Canciones que no cantarán los muertos

Portada de El Canto del Cisne o Swan Song
Portada de El Canto del Cisne o Swan Song

El Canto del Cisne o Swan Song, publicada originalmente en 1987 pero que leí en 1992-1993 gracias a la edición de Martínez Roca, es la Gran Novela de Robert R McCamon (1952, Birmingham Alabama).

Y él lo sabe, vaya que lo sabe.

Aunque en 1989, apenas dos años después de la aparición de su épica, publicó, en el número 22 de la revista Mystery Scene, una diatriba en la que orondamente dijo:

Swan Song… is ancient story to me… I want more from myself, and I don’t plan on letting anybody belive for a second that Swan Song is going to be a laurel wreath on my head.

Y en 1992, cinco años después, seguramente tras evaluar lo logrado con sus otras publicaciones, Stinger de 1988, The Wolf’s Hour de 1989, la colección de relatos Blue World de 1990, MINE o Mary Terror también de 1990, Boy’s Life o Muerte al Alba de 1991 y Gone South o Huida al Sur de 1992, McCamon simplemente decidió retirarse de la escritura. Aunque su retiro acabó en el 2002, cuando, además de quitarse la R de Rick, publicó Speaks the Nightbird, novela histórica en clave de horror que inaugura la saga de Matthew Corbett, que continuó con Queen of Bedlam del 2007, luego vendrían Mister Slaughter del 2010, The Providence Rider del 2012, The River of Soul del 2014, Freedom of the Mask del 2016 y Cardinal Black del 2019.

Lo siento, en verdad lo siento McCamon, pero El Canto del Cisne o Swan Song sí es y me temo que será la corona de olivo perfecta para tu cabeza.

Y acá ente nos, no importa que luego renegara del horror. Se sabe que en la década de los noventa, el señor prohibió las reediciones de sus primeras cuatro novelas, Baal o El Príncipe de los Infiernos de 1978, Bethany’s Sin de 1980, Night Boat también de 1980 y They Thirst o Sed de Sangre de 1981. Además, en 1991, en un artículo para la revista Lights Out! dijo que…

The field of horror writing has changed dramatically since the mid- to late-’70s. At that time, horror writing was still influenced by the classics of the literature. I don’t find that to be true anymore. It seems to me that horror writing, all writing, no matter what genre, needs to be about people, first and foremost. It needs to speak to the pain and isolation we all feel, about the disappointments we have all faced and about the bravery people summon in order to get through what is sometimes a crushing day-to-day existence. Again, I don’t find that to be generally true of the horror field as we enter the ’90s. Something of rubber stamping and cookie cutters has gotten into this field, and it’s an unfortunate fact that even the best writing is judged not by its own merit, but by what the general public understands to be real horror-namely, the brutal and brainless garbage that Hollywood throws out as entertainment for the lowest common denominator.

Tampoco importa que dijera que le apenaba que tanto Los Angeles Times y Publishers Weekly dijeran que con El Canto del Cisne o Swan Song estaba al nivel de Stephen King, principalmente por las similitudes que hay con The Stand, original de 1978 y cualquiera de la saga The Dark Tower, o de Peter Straub, seguramente por Talisman, publicada en 1984 y co escrita con King, además de Ghost Story, original de 1979.

El Canto del Cisne o Swan Song es una novela fantástica y larga, 900 y tantas hojas. Una road-novel que inicia apocalíptica, continua post-apocalíptica, y culmina volviéndose una correcta revisión al inmortal cuento sobre la última lucha entre el bien y el mal.

Revisión no exenta de belleza, compasión, locura, violencia, horror, aventura y, vaya, esperanza.

Cinco personajes que caminan y caminan primero en un mundo convulso, confortado por los miedos y manías de la Guerra Fría, pero que extrañamente no se sienten tan lejanos a nuestros pandémicos tiempos. Luego caminan y caminan por un erial poblado por amenazas mutantes y desolación. Cada uno con sus historias a cuestas, vivirán y sobrevivirán un desastre nuclear solo para comprender que en sus actos yace el verdadero futuro de la humanidad.

