El podcast nuestro de cada ¿domingo? ¡Lunes!, III

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café, o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno, que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que escucho durante la semana.

Esta es la tercera recomendación, publicada tarde, un día, porque ayer pasaron cosas.

No pregunten.

Se presentan como un podcast para cinéfilos duros. Además, dicen que ahí se hablará de todo, desde Jean-Luc Godard a Jean-Luc Picard.

Y la verdad es que cumplen.

Es el podcast Wrong Reel, con James Hancock.

Una advertencia. Las charlas que tienen Hancock con sus colaboradores suelen ser largas. Compiten en duración con alguna épica bíblica del Hollywood de los años 50. Pero cada minuto es una delicia. Todos los convocados son unos verdaderos amantes del cine y desmenuzan, debaten, aportan información y se sumergen en lo profundo del tema planteado. Uno que, por ejemplo, y solo tocaré los episodios más recientes, la trilogía de Orfeo de Jean Cocteau o las películas de ciencia ficción de los años 90.

Y si también gustan de ver a Hancock hablar sobre cine, videojuegos, series de televisión, cómics y hasta trailers, pueden visitar su canal de YouTube, Geekin’ with James Hancock.

Aquí les dejo uno de los episodios más recientes que vaya que disfruté. Va sobre Joe D’Amato y el compañero de armas de Hancock en esta ocasión es Mackenzie Lambert.

Y, hace unos siete meses, Wrong Reel y compañía produjeron Hobo with the High Kick. Esperemos que ahora que estas entregan sigan.

Atentamente, el Duende Callejero

El podcast nuestro de cada domingo, II

Caratula de The Kingcast

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café, o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno, que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que escucho durante la semana.

Esta es la segunda (y me temo que bastante obvia) recomendación.

¿Son lectores constantes?

Sí, de esos que suelen comprar el nuevo libro de Stephen King que encuentren en la estantería de alguna librería.

Si la respuesta es sí, entonces seguro les interesará el podcast que desde el 14 de mayo del 2020 han estado produciendo Scott Wampler y Eric Vespe, The Kingcast.

Presentado como un podcast: sobre Stephen King para obsesionados con Stephen King, cada semana (en concreto, cada miércoles por las mañanas) junto a un invitado que puede ser Issa López, Barbara Crampton, Scott Ian, Don Coscarelli o Mick Garris, Wampler y Vespe repasan una novela o un cuento junto con su concerniente adaptación cinematográfica (o la serie que inspiró, según sea el caso).

Intercambiando puntos de vista, abriendo debates, desarrollando lecturas de la historia propuestas por cada participante, con The Kingcast resulta muy difícil querer quedarse al margen de la conversación.

Uno acabará releyendo (o leyendo por primera vez) alguno de los libros de King que moran los estantes de la biblioteca personal (qué decir de bucear un poco en busca de esa película que hace mucho no veíamos, o que tenemos pendiente).

Por acá les dejo no el último episodio que han subido, sino el que considero mi favorito, en el que el invitado fue Mark Z. Danielewski y hablaron sobre Cujo:

Atentamente, el Duende Callejero

La amabilidad de los extraños

Fotograma de Krisana
Fotograma de Krisana

Estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Matiss Zelcs (Egons Dombrovskis) sale de casa, al atardecer, debe ir a su trabajo en el Archivo Nacional de Letonia. En el camino, cruza un puente en el que ve a una mujer parada en el borde ¿Otra suicida? ¿Cuántos van?

Luego de intercambiar miradas, Zelcs agacha la cabeza y sigue su camino.

Han pasado unos metros, él sigue caminando hacia su trabajo cuando escucha al agua rompiéndose detrás.

Voltea.

La mujer ya no está en el borde ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

La escucha pedir auxilio. Regresa pero solo ve oscuridad. Así que enciende un cigarro, se encoge de hombros y sigue su camino hacia su trabajo.

El tiempo pasa, pero Zelcs no puede pensar en otra cosa que no sea en la culpa por no haberse detenido a ayudar a esa mujer ¿Quién era? ¿Por qué lo hizo?

Recurre a la policía, pero ellos no resuelven nada ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

A nadie le importa.

Estamos en Riga, repito.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y la vida es dura.

Siguen aquí los fuertes, se van los débiles.

Eso es lo que parece quererle decir ese policía irónico. Hay que seguir adelante.

