De castillos, horrores y bendiciones papales

Fotograma de Castle Freak, de Stuart Gordon

Recordemos…

En 1994, Stuart Gordon (1947-2020) es seducido por Charles Band y su productora Full Moon. Le propone regresar a terrenos conocidos con una tercera adaptación de un texto de Lovecraft. Su título, Castle Freak.

Sí, recordemos…

Diez años antes, Gordon, entonces un actor y director teatral, decide incursionar en el cine con una adaptación, en tono paródico, de uno de los pocos textos del serio HP Lovecraft que pueden considerarse una novela (corta).

El resultado fue la celebrada Re-Animator.

Un año después, Gordon vuelve a adaptar a Lovecraft. Pero ahora se pone serio. El resultado es la maravillosa From Beyond. Diré que de sus adaptaciones lovecraftianas, esa es mi favorita. Pero para su carrera, ese fue el primer y quizá más grave traspié.

¿Por qué digo eso? Bueno, porque partir de esa película se dedicó a perpetrar títulos con corridas comerciales ridículas, o direct-to-video-movies.

Así pasaron años. Gordon regresó al teatro y solo volvió a ponerse detrás de las cámaras cuando algún productor lo llamaba con un proyecto ya armado. Él cumplía sacando adelante la película, recibía su paga y a lo que sigue.

Sí, caray, recordemos…

Su mayor éxito durante esa etapa fue un vehículo de lucimiento de Christopher Lambert, Fortress, de 1992. Película que inició siendo un proyecto para Arnold Schwarzenegger.

Me gustaría decir que el éxito Fortress sirvió para levantar la carrera de Gordon. Pero solo ayudó a que Lambert obtuviera mejores papeles y a que se le diera luz verde a un puñado de películas con temáticas similares. Entre ellas, No Escape de 1994.

Fue en ese momento que Charles Band le ofrece esa suerte de come-back gracias a Castle Freak. Y lo hizo con un cheque en blanco.

El guion, firmado por Dennis Paoli y revisado por Gordon, estaba inspirado en un relato de Lovecraft llamado The Outsider.

Versión de The Outsider de HP Lovecraf, leída por Victor Rodriguez para el podcast Wrong Reel

Lo que Paoli y Gordon hicieron fue transformar ese relato en primera persona que narra las consecuencias de un abuso extendido por años, en una más que notable película de horror gótico que, además, le rinde un sincero homenaje a varias películas de horror italianas de finales de los sesenta y principios de los setenta. Me refiero a títulos como Castle of Blood de 1963, Terror Creatures from the Grave de 1972, The Terror of Dr. Hitchcock de 1962, Nightmare Castle de 1963, The Bloody Pit of Horror de 1969 y hasta House at the Cemetary de 1981.

Recordemos…

Castle Freak inicia con un cliché.

Una viejita tiene un hijo deforme. Lo mantiene recluido en una de las mazmorras del castillo en el que viven.

El castillo es enorme, viejo, oscuro y está en Italia.

La viejita lo alimenta con carne cruda. Lo insulta, le teme pero a la vez lo veja lo suficiente como para que ese ente acabe teniéndole miedo a ella.

Así han pasado 40 años.

La viejita muere, dejando al ente a su suerte.

Bueno, no tanto. La viejita tenía muchos gatos y, lo sabemos, esos animales son muy curiosos.

El caso es que, para seguir con el cliché, resulta que la viejita le hereda el castillo a un pariente lejano, John Reilly, interpretado, but of course, por Jeffrey Combs.

Él es un norteamericano clasemediero que acaba de pasar por una crisis familiar y que, al enterarse de la herencia, se obsesiona con llevarse a su ya descarrilada familia a Italia en un desesperado intento por salvar su matrimonio.

El problema de John, una fuerte adicción al alcohol que derivó en violencia domestica, adicción al sexo y en un accidente automovilístico con consecuencias mortales.

Su esposa Susan, interpretada, en efecto, por Barbara Crampton, no está convencida con la mudanza. Aunque John ya se rehabilitó y ella siente que debe darle una segunda oportunidad, le está resultando muy difícil perdonarle su responsabilidad en el accidente automovilístico que dejó ciega a su hija Rebecca (Jessica Dollarhide) y en el que murió el menor de los Reilly.

