Infancia, memoria y olvido

Manuel Jabois y un ejemplar de su novela ‘Malaherba’. La foto, entiendo, es de Jeosm.
Manuel Jabois con un ejemplar de su novela ‘Malaherba’. La foto, entiendo, es de Jeosm

Sobre la infancia diré que, basándome tanto en mi experiencia como en la de cercanos, aquello se trató de un largo y sinuoso paseo por el más crudo campo de batalla al que nos pudimos enfrentar.

Paseo del que pocos acabamos enterándonos, por cierto. Porque si hay algo que merece que la llamen traicionera, esa sería la memoria.

Más en cualquier caso relacionado con la infancia.

Que conste, no digo todo esto montándome en una atalaya cuya bandera es la amargura. Para nada. Lo digo teniendo en cuenta que durante esos años, que entiendo que llaman de formación, también podríamos emplear otro término: de definición.

Y parte de esa definición viene de cómo nos toca lidiar con cuestiones tan básicas como la frustración, la inseguridad, los deseos y tantas cosas más cuyos nombres entonces desconocemos y cuyas implicaciones, si nos va bien, tardaremos quién sabe qué cantidad de años en entender.

Además están las cosas, como eventos o sucesos entenados, que precisamente por su cualidad de ajenos acaban mercándonos de forma tan diferente a los propios. Principalmente porque no los comprendemos y porque los adultos en turno suelen vestirlos con explicaciones bastante sosas. Arguyendo que es porque estamos muy chicos para enterarnos de ciertas complicaciones, así que lo mejor es o mentirnos o distorsionar aquello que sucedió.

Ah, claro, y hacen eso por nuestro bien.

Ser padre consiste básicamente en mentir, desde el primer momento hasta el último se pasan la vida mintiendo. Siempre.

Así que son esos eventos o sucesos los acaban ocultos por una bruma densa, uniforme, grisácea y diré que bastante práctica. Tanto que al referirnos a la infancia como un todo, caemos en lugares bastante comunes que suelen resumirse en: Te ahorraré los detalles, fuimos felices.

Pero esos eventos se quedan ahí. Solemos recordarlos o evocarlos más como pesadillas que como sucesos reales. Y usualmente los arropamos con el manto siempre correoso de las leyendas personales.

Me gustaría pensar que de esos derroteros viene el título de la novela de Manuel Jabois (1978, Sanxenso), Malaherba (2019, Alfaguara). Porque entiendo que se refiere a alguien o algo cuya naturaleza es lo malo, sea provocando miedo o desazón o daño. Y que cuando se emplea en, digamos, una persona es porque se está diciendo que aquel es alguien que nunca tuvo remedio. Es malo, hará el mal y no importa qué se haga al respecto. Esa es su única forma de ser y contra eso poco puede hacerse.

Yo creo que lo que nos pierde es la crueldad, porque malo es imposible no serlo.

La novela está narrada principalmente por un niño de diez años que se va enterando de cosas.

Él es Tambu, y esas cosas son, por ejemplo, que las personas mueren y nada se puede hacer al respecto.

También que cualquier expectativa que se tenga sobre los sucesos que están pasando, siempre quedarán a deber.

Igual que eso que los mayores, desde sus territorios, tienden a categorizar como transgresiones, para aquel que las provoca y/o protagoniza solo son sucesos que pasaron un lunes por la mañana.

Y que podrán justificarlos sin que importe si aquel hecho resulta trágico.

En Malaherba, todo constituye una anécdota que ya quisiéramos que se vaya sumando para lograr ese manido arco dramático del personaje narrador. Esa es la principal virtud del relato, caray, que aquí no hay un mensaje. Lo que hay es un aprendizaje que en el mayor de los casos, ni Tambu ni su hermana Rebe, ni los amigos y vecinos Elvis y Claudia atenderán de inmediato.

No esperemos, pues, un final catártico. Lo que tenemos, advierto, es uno de esas conclusiones en las que comprendemos que todo es finito y que ha llegado la hora de seguir nuestro camino. Así que debemos abandonar a esos personajes debido a que nada se detiene y ya estuvimos el tiempo suficiente atestiguando sus vidas para comprender que todo aquello que nos sucedió en nuestra infancia, lo recordemos bien o no, lo comprendamos bien o no, tiene más en común con un todo de lo que pensaríamos.