Zelcs lo sabe, en el fondo lo sabe, pero no puede quitarse de la cabeza que ella estuvo a unos metros de él y que él solo la observó y la dejó caer.

Que a nadie parece importarle que ella no está.

A nadie.

Solo a él.

Así que, armado con lo mejor que sabe hacer, investigar, Zelcs comenzará una investigación que lo llevará no solo a conocer quién fue esa mujer que no salvó, sino qué fue lo que la orilló a tomar esa decisión, qué vida llevaba, quién era, qué quería.

Qué anhelaba.

Todo enmarcado en un conjunto de fotografías que resumen una vida como la de él.

Pero ¿Por qué hace aquello?

¿Realmente le interesa que esa mujer no siga siendo una anónima o solo quiere limpiar su conciencia?

¿Qué está pasando con él?

¿A alguien le importa?

Recordemos, de nuevo, estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y solo hubo otro suicidio en el puente.

¿Cuántos dicen que van?

El también director de fotografía Fred Kelemen (Berlín, 1964), presenta una hermosa y monocromática oda a la soledad, a la alienación y a la culpa llamada Krisana (Alemania y Lituania, 2005), que traducido sería caída, un sencillo y claustrofóbico thriller existencial escrito con sombras. Narrado por el silencio. Construido por medio de planos largos que se van ensamblando bajo el dictado de una ciudad.

Riga.

Donde el ambiente es, sí, frío. La ciudad, claustrofóbica.

Sigo jurando que a mis sueños le robaron una película.

Atentamente, el Duende Callejero

Los misterios del amor (Redux)

Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet
Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet

Nota: esta es la cuarta vez que me piden subir este texto. Así que está dedicado para los que me mandaron un correo o me dejaron un comentario.

Dice Christian Metz que la diferencia entre la situación fílmica y la situación onírica reside exclusivamente en el sujeto. Aquel que ve una película sabe que está viendo una película, mientras que aquel que sueña regularmente no se entera que está soñando en el momento.

En resumen, la socorrida relatividad solo nos sirve como un punto de referencia.

Ahora bien ¿Qué pasa cuando la diferencia entre ambos estados tiende a reducirse?

Bueno, disfrutar una película, según Metz, depende de la participación afectiva que pueda tener el espectador. Cuando la conciencia del sujeto ante la situación fílmica comienza a enturbiarse, la transferencia perceptiva aumenta.

Así, el sujeto deja su papel de espectador para gesticular, decirle al personaje que continúe, aplaudir por la acción recién efectuada, sobresaltarse, gritar, llorar, reír, insultar, sentir pena, asombro o, de plano, marcharse de la sala mientras lanza palabras incomprensibles.

Catársis. Así la llaman ¿no?

Lo interesante es que, en cualquiera de los eventos antes mencionados, al sujeto en cuestión le será difícil explicar la razón por la que actuó de una u otra forma.

Por eso, no está de más tener en cuenta que el cine, como cualquier arte, se escribe con un conjunto de leyes y valores propios. Recordemos que al ver una película solo somos espectadores. Los cuestionamientos u opiniones que tengamos son meros puntos de vista que, a veces, simplemente tendemos a sublimar hasta por el estado de ánimo en el que nos encontremos.

Planteo todo lo anterior como una confesión. Todo porque mi gusto por la película Blue Velvet (1986) de David Lynch, reside precisamente en esa gozosa sublimación a la que hago referencia.

Disfruto mucho de esa historia sobre un amor que es llevado al límite. Un amor que sobrepasa los términos de normalidad y que termina decantándose en un espectáculo hermosamente bizarro. Espectáculo que se complica al querer contestar la siguiente pregunta ¿Quién es mas perverso, aquel que hace el mal justificándose con la posibilidad de tener al amor de su vida a su lado, o aquel que hace el bien solo porque piensa que eso es lo correcto?

Dos personajes representan los contrapuestos de esa pregunta: Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), un joven universitario que regresa al lugar que lo vio nacer debido al repentino paro cardiaco de su padre. Y Frank Booth (Dennis Hooper), un peligroso asesino y traficante de drogas que se enamoró de la cantante de un bar (Isabela Rossellini), así que secuestra a su esposo e hijo con tal de poder hacer con ella lo que le plazca.

Como leerán, la premisa de la película es sencilla. Lo interesante reside en como David Lynch arma su relato. Blue Velvet es una película que narra cómo un sueño se vuelve pesadilla.

Sencillo ¿no?