La idea de John es llegar, ver la propiedad, firmar los papeles que se necesiten firmar, ponerla en venta, contratar a alguien para que se encargue de los asuntos legales, pagarle su comisión, y pasar unos días en algún lugar turístico de Italia como familia.

El problema es que las cosas no le salen de acuerdo al plan.

Todo porque los Reilly acabarán teniendo que quedarse en el castillo. John lo explora, descubre la cripta familiar y ahí encuentra unas fotos que lo aterran. Uno de esos parientes lejanos guarda un enorme parecido con su hijo muerto. Por eso, al caer la noche, John y Susan discuten acaloradamente sobre su situación. Dicha discusión despierta en John su gusto por la violencia, así que intenta golpear a Susan pero logra controlarse y mejor huye al pueblo. Se mete en un pub y rompe su veda personal de alcohol.

Mientras, en otro lado del castillo, Rebecca comienza a explorar inexplicablemente por los lugubres pasillos. Pronto sentirá que hay alguien más cerca. Bueno, no solo lo siente, también lo escucha.

En las mazmorras, histérico, el ente… Bueno, para entonces sabemos que su nombre es Giorgio (Jonathan Fuller), comprende que hay extraños en su castillo, así que se escapa para descubrir quiénes son.

Y John regresa al castillo, ebrio y con una prostituta. Intenta tener sexo con ella. Pero fracasa. Así que, destruido, la deja y es Giorgio el que la encuentra y, en una escena escabrosa, da cuenta de ella.

Entonces, comienzan a aparecer cuerpos.

Cuerpos mutilados.

Todo aquel no-familiar que visite el castillo acabará mordisqueado o desmembrado.

Pronto, la policía llamará a la puerta del castillo y acusarán a John no de los cadáveres, sí de las desapariciones. Mientras, Giorgio seguirá su asedio. Poco a poco va comprendiendo qué es lo que está pasando. Y se obsesiona con su prima, Rebecca.

Al entender que si hace que la policía se lleve a John, las dos mujeres quedarán a su disposición, Giorgio sigue con su masacre hasta que el mismo John, ahora sí fugitivo de la justicia, decide confrontarlo con tal de salvar a su familia.

Y por supuesto, para lograrlo deberá sacrificar lo único de valor que le queda. Su precaria vida.

El final de Castle Freak, fuera del acartonado escenario y del desparpajo de Combs, adquiere tonos trágicos inesperados. El duelo final es el de dos monstruos en lo alto de un decadente castillo que tantos horrores ha resguardado. Cada uno tomando un extremo de una cadena.

Gracias a la eficiencia de un Gordon en plena forma, aunque no con los mejores recursos técnicos, comprenderemos que todo este cuento giró en torno a una pregunta ¿A fin de cuentas, qué es un monstruo?

Y aunque cualquiera pueda adivinar el final o responder la pregunta que se formula, no importa. El chiste es verlo, verlo de nueva cuenta y sin que medie nada. En Castle Freak, las consecuencias del abuso dentro del entorno familiar son el mayor horror al que puede enfrentarse cualquiera. Eso es lo que hace al monstruo. Y salir indemne de ese abuso demandará su consabida libra de carne.

Gordon vaya que sabe cómo contarnos una historia ya conocida cientos de veces, logrando, sin empantanarse mucho con las truculencias o con los tiempos muertos quesque reglamentarios en pro-de-conocer-a-un-personaje, un producto que sale de la medianía que tanto huele y sabe a mediocridad.

Por cierto, a la mitad del rodaje, Charles Band le informó a Gordon que por asuntos financieros (Full Moon se fue a pique a la mitad de los noventa), Castle Freak acababa de quedarse sin la mitad de su presupuesto. Así que le cheque en blanco que le han ofrecido acababa de botar.

Esa es la razón por la que Castle Freak no se vio en salas de cine.

A Gordon no le importó. Él trabajó con el mismo empeño, sorteando cualquier problema técnico que le fuera apareciendo, como esas locaciones mal iluminadas, esa carencia de escenarios y de utilería, esa única cámara que, se nota, lo complicó todo a la hora de hacer varias tomas a la vez.

