El podcast nuestro de cada domingo, IV

Carátula de Hellbent for Horror

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café, o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno, que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que escucho durante la semana.

Esta es la cuarta recomendación.

Lo descubrí gracias a un episodio de Wrong Reel que se trató sobre las películas de Roman Polanski que ocurren en departamentos, Rosemary’s Baby, Repulsion y The Tenant.

Así fue como supe de la existencia de Hellbent for Horror, conducido por S.A. Bradley. Así fue como supe sobre el primer beso

Bradley, que se presenta como aquel que está aquí para recordarte que alguna vez te gustaron películas de horror… Y que, secretamente, aún te gustan… A veces entrevista a directores, escritores, críticos y amantes del cine de horror. A veces nos da su lectura sobre la obra de algún cineasta, sobre una película en concreto, sobre un escritor, sobre un libro o una colección de relatos. Pero ya sea solo o acompañado, el hombre nos muestra su amor y pasión por el cine de horror sin importar que sea una cinta de estudio o una película independiente.

Además, es autor del libro Screaming for Pleasure, how horror makes you happy and healthy.

Por acá les dejo uno de sus episodios, para que lo conozcan y noten que a Bradley le gusta Judas Priest.

Atentamente, el Duende Callejero...

El horror, el horror…

Jitsuko Yoshimura en un momento de ‘Onibaba’

Va un lugar común ¿Listos?

La película más terrorífica de la historia es The Exorcist de William Friedkin.

Ahora a cerrar la carpeta y, claro, pasar a las divagaciones de siempre…

¿Apoco no estremece ese ultrarealismo captado tan fríamente por esa maldita cámara de colores deslavados?

¿No te pone a respingar la atmósfera creada por esos sets claustrofóbicos?

Eso sin llegar al trabajo de sonido y sacar a colación al técnico mexicano y a su truco de volver una simple cartera de cuero en un quejido de ultratumba

¡Ajua!

Sin embargo, diré que una de las películas más terroríficas que he visto es Onibaba (1964, Japón), dirigida por Kaneto Shindô, película que según cuenta una leyendaWilliam Friedkin estudió a profundidad cuando le encargaron hacer la versión cinematográfica de la novela de William Peter Blatty.

Basada en un viejo proverbio budista, Onibaba, que nadie se pone de acuerdo sobre su título en español porque igual se conoce como Mujer Demonio o El Pozo, podría competir por el título de la película más cruel de la historia. Esto porque en la totalidad de su metraje, apenas una hora y veinte, y a pesar de que su contexto es el Japón del siglo 14, uno devastado por una guerra que ya nadie sabe sobre qué fue, Shindô captura impresionantemente una fábula de inmoralidad, desasosiego, decadencia e inhumanidad aderezada con una estridente pista sonora de jazz, composición de Hikaru Hayashi, que se contraponen a un elegante trabajo de cámara de Kiyomi Kuroda, y logra inocular en el espectador tanto un vacío existencial como confusión.

La pregunta que nos queda es ¿Estamos en verdad viendo una película cuya trama transcurre hace siglos o sucede ahora mismo, en algún poblado de cualquier parte de este caótico mundo?

Una mujer madura (Nobuko Otowa) y su joven nuera (Jitsuko Yoshimurasobreviven en el campo.

A veces pescan, a veces cazan… Regularmente roban, pero como se nos muestra al iniciar la película, ahora hasta matan samuráis heridos y en fuga con tal de robar sus armaduras y armas, y cambiarlas luego por comida en un poblado cercano.

Conocen el lugar perfecto para deshacerse de cualquier evidencia, un gran pozo en el que nadie querrá asomarse y que queda relativamente cerca del lugar donde se resguardan. La mujer madura espera a su esposo y a su hijo, que es esposo de la joven. Los dos hombres fueron reclutados para la guerra. Solo que cada día que pasa, las esperanzas de que ambos regresen se van perdiendo. A esto se suma la intempestiva llegada de un samurái en fuga (Kei Satô), que mató a un sacerdote con tal de quedarse con su ropa para poder caminar sin mucho problema por la comarca.

Ese samurái llega directamente al resguardo de las mujeres y les cuenta lo que podría ser el final de su espera. Luego de una batalla fallida, tanto el esposo de la mujer madura como el de la joven murieron.