El Canto del Cisne o Swan Song logra lo que muchos escritores han ansiado, el estampar correctamente la posibilidad de un nuevo inicio luego de nuestra larga y enfermiza relación amorosa con el fuego o ese legado-condena de Prometeo, hijo de Jápeto y Asia, o, según Esquilo, de Temis y de Gea. Algo que según McCamon no solo nos permitió evolucionar como sociedad hasta alcanzar el dominio tecnológico, sino que acabó siendo nuestra innegable perdición.

El fin del mundo tal y como lo conocemos. El Canto del Cisne o Swan Song alterna la polifonía capitular que toda épica que intenta retratar el caos debe presentar, por un relato seriado que, por 95 capítulos, completarán la historia en la que Sue Wanda Prescott, o Swan, se convertirá en leyenda gracias a sus manos, que inexplicablemente pueden devolverle la vida a las plantas aún en medio de tal devastación.

Best seller atípico, aunque vendió los suficientes ejemplares como para aparecer en las listas del New York Times, ganó el premio Bram Stoker a mejor novela de horror en 1988, y sigue en la lista de Jones & Newman de los mejores 100 libros de horror en los últimos 500 años, El Canto del Cisne o Swan Song es una novela prácticamente desconocida. Heredera más de Richard Jefferies o de Richard Matheson que de los citados King o Straub, pilar sobre el que se funda una obra mayor como The Road de Cormac McCarthy.

El Canto del Cisne o Swan Song, además de ser una rabiosa oda al átomo y al monstruo que todos llevamos dentro, también es un apreciable homenaje a la que quizá sea nuestra mejor cualidad…

El fabular.

Atentamente… El Duende Callejero

El horror, el horror…

Jitsuko Yoshimura en un momento de ‘Onibaba’

Va un lugar común ¿Listos?

La película más terrorífica de la historia es The Exorcist de William Friedkin.

Ahora a cerrar la carpeta y, claro, pasar a las divagaciones de siempre…

¿Apoco no estremece ese ultrarealismo captado tan fríamente por esa maldita cámara de colores deslavados?

¿No te pone a respingar la atmósfera creada por esos sets claustrofóbicos?

Eso sin llegar al trabajo de sonido y sacar a colación al técnico mexicano y a su truco de volver una simple cartera de cuero en un quejido de ultratumba

¡Ajua!

Sin embargo, diré que una de las películas más terroríficas que he visto es Onibaba (1964, Japón), dirigida por Kaneto Shindô, película que según cuenta una leyendaWilliam Friedkin estudió a profundidad cuando le encargaron hacer la versión cinematográfica de la novela de William Peter Blatty.

Basada en un viejo proverbio budista, Onibaba, que nadie se pone de acuerdo sobre su título en español porque igual se conoce como Mujer Demonio o El Pozo, podría competir por el título de la película más cruel de la historia. Esto porque en la totalidad de su metraje, apenas una hora y veinte, y a pesar de que su contexto es el Japón del siglo 14, uno devastado por una guerra que ya nadie sabe sobre qué fue, Shindô captura impresionantemente una fábula de inmoralidad, desasosiego, decadencia e inhumanidad aderezada con una estridente pista sonora de jazz, composición de Hikaru Hayashi, que se contraponen a un elegante trabajo de cámara de Kiyomi Kuroda, y logra inocular en el espectador tanto un vacío existencial como confusión.

La pregunta que nos queda es ¿Estamos en verdad viendo una película cuya trama transcurre hace siglos o sucede ahora mismo, en algún poblado de cualquier parte de este caótico mundo?

Una mujer madura (Nobuko Otowa) y su joven nuera (Jitsuko Yoshimurasobreviven en el campo.

A veces pescan, a veces cazan… Regularmente roban, pero como se nos muestra al iniciar la película, ahora hasta matan samuráis heridos y en fuga con tal de robar sus armaduras y armas, y cambiarlas luego por comida en un poblado cercano.