Gracias, digamos, a esa serie de infortunios que alargaron el proceso de edición por un año, Gordon tuvo que quedar fuera de esa otra adaptación a Lovecraft de Full Moon. Adaptación que, por cierto, apareció primero que su Castle Freak. The Lurking Fear, dirigida por C Courtney Joyner.

Luego de entregar Castle Freak, el buenazo de Gordon se nos vuelve a perder. O, bueno, regresa a dirigir varias películas tristemente célebres. Hasta que de señales de seguir vivo diez años después con Edmond, pero esa es otra historia.

Para finalizar, una anécdota. Y a ver si ustedes la creen.

Resulta que en uno de sus días de producción (parece que fue en el siguiente tras revelarse la noticia del corte del presupuesto), el equipo de Castle Freak se encontró con una extraña comitiva a las puertas del castillo en el que filmaban. Un castillo que era propiedad de Charles Band, por cierto. Y como buenas personas, salieron a ver qué querían.

Resultó que el Papa Juan Pablo II andaba en los alrededores, en peregrinación, y estaba pasando a bendecir a las casas y a las personas del lugar.

La comitiva venía solo a avisar.

Inmediatamente todos los de la producción fueron a contárselo a Gordon, a los actores y al resto del crew. Y para cuando pasó el Papa, todos estaban en fila esperando su bendición, incluyendo Fuller completamente caracterizado como Giorgio.

Según eso nadie de la comitiva, ni el mismísimo Papa, reparó en ello.

Supuestamente eso los alentó a librarse del bache y ponerse a trabajar. A fin de cuentas, esa era la primera (y seguramente única) película de horror que puede presumir una bendición papal

La gente tenía que verla.

Atentamente, el Duende Callejero

En el castillo de la impureza

Fragmento de la portada de la edición en español de My Absolute Darling de Gabriel Tallent

En el verano del 2017 se publicó la primera y hasta hoy única novela de Gabriel Tallent, My Absolute Darling .

Fue un éxito de ventas. La crítica norteamericana y europea la llenó de elogios. Obtuvo un par de premios literarios y se vendieron los derechos para traducirla en varios idiomas, incluyendo el español.

Acá su título solo es Darling.

Sin embargo, un sector nada marginal de la crítica y del público la nombró la novela más sexista de los últimos años. Y entre sus detractores está la influyente escritora Roxane Gay, que escribió que nunca le vió lo grandioso al texto, que no la atrapó, aunque reconoció que lo leyó de cabo a rabo casi en una sentada.

La novela tiene como protagonista a una adolescente llamada Turtle Alveston. De catorce años, vive con su padre, Martin, en una decrépita cabaña en los márgenes de Mendocino, California.

Martin es un experto en supervivencia que está seguro que la humanidad va directo a una catástrofe, por lo que decidió preparar a su única hija para vivir en ese mundo post-apocalíptico que cree que se avecina.

Turtle sabe cazar, pescar, encender un fuego en medio del bosque, defensa personal, disparar y limpiar armas de fuego y hasta primeros auxilios. Lo que no sabe es leer de corrido, hacer ecuaciones matemáticas, confiar en otras personas que no sean su padre o su abuelo, y entablar amistad con otros jóvenes.

En la escuela a la que asiste y en donde tiene problemas debido a sus bajas calificaciones, casi todos piensan que Martin abusa de ella. Así que en varias ocasiones algunos maestros han intentado sacarle una confesión a Turtle.

Pero ella siempre ha negado esos dichos. No porque sean falsos, sino porque sabe que si alguien más lo supiera, la policía iría por Martin y él resistiría el arresto ¿Y qué sería de ella, que perdió a su madre cuando era niña, si ahora se queda sin su padre?

Ese es el punto en el que detractores y entusiastas de la novela coinciden. My Absolute Darling es una obra cuyo interés reside en desengranar las consecuencias que tiene el abuso físico y mental en una joven. Turtle vive en un mundo basado en cumplir los deseos y caprichos de ese hombre violento y carismático que es su padre. No sabe qué está bien o qué está mal, porque su contacto con otras personas es casi nulo.

