12 de agosto, 2022

Salman Rushdie
Salman Rushdie, también conocido como Joseph Anton y Antonio Gómez

El 14 de febrero de 1989, el ayatolá Ruhollah Jomeiní leyó en Radio Teherán un edicto religioso en el que acusaba de blasfema a la novela The Satanic Verses (primera edición a mediados de 1988) y de apostata a su autor, Salman Rushdie (1947, Bombay).

El fetua, que es como se conoce a ese tipo de edictos religiosos, instaba a cualquier musulmán para que encontrara y diera muerte a Rushdie, y también a cualquiera que tuviera que ver con la publicación de la novela.

Remataba diciendo que: Cualquier musulmán que muera en esta empresa será considerado un mártir.

El delito del que se acusó a Rushdie fue el de haber escrito un texto contrario al Islam, que satirizaba la vida de Mahoma y en el que había un personaje, un Imán exiliado en París, que se valía de su autoridad y del fanatismo de sus acólitos para realizar vendettas personales.

Lo último, algo que con la fetua de Jomeiní dejó atrás los terrenos de la ficción para meterse de cabeza en la realidad.

La fetua incluyó una recompensa no oficial valuada en unos 3 millones de dólares.

Así inició el capítulo que significó un antes y un después en el mundo editorial. Y al respecto diré que bastaron un par de días para que el Gobierno Británico pusiera bajo protección a Salman Rushdie, que en ese momento dejó la vida pública para vivir recluido en habitaciones de hoteles o en departamentos de lujo vistiendo chalecos blindados, resguardado por ventanas con cristales a prueba de balas y sometido a protocolos de seguridad.

Eso sí, Rushdie siguió con su vida literaria. Publicó novelas y artículos cada tanto, aunque resguardado en todo momento por el Servicio Secreto Británico.

Cierto, la fetua no alcanzó a Rushdie en aquellos años, pero sí a los traductores: Ettore Capriolo de Italia y al japonés Hitoshi Igarashi, además del editor noruego William Nygaard. Según informativos y autoridades, fanáticos musulmanes atacaron a los tres y solo el japonés murió por las heridas sufridas en el ataque.

En los primeros años tras la fetua, Rushdie solo dio entrevistas y conferencias desde búnkeres de locación indeterminada. Pero a los años fue presentándose en lecturas y charlas en universidades o en ferias de libro, aunque sus apariciones jamás figuraban en los programas oficiales.

Juan Villoro hace una recuento de la visita de Rushdie a México como parte de las presentaciones para la promoción de su novela de 1995: The Moor’s Last Sigh. Está en su libro de crónicas: Safari Accidental (2005, Joaquin Mortiz).

En ese texto, Villoro plantea una lectura sobre cuál fue el verdadero pecado cometido por Rushdie:

… no aceptan que un novelista nacido en el seno de una familia musulmana se declare librepensador…

En los días en los que vino a México y visitó Tequila, Jalisco, bajo sobrenombres como Antonio Gómez o algo Chávez, Rushdie ya se las ingeniaba para aparecer o en un concierto de U2

Rushdie y Bono, que luego colaborarían en la canción The Ground Beneath Her Feet

En una escena de la película Bridget Jones’s Diary (2001).

Luego, fue apareciendo como panelista del algún programa televisivo norteamericano o británico, entre ellos el de Bill Maher para HBO: Real Time.

Sí, ese es Vicente Fox.

La fetua no caducó. Pasó que el mundo no se detuvo, que siguió su curso. Y como tantas otras cosas, la rutina se impuso dejando a un lado el imperio de los extraordinario.

Rushdie se fue a vivir a Nueva York, se nacionalizó estadounidense. Dicen que solía caminar por las calles de la metrópoli ya sin operativo de seguridad.