Porque en ciertos momentos, solo somos niños que se niegan a saber que han crecido.

Y es ahí donde me gustaría aplaudirle a Jabois.

Sí, levantarme de la silla y aplaudir hasta sentir que mis palmas quedan mudas. Su relato, su Malaherba, configura un verdadero mundo literario en el que los guiños y referencias particulares acaban aportando una universalidad que seguro y acabará calando en más de un sentido.

Sea este sentido por la turbación común por sentir algo que, según nos han dicho, no debíamos sentir, o por hacer algo que, incluso nosotros mismos sabemos que no debimos hacer.

Pero, lo sabemos: lo hecho, hecho está.

Cuando tienes seis años, dieciocho kilómetros son aproximadamente tres vueltas al mundo.

Hace años, muchos, muchos años, charlaba con una amiga que me había invitado a comer a su casa. Era compañera del trabajo, se había casado grande, su esposo era como seis o siete años menor que ella. Tenían un hijo y me dijo que no pensaban tener otro.

Durante la comida hubo un incidente con el niño: se negó a utilizar una cuchara y acabó dejando gran parte de la comida o en el mantel o en el piso o sobre su humanidad.

Durante el incidente, el papá quiso razonar con el niño. Con una voz serena, le explicó que necesitaba utilizar una cuchara, no un tenedor, y hasta le mostró las razones. Mi amiga dejó que su esposo acabara su explicación para lanzar y ver que nada cambiaba para dar el primer grito, acompañado de un fuerte golpe en la mesa. Luego, le arrebató el tenedor al niño y le ensartó la cuchara en su diestra.

El niño hasta acabó incluso medio limpiando parte del tiradero.

Al final, mientras yo lavaba los platos, mi amiga se acercó. Recargó su espalda en el refrigerador, se quedó mirando a la calle. El niño y su esposo se habían ido a otro lugar de la casa. Ella sacó una cajetilla de uno de los bolsillos de su pantalón, de lo alto del refrigerador tomó un cenicero y me pidió que vertiera un poco de agua en él. También me pidió que abriera la ventanilla que tenía frente a mí.

Luego, encendió un cigarro y mientras lanzaba el humo en dirección a la ventanilla y lo seguía con la mirada, me dijo:

“Sabes, lo que más me aterra de tener un hijo es el no saber en qué momento lo voy a traumar. Sé que lo haré, soy su madre, eso es algo inevitable. Pero siento que nunca es como se piensa. No será, por ejemplo, por algo como lo que acaba de suceder. Ni porque lo descubra en una mentira. Será, creo, porque no le contesté un saludo, porque no le demostré el entusiasmo que debí darle a ese feo dibujo que hizo en la escuela. Porque no le traje el encargo que me hizo del supermercado. Eso es lo único que, hasta ahora, logra quitarme el sueño”.

No sé qué ha sido de ella. Pero, vaya, me gustaría contactarla, ponerme al día y relagarle una copia de Malaherba de Manuel Jabois.

Atentamente, el Duende Callejero

Ideas como dardos

Taffy Brodesser-Arkner
Taffy Brodesser-Arkner

En su primera novela, Fleishman está en apuros (2020, Umbriel editores), la periodista y editora Taffy Brodesser-Arkner (1975, Nueva York) se dedica a lanzar ideas a diestra y siniestra. Y lo hace como si cada una de ellas fueran dardos y ella hubiera accedido a lanzarlos con una venda cubriéndole los ojos desde la mitad de un bar, en pleno sábado por la noche y tras beberse unas cervezas.

Esto quiere decir que no todas esas ideas-dardos dan en el blanco. Asunto que, entiendo, es lo que debería importar si aquí se tratara de escribir sobre un deporte, o cualquier cosa que se considere ese asunto de lanzar dardos. Solo diré que todas esas ideas-dardos dan en algo.

Y todas logran provocar algo que solo podría llamar: dolor fantasma.