Martin entra en ese selecto grupo de sociópatas carismáticos que deambulan en algunas películas y novelas de los últimos años.

Los detractores de la novela tienen razón, Tallent se muestra más preocupado por dotar a su monstruo de un magnetismo casi místico que en darle profundidad o incluso humanidad a Turtle.

Ella, en los primeros capítulos, es casi un autómata que va realizando pequeñas obras solo porque alguien se lo pide o porque forman parte de la rutina. Así que la consabida toma de conciencia de la joven, propia de este tipo de historias que llaman de iniciación, y que llega por culpa de un crimen que comete su padre y que sirve para derrumbar ese castillo de la impureza en el que ambos viven, más que catártico se siente artificial.

Y eso, en una novela que fue descrita como realista contemporánea, acaba resultando algo contradictorio.

Aunque Gay tiene razón, con todo y sus tropiezos y sus abigarradas descripciones de abuso, tortura e incesto, My Absolute Darling es una obra que te obliga a leerla casi en una sentada.

Atentamente, el Duende Callejero

Dream Extreme

Novela de Joe McGinniss Jr

Nick y Phoebe Maguire son un matrimonio que, buscando rehacer su vida tras una serie de calamidades ocurridas durante sus primeros años de casados en Boston, que incluyen un accidente automovilístico, cambia de aires a la soleada California. Concretamente en un poblado llamado Serenos, que está a 40 millas de Los Ángeles, en una privada llamada Carousel Court y cuyo letrero de bienvenida grita dream extreme.

Pronto, la pareja descubrirá que sus problemas nada tenían que ver con alguna cuestión geográfica. Vayan a donde vayan, aquello que parecen querer sepultar en el pasado seguirá manifestándose en su presente y, claro, dejando claro que sus desastres particulares no obedecen a u destino ominoso, sino que son meras consecuencias de sus actos.

Esa es, en resumen, la trama de la insidiosa novela Carousel Court (2016, Simon & Shuster), de Joe McGinniss Jr. Una historia que tiene como telón de fondo los ecos de la recesión económica ocurrida hace algunos años en Estados Unidos, producto de los préstamos engañosos que causaron la crisis inmobiliaria a principios del nuevo siglo, mismos que emplearon los Maguire para obtener una lujosa residencia. McGinniss toma dichos ecos y los convierte en una alegoría sobre cómo en una vida conyugal de oropel, mocha latte, nanas de veinticuatro horas, tarjetas de crédito adicionales, todo a meses sin intereses y recetas médicas obtenidas tras mostrar u ofrecer un poco de piel y carne; el rencor siempre pesa más que cualquier puta crisis económica nacional, o que la mismísima dependencia a un medicamento controlado, o que la posibilidad de quedarse sin trabajo, o que la seguridad de tener que abandonar planes futuros, o que la certidumbre de quedarse en la calle pues esa casa que tanto ha drenado cuentas, ánimos y sueños ahora se hunde mansamente en agua fétida, lodo e intereses atrasados.

Conocemos a los Maguire cuando ya todo se ha perdido. Sin intimidad desde hace años, sin ganas de estar en el mismo cuarto pues saben que cualquiera se prenderían del cuello del otro hasta que mane la sangre, fingiendo a todos los demás que siguen siendo una pareja modelo, lo que les resta ya no es pelearse, sino destruirse y vivir no para contarlo solamente sino para orinarle la tumba al otro.

Pasivamente quizá, pero de forma constante, ambos van avanzando esa encarnizada guerra entre cuatro paredes, con sus votos mutuos convertidos en cenizas hace años y toallas de él y ella pudriéndose en el fondo de una alberca llena de lama y con charcos de orín.

Por eso y más, Carousel Court puede leerse fácilmente como un thriller en el que la única pregunta que tiene sentido es en cuál de sus 97 capítulos de corto aliento y filosa prosa nos tocará atestiguar un asesinato.

Por sus páginas hay muchos cuchillos, herramientas punzantes, productos flamables, bufandas, tijeras, cadenas, medicamentos controlados y hasta agua anegada. Chéjov tendría que revalorar su tesis narrativa si leyera esta novela.