Así, el engañoso inicio con la cerca blanca, el cielo azul y las rosas rojas parece denotar tanto la tranquilidad pueblerina del ficticio Lumberton, el pueblo en donde se desarrolla la historia.

Ese seria el inicio del sueño, me temo.

Guiados por la melodía Blue Velvet de Bobby Vinton, damos un recorrido por las soleadas calles del lugar. Vemos los preciosos jardines cuidados por los apacibles lugareños, también al jefe de bomberos que cruza la pantalla a bordo de un hermoso camión rojo. Y llegamos con los Beaumont, y conocemos al padre y a la madre de Jeffrey.

El padre está en el jardín, regando. La madre en la sala de su casa, viendo una película en la televisión. La manguera comienza a fallar justo cuando la canción de Vinton pasa a un segundo término y un molesto zumbido se hace presente. En ciertos momentos, la escena nos recuerda a aquella película realizada por los Lumière, El regador regado.

Entonces, el padre de Jeffrey parece gritar y luego cae al suelo.

Es el paro cardiaco que ya mencioné. La manguera sigue lanzando agua, se le enrosca en la entrepierna al hombre y simula un descomunal chorro de orín. Entra a escena un molesto perro que, brincando sobre el infartado, lame el chorro de agua. Cerca, un niño de meses que da sus primeros pasos, observa el espectáculo y ríe.

Dejamos todo ese mundo y nos adentramos al fondo del jardín. Bajamos y bajamos hasta que nos encontramos con varios insectos que devoran todo lo que está a su alcance.

Conocemos a Jeffrey, el orgullo de la familia Beaumont. Joven, soltero, apuesto. Jeffrey visita a su padre en el hospital y se siente afligido por el precario estado en el que lo encuentra. En su regreso a casa, el joven se detiene en un solitario lugar para arrojar piedras a un tambo de lámina abandonado. Una forma algo infantil de descargar sus frustraciones, cierto, pero así es Jeffrey. Ahí encuentra una oreja humana llena de hormigas que envuelve en un papel y decide llevar a la policía. El detective Williams (George Dickerson) le plantea al joven que investigará el caso y lo somete a un interrogatorio de rutina, sin embargo Jeffrey comienza a sentir curiosidad por su hallazgo. Visita por la noche al detective Williams en su casa. Pero es Sandy Williams (Laura Dern), la adolescente hija del detective, quien le aporta la información que busca.

Sandy le cuenta a Jeffrey que durante días ha escuchado, desde su habitación que está justo encima del estudio de su padre, ciertos comentarios sobre el caso de una cantante llamada Dorothy Vallens (Rossellini). Esa misma noche Sandy le muestra a Jeffrey donde vive la mujer. Jeffrey invita a Sandy a investigar el asunto por su cuenta. Sandy acepta siempre y cuando aquello no afecte su relación con su novio y sus padres no se enteren.

Así, Jeffrey y Sandy, ese par de jóvenes inexpertos, claramente inocentes y soñadores, entran en el inframundo de Lumberton.

La analogía inicial es bastante clara ahora. Aquella intromisión en el césped del precioso jardín de los Beaumont, ese donde encontramos a los insectos que devoran todo, fue una advertencia sobre lo que estaba por suceder.

Cuando la noche cae, las solitarias calles del pueblo con sus apacibles jardines y cercas blancas, se transforman en terrenos inhóspitos que en lo absoluto contrastan con la parte urbana e industrial del pueblo. Esa antesala del infierno siempre tan temida.

Así vamos conociendo que el misterio alrededor de la oreja que encontró Jeffrey reside en el corazón de un hombre, Frank Booth (Hopper). Es su deseo por Dorothy Vallens el que provoca la catástrofe. Frank y sus hombres secuestran al esposo y al hijo de la cantante. Frank acosa a Dorothy, obligándola a usar una bata de terciopelo azul mientras aspira oxigeno desde una bomba y simula que la viola. Esa es la única forma en la que ese hombre maduro, violento, decadente puede excitarse. Queda clara su impotencia, su virulencia.

Eso que él llama amor es una obsesión que lo está destruyendo.

Jeffrey entra en el mundo de Frank y con su curiosidad lo corrompe.

Conoce a Dorothy y se obsesiona con sus obsesiones. También se enamora de la aparentemente inocente Sandy, a quien arrastrará involuntariamente hasta destruir su mundo mágico de sueños donde, por la falta de amor, alguien roba a todos los petirrojos del mundo.