La mujer madura se encarga de deshacerse del joven e impertinente samurái. Le dice a la joven que no debe hacer caso a rumores como esos. Pero la joven ya ha comenzado a sentir el llamado de las hormonas, así que se decide dejarse querer por el joven e impertinente samurái, ante la mirada entre atónita como celosa de la mujer madura, que, hasta ese momento se nos confirma algo que podríamos pensar desde el inicio. Eso de mantener la esperanza en el regreso de los hombres de la casa no puede compararse con la esperanza que tenía por encamarse con su joven nuera.

Y ahora, con ese extraño triángulo ya conformado, y con una perturbadora escena en la que la mujer madura expone su poderío como matrona a cargo de los lascivos jóvenes desnudándose el torso y dándonos una de las escenas eróticas más perturbadoras que yo recuerde, comienza lo sobrenatural.

Un samurái con una icónica máscara blanca se le aparece, y comienza a perseguirla.

¿Es ese demonio una realidad o simplemente es un reflejo de esa locura que ya comienza a manifestarse?

La clave de ese secreto está en el pozo que guarda cada uno de sus crímenes.

Y hasta allá va la mujer. Mientras los jóvenes fornican de lo lindo donde les place.

Y ahí encuentra al samurái fantasma y su máscara

Así que ahora, esos jóvenes cachondos la pagarán.

¿Pero es ese descenso que realiza la mujer madura una alegoría sobre el vacío existencial que comienzan a experimentar los personajes?

¿Es la apropiación de la máscara una metáfora?

¿Qué papel tiene la naturaleza y su constante amenaza contra cada uno de los personajes?

Y hablando de los personajes ¿Qué significa que solo los muertos tengan nombre?

Honestamente, a Shindô le importa muy poco eso de los posibles mensaje cifrados. Mejor se decanta por perpetrar una brutalidad gráfica amparada por la elegancia.

No es una película sangrienta, es una película perturbadora. A pesar de los espacios abiertos que vemos, las acciones de los maltrechos personajes vuelven a la película una pesadilla claustrofóbica que, obvio, mamó hasta hartarse Friedkin.

Y qué decir de esa pulsión sexual

¿Cronenberg?

En efecto.

Onibaba, la historia sobre el fracaso de la moral por medio del deseo. Y vaya, moral y deseo, esos dos contrapuntos que además de definirnos, suelen condenarnos desde que las primeras historias.

¿Es eso lo que Shindô logró resumir de ese viejo proverbio budista?

Bueno, tras esa magistral sucesión de imágenes y esa brutalidad enmarcada por un erotismo malsano ¿Importa acaso que las lecturas sobre esta película vayan desde un discurso antifeminista, como una cachetada al mundo por la forma en la que en los años sesenta veían a Japón?

Atentamente, un maravillado Duende Callejero que se pregunta ¿Antichrist, de Lars von Trier es otro de los remakes velados de Onibaba?

De amor y de sombras

Joseph McCarthy, enterándose qué piensan de él en la prensa

Ahora van unas historias de amor.

Corrían la década de 1950. En Estados Unidos, el McCarthismo era La Ley.

La idea del senador Joseph McCarthy (Grand Chute, Wisconsin 1908-1957) por proteger la integridad de su amada nación mediante una persecución sistemática de todo aquello que oliera o pareciera, o simpatizara con el enemigo, o sea el bloque soviético, provocó una ola de denuncias, de discriminaciones, de censuras y de exilios que conmocionaron al entorno social de la autoproclamada Tierra del Libre.

Bastaba una simple delación de alguien para iniciar no una investigación en forma, sino una persecución que regularmente acababa con la reputación del individuo investigado.

Sí, bastaba un pequeño desliz para que los instrumentos represores del sistema cayeran sobre algún civil y lo aplastara.

A aquello se le llamó Caza de Brujas, pero, desgraciadamente, también pudo llamársele una labor de amor.

Sombría quizá, pero a fin de cuentas fue una labor de amor según esos que comulgaban con la idea de McCarthy.

Luego de la Segunda Guerra Mundial el mundo se dividió en dos bloques, Comunismo y Capitalismo. Bloques encabezados por la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas y Estados Unidos de Norteamérica, respectivamente.

Dos países que iniciaron una guerra silenciosa. La tal Guerra Fría.

Complejo, pero sencillo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, así fue cómo quedó el nuevo mundo. El que dominara ese nuevo mundo tendría el poder tanto en lo político como en lo económico y en lo social.

Ah, y el poder siempre será esa fuerza que mueve al mundo.

Curioso ¿no? Como el amor.