Y, obvio, también impone el saber quién será la víctima y quién el victimario. Porque con los Maguire cualquier cosa puede pasar. Desde la venganza de ese amante celoso por los mensajes nocturnos que envía Nick a una jovencita que comenzó a cortejarlo, hasta una sobredosis de Phoebe en una de sus esperas por ese sugar daddy que no ceja de malograrla verbalmente.

O, bueno, mejor dicho: cualquier cosa va a pasar.

Por ello Carousel Court puede compararse con visionar un accidente. Nos detenemos y nos quedamos viendo pues lo grotesco atrapa nuestros sentidos. El olor de la sangre nos marea. La posible narración sobre una caída mortal nos perturba. El ver la fragilidad de nuestra existencia nos agobia.

La posibilidad de que ese que yace ahí pudiera ser alguien conocido, o incluso uno mismo, da tanto para quitarnos el sueño como para contar una historia alterna.

Una historia que quizá iniciará así:

Dream Extreme. Those words welcomed them to Serenos months ago, in June, before the heat.

Atentamente, el Duende Callejero

El horror, el horror…

Jitsuko Yoshimura en un momento de ‘Onibaba’

Va un lugar común ¿Listos?

La película más terrorífica de la historia es The Exorcist de William Friedkin.

Ahora a cerrar la carpeta y, claro, pasar a las divagaciones de siempre…

¿Apoco no estremece ese ultrarealismo captado tan fríamente por esa maldita cámara de colores deslavados?

¿No te pone a respingar la atmósfera creada por esos sets claustrofóbicos?

Eso sin llegar al trabajo de sonido y sacar a colación al técnico mexicano y a su truco de volver una simple cartera de cuero en un quejido de ultratumba

¡Ajua!

Sin embargo, diré que una de las películas más terroríficas que he visto es Onibaba (1964, Japón), dirigida por Kaneto Shindô, película que según cuenta una leyendaWilliam Friedkin estudió a profundidad cuando le encargaron hacer la versión cinematográfica de la novela de William Peter Blatty.

Basada en un viejo proverbio budista, Onibaba, que nadie se pone de acuerdo sobre su título en español porque igual se conoce como Mujer Demonio o El Pozo, podría competir por el título de la película más cruel de la historia. Esto porque en la totalidad de su metraje, apenas una hora y veinte, y a pesar de que su contexto es el Japón del siglo 14, uno devastado por una guerra que ya nadie sabe sobre qué fue, Shindô captura impresionantemente una fábula de inmoralidad, desasosiego, decadencia e inhumanidad aderezada con una estridente pista sonora de jazz, composición de Hikaru Hayashi, que se contraponen a un elegante trabajo de cámara de Kiyomi Kuroda, y logra inocular en el espectador tanto un vacío existencial como confusión.

La pregunta que nos queda es ¿Estamos en verdad viendo una película cuya trama transcurre hace siglos o sucede ahora mismo, en algún poblado de cualquier parte de este caótico mundo?

Una mujer madura (Nobuko Otowa) y su joven nuera (Jitsuko Yoshimurasobreviven en el campo.

A veces pescan, a veces cazan… Regularmente roban, pero como se nos muestra al iniciar la película, ahora hasta matan samuráis heridos y en fuga con tal de robar sus armaduras y armas, y cambiarlas luego por comida en un poblado cercano.

Conocen el lugar perfecto para deshacerse de cualquier evidencia, un gran pozo en el que nadie querrá asomarse y que queda relativamente cerca del lugar donde se resguardan. La mujer madura espera a su esposo y a su hijo, que es esposo de la joven. Los dos hombres fueron reclutados para la guerra. Solo que cada día que pasa, las esperanzas de que ambos regresen se van perdiendo. A esto se suma la intempestiva llegada de un samurái en fuga (Kei Satô), que mató a un sacerdote con tal de quedarse con su ropa para poder caminar sin mucho problema por la comarca.

Ese samurái llega directamente al resguardo de las mujeres y les cuenta lo que podría ser el final de su espera. Luego de una batalla fallida, tanto el esposo de la mujer madura como el de la joven murieron.