Hoy me entero que Rushdie sufrió un atentado en Chautauqua, una localidad ubicada al oeste del Estado de Nueva York. Estaba por dar una charla cuando un hombre subió al escenario y lo atacó a él y a otros miembros del staff. Hasta cuando escribo estas líneas, solo se sabe que el hombre fue detenido y que Rushdie y demás heridos están siendo atendidos en un hospital. Hace unos minutos, su editor Andrew Wylie comunicó mediante un correo electrónico que el escritor está conectado a un respirador, que no puede hablar, que su hígado está dañado junto con los nervios de una de sus manos, que incluso puede que pierda un ojo.

Desde acá le deseo que se recupere.

Y también pongo sobre la mesa que si alguien quiere honrar a Rushdie, lo mejor no sería hacerlo leyendo The Satanic Verses, sino su biografía novelada Joseph Anton: A Memoir, publicada hace diez años.

En Joseph Anton, Rushdie se sincera y de paso, se desnuda.

El nombre del título fue el que Rushdie utilizó en la década que vivió de incógnito. Fue su forma de honrar a dos de sus tótems literarios: Joseph Conrad y Antón Chéjov. Aunque en el libro relata que los agentes que lo resguardaban se referían a él como: Joe.

Narrado no en primera persona, sino en tercera, Rushdie nos presenta, tras un interesante y delicioso repaso de su infancia y adolescencia, a un personaje maduro que suele mostrarse cáustico con aquellos que lo rodea. Sean estos su esposa o sus amantes o sus familiares y hasta algunos amigos.

Entre las tantas crisis con las que Rushdie tuvo que lidiar en esos años, estuvo una que es de la que trata la mayoría de los capítulos finales de Joseph Anton: el hecho de que un hombre que ha dedicado su vida a configurar ficciones y crear personajes y mundos, descubriera que ahora se ha convertido él mismo en un personaje de una ficción que a no le gusta, y que vive en un mundo que ni en sus peores pesadillas pensó que existiría.

Pero no esperen un texto sombrío y plagado de autocompasión. No, Joseph Anton: A Memoir es casi una novela picaresca.

Esa es la muestra de algo que Rushdie siempre ha defendido, sea con sus artículos, sus novelas o sus discursos: que la literatura y todas las artes, incluyendo aquellas dedicadas al entretenimiento, jamás podrán pensarse o realizarse al margen de la política.

Canción de U2 con letra de Salman Rushdie, que apareció originalmente en su novela The Ground Beneath Her Feet

Atentamente, el Duende Callejero

PD…

Hace meses, Rushdie comenzó un newsletter llamado: Sea of Stories en Substack. Contaba anécdotas, ideas, incluso comenzó a publicar una novela llamada The Seventh Wave.

Es de paga, y la liga está acá:

¿Golpe de Timón?

Chris Hemsworth en una escena de 'Spiderhead'
Chris Hemsworth en una escena de Spiderhead

Hace algunas semanas, una filtración en la prensa que sigue sin ser negada ni aceptada por algún miembro importante de la compañía, apuntó a que Netflix iba a dejar de dar luz verde a los vanity projects.

Según algunos medios, esto significa que luego de años experimentando con levantar proyectos de prestigio que por diversas causas otros estudios habían abandonado o rechazado, como The Irishman de Martin Scorsese o The Power of the Dog de Jane Campion, y de comprar los derechos de distribución internacional de proyectos independientes como Roma de Alfonso Cuarón, la junta directiva de la compañía californiana había llegado a la conclusión que aquello no les había traído grandes beneficios. Dichas películas ni habían aumentado las suscripciones ni tenía la cifra de visionados que ellos deseaban.

Y, bueno, tampoco habían recogido los galardones que ellos deseaban.

Anoto que lo primero es mera especulación. Sobre suscriptores y visionados solo sabemos lo que ellos reportan cada trimestre. Y sobre los premios, ahí sí sabemos que fuera de varios documentales y de la ya mencionada Roma, los otros proyectos se cubrieron con nominaciones, sí, pero recogieron muy pocos galardones.

Así que, y de nuevo citando el artículo de The Hollywood Reporter, Netflix está cambiando su estrategia. Y, según eso, este año se comenzará a ver dicho cambio.