Se ha escrito, filmado y discutido mucho sobre Joseph McCarthy. Pocas veces se dice que el senador antes de villano era un patriota y que su labor, fuera de adjetivos fatuos, fue eso, una jodida labor de amor.

Hemos crecido con una idea, que hay un bien y que hay un mal. Regularmente el que gana es el bueno y el que pierde, el malo. Para uno de los bandos está la luz, para el otro las sombras. McCarthy y su política represiva era un caso perdido desde el primer día, cierto. Pero, ese caso perdido duró seis años en el poder. Los dos últimos con más pena que gloria, o como se dice, a la sombra, pero en el poder a fin de cuentas. Y de no haberse metido contra el ejercito ¿Qué habría pasado?

La sociedad vivía con miedo. Se destruían carreras, se violaban derechos, se exiliaba a personas sin importar su posición social ¿Y qué pasaba?

Nada.

Algunas manifestaciones eran hasta reprimidas con una sonrisa en la boca, como la de Edward R. Murrow y su equipo. Los contrarios a las políticas represoras se defendieron con alegorías. La más famosa, claro, esa genial obra de teatro llamada The Crucible de 1953, escrita por Arthur Miller.

Se conocieron algunas desgracias públicas, como las famosas listas. La Negra, La Roja, La Amarilla. Que, sin importar los colores, acabaron con carreras en todos los niveles.

Y hasta con vidas.

Curiosamente fue en terrenos de la farándula donde más se notó afectó la política de McCarthy.

No es que no se persiguiera a la gente de a pie, como se le dice, pero tanto los reporteros, los actores, los guionistas, dramaturgos, cantantes, cineastas y demás líderes de opinión cuyas ideas u opiniones o actuaciones contraviniera, o pudieran contravenir el estado de las cosas, se convertían inmediatamente en los nuevos enemigos públicos. Y sus caídas se exhibían como piezas de caza.

Enemigos públicos. Un término que, curioso, apenas una década antes se usaba para definir a los criminales violentos que asolaban las calles.

Y uno de esos personajes fue el director, guionista y actor Jules Dassin (MiddletownConnecticut 1911-2008).

Jules Dassin, en la película ‘Pote Tin Kyriaki

Dassin, uno de los ocho hijo de inmigrantes rusos judíos, inició su carrera como actor en una compañía de teatro judía en Nueva York, Arbeter Teater Farband, en los treintas, luego de terminar sus estudios y decidir que amaba la actuación, los escenarios.

El contar historias.

Ese amor lo hizo dejar la ARTEF para irse a probar suerte en Hollywood a inicios de los cuarentas. Entonces, el cine florecía como esa Tierra Prometida que el teatro ya abrevaba.

Y le fue bien. Al llegar, aprendió el oficio de un Alfred Hitchcock recién llegado de Inglaterra y de Garson Kanin. Al primero lo asistió en Rebecca y al segundo en They Know What They Wanted.

En 1941 realizó su primera película como director por encargo para la MGM, una adaptación de 20 minutos del cuento de Edgar Allan PoeThe Tell-Tale Heart.

Esta adaptación, guion de Doane R. Hoag, quizá fuera el primer trabajo de Dassin tras la cámara, pero ya anticipa al monstruo.

Para Dassin, lo más importante de una actuación reside en los ojos de los actores, en sus miradas.

Ahí es donde centra su fuerza, con una cámara que recoge, como pocas, unas sombras que danzan con los pequeños resquicios de luz disponibles, dibujando más que capturando los mundos que pueblan esas patéticas criaturas sudorosas que son sus personajes.

Además, esos mundos están tan llenos de polvo, telarañas, basura e inmundicia que acaban aterrorizando. Y eso, junto al sudor y la mugre que cubren el rostro y los cuerpo de los actores, era algo que hasta ese momento no se veía en el cine hollywoodense.

Jules Dassin amó al cine de inmediato, pero éste no pareció corresponderle.

Sus primeras películas divagan entre los melodramas, thrillers y comedias. Como apunta Luc Sante, Dassin was and remained an erratic artist. Igual se entregó a sus películas filmando una tras otra sin hacer distingos sobre proyectos personales o encargos.

Así fue creciendo ante las miradas de los espectadores de aquellos duros años que tenían a la Segunda Guerra Mundial como vida diaria.