Que venga la pesadilla…

Frank grita su masculinidad cada vez que puede. Dice que puede coger con todo lo que se mueva, aunque el único placer que le puede dar a Dorothy en sus encuentros son los golpes que le propina y la intoxicación que le provoca su ingesta de oxígeno. Jeffrey ve en Frank la encarnación de un mal mundano. Le teme, aunque también se sienta intrigado por su violenta personalidad y sus momentos de fragilidad ¿Será que ve en él a una figura paterna que no le pudo dar su padre?

Los hombres que acompañan a Frank, además del extraño Ben (Dean Stockwell), son meras comparsas que acompañan el decadente viaje de Jeffrey hacia los misterios del amor.

Es un mundo extraño, dice el supuesto héroe cada vez que encuentra una pieza del rompecabezas que nadie le pidió que armara. Y ninguno de nosotros, en nuestro papel de espectadores, puede contradecirlo. Tan extraño como la vida misma.

Sin embargo, al final nadie aplaudirá las hazañas de Jeffrey pues, en el fondo, todos terminaremos sintiéndonos como Frank, unos payasos de caramelos a los que apodaron arenero. Somos los que entramos todas las noches de puntillas en cuartos ajenos para que, en sueños, acompañemos al personaje de esa otra historia que apenas se cuenta.

Eso es lo que hacemos cada que vemos una película ¿no?

Todo eso es recitado mientras el andrógino Ben enciende una lámpara de mecánico y, usándolo como un micrófono, nos da una cruel representación del dolor que debe sentirse al tener algo que, sabemos, nunca podrá ser nuestro.

Y sí, quizá cuando llegue a nuestra ventana un petirrojo con un insecto en el pico, podamos entender cuál podría ser el misterio del amor que obligó a Frank a no darle una de sus cartas de amor a Jeffrey, un balazo en la cabeza, cada vez que pudo.

Ah, los misterios del amor ¿Y qué fue lo que dijo Chuang Tzu sobre una mariposa y un sueño?

Atentamente, el Duende Callejero

True Crime a la mexicana

Fotograma de El Profeta Mimi
Fotograma de El Profeta Mimi

Principios de los setenta, Centro Histórico de la Ciudad de México. Noche.

Una prostituta ataviada como la conocidísima Muerte de Posadas trastabilla por una calle.

Cerca de ella va un hombre alto, de paso corto y bien vestido.

Quizá el último cliente de la noche, quizá.

La prostituta se detiene y lo encara. Para eso, el par ya ha dejado la calle y ahora están en un callejón. El hombre escucha que la prostituta primero se le ofrece, luego, tras repasarlo de arriba para abajo con su acuosa mirada, se mofa de él.

Entonces, el hombre saca de sus bolsillos una corbata. Con ella la ahorca.

Cuando el cuerpo sin vida de la mujer cae, el hombre lanza un rezo y se da a la fuga.

Llega a su casa.

Vive en una vecindad con su anciana madre. Ellos tienen su propia historia violenta. De niño le tocó presenciar la muerte de su padre (Héctor Ortega). Lo mató su madre (Ofelia Guilmáin) de un balazo. A él y a la prostituta que había llevado a la casa al final de una juerga. Así terminó la pelea de esa noche. Su madre no quiso ver cómo su esposo fornicaba con la prostituta en el sillón de su sala.

Descubrimos que al hombre le gusta la ópera, los libros y aunque no va a misa o pertenece a un culto religioso, es capaz de citar pasajes enteros de La Biblia. Su nombre es Ángel Peñafiel, aunque todo mundo lo conoce como Mimi (Ignacio López Tarso).

También por su buen corazón. Desde niño se hizo cargo de su madre mientras purgaba su condena. Ahora trabaja como mecanógrafo. Escribe con su máquina lo que el cliente le pida y le pague. Suele no cobrarle a esas prostitutas que requieren sus servicios. La razón, nunca envía las cartas que ellas le piden que les escriba.

Algunas noches las pasa jugando ajedrez con el gallego encargado de un hotel en el que las prostitutas realizan su trabajo. Vive enamorado de su vecina, Rosita (Ana Martín), una joven cuyo sueño es largarse de la vecindad.

Y sí, él es ese asesino de prostitutas del que tanto hablan los diarios y las mujeres en la calle. Mimi sale a matar amparado por su creencia de que está haciéndoles un favor a esas mujeres. Librándolas de sus pecados y del dolor por vivir vendiendo su carne.

