“Sabes, lo que más me aterra de tener un hijo es el no saber en qué momento lo voy a traumar. Sé que lo haré, soy su madre, eso es algo inevitable. Pero siento que nunca es como se piensa. No será, por ejemplo, por algo como lo que acaba de suceder. Ni porque lo descubra en una mentira. Será, creo, porque no le contesté un saludo, porque no le demostré el entusiasmo que debí darle a ese feo dibujo que hizo en la escuela. Porque no le traje el encargo que me hizo del supermercado. Eso es lo único que, hasta ahora, logra quitarme el sueño”.

No sé qué ha sido de ella. Pero, vaya, me gustaría contactarla, ponerme al día y relagarle una copia de Malaherba de Manuel Jabois.

Atentamente, el Duende Callejero