De 1947 a 1950, Jules Dassin entra la que podría ser su momento más oscuro y más célebre. Dicho periodo inicia con Brute Force (1947), que a pesar de su alto nivel tanto en el plano estético como dramático no encuentra ni público ni la apreciación de la crítica. Todo porque, como apunta Michael Atkinson, … For one thing, it drawns explicit parallels to the Nazi encampment experience, making it one of the first Hollywood films to explore, even by proxy, those fresh wounds

Inspirada en el sangriento motín carcelero de Alcatraz ocurrido en 1946, Brute Force, diremos, es un drama que no toma prisioneros.

Aunque sabemos que los internos de una prisión no son unos santos, Dassin logra que los respetemos al retratar lúcidamente el ambiente de encierro y marginación al que son sometidos por sus captores, que, entendemos, nos representan a cada uno de nosotros, los que estamos del lado de la ley, el orden y la justicia.

¿El verdadero criminal es, entonces, la sociedad misma que, al no encontrar una mejor solución, ha creado leyes y centros de readaptación que solo son escuelas de brutalidad?

El público urbano ve con las cejas levantadas cómo un director pone el espejo frente a ellos, preguntándoles ante el incremento del crimen y la inseguridad en sus calles, si eso es lo que verdaderamente quieren cuando hablan de justicia.

Película difícil aún para estos tiempos en los que presumimos que hemos visto de todo.

Luego vino The Naked City (1948), una película en la que el verdadero autor es su productor Mark Hellinger, un antiguo periodista que se había enamorado con la idea de llevar a la pantalla la rudeza que le había inspirado la revisión del libro de fotografías de nota roja títulado Naked City, de Arthur Fellig.

Hellinger contrata a Dassin como director, pero acaba imponiéndose. Quizá lo único que queda de Dassin en la película es su propuesta estética, que logran dar sentido a la idea de que el verdadero personaje de la película es la ciudad de Nueva York.

The Naked City también fue rechazada por crítica y público, no encontrando sentido en ese juego de realidad-ficción que planteaba. Aunque eso no le resta el hecho de que en la década de los cincuenta inspirara una serie de televisión del mismo nombre o que en el año de su estreno ganara un Oscar a mejor cinematografía, o que sirviera de inspiración para esa nueva camada de cineastas que quisieron refrescar el cine de corte urbano en los setenta. Desde William Friedkin hasta Martin Scorsese.

Con esta segunda película ocurrió lo obvioDassin quedó encasillado.

Sante dice que, … It his peculiar fate to be best remembered for movies that were least typical of him.

Dassin más que un auteur se distinguió por ser un competente artesano al que eso que llaman trascendencia le venía importando poco.

Lo suyo era entregarse a un proyecto y sacarlo adelante.

Lo suyo era, pues, una labor de amor.

En 1949 estrena Thieves’ Highway, adaptación de la novela de A. I. Bezzerides, Thieves’ Market. Y aunque la película no resulta tan estridente como sus anteriores obras, vuelve la polémica por su tema. Un joven héroe de la Segunda Guerra Mundial regresa y encuentra a su terruño abandonado hace años en ruina.

No hablamos de un pueblo, hablamos del país.

Estados Unidos se sume en la corrupción, en la avaricia y en el conformismo. El joven ex soldado se hace camionero, transporta frutas a uno de los mayores mercados de California, pero lo que lo alienta a continuar en ese ambiente hostil es un deseo. Quiere vengarse de un avaro acaparador que por un pleito dejó lisiado a su padre, un granjero.

Thieves’ Highway sigue la senda marcada por The Naked City. Dassin retrata casi en formato documental el tráfico de comestibles en California. Y aunque no descuida a sus personajes y sus tramas, definitivamente se nota que su interés está en la parte realista de la película.

Además, de sus anteriores películas de crimen, esta es un simple cuento de redención con final feliz.

Porque a pesar de los problemas, de los conflictos, el final deja claro que si alguien hace algo que logre calificar como bueno, jamás acabará solo.

Cierto, el Sueño Americano ha cambiado. Norteamérica perdió la inocencia, pero eso no quiere decir que todo esté perdido.

La sonrisa de Nick Garcos (Richard Conte) al final de la película, con un cigarro en sus labios, su amada descansando su cabeza en su hombro (Valentina Cortese), y manejando su camión por esa ruta de ladrones, retrata ese working class heroe que a la gente tanto le gusta.

No, parece decirnos, no todo está perdido. Solo es cuestión de tener fe y no cejar en ninguna empresa.

El amor lo vence todo.

Curiosamente, para Michael Sragow, Thieves’ Highway is his best American movie.