Dichas ideas-dardos no están relacionadas con un matrimonio y su consecuente disolución. Escribo esto porque uno no se debe quedar con lo que dice la sinopsis que trae el libro. De hacerlo, se pensaría que esta novela solo va de un cuarentón que se casó justo cuando iniciaba su despertar sexual con una mujer que jamás pensó que le haría caso, y que luego de varios años juntos, en los que hubo días y semanas y meses buenos y también días y semanas y meses malos, las diferencias hasta entre la estatura de ambos acabaron pesando más que todos esos sentires que experimentaron cuando la vida unió sus caminos.

Dos exitosos profesionales viviendo el tiempo de sus vidas. Él con su puesto en un hospital. Es considerado un buen médico y mentor. Un cambio en su carrera es algo que siempre está a la vuelta de la esquina: ser jefe de ser área, tener un mejor sueldo. Cuestión de tiempo y paciencia.

Ella, una huérfana que se hizo a sí misma. Con unos ingresos mayores que los de él, y por ello con la última palabra sobre en qué se gasta, dónde se vive, a dónde se hace el viaje, además de a dónde van a estudiar sus dos hijos. Sin embargo, cada día vive más para su trabajo que para su marido o incluso para sus hijos.

Y eso es lo que comienza a lastrarlo todo.

El personaje del que se habla y al que se sigue es Toby Fleishman. Un hepatólogo cargado de rencores e inseguridades desde adolescente, y cuando inicia la novela está en su primer verano de soltería. Obsesionado con su figura luego de ser obseso y solitario en sus años de formación, se obliga a una dieta saludable que cada día le cuesta más mantener. Y no porque le falte fuerza de voluntad, sino porque para eso se necesita dinero y mano para poder pedir la comida que desea en un restaurante sin que los meseros piensen que les está insultando.

Toby estuvo casado catorce años con Rachel, que trabajaba en una agencia creativa que abandonó luego de entender que jamás llegaría a tomar las decisiones importantes por ser mujer. Así que inició una exitosa carrera representando a un puñado de celebridades que ella se encargó de formar a pulso. Los Fleishman acuden a toda cita social que pueden y deben en pos de aspirar a una vida que, de plano, no es ni será suya. Y aquí está uno de esas ideas-dardos que lanza Brodesser-Arkner:

… cuando se nace rico nunca se sabe realmente lo que es tener obligaciones o sobrevivir, por mucho que se crea lo contrario. Ahora bien, cuando uno deseaba hacerse rico, el recuerdo de estar abajo y lo fácil que era volver allí perduraba para siempre.

Es en ese mundo en el que vales por dónde estás viviendo y por cuánto tiempo, por dónde comes y cuánta propina dejas, y a dónde te invitan y quién lo ha hecho; la relación de los Fleishman comienza a derretirse como si les hubiera caído ácido. Y lo hace precisamente porque los dos se encuentran en una competencia por ver quién es el que gobierna la relación.

Rachel piensa que las cosas no se ganan, se arrebatan. Mientras que Toby piensa que:

La ambición puede existir sin que consuma toda tu vida… Las personas buenas no necesitan ambición. El éxito llega y los encuentra… Aquellos que son competentes y excelentes acaban siendo recompensados por sus capacidades y excelencia.

Brodesser-Arkner hace que Toby sea un personaje interesado por ser considerado bueno.

Desde ser un buen esposo, un buen padre, un buen amigo, un buen médico. Un buen compañero de trabajo. Incluso un buen amante.

Había pasado toda la vida preocupado cuando solo debió tener confianza en que existía un plan especial para todo el mundo. Aunque no tener confianza formaba parte del plan.

Y a su vez, cuestiona esa creencia desde una perspectiva bastante interesante: le quita la red de protección que era su vida conyugal. Así que, en el momento que una joven interna le instala una aplicación de citas, Toby debe tragarse sus palabras. Porque vivirá una serie de encuentros sexuales en los que las palabras bueno o plan no tienen cabida.