La mujer madura se encarga de deshacerse del joven e impertinente samurái. Le dice a la joven que no debe hacer caso a rumores como esos. Pero la joven ya ha comenzado a sentir el llamado de las hormonas, así que se decide dejarse querer por el joven e impertinente samurái, ante la mirada entre atónita como celosa de la mujer madura, que, hasta ese momento se nos confirma algo que podríamos pensar desde el inicio. Eso de mantener la esperanza en el regreso de los hombres de la casa no puede compararse con la esperanza que tenía por encamarse con su joven nuera.

Y ahora, con ese extraño triángulo ya conformado, y con una perturbadora escena en la que la mujer madura expone su poderío como matrona a cargo de los lascivos jóvenes desnudándose el torso y dándonos una de las escenas eróticas más perturbadoras que yo recuerde, comienza lo sobrenatural.

Un samurái con una icónica máscara blanca se le aparece, y comienza a perseguirla.

¿Es ese demonio una realidad o simplemente es un reflejo de esa locura que ya comienza a manifestarse?

La clave de ese secreto está en el pozo que guarda cada uno de sus crímenes.

Y hasta allá va la mujer. Mientras los jóvenes fornican de lo lindo donde les place.

Y ahí encuentra al samurái fantasma y su máscara

Así que ahora, esos jóvenes cachondos la pagarán.

¿Pero es ese descenso que realiza la mujer madura una alegoría sobre el vacío existencial que comienzan a experimentar los personajes?

¿Es la apropiación de la máscara una metáfora?

¿Qué papel tiene la naturaleza y su constante amenaza contra cada uno de los personajes?

Y hablando de los personajes ¿Qué significa que solo los muertos tengan nombre?

Honestamente, a Shindô le importa muy poco eso de los posibles mensaje cifrados. Mejor se decanta por perpetrar una brutalidad gráfica amparada por la elegancia.

No es una película sangrienta, es una película perturbadora. A pesar de los espacios abiertos que vemos, las acciones de los maltrechos personajes vuelven a la película una pesadilla claustrofóbica que, obvio, mamó hasta hartarse Friedkin.

Y qué decir de esa pulsión sexual

¿Cronenberg?

En efecto.

Onibaba, la historia sobre el fracaso de la moral por medio del deseo. Y vaya, moral y deseo, esos dos contrapuntos que además de definirnos, suelen condenarnos desde que las primeras historias.

¿Es eso lo que Shindô logró resumir de ese viejo proverbio budista?

Bueno, tras esa magistral sucesión de imágenes y esa brutalidad enmarcada por un erotismo malsano ¿Importa acaso que las lecturas sobre esta película vayan desde un discurso antifeminista, como una cachetada al mundo por la forma en la que en los años sesenta veían a Japón?

Atentamente, un maravillado Duende Callejero que se pregunta ¿Antichrist, de Lars von Trier es otro de los remakes velados de Onibaba?

Notas sobre un viejo viaje a lo sobrenatural

Un señor y un libro misterioso
Un señor y un libro misterioso ¿De qué se trata? Sigan leyendo…

A ver, va una pregunta para la trivia, como dicen.

Se trata una película. Es sobre un grupo de jóvenes que va a una cabaña en medio del bosque.

Una cabaña que es propiedad de un científico que quién sabe qué trabajo está haciendo, pero necesita soledad, silencio, árboles y hartos bichos.

¿Captan el asunto? Bien, prosigamos

Los jóvenes van a dos cosas que, acá entre nos, no tienen mucha lógica (advertencia temprana para aquellos que hacen del quejarse de las reacciones lógicas de los personajes un modus vivendi, o sea esos que hacen think pieces usualmente asustándose de cómo se pensaba y vivía en el pasado o los de videos explicando cosas, aléjense de esta película, por favor). Quieren pasar un fin de semana de fiesta y ayudar al viejo con su trabajo. Uno que ninguno sabe de qué se trata, pero que dicen que harán sin chistar.

¿Y dónde está el problema con eso?

Sencillo ¿Y cómo harían los jóvenes esas dos cosas si a leguas se les nota sus ganas de party-time?

No preguntemos, mejor sigamos.

Y hasta allá van, sorteando un camino que a cada milla les anuncia que se están metiendo en un lío del que quizá no salgan bien librados. Llegan a la cabaña y, claro, el viejo no aparece por ningún lado.