Además que el público y la crítica la trató mejor que con sus anteriores entregas, logrando generar interés sobre su próximo proyecto, uno que lo sacaría de Estados Unidos llevándolo a Londres justo a tiempo para estar lejos cuando el escándalo estallara en su rostro.

En 1950 presenta Night and the City.

La película, en Estados Unidos, quedó enlatada. La razón: Frank Tuttle y Edward Dmytryk señalaron a Dassin como un comunista ante el House UnAmerican Activities Committee. Lo cual fue cierto, Dassin estuvo dos años afiliado al Partido Comunista.

Salió de sus filas en 1939 para nunca volver.

Solo que gracias a Brute Force y The Naked City, el mentado comité no tuvo que escarbar mucho para declarar a Dassin como una persona non grata.

En Night and the City, Richard Widmark encarna a Harry Fabian, un ladrón de poca monta que nunca nos será simpático. Fabian ha dejado Estados Unidos para asentarse en Inglaterra. Busca iniciar de nuevo, pero lejos de ver cómo mejora su vida, siente que se está estancando. Así que decide darle un vuelco dedicándose al negocio de las luchas, enredándose en una serie de eventos que solo podrán acabar mal.

Dassin entrega con Night and the City su mejor película ¿Qué más decir? Cruel, directa, cargada de símbolos, como esa imagen del Londres aún en ruinas ¿Quién pensaría que de ese lugar deshecho podrá salir algo con futuro, con esperanza?

¿Quién iba a decir que la realidad imitaría a la ficción?

Dassin, como su Fabian, decide, por la condena que pesa en su contra en Estados Unidos, ahorrarse una vergüenza y mejor termina la producción en Londres. Envía su película sin importarle su destino y comienza a buscar dónde vivir.

Así, mientras sus películas eran censuradas en Estados Unidos, Dassin pasó cinco años brincando de residencia en residencia, siempre apoyado por sus amigos, por conocidos, por completos extraños. En su mente solo estaba el seguir esa labor de amor que se había detenido gracias a la persecución política. Aunque inició varios proyectos en Italia y en Francia, ninguno se concretó debido a que los posibles distribuidores Norteamericanos dejaron claro que ninguna de sus película tendría cabida en América.

En 1955, el productor Henri Bérnard le ofrece, al notar la lamentable condición en la que se encontraba viviendo, un proyecto. Uno que estaba destinado para el gran Jean-Pierre Melville, por cierto.

La película proyectada seguía la temática de sus últimas entregas.

Basada en la novela de Auguste Le BretonDes Rififi Chez Les Hommes se convertiría en la bofetada con guante blanco de parte de Dassin a todos aquellos que le dieron la espalda o lo apuntaron con un sucio y retorcido dedo. Dassin tuvo que sortear los problemas que acarrea un magro presupuesto con los beneficios de tener por vez primera el control creativo total.

Des Rififi… La heist movie que inició todo un subgénero. Imitada, recordada ¡Vista! Dassin nunca había obtenido ni tanto reconocimiento ni tanto éxito comercial con una película. Una cuya historia jamás le gustó, por cierto, aunque por su amor al cine, un amor que creyó perdido debido a su situación, fue el principal motor que lo llevó a realizar su propia adaptación. Porque él escribió el guión junto a René Wheeler y Auguste Le Breton. Y hasta se pone frente a la cámara, como actor, algo que hasta ese momento no había explotado. Pero usando un alias, Perlo Vita.

Con Des Rififi… Dassin crea una nueva mitología gangsteril que hasta la fecha perdura ¿O de dónde salió esa genial The Killing de Stanley Kubrick, estrenada un año después de la de Dassin, o el Reservoirs Dogs de Quentin Tarantino, carajo?

Lejos quedaron esas fascinaciones realistas de su época americana, lejos esas historias plagadas de one liners. En Des Rififi… se planea un gran robo, se organiza, se junta al equipo y se realiza.

Esa es la película.

Ese es el tremendo ejercicio de estilo que realiza Dassin.

Esa es la película que atrae al público.

Esa es la película que encanta a la crítica.

Esa es la película que rompe con el veto en Estados Unidos.

Esa es la película por la que se hace merecedor del Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes de 1955.

Esa es la película que sintetizó de mejor forma su amor por el cine.

Des Rififi… es también su canto del cisne para ese cine de tipos duros, sombreros, humo, pistolas y la ciudad como telón de fondo. No es que ya no hiciera películas con motivos gangsteriles, pero esas ya no fueron su preocupación.