Nadie sospecha de él ¿Quién podría hacerlo? Mimi es de los que se quita el saco cuando ve a alguien pasar frío en la calle. También ha dejado de comer para regalar su comida a algún hambriento.

Rosita tiene un novio abusivo, Federico (Roberto «El Flaco» Guzmán), que se la tiene jurada a Mimi por las veces en las que se ha entrometido en sus asuntos. Y de noche, él sube a las azoteas para ver a Rosita desnuda. Por las mañanas, platica con ella. Le cuenta intimidades. Sueña con dejar a su madre, irse con Rosita. Quizá iniciar una familia. Ya no es joven, pero tiene fe.

Todo da un vuelco cuando conoce a Magdalena (Carmen Montejo), una solitaria y mal hablada señora que vive en un cuartucho en el techo de la vecindad. Con su desfachatez le desbarata esa idea de pecado y dolor en el que viven las prostitutas. Y buscando escapar del yugo de su correcto padre (Carlos Jordán), Rosita decide hacer la calle para juntar dinero y cumplir su sueño de largarse. Eso le rompe el corazón a Mimi.

Para colmo, conoce, y por sugerencia de Rosita, al Hermano Mackenzie (Ernesto Gómez Cruz), que con su iglesia new age está alborotando las buenas conciencias de los jóvenes.

El Profeta Mimi es el nombre de la película. Se estrenó en 1973. Dirección de José Estrada, guion del propio Estrada y Eduardo Luján. Forma parte de la colección Grandes Directores Mexicanos de los 70’s de Zima. Costó entre 15 y 20 pesos en un botadero de supermercado. Entiendo que está en streaming por ahí.

Cierto, su misoginia es tan elemental que raya en la caricatura. Los discursos del padre de Rosita corresponden a esos choros aleccionadores de la generación posterior al ‘68. La transformación de Rosita está cantada desde el inicio. Por ello, el desenlace no logra causar sorpresa.

Pero resaltar esos derrapes es tan válido como aplaudirle los logros. López Tarso está impresionante. También Montejo. Y Estrada logra transformar el Centro Histórico, escenario único de la película, en dos mundos. El de día, que se ve como un lugar apacible y hasta hermoso, y el de noche.

Una antesala de un infierno plagado de sombras, de demonios, de desolación.

Punto aparte le corresponde esas cuidadas escenas de asesinatos. Resaltando el segundo de ellos, que ocurre en un cuarto de hotel con las paredes de color rojo y en el que todo es visto desde un espejo, con una sombra de Mimi que a cada paso que da se agiganta.

¿Estamos ante uno de los primeros ejercicios de giallo a la mexicana?

Quizá. Y aunque Estrada citó en su momento a Psycho (1960) de Alfred Hitchcock como inspiración de su película, no debemos dejar fuera dos historias ocurridas realmente en ese Centro Histórico.

La de Goyo Cárdenas y la de Higinio Sobera de la Flor.

Dos hombres cuyas andanzas la escritora Norma Lazo relató en dos excelentes crónicas en su libro Sin Clemencia (2007).

Ellos fueron, indudablemente, la inspiración tras este Profeta Mimi que he vuelto a revisar.

Un true crime a la mexicana que vale la pena rastrear.

Atentamente, el Duende Callejero

El podcast nuestro de cada domingo, I

Marlon & Jake read dead people
Marlon & Jake read dead people

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno. Que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que suelo escuchar durante la semana.

Esta es la primer recomendación.

Marlon & Jake Read Dead People.

Estrenado a finales de enero del 2020, el podcast reúne al laureado escritor jamaiquino Marlon James y al editor Jake Morrissey de Riverhead Books. El par habla de lecturas, de películas, de personajes. Todo con una sola regla: que sus autores estén muertos.

En entrevista para The New York Times publicada el año pasado, James dijo que el podcast es la consecuencia de tantos años de discusiones públicas y privadas sobre qué libros recomiendan leer.

The thing they noticed was that we were always arguing about no-longer-living authors as if they just wrote a book last week.

Ajeno a cualquier tufillo académico o desliz chabacano, alternando la pedantería de James con el estoicismo de Morrissey, Marlon & Jake Read Dead People acaba de estrenar lo que llaman segunda temporada luego de los ocho episodios y la coda del año pasado.

Aquí les dejo el primer episodio de la llamada segunda temporada.