En ella solo quedan los vestigios de que algo pasó ahí.

Algo malo.

Algo que está relacionado con su trabajo, la lectura de un antiquísimo libro de conjuros recién descubierto.

Esos jóvenes se darán cuenta que ese algo está rondando afuera de la cabaña, literalmente.

En el bosque encuentran huellas.

Y ese algo ahora viene por ellos.

Hasta ahí, a ver ¿qué película es la que estoy describiendo?

Para todos aquellos que contestaron The Evil Dead, o los que fueron mas allá y lanzaron el otro título con el que se le conoce al debut de Sam Raimi, The Book of the Dead (1981, Estados Unidos), francamente lo siento.

Esa no es la película.

¿Que cuál es? Ah, sigan leyendo…

En 1967, un joven llamado Dennis Muren comenzó a rondar por las calles y negocios de su natal Glendale California con una idea para una pequeña película de corte fantástico.

Platicando con conocidos, familiares, amigos de la familia y dueños de negocios, el joven planteó juntar la modesta cifra de $6,500.00 dólares.

El gancho para lograr la cifra era una escena que realizó con stop-motion. Un ser alado y de brillante color rojo aterrizaba frente a un hombre en el claro de un bosque.

La bestia alada
La bestia alada que es de color rojo, lo juro

Aunque estudió administración de empresas, Muren era un apasionado del cine.

Solo que su pasión no era el sentarse tras la silla del director o actuar, menos el escribir historias. Su interés estaba en crear efectos especiales.

Una labor a la que se dedicó profesionalmente, por cierto. En su currículo está Star Wars (1977, George Lucas), Indiana Jones and The Temple of Doom (1984, Steven Spielberg), Terminator 2: Judgment Day (1991, James Cameron) y muchas más.

Bastará decir que él, junto a Steve Williams y Mark Dippe son los pioneros del CGI gracias a su trabajo en Young Sherlock Holmes (1985, Barry Levinson), y que perfeccionaron esa técnica tanto en Terminator 2 como en Jurassic Park (1993, Steven Spielberg). Ha ganado ocho Oscares y le otorgaron uno por aportación técnica.

Volvamos a mediados de los sesenta.

El dinero que Muren pidió le fue entregado sin chistar por los convocados. Todo en pequeñas cantidades, que sumándolas dieron más que el monto que había planteado.

La verdadera idea del joven era realizar un largometraje que le permitiera perfeccionar su técnica de animación cuadro por cuadro, así que lo que contó en sus presentaciones solo se trató de la premisa inicial.

Una que se inspiraba en sus lecturas de las obras de William Hope Hodgson y de H.P Lovecraft.

Sin mediar en posibles demandas (para clavados, en la película encontraran referencias a The Lurking Fear, The Horror At Red Hook, The Shadow Out Of Time y The Haunter of the Dark, junto a elementos de la gran novela The House on the Borderland), Muren logra realizar una película de unos 40 y tantos minutos en 16mm.

Su título, Equinox… A Journey Into The Sobrenatural, que estrena localmente y es la delicia de sus amistades y amigos y vecinos y, bueno, de todo aquel que le tocara verla y aportara dinero para su realización.

Animado por los entusiastas comentarios de los espectadores, Muren muestra su película a Tonylyn Productions, productora local propiedad de Jack H. Harris, responsable del éxito The Blob de 1958. Compran el metraje y de paso contratan a Jack Woods para expandirlo.

Para eso ya casi es 1970, así que el físico de los jóvenes actores, Edward Connell, Barbara Hewitt, Frank Bonner y Robin Christopher, ha cambiado.

Para alargar la trama y lidiar con el cambio, Woods ideó una subtrama en la que él interpretó el papel de ese algo que anda rondando de aquí para allá.

Ese alargamiento sí cambió radicalmente lo ideado por Muren, dotándolo de más acción y diálogos. El resultado es una versión diferente, que doblaba al metraje original y al que le dieron un título más directo, Equinox.

Esa es la versión que se conoció en los cines. La que poco público alcanzó a ver y que quedó enlatada por años. Cosa curiosa, la vendría a rescatar la polémica sobre sí Raimi pirateó su premisa para crear sus Evil Deads.