Con una carrera con un éxito comercial tan grande, le llega la mayor libertad creativa que jamás había tenido. Dassin deja Francia y se va a vivir a Grecia.

Corren ya los sesenta y en Francia, gracias a la publicación de una revista, Cahiers du Cinéma, se comienza a revalorar el trabajo de varios directores que habían pasado al olvido.

De ahí surge ese culto a Alfred Hitchcok, a Orson Welles… Y Jules Dassin no se escapa de su revisión.

En 1960, con un Dassin ya afincado en Grecia, estrena la exitosa Pote Tin Kyriaki o Never on Sunday o Nunca en Domingo. Una película por fin cercana a sus intereses, a sus gustos.

Escrita, protagonizada y dirigida por Dassin, se trata de una versión moderna del Pygmalion que serviría como modelo para otras reinterpretaciones también famosas. Por ejemplo, My Fair Lady de George Cuckor, 1964; Pretty Woman de Garry Marshall, 1990; Mighty Aphrodite de Woody Allen, 1995.

Pote Tin… le da la vuelta al mundo recogiendo premios y reconocimientos, entre ellas sendas nominaciones al Oscar, incluyendo mejor guion original y mejor director.

Y en esas fechas se programa el estreno, por fin, de Night and the City en Estados Unidos, además que se comienzan a hacer varias retrospectivas que incluyen sus polémicas películas de los cuarenta y cincuenta.

Dassin siguió su historia de amor con el cine haciendo películas hasta 1980. Luego se dedica dar clases y a ofrecer pláticas.

Muere en el 2008.

La historia de amor con el cine de Jules Dassin contrasta con la historia de amor de su enemigo involuntario, Joseph McCarthy con el nacionalismo.

Del Evangelio de San Mateo, verso 26:52, surge el conocido Vive por la espada, muere por la espada. McCarthy, muerto por problemas de cirrosis en 1957, señalado y olvidado, y Dassin, muerto a sus 96 años con una carrera ejemplar luego de tocar fondo por culpa de McCarthy, lo dejan claro.

Todo acabará siendo o una labor de amor o la nada.

Las sombras. No hay de otra.

Atentamente, el Duende Callejero

Notas sobre un viejo viaje a lo sobrenatural

Un señor y un libro misterioso
Un señor y un libro misterioso ¿De qué se trata? Sigan leyendo…

A ver, va una pregunta para la trivia, como dicen.

Se trata una película. Es sobre un grupo de jóvenes que va a una cabaña en medio del bosque.

Una cabaña que es propiedad de un científico que quién sabe qué trabajo está haciendo, pero necesita soledad, silencio, árboles y hartos bichos.

¿Captan el asunto? Bien, prosigamos

Los jóvenes van a dos cosas que, acá entre nos, no tienen mucha lógica (advertencia temprana para aquellos que hacen del quejarse de las reacciones lógicas de los personajes un modus vivendi, o sea esos que hacen think pieces usualmente asustándose de cómo se pensaba y vivía en el pasado o los de videos explicando cosas, aléjense de esta película, por favor). Quieren pasar un fin de semana de fiesta y ayudar al viejo con su trabajo. Uno que ninguno sabe de qué se trata, pero que dicen que harán sin chistar.

¿Y dónde está el problema con eso?

Sencillo ¿Y cómo harían los jóvenes esas dos cosas si a leguas se les nota sus ganas de party-time?

No preguntemos, mejor sigamos.

Y hasta allá van, sorteando un camino que a cada milla les anuncia que se están metiendo en un lío del que quizá no salgan bien librados. Llegan a la cabaña y, claro, el viejo no aparece por ningún lado.

En ella solo quedan los vestigios de que algo pasó ahí.

Algo malo.

Algo que está relacionado con su trabajo, la lectura de un antiquísimo libro de conjuros recién descubierto.

Esos jóvenes se darán cuenta que ese algo está rondando afuera de la cabaña, literalmente.

En el bosque encuentran huellas.

Y ese algo ahora viene por ellos.

Hasta ahí, a ver ¿qué película es la que estoy describiendo?

Para todos aquellos que contestaron The Evil Dead, o los que fueron mas allá y lanzaron el otro título con el que se le conoce al debut de Sam Raimi, The Book of the Dead (1981, Estados Unidos), francamente lo siento.

Esa no es la película.

¿Que cuál es? Ah, sigan leyendo…

En 1967, un joven llamado Dennis Muren comenzó a rondar por las calles y negocios de su natal Glendale California con una idea para una pequeña película de corte fantástico.