Así, Toby Fleishman se convierte en un paria que aglutina a toda una generación que pasó del tener que salir a coquetear con cualquiera que captara su interés, a navegar entre cientos y miles de ignotos cuyas intenciones, pasiones, deseos y vidas siempre nos serán desconocidos. Y con ello, salta otra idea que, caray, vaya que resume este tiempo que vivimos:

… la vida es un proceso en el que coleccionas personas y luego las descartas cuando dejan de servirte.

Una madrugada, Rachel deja a sus dos hijos con Toby y desaparece de sus vidas. Pasan días y luego semanas, y también pasa que esa rutina que Toby ya se había creado: trabajar, comer con ese solterón llamado Seth, ir a yoga y luego citarse con una desconocida a la que jamás volverá a ver-probar-tocar, luego, y solo si está en la agenda, acudir a algún evento de sus hijos; explota ¿Dónde está Rachel? ¿Por qué no contesta sus mensajes ni ha ido por sus hijos? ¿Qué quiere demostrarles? ¿Habrá muerto?

La desventura de esa crisis es vista y narrada por Libby. Compañera de Toby y Seth desde sus años de estudiante y con una crisis propia ¿Por qué, a pesar de tener una vida perfecta, que incluye un marido que la quiere, que la desea y que la consciente; una hija sana y curiosa; y una carrera profesional que de momento abandonó por la crianza, pero que sabe que la podrá retomar cuándo quiera, no se siente ni feliz ni completa?

Y piensa. Piensa mucho en qué puede estarle pasando. Y sus pensamientos van desde el haber intelectualizado su vida al grado de justificar sus sinsabores citando a Maslow en medio de una borrachera:

Pero en cuanto te casas, cuando satisfaces esa necesidad, te preguntas si querías casarte o no. El único problema es que, para cuando adviertes que puedes acceder al amor, ya estás casado, y resulta terriblemente cruel y engorroso deshacerlo por el solo hecho de que no sabías que no lo desearías tras obtenerlo.

Fleishman está en apuros es una novela rabiosa pero serena. Plagada de contradicciones insufribles, pero tan cercanas que quizá sirva para que más de un lector o lectora se sonroje.

Una novela con un puñado de ideas-dardos que suelen dar en las partes blandas. Saca sangre mientras nos cuenta que:

… le habían dicho siempre que amar era no tener que pedir perdón nunca. Pero no. En realidad, solo cuando te divorciabas dejabas de pedir perdón.

Cierto, ninguno de sus personajes es agradable. Ni ese colérico Toby, que tanto desea que se reconozca sin siquiera alzar la voz. Ni la fantasmal Rachel, cuya coraza de acero que ha portado por años lleva rato oxidada y rota. Menos Libby, que desde su atalaya desea tener al menos uno de los varios dramas de sus amigos y solo para que se le quite la modorra de esa vida cómoda en la que se metió por algo que creyó que era amor.

Aunque también es una reflexión sobre la vida misma, que tanto manipulamos y complicamos solo por cumplir un cliché: el sentirnos vivos. Reflexión desde la jodida punta de otra idea-dardo:

No estamos hechos para comprender los finales. No estamos hechos para entender la muerte. La característica principal de la muerte es continuar siendo un enigma.

Eso mismo podría decirse de la vida.

O quizá deba escribir: debería decirse de la vida.

... Todo está de cabeza
Todo está de cabeza

Atentamente, el Duende Callejero

Realismo Sucio y “Cohetes Rojos”

Simon Rex y Suzanna Son en una escena de Red Rocket de Sean Baker
Simon Rex y Suzanna Son en una escena de Red Rocket de Sean Baker

En febrero, el cineasta y escritor norteamericano Mick Garris entrevistó a Sean Baker (1971, Nueva Jersey) para su podcast Post Mortem.

Lo curioso es que el podcast de Garris se especializa en charlas con autores y cineastas relacionados con el horror, el terror y el fantástico, por lo que la obra de Baker, que la componen siete largometrajes, tres cortometrajes y algunos capítulos de series televisivas, difícilmente entra en cualquiera de los cajones de Garris.

De querer etiquetar la obra de Barker, diré que es algo cercano al realismo sucio.