Conocen el lugar perfecto para deshacerse de cualquier evidencia, un gran pozo en el que nadie querrá asomarse y que queda relativamente cerca del lugar donde se resguardan. La mujer madura espera a su esposo y a su hijo, que es esposo de la joven. Los dos hombres fueron reclutados para la guerra. Solo que cada día que pasa, las esperanzas de que ambos regresen se van perdiendo. A esto se suma la intempestiva llegada de un samurái en fuga (Kei Satô), que mató a un sacerdote con tal de quedarse con su ropa para poder caminar sin mucho problema por la comarca.

Ese samurái llega directamente al resguardo de las mujeres y les cuenta lo que podría ser el final de su espera. Luego de una batalla fallida, tanto el esposo de la mujer madura como el de la joven murieron.

La mujer madura se encarga de deshacerse del joven e impertinente samurái. Le dice a la joven que no debe hacer caso a rumores como esos. Pero la joven ya ha comenzado a sentir el llamado de las hormonas, así que se decide dejarse querer por el joven e impertinente samurái, ante la mirada entre atónita como celosa de la mujer madura, que, hasta ese momento se nos confirma algo que podríamos pensar desde el inicio. Eso de mantener la esperanza en el regreso de los hombres de la casa no puede compararse con la esperanza que tenía por encamarse con su joven nuera.

Y ahora, con ese extraño triángulo ya conformado, y con una perturbadora escena en la que la mujer madura expone su poderío como matrona a cargo de los lascivos jóvenes desnudándose el torso y dándonos una de las escenas eróticas más perturbadoras que yo recuerde, comienza lo sobrenatural.

Un samurái con una icónica máscara blanca se le aparece, y comienza a perseguirla.

¿Es ese demonio una realidad o simplemente es un reflejo de esa locura que ya comienza a manifestarse?

La clave de ese secreto está en el pozo que guarda cada uno de sus crímenes.

Y hasta allá va la mujer. Mientras los jóvenes fornican de lo lindo donde les place.

Y ahí encuentra al samurái fantasma y su máscara

Así que ahora, esos jóvenes cachondos la pagarán.

¿Pero es ese descenso que realiza la mujer madura una alegoría sobre el vacío existencial que comienzan a experimentar los personajes?

¿Es la apropiación de la máscara una metáfora?

¿Qué papel tiene la naturaleza y su constante amenaza contra cada uno de los personajes?

Y hablando de los personajes ¿Qué significa que solo los muertos tengan nombre?

Honestamente, a Shindô le importa muy poco eso de los posibles mensaje cifrados. Mejor se decanta por perpetrar una brutalidad gráfica amparada por la elegancia.

No es una película sangrienta, es una película perturbadora. A pesar de los espacios abiertos que vemos, las acciones de los maltrechos personajes vuelven a la película una pesadilla claustrofóbica que, obvio, mamó hasta hartarse Friedkin.

Y qué decir de esa pulsión sexual

¿Cronenberg?

En efecto.

Onibaba, la historia sobre el fracaso de la moral por medio del deseo. Y vaya, moral y deseo, esos dos contrapuntos que además de definirnos, suelen condenarnos desde que las primeras historias.

¿Es eso lo que Shindô logró resumir de ese viejo proverbio budista?

Bueno, tras esa magistral sucesión de imágenes y esa brutalidad enmarcada por un erotismo malsano ¿Importa acaso que las lecturas sobre esta película vayan desde un discurso antifeminista, como una cachetada al mundo por la forma en la que en los años sesenta veían a Japón?

Atentamente, un maravillado Duende Callejero que se pregunta ¿Antichrist, de Lars von Trier es otro de los remakes velados de Onibaba?

El podcast nuestro de cada domingo, II

Caratula de The Kingcast

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café, o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno, que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que escucho durante la semana.

Esta es la segunda (y me temo que bastante obvia) recomendación.

¿Son lectores constantes?

Sí, de esos que suelen comprar el nuevo libro de Stephen King que encuentren en la estantería de alguna librería.

Si la respuesta es sí, entonces seguro les interesará el podcast que desde el 14 de mayo del 2020 han estado produciendo Scott Wampler y Eric Vespe, The Kingcast.

Presentado como un podcast: sobre Stephen King para obsesionados con Stephen King, cada semana (en concreto, cada miércoles por las mañanas) junto a un invitado que puede ser