Platicando con conocidos, familiares, amigos de la familia y dueños de negocios, el joven planteó juntar la modesta cifra de $6,500.00 dólares.

El gancho para lograr la cifra era una escena que realizó con stop-motion. Un ser alado y de brillante color rojo aterrizaba frente a un hombre en el claro de un bosque.

La bestia alada
La bestia alada que es de color rojo, lo juro

Aunque estudió administración de empresas, Muren era un apasionado del cine.

Solo que su pasión no era el sentarse tras la silla del director o actuar, menos el escribir historias. Su interés estaba en crear efectos especiales.

Una labor a la que se dedicó profesionalmente, por cierto. En su currículo está Star Wars (1977, George Lucas), Indiana Jones and The Temple of Doom (1984, Steven Spielberg), Terminator 2: Judgment Day (1991, James Cameron) y muchas más.

Bastará decir que él, junto a Steve Williams y Mark Dippe son los pioneros del CGI gracias a su trabajo en Young Sherlock Holmes (1985, Barry Levinson), y que perfeccionaron esa técnica tanto en Terminator 2 como en Jurassic Park (1993, Steven Spielberg). Ha ganado ocho Oscares y le otorgaron uno por aportación técnica.

Volvamos a mediados de los sesenta.

El dinero que Muren pidió le fue entregado sin chistar por los convocados. Todo en pequeñas cantidades, que sumándolas dieron más que el monto que había planteado.

La verdadera idea del joven era realizar un largometraje que le permitiera perfeccionar su técnica de animación cuadro por cuadro, así que lo que contó en sus presentaciones solo se trató de la premisa inicial.

Una que se inspiraba en sus lecturas de las obras de William Hope Hodgson y de H.P Lovecraft.

Sin mediar en posibles demandas (para clavados, en la película encontraran referencias a The Lurking Fear, The Horror At Red Hook, The Shadow Out Of Time y The Haunter of the Dark, junto a elementos de la gran novela The House on the Borderland), Muren logra realizar una película de unos 40 y tantos minutos en 16mm.

Su título, Equinox… A Journey Into The Sobrenatural, que estrena localmente y es la delicia de sus amistades y amigos y vecinos y, bueno, de todo aquel que le tocara verla y aportara dinero para su realización.

Animado por los entusiastas comentarios de los espectadores, Muren muestra su película a Tonylyn Productions, productora local propiedad de Jack H. Harris, responsable del éxito The Blob de 1958. Compran el metraje y de paso contratan a Jack Woods para expandirlo.

Para eso ya casi es 1970, así que el físico de los jóvenes actores, Edward Connell, Barbara Hewitt, Frank Bonner y Robin Christopher, ha cambiado.

Para alargar la trama y lidiar con el cambio, Woods ideó una subtrama en la que él interpretó el papel de ese algo que anda rondando de aquí para allá.

Ese alargamiento sí cambió radicalmente lo ideado por Muren, dotándolo de más acción y diálogos. El resultado es una versión diferente, que doblaba al metraje original y al que le dieron un título más directo, Equinox.

Esa es la versión que se conoció en los cines. La que poco público alcanzó a ver y que quedó enlatada por años. Cosa curiosa, la vendría a rescatar la polémica sobre sí Raimi pirateó su premisa para crear sus Evil Deads.

Él siempre ha dicho que ni la conocía, pero bueno, así dicen siempre ¿no?

Acabemos con este asunto de una vez ¡Ni Muren ni Woods, menos Raimi son originales! En todo caso, sería mejor leer a Lovecraft y a Hodgson. Sin embargo, aquí estamos para recordar que hace años The Criterion Collection sacó un doble disco cargado de extras con ambas versiones para que las comparemos si queremos.

Personalmente me quedo con la de Woods, aunque sé que debatir las razones llegará a ser demasiado aburrido para muchos.

Solo diré que las actuaciones no son profesionales y como sucede cuando se discute sobre películas afines, saldrá por ahí un listillo que se pondrá a señalar los varios errores técnicos.

Digo, como si eso importara los llamados errores técnicos.

Mejor acabo el escrito.

Disfruto mucho las dos versiones de Equinox. Siempre preferiré películas como estas, realizadas con un amor que sale por los poros del celuloide hasta nuestros ojos.

¿Eres de los que solo te importa eso cuando ves una película?

Adelante, busca Equinox, dudo mucho que te puedas arrepentir de revisarla.

No es eso lo que más te importa y eres de los que se hacen los listos buscándole el tal quinto pie al gato.