El tal realismo sucio es una corriente que surgió en la literatura norteamericana durante la década de los setenta que tiene como contexto ciudades grandes y/o pequeñas, que entre sus temas está el presentarnos historias mundanas en ambientes sórdidos en los que no hay lugar para la redención de sus personajes. Las tramas que se plantean bajo esa bandera se decantan en el precio que algunos deben pagar por querer alcanzar el manido Sueño Americano.

Porque tras cada historia de éxito ¿Cuántos fracasos podemos contar?

¿Y quién se ocupa de esas historias?

Al presentar a su invitado, Garris habló de ese detalle sobre la obra de Baker. Y como justificación contó que la razón por la que decidió invitarlo a su podcast fue que vio su última película, Red Rocket (2021, Estados Unidos), y quedó encantado.

Le agradezco la decisión a Garris, porque la charla con el también director y co-guionista y director de The Florida Project es un deleite de principio a fin.

Gracias a ella, sabemos un par de cosas sobre Red Rocket que sobrepasan la mera anécdota. Una de ellas es que la película parte de una vieja idea: contar la historia sobre el mundo del porno.

En el 2012, Barker y el guionista Chris Bergoch se inmiscuyeron en ese mundillo con la idea de hacer una película que tuviera que ver con la gente que trabaja tanto frente como detrás de las cámaras. Pero no querían hacer un juicio. Su intención era presentarla como una labor más que algunos hacen para tener un sustento.

Lo que salió de esa incursión fue su cuarta cinta, Starlet. Pero las bases de lo que luego sería Red Rocket quedaron ahí.

Starlet se centró en una joven mujer que entra en el mundo del porno mientras que Red Rocket va de un hombre que ya tuvo su momento de gloria en dicha industria, pero que, ya retirado y plagado de deudas y moretones, regresa a su ciudad natal preguntándose ¿Y ahora?

Baker no es partidario de contar una historia en actos, eso también lo sabemos por su plática con Garris, así que su Red Rocket sería como asomarse en la vida de un puñado de personajes durante un momento de su vida y luego abandonarlos a su suerte sin saber qué pasará con ellos luego de que corran los créditos. Eso sí, su criatura, ese monstruo encantador llamado Mikey Davies (Simon Rex), que regresa a Texas para pedirle posada a su ex-mujer Lil (Bree Elrod) luego de prometerle que por fin cambiará su vida, resultará inolvidable.

Mikey es un depredador todo sonrisas y labia. Sus promesas, lo sabremos pronto, suelen acabar en el bote de basura que se encuentre más cercano. Y es partidario de ir improvisando sobre la marcha. Así pasa de pedir un empleo, que le niegan por su pasado, a servirle a un puchador y luego, tras conocer a la joven pelirroja y pecosa Strawberry (Suzanna Son), imaginar un regreso glorioso al mundo del porno que, claro, será su perdición.

Otro dato que conocemos gracias a la entrevista con Garris es que tenemos Red Rocket debido al COVID.

Barker estaba preparando una producción justo cuando inició la pandemia, por lo que la producción quedó detenida. Tras pasar unas semanas esperando que todo volviera a la normalidad, como nos sucedió a todos, poco a poco fue entendiendo que aquello iba a tomar tiempo. Esa fue la razón por la que sacó del cajón el tratamiento de Red Rocket, habló con productores y con su equipo, y decidió que ese proyecto no iba a necesitar muchos recursos, así que se podía hacer en un ambiente controlado y en poco tiempo.

Ah, y sobre tan curioso título, solo diré que aunque la traducción literal no sería: Cohete rojo. Verán, aquí vale el dicho de piensa mal y acertarás.

Atentamente, el Duende Callejero

Quijotes Urbanos

Álex de la Iglesia
Álex de la Iglesia

Álex de la Iglesia (1965, Bilbao) es un realizador cuyo pecado jamás será la sutileza.

Sus películas (y series, como 30 monedas), además de mezclar géneros, acumular referencias, no medirse en cuanto a guiños y lanzar una que otra diatriba contra el estado del mundo (o de España, según sea el caso), lo hacen a ritmo frenético, ajeno a todo consabido concierto y sin que le importe mucho si vamos a acompañarlo hasta el final del viaje o de plano nos bajaremos en algún punto indeterminado del trayecto.