La idea, según, es presentar menos producciones con la marca de originales, pero que estos títulos sean mejores y más grandes películas.

Superproducciones, pues.

De esas que capturen la atención de los espectadores y los haga o suscribirse al servicio o, de plano, no pensar en cancelarlo.

Valga todo lo anterior para poder justificar la siguiente pregunta ¿Es Spiderhead (2022, Estados Unidos), cinta dirigida por Joseph Kosinski, parte de ese golpe de timón por parte de Netflix?

Porque si la respuesta es , entonces les mando decir a los ejecutivos de Netflix que tienen un problema mayor de lo que pensaban.

Spiderhead va de acuerdo a lo planteado en el artículo. Su director, Kosinski, es un nuevoviejo lobo del mar de los blockbusters de medio pelo (hasta que llegó Top Gun: Maverick, claro). Los guionistas son Rhett Reese y Paul Wernick, responsables de los guiones de los dos Deadpool y de Zombieland. Además, está basada en un cuento de ciencia ficción distópica escrito por el galardonado George Saunders. Y como cereza, está protagonizada por Chris Hemsworth, Miles Teller y Jurnee Smollett. Los tres con un caché bastante popular a cuestas: Thor, la saga Insurgente y Birds of Prey, respectivamente.

Y, sin embargo, esta historia sobre un futuro mediato en el que todo aquel que cumple una condena en una cárcel de máxima seguridad puede transmutar ciertos privilegios si accede a servir de conejillos de Indias para una super corporación que está probando una droga, solo tiene una interesante premisa. Porque de ahí se decanta por una serie de escenas en las que los personajes se explican muchas, muchas cosas.

Y lo único que no explican esos personajes en sus interminables choros, es cómo una película tan blanda como la que protagonizan, Spiderhead, podrá ayudarle a Netflix a capotear su crisis.

Atentamente, el Duende Callejero

Ganando sus alas

Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt
Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt

Creo que no será un spoiler decir que Martyrs Lane (2021, Reino Unido) es una historia de fantasmas.

Ese dato está en la mayoría del material publicitario que la acompaña. Y bastan los primeros minutos dentro del mundo en el que vive Leah (Kiera Thompson), la protagonista de la historia, una niña de diez años que anda de aquí para allá recorriendo un caserón viejo, observando las rutinas familiares, para entender por dónde irán los tiros, como dicen.

Leah es miembro de una familia de cuatro integrantes.

La madre, Sarah (Denise Gough), es una mujer triste que suele estallar a la menor provocación y que se ha convertido en una obsesión para Leah. Sabe que esos cambios de humor provienen de algún hecho del pasado, pero no sabe qué podría ser, aunque está segura que el relicario dorado que cuelga de su cuello, y que no deja que nadie toque, es una pista importante.

Su padre, Thomas (Steven Cree), ha tomado a la religión como una forma de lidiar con cualquier problema con el que se enfrenta. Eso hace que sea difícil hablar con él, hacerlo entender que hay cosas terrenales que afectan e importan más que su ansiado más allá.

Finalmente está Bex (Hannah Rae), la hermana mayor, que suele mostrarse hosca y hermética como cualquier adolescente de su edad, pero que es el justo punto medio de la familia: secunda los silencios maternos con una pizca del mercurial temperamento paterno.

Debemos sumar el hecho de que, tras revisar el relicario de su madre, Leah comienza a recibir la visita de una niña (Sienna Sayer), que al parecer viene de algún lugar del bosque, que toca a su ventana, que charla con ella sobre varios temas. Esa niña anónima le va informando en dónde puede encontrar algo que le servirá para comprender ese pasado que su familia intenta mantener en secreto, mientras le presume que ya le están creciendo alas de verdad.

Porque las que de momento porta solo son parte de un disfraz.

De nueva cuenta un realizador, en este caso a la directora y guionista (y también actriz, aunque aquí no aparezca frente a las cámaras) Ruth Platt, se sirve de un relato de horror para volver un tema mundano en toda una odisea sensorial y alegórica. En este caso está el cuestionar esa costumbre por parte de los mayores por evitar que los infantes se enteren y encaren eventos que, cierto, son duros, crueles, pero que, caray, forman parte de la vida misma.

Platt lanza una pregunta interesante con Martyrs Lane ¿No será que intentando evitar un trauma, suele crearse uno?

Leah se ha convertido, por cuenta propia, en una especie de devorador de angustias para los miembros mayores de su familia. Y no sabe la razón por la que hace eso. Su conocimiento sobre cosas tan simples, como el amor o la compasión, es bastante limitado. Sus mayores han estado ocupados lidiando con otras cosas como para enseñarselo.

Es en ese apartado en el que Platt triunfa: en el situarnos, por momentos, en ese mundo infantil lleno de dudas y miedos, pero con un hambre por conocer y entender qué pasa cueste lo que cueste y que vale para que cualquier miedo quede relegado.

Ese triunfo me basta para decir que Platt se ha ganado, con Martyrs Lane, sus alas reales.

Atentamente, el Duende Callejero

Lectura del verano de 1992

Parte de la portada del The Stand de Stephen King en su versión extendida
Parte de la portada del The Stand de Stephen King en su edición extendida de inicios de los años noventa

En el verano de 1992 hice mi primer viaje solo.

Entonces tenía 16 años. Viajé de Los Mochis a Guadalajara en autobús. Fueron unas veinte horas de viaje y recuerdo bien que vomité un par de veces en el baño. Solo bebí agua durante el viaje tanto de ida como de regreso por mis mareos.

Diré que hasta la fecha suelo marearme cuando viajo en autobús, pero ya no vomito.

Recuerdo que mi maleta para ese viaje fue una mochila con un par de playeras, un pantalón de mezclilla y algunas mudas de ropa interior. Me recibiría en Guadalajara uno de mis tíos maternos, Gustavo. Me quedaría con él quince días. Él le había dicho a mis padres que deberían mandarme con él ese verano, que me haría bien comenzar a viajar por mi cuenta.

Ellos aceptaron.

Claro que tengo muchas anécdotas sobre ese primer viaje por mi cuenta. Pero este no es el lugar para relatarlas. Escribo esto porque para ese viaje me hice acompañar de la novela The Stand de Stephen King en la edición de 1990 de Plaza & Janés: Apocalipsis, ese era su título nacional. A la mitad de su portada venía un cintillo negro advirtiendo que aquella era la edición completa, sin supresiones, de La Danza de la Muerte.

Encontré ese libro, junto con otros de Stephen King en el estudio de la casa de mi abuelo materno. Hasta el día de hoy no sé quién era el que compraba esos libros que cada tanto aparecían en uno de aquellos viejos libreros. Todos traían señas de ya haber sido leídos: en algunos había pasajes subrayados con lápiz e incluso con plumas de diferentes colores.

Además de las novelas de King, encontré uno de los Books of Blood de Clive Barker en su edición Martínez Roca, Something Wicked this Way Comes de Ray Bradbury y hasta un par de novelas de Dean R Koontz. Pasé muchas horas leyendo y releyendo esos libros. Llenaba hojas de mis libretas con ideas y cuestionamientos salidos de esas lecturas y relecturas, además de algunos dibujos. Pero con The Stand pasaba lo siguiente: lo sacaba del librero, lo hojeaba, leía las primeras páginas y luego lo volvía a su lugar.

Sus mil quinientas y tantas páginas me intimidaban, lo acepto.

Pero como quince días de aquel verano de 1992 en aquella ciudad tan conocida, pero también tan ajena (mi familia materna es de Jalisco, así que Guadalajara y sus alrededores siempre fueron uno de los destinos de viaje familiar desde que era pequeño), me parecieron una eternidad. Y como sabía que durante las mañanas y parte de la tarde estaría solo en el departamento de mi tío, esperándolo a que regresara del trabajo para poder ir a dar la vuelta, decidí que The Stand me serviría para matar las horas.

Lo que nunca imaginé fue lo rápido que me bebería esas mil quinientas y tantas páginas que tanto me habían intimidado.

Leí The Stand en unas tres mañanas con su respectivo cacho de tarde. Recuerdo que una de las cosas que me atrapó ocurre a la mitad del primer libro, el que lleva por título Captain Trips.

Larry Underwood, el hedonista cantante de rock que ya había visto morir a su madre víctima de la supergripe y que en esas páginas se hacía acompañar de una mujer madura, Rita, con la que dejaría atrás un Nueva York que se ahogaba en el hedor de millones de cadáveres al aire libre, citaba a The Hobbit de JRR Tolkien.

Y entonces algo hizo click dentro de mí. Comprendí que todo eso que se me hacía tan familiar en la novela provenía de otros libros que ya había leído y que me habían gustado.

Ahí estaban esos pasajes protagonizados por Stuart Redman, y Frances Goldsmith y Harold Lauder, que hacían recordar a Watership Down de Richard Adams. Los de Nick Andros y Tom Cullen que hacían eco tanto al Lord of the Flies de William Golding como a Of Mice and Men de John Steinbeck. Y qué decir de la ominosa sombra de Randall Flagg, con todo y su reino en Nevada, que se manifiesta en las páginas de la novela como un villano a la Saurón de The Lord of the Rings de Tolkien.

Y como él, todo lo ve (bueno, salvo quién era tercer espía. Igual que Saurón no supo quién era el portador del anillo).

Creo que la trama ya es conocida. Igual, va un resumen: todo inicia una noche en una base militar al norte de California. En ese lugar, el gobierno de Estados Unidos ha estado creando una supergripe que se trasmite de forma sencilla y que mata en cuestión de horas. Se supone que será usada como un arma bacteriológica en el futuro, pero por sucede un accidente y el virus queda libre. Así que en cuestión de semanas muere casi la totalidad de la población del mundo, salvo a unos cuantos que resultan inmunes. La narración de King se concentra en los sobrevivientes de Estados Unidos, que se separan en dos grupos: los que van a Boulder, Colorado, convocados por una señora negra de ciento ocho años que se les aparece en sueños y que dice llamarse Abigail Freemantle, y los que se concentran en Las Vegas, Nevada, atendiendo el llamado de el hombre de negro, que se les aparece en pesadillas y que dice llamarse Randall Flagg.

Pronto, los dos grupos habrán de enfrentarse. Flagg planea desaparecer a Boulder con una bomba atómica mientras que cuatro miembros del comité de Boulder irán caminando hasta las Las Vegas para encarar a Flagg sin armamento o plan.

Lo único los acompaña a esos cuatro, y que los arropa, es su voluntad.

The Stand suele llevarse los laureles cuando se trata de decidir cuál es la mejor novela de Stephen King. Además, es un referente de obras literarias que mezclen el fantástico con el horror y cuyo escenario es el fin del mundo.

Algunos autores, como Chuck Wendig o Paul Tremblay, citan a The Stand como una inspiración a la hora de escribir sus propias versiones del Apocalípsis: Wanderers y Survivor Song, respectivamente.

Mientras que otros lo aceptan con cierto recelo.

Qué decir de las canciones que ha inspirado: Ride the Lighting de Metallica y Among the Living de Anthrax.

The Stand ha tenido dos adaptaciones en forma de serie. La de 1994, escrita por el propio King con la dirección de Mick Garris y que fue un evento televisivo para ABC. Y la de finales del 2020, estrenada en plena pandemia y que estuvo a cargo de Josh Boone y Benjamin Cavell para Paramount+.

Es en esa segunda adaptación en la que King decidió revelar una versión extendida del epilogo de la novela, El círculo se cierra. Esa fue la razón por la que decidí ver los nueve caóticos episodios que dieron cuenta de una historia que, caray, vaya que no necesitaba tanto salto en el tiempo.