Entonces evítala. Ya están por estrenar Black Widow.

Atentamente, el Duende Callejero

El podcast nuestro de cada domingo, II

Caratula de The Kingcast

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café, o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno, que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que escucho durante la semana.

Esta es la segunda (y me temo que bastante obvia) recomendación.

¿Son lectores constantes?

Sí, de esos que suelen comprar el nuevo libro de Stephen King que encuentren en la estantería de alguna librería.

Si la respuesta es sí, entonces seguro les interesará el podcast que desde el 14 de mayo del 2020 han estado produciendo Scott Wampler y Eric Vespe, The Kingcast.

Presentado como un podcast: sobre Stephen King para obsesionados con Stephen King, cada semana (en concreto, cada miércoles por las mañanas) junto a un invitado que puede ser Issa López, Barbara Crampton, Scott Ian, Don Coscarelli o Mick Garris, Wampler y Vespe repasan una novela o un cuento junto con su concerniente adaptación cinematográfica (o la serie que inspiró, según sea el caso).

Intercambiando puntos de vista, abriendo debates, desarrollando lecturas de la historia propuestas por cada participante, con The Kingcast resulta muy difícil querer quedarse al margen de la conversación.

Uno acabará releyendo (o leyendo por primera vez) alguno de los libros de King que moran los estantes de la biblioteca personal (qué decir de bucear un poco en busca de esa película que hace mucho no veíamos, o que tenemos pendiente).

Por acá les dejo no el último episodio que han subido, sino el que considero mi favorito, en el que el invitado fue Mark Z. Danielewski y hablaron sobre Cujo:

Atentamente, el Duende Callejero

La amabilidad de los extraños

Fotograma de Krisana
Fotograma de Krisana

Estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Matiss Zelcs (Egons Dombrovskis) sale de casa, al atardecer, debe ir a su trabajo en el Archivo Nacional de Letonia. En el camino, cruza un puente en el que ve a una mujer parada en el borde ¿Otra suicida? ¿Cuántos van?

Luego de intercambiar miradas, Zelcs agacha la cabeza y sigue su camino.

Han pasado unos metros, él sigue caminando hacia su trabajo cuando escucha al agua rompiéndose detrás.

Voltea.

La mujer ya no está en el borde ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

La escucha pedir auxilio. Regresa pero solo ve oscuridad. Así que enciende un cigarro, se encoge de hombros y sigue su camino hacia su trabajo.

El tiempo pasa, pero Zelcs no puede pensar en otra cosa que no sea en la culpa por no haberse detenido a ayudar a esa mujer ¿Quién era? ¿Por qué lo hizo?

Recurre a la policía, pero ellos no resuelven nada ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

A nadie le importa.

Estamos en Riga, repito.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y la vida es dura.

Siguen aquí los fuertes, se van los débiles.

Eso es lo que parece quererle decir ese policía irónico. Hay que seguir adelante.

Zelcs lo sabe, en el fondo lo sabe, pero no puede quitarse de la cabeza que ella estuvo a unos metros de él y que él solo la observó y la dejó caer.

Que a nadie parece importarle que ella no está.

A nadie.

Solo a él.

Así que, armado con lo mejor que sabe hacer, investigar, Zelcs comenzará una investigación que lo llevará no solo a conocer quién fue esa mujer que no salvó, sino qué fue lo que la orilló a tomar esa decisión, qué vida llevaba, quién era, qué quería.

Qué anhelaba.

Todo enmarcado en un conjunto de fotografías que resumen una vida como la de él.

Pero ¿Por qué hace aquello?

¿Realmente le interesa que esa mujer no siga siendo una anónima o solo quiere limpiar su conciencia?

¿Qué está pasando con él?

¿A alguien le importa?

Recordemos, de nuevo, estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y solo hubo otro suicidio en el puente.

¿Cuántos dicen que van?

El también director de fotografía Fred Kelemen (Berlín, 1964), presenta una hermosa y monocromática oda a la soledad, a la alienación y a la culpa llamada Krisana (Alemania y Lituania, 2005), que traducido sería caída, un sencillo y claustrofóbico thriller existencial escrito con sombras. Narrado por el silencio. Construido por medio de planos largos que se van ensamblando bajo el dictado de una ciudad.

Riga.

Donde el ambiente es, sí, frío. La ciudad, claustrofóbica.

Sigo jurando que a mis sueños le robaron una película.

Atentamente, el Duende Callejero