Y no debe extrañarnos que nos sintamos cansados luego de ver alguna de sus obras. La forma en la que narra de la Iglesia es la de alguien al que le apura llegar a algún lugar porque necesita desactivar el artefacto explosivo que sabe que un jefe terrorista ha accionado. Artefacto al que le quedan pocos segundos para llegar al cero, por cierto. O, bueno, también puede que narre como si fuera ese jefe terrorista que necesita dejar el artefacto en el lugar que sabe que hará más daño. Solo que decidió llevarlo con el cronómetro ya corriendo y poco le importa si estalla con el chunche.

Que hay obras mayores y menores en su filmografía, es algo que ni se discute ni debe causar sorpresa. Lo interesante es que difícilmente encontraremos dos cintas con tramas o con tonos similares. Como ya apunté, ni hablar de géneros. Porque aquella película que inicia como una heist movie de manual, va por los diez minutos cuando se transforma en una cinta de horror que, de paso, nos hará lanzar una risita incómoda cada tantas secuencias.

No negaré que las películas de Alex de la Iglesia me causan tal curiosidad que durante años las consideré piezas de caza. La culpa la tuvo El Día de la Bestia (1995, España), la primera película que le conocí gracias a un VHS que renté ya no sé qué tantas veces (y que, cuando el encargado del videoclub anunció que cerraría, acabé comprando).

A veces olvido que El Día de la Bestia merece un puesto en esa infame lista de películas que cada Navidad deben de revisarse. Porque, fuera del insulso debate sobre si es una cinta navideña o solo una película cuya trama ocurre en vísperas de, la historia que narra la deja fuera de dicha discusión.

Verán, el padre Ángel (Álex Angulo), estudioso de teología, acaba de hacer un descubrimiento en el libro del Apocalipsis: la fecha y el lugar en el que nacerá el anticristo. Y esa fecha y ese lugar será en la noche de Navidad de 1995 en Madrid. Así que, para detener al maligno y salvar a la humanidad, el padre inicia una cruzada en la que cometerá todos los pecados posibles con tal de acercarse a la maldad y así impedir que ocurra tal evento. Y para ello, se hace acompañar de un amante del heavy metal, José María (Santiago Segura) y, a la fuerza, del charlatán televisivo de moda, Cavas (Armando de Razza), que se vende como síquico y experto en lo oculto.

En mi opinión, El Día de la Bestia es una de las mejores adaptaciones de El Quijote que se han llevado al cine. Porque, en el fondo, lo que de la Iglesia hizo fue eso: presentarnos cómo sería un Quijote en la España de mediados de los noventa.

Porque en un mundo que borda con el caos, la violencia y la desolación, lo único que será capaz de mantener el orden será alguien que se tome en serio la misión de traer orden, paz y esperanza cueste lo que cueste.

Atentamente, el Duende Callejero

Sangre, Semen, Cruces, Hojas: La Raíz Del Mal

Arte del número 0 de Crossed
Arte del número 0 de Crossed

Nota inicial: este escrito es del 2011. Lo rescato debido a que ayer por la noche vi la película Ku bei (2021, Taiwan) y me recordó mucho a este cómic. Ya escribiré sobre la película.

De un tiempo a la fecha (recuerdo, el escrito es del 2011), los cómics americanos para el mercado adulto que tanta coba le habían dado a explorar rutilantemente las fábulas procedentes del white thrash, junto a las truculentas reinvocaciones vampíricas, más las bizarras invasiones extraterrestres y una que otra parábola neo noir, han enrarecido aun más sus temáticas maquilando series que se desarrollan en un fin del mundo a manos de una plaga zombi o similares; secundando, curiosamente, ese lento pero seguro decaimiento de la temática en las marquesinas y los estantes de renta/venta mundiales.