Porque si hay algo que encanta en el relato, es cómo cada uno de esos personajes van llegando a sus respectivos destinos y van conociendo a esos otros personajes, creando lazos afectivos. Algo que la narrativa fragmentada de la nueva serie, ensarzada más por el efectismo y la sorpresa, acaba lastrando.

Pero, bueno, hablaba del epílogo de King. Luego del sacrificio y la destrucción en Las Vegas y del regreso de Stuart y Tom a Boulder, y también del nacimiento y la prueba tras el nacimiento de la hija de Frances; la pareja, junto con la recién nacida, Abigail, deciden emprender un viaje a bordo de una caravana hasta Maine. La única justificación tras ese viaje es las ganas de Frances por volver a ver el mar del pueblo en el que nació y no murió.

Y es en un punto de ese viaje, uno en el que la familia se siente cómoda con su decisión y baja la guardia, que Flagg se manifiesta y pone a prueba a Frances.

Otro de los problemas que tiene esta nueva versión de The Stand es lo pequeña que se siente. Mientras que Garris logró transmitir la sensación de que todo lo que ocurre en la pantalla forma parte de un evento inmenso, uno que incluso va más allá de sus márgenes; acá todo ocurre en espacios regularmente cerrados, con unos cuantos personajes y recurriendo a líneas interminables de diálogos. Pero dicho hermetismo expositivo vaya que le sienta bien a ese epílogo en el que, por alguna razón que de nuevo queda sin resolver, se decide verbalizar lo que considero que es la idea capital de The Stand: llegará un momento en la vida en la que nos tendremos que tomar una decisión. Y dicha decisión es qué camino deberemos tomar. Uno de esos caminos ofrece una solución total al problema que tenemos frente a nosotros. Y dicha solución, de momento, solo nos pide un pequeño tributo. Pero si sabemos leer entre líneas, quizá lograremos comprender que dicho tributo, a la larga, acabará siendo peor que el problema inicial. Pero vaya que resulta seductor dar ese tributo.

Aunque también está el otro camino. Uno que no reclama un tributo, que solo nos pide aceptar las consecuencias de nuestras acciones y encarar nuestras limitaciones. Que puede que nos deje sin nada, que seguro que nos provocará algo de dolor, que nos mandará al fondo de un hoyo oscuro y húmedo.

Pero que no nos convertirá en otra cosa. Porque en ese camino seguiremos siendo justos.

Algo así fue lo que pensé en aquel verano de 1992 en el que viajé por primera vez solo y en la que leí por primera vez The Stand de Stephen King. Sé que no fui el mismo tras ese viaje, que esos recorridos por la ciudad que solo conocía con mi familia me hizo resolver muchas dudas, además de ganar otras tantas que necesité años para asignarles algunas respuestas.

Pero sería injusto dejar fuera la lectura de la novela mastodóntica de King como parte fundamental de esa experiencia.

Porque gracias a ella, adopté un mote que sigue rigiéndome:

Often wrong, never in doubt.

Atentamente, el Duende Callejero

Recordando a Fundación

Isaac Asimov dibujado por Rowena Morrill
Isaac Asimov dibujado por Rowena Morrill

Originalmente, solo fueron varios relatos publicados entre 1942 y 1950 en revistas pulp. Relatos que luego se convirtieron en tres tomos corregidos y aumentados publicados entre 1951 y 1953.

Y sí, tuvieron sus subsecuentes ramificaciones en otros tantos relatos, en otras tantas novelas, incluso en algunos ensayos. Todo eso fue la saga Fundación de Isaac Asimov, saga que suele considerarse el pináculo de la literatura de ciencia ficción de la llamada Era Dorada.

Dicha Era marca el momento en el que las historias de ciencia ficción se hicieron populares tanto con la crítica como con el público. Inicia, según, a finales de los años 30 y acaba por 1950, década en el que esas historias-ideas comenzaron a utilizarse como base de películas de mediano presupuesto que poco a poco fueron conquistando nuevas audiencias en todo el mundo.