Él siempre ha dicho que ni la conocía, pero bueno, así dicen siempre ¿no?

Acabemos con este asunto de una vez ¡Ni Muren ni Woods, menos Raimi son originales! En todo caso, sería mejor leer a Lovecraft y a Hodgson. Sin embargo, aquí estamos para recordar que hace años The Criterion Collection sacó un doble disco cargado de extras con ambas versiones para que las comparemos si queremos.

Personalmente me quedo con la de Woods, aunque sé que debatir las razones llegará a ser demasiado aburrido para muchos.

Solo diré que las actuaciones no son profesionales y como sucede cuando se discute sobre películas afines, saldrá por ahí un listillo que se pondrá a señalar los varios errores técnicos.

Digo, como si eso importara los llamados errores técnicos.

Mejor acabo el escrito.

Disfruto mucho las dos versiones de Equinox. Siempre preferiré películas como estas, realizadas con un amor que sale por los poros del celuloide hasta nuestros ojos.

¿Eres de los que solo te importa eso cuando ves una película?

Adelante, busca Equinox, dudo mucho que te puedas arrepentir de revisarla.

No es eso lo que más te importa y eres de los que se hacen los listos buscándole el tal quinto pie al gato.

Entonces evítala. Ya están por estrenar Black Widow.

Atentamente, el Duende Callejero

La amabilidad de los extraños

Fotograma de Krisana
Fotograma de Krisana

Estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Matiss Zelcs (Egons Dombrovskis) sale de casa, al atardecer, debe ir a su trabajo en el Archivo Nacional de Letonia. En el camino, cruza un puente en el que ve a una mujer parada en el borde ¿Otra suicida? ¿Cuántos van?

Luego de intercambiar miradas, Zelcs agacha la cabeza y sigue su camino.

Han pasado unos metros, él sigue caminando hacia su trabajo cuando escucha al agua rompiéndose detrás.

Voltea.

La mujer ya no está en el borde ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

La escucha pedir auxilio. Regresa pero solo ve oscuridad. Así que enciende un cigarro, se encoge de hombros y sigue su camino hacia su trabajo.

El tiempo pasa, pero Zelcs no puede pensar en otra cosa que no sea en la culpa por no haberse detenido a ayudar a esa mujer ¿Quién era? ¿Por qué lo hizo?

Recurre a la policía, pero ellos no resuelven nada ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

A nadie le importa.

Estamos en Riga, repito.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y la vida es dura.

Siguen aquí los fuertes, se van los débiles.

Eso es lo que parece quererle decir ese policía irónico. Hay que seguir adelante.

Zelcs lo sabe, en el fondo lo sabe, pero no puede quitarse de la cabeza que ella estuvo a unos metros de él y que él solo la observó y la dejó caer.

Que a nadie parece importarle que ella no está.

A nadie.

Solo a él.

Así que, armado con lo mejor que sabe hacer, investigar, Zelcs comenzará una investigación que lo llevará no solo a conocer quién fue esa mujer que no salvó, sino qué fue lo que la orilló a tomar esa decisión, qué vida llevaba, quién era, qué quería.

Qué anhelaba.

Todo enmarcado en un conjunto de fotografías que resumen una vida como la de él.

Pero ¿Por qué hace aquello?

¿Realmente le interesa que esa mujer no siga siendo una anónima o solo quiere limpiar su conciencia?

¿Qué está pasando con él?

¿A alguien le importa?

Recordemos, de nuevo, estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y solo hubo otro suicidio en el puente.

¿Cuántos dicen que van?

El también director de fotografía Fred Kelemen (Berlín, 1964), presenta una hermosa y monocromática oda a la soledad, a la alienación y a la culpa llamada Krisana (Alemania y Lituania, 2005), que traducido sería caída, un sencillo y claustrofóbico thriller existencial escrito con sombras. Narrado por el silencio. Construido por medio de planos largos que se van ensamblando bajo el dictado de una ciudad.

Riga.

Donde el ambiente es, sí, frío. La ciudad, claustrofóbica.

Sigo jurando que a mis sueños le robaron una película.

Atentamente, el Duende Callejero