Indudablemente esto no tiene que ver con el éxito de la serie The Walking Dead de Robert Kirkman y Tony Moore (y bueno, también de Charlie Adlard), que ha sido publicada ininterrumpidamente desde octubre del 2003 por IMAGE Comics, y cuya adaptación televisiva realizada por Frank Darabont hizo que al parecer muchos olvidarán de qué tratan los relatos zombis de 1968 a la fecha (mas divertidos que la misma serie, de la que apenas he visto tres episodios y medio por motivo de mi mala costumbre de jamás poder seguir los estrictos horarios televisivos, pero que espero ya revisaré, y de un tirón, en su respectivo DVD; resulta el leer esa horda de comentarios en las redes sociales tras cada emisión del capítulo en turno, en los que varios espectadores claman ser los descubridores del mas negro de los hilos sobre la relevancia social y política planteada tras el espeso maquillaje de ese mundo devastado por esos muertos andariegos).

Vamos, en todo caso ese alabado brinco se debió al éxito en conjunto que han tenido series como: iZombie de Vertigo, Zombies VS Robots de IDW Publishing (y que próximamente, dicen, será una película por cortesía de Michael Bay y su productora, así que vayan alistando sus mantas y sus frases ingeniosas para darle color y sabor a las concernientes protestas), Zombie Tales de BOOM Studios y Z.M.D. de Red 5 Comics.

Cada una de esas series retoman el canon del muerto viviente involuntariamente propuesto por gran papá Romero, y mas que arriesgarse a subvertirlo, mejor se dedican a palomearlo y sin siquiera turbarse: plaga zombi iniciada por un agente desconocido del que no hay que preocuparse por su explicación: revisada. Sobrevivientes puestos al límite en el que harán todo lo que esté a su alcance, incluyendo contravenir sus creencias o ideales que en un principio expusieron: revisado

Y así, síganle que bien que se lo saben.

De todas esas series en las que los muertos se levantan, te buscan, te encuentran (regularmente por idiota), te muerden y te hacen sus compadres, con la que me quedo es con la virulenta: Crossed, abortada (que cosas como esas no se paren), por el siempre genial Garth Ennis (Holywood, Irlanda del Norte, 1970), y por su ex-compañero en Chronicles of Wormwood, Jacen Burrows (San Diego, 1972).

La serie en cuestión, que ya va en su tercera parte o continuación, pero sin el ya mencionado dueto creador, apareció por vez primera en un prólogo (o capítulo 0), en agosto del 2008 vía Avatar Press.

En ese prólogo (o, repito, capítulo 0), un grupo de personas, extraños todos, cada uno protagonista de una historia que los ha llevado hasta ese lugar de encuentro que es una cafetería de paso en un pueblo a todas luces también de paso, queda inmersa en una desbocada (¿y francamente necesaria?) carrera de supervivencia cuando una enfermedad que se manifiesta con una mancha en forma de cruz roja que aparece en el rostro de los infectados, hace su aparición.

Con el espíritu mas romereano a flor de piel (aquí ya no hablamos de Night of the Living Dead, de 1968, sino de la recientemente remakeada The Crazies de 1973, solo que sin la fuerza armada con orden de disparar a todo el que se mueva, y también sin Trixie, esa arma biológica que se sale de control en ese por demás rupestre pueblo norteamericano), Crossed aspira su propio lugar en nuestro panteón de pesadillas sin necesidad de apelar al clásico cuento por todos conocidos.

La tal enfermedad se transmite no tanto por una mordida, sino por el intercambio de fluidos de toda clase, y fuera de convertirlos en unos alelados muertos vivientes a los que se les puede engañar untándose sangre o caminando rápido y en zig zag, los vuelve, y en segundos, en unos rabiosos psicópatas hijos de puta que para nada han perdido su raciocinio (más o menos como M. Night Shyamalan envisionó a los monstruos que pueblan su malograda The Happening).

Los tales cruzados, que es como comienzan a llamar los sanos a los infectados, no vienen con la idea de matar simplemente para satisfacer una cruel y despiadada hambre: igual violan que descuartizan o de plano hacen patente la propia naturaleza autodestructiva que cada uno de nosotros llevamos dentro, arriesgando su propia vida con tal de hacer daño, simplemente porque la enfermedad esa les alborota los sentidos, mermando las defensas ideológicas que la sociedad les ha impuesto, dejándolos tal y como seríamos todos en caso de dejarnos llevar por lo que sentimos de vez en vez. Porque somos el peor que los animales. Unas jodidas máquinas de maldad.