La saga Fundación plantea, primero, la idea de que el final de todo es inminente y que al ser humano, con todo y sus saberes y tecnologías, le resultará imposible evitarlo. Pero ¿Qué pasaría si se realizaran una serie de micro eventos aquí y allá, todos basados en meras teorías y que serán perpetrados a lo largo de miles de años?

¿Bastaría eso para alterar un poco dicho fin? ¿Servirá para albergar alguna esperanza, aunque eso entre en territorios ignotos?

Hari Seldon es un científico que desarrolla la teoría de la psicohistoria. Parte matemática, parte psicología, parte antropología, parte filosofía y, bueno, también parte alquimia, mediante complejos teoremas se anticipa que el fin del Imperio Galáctico gobernante, uno enclavado en tradiciones feudales, será dentro de treinta mil años. Por ello, elabora un complejo plan que abarcará a generaciones enteras, además de provocar algunas crisis intergalácticas. Todo para asegurarse que cualquier cosa que resulte tras el inminente desplome del Imperio sea algo que ha aprendido de sus errores y que deje atrás la idea de: Siempre han confiado en la autoridad o en el pasado, nunca en sí mismos.

Solo que su verdadero plan consiste en agrupar a dos grupos de científicos, artistas e ingenieros en dos colonias para que sean las bases de lo que resulte de la caída del Imperio. Caída que ocurriría en mil años y no en los 30 mil anunciados.

Esas dos colonias se desarrollarán en los extremos de la galaxia y cada una serán ignorante de la existencia de la otra. La razón oficial de la existencia de la primera, será elaborar una enciclopedia que concentre todos los saberes en un lugar para la posteridad.

A cada una las llamarán Fundación. La creación de ese par de Fundaciones se le delega al Imperio mediante una ingeniosa estratagema que incluye que dichas autoridades olviden la existencia de ambas colonias. Solo aporten los recursos necesarios para su creación y no se inmiscuyan en su desarrollo.

Seldon pensó al dedillo el plan y sabiendo que no sobreviviría para comprobar si se cumplirían o no sus vaticinios, guardó parte de sus conocimientos e ideas en una réplica virtual suya que vive dentro de una máquina que se abrirá cada tantos años: la Bóveda del Tiempo.

Ese es apenas el arranque de la saga. Otra idea tras Fundación está en cuestionar qué sucedería en caso una sociedad aprendiera a predecir, mediante la ciencia, eventos futuros.

¿Qué sería del predeterminismo entonces?

Asimov responde ese cuestionamiento planteando que de todas formas lo impredecible acabaría filtrándose, porque eso es lo que nos hace humanos: ser subjetivos, azarosos, caóticos.

De ahí la existencia de El Mulo. Su papel reside en representar el caos que acabará certificando, digamos, al orden.

Y esas son las dos fuerzas en las que se basa toda existencia.

Y a propósito de esos elementos caóticos, Asimov deja bien claro que para él: La violencia es el último recurso del incompetente. Así que en gran parte de Fundación se plantea en cómo los personajes intentan por todas las formas posibles el no recurrir a la violencia.

Se entiende. Isaac Asimov comenzó a escribir los relatos originales durante la 2da Guerra Mundial. Por esos años, trabajó para el ejército de Estados Unidos como químico civil en una base militar y como muchos, se preguntaba si aquel conflicto iría a cambiar a la humanidad entera cuando terminara. Si aquella guerra, aquella experiencia iba a servir de algo. También se preguntaba, sin saber aún cuál sería el resultado del conflicto, qué vendría después. Y, claro ¿Es que nadie había previsto que algo así sucedería?

Fundación y sus ramificaciones son respuestas a todas esas interrogantes, y también para las que vinieron después. Además recordarnos, desde esa propia Bóveda del Tiempo de letras, que:

Cualquier dogma, basado primariamente en la fe y el sentimentalismo, es un arma peligrosa usada sobre los demás, puesto que es imposible garantizar que el arma nunca se vuelva contra el que la emplea.

Atentamente, el Duende Callejero