Y es aquí donde vienen los aplausos que de mi parte, no lanzo para la harto conservadora saga de Kirkman y Moore (sí, sí, y también de Adlard): como sucedería en aquella empolvada y algo olvidada cinta The Hill Have Eyes de Wes Craven, de 1977, o en menor medida en su hermana urbana Incubo sulla cittá contaminata de Umberto Lenzi, de 1980, Ennis y Burrows se arriesgan a mostrar los dos lados de la moneda contando la historia tanto de los sanos-sobrevivientes y su lucha por sobrevivir, como también la de la comunidad de los infectados, los cruzados, y su atrabancada cota de caza que, a fin de cuentas, también es una lucha por sobrevivir de su parte.

En una entrevista para COMICM!X, Ennis describe que llegó a la idea tras Crossed gracias a una pesadilla:

I had a dream that I thought was going to be about zombies attacking a house full of victims, but it turned out they weren’t zombies at all. They were simply people, grinning with psychotic glee at the thought of what they were going to do to the occupants of the house — which wasn’t going to be anything nice. Then I woke up.

De decidirse por revisar algo de la horda de títulos (aquí apenas lancé unos, hay mas), correspondiente a esta temática, habrá que tomar en cuenta a Crossed, que en el 2010 tuvo una secuela o mejor dicho, una continuación llamada Family Values, que sumó a su decadente planeamiento el contexto de las sectas religiosas y su mundillo.

Crossed: Family Values corrió a cargo de David Lapham, con ilustraciones de Javier Barreno. Ennis argumentó que su historia en ese universo había acabado, que lo mejor para él sería pasar a otra cosa y que como William Christersen, editor de Avatar Press le comentó que tenía la idea de seguir explotando el título, decidió bendecir (¿o sería escupir?) a Lapham y Barreno, entregándole la estafeta.

El resultado fue una historia no tan sólida como aquella primera entrega, pero que no decayó en lo absoluto.

Este 2011 inicia con una tercera parte llamada Psychopath, también escrita por Lapham, solo que ahora dibujada por Raulo Caceres, además las noticias sobre su concerniente adaptación cinematográfica y con guion a cargo del propio Ennis.

De realizarse, la película de Crossed retomaría el modelo de producción a la Kick-Ass (esto es: conseguir el financiamiento para la película, hacerla sin ninguna injerencia y al final buscar un estudio importante para que la distribuya como mejor de plazca. Sea en cines o de forma casera). La producción correría a cargo de Ken F. Levin, mismo que ya se logró un acuerdo con Trigger Street Productions de Michael De Luca, Jason Netter y Kevin Spacey (en efecto, la productora tras The Social Network de David Fincher).

Así que, con la enésima caída en desgracia de la miniserie sobre Preacher, la posible cancelación de World War Z por parte de Paramount, la noticia del coma en el que entró la producción de At The Mountains of Madness de Guillermo del Toro y con la única buena nueva de una nueva temporada para la serie The Walking Dead, esta tercera parte o continuación de Crossed en cómics tras la también recomendable Family Values, como su posible adaptación libre en el cine, es un buen motivo para, como ya dijo Mark Graser: cruzar nuestros dedos.

Atentamente, el Duende Callejero

Nota final: pensé en actualizar el texto. Pero opté por dejarlo tal y como fue presentado en el 2011. Pero anexo esta nota para hacer notar que, y va en completo desorden, The Walking Dead está en su última temporada pero con dos series de compañía, Fear of the Walking Dead y The Walking Dead The World Beyond. Preacher sí tuvo su adaptación televisiva, de cuatro temporadas. iZombie también tuvo su adaptación televisiva, de cinco temporadas. La adaptación de Zombies VS Robots está en el limbo y, bueno, a Garth Ennis no le han adaptado Crossed, pero sí The Boys y, en parte, The Punisher de Marvel y Netflix. Unas por otras, como dicen. Ah, y Kevin Spacey desapareció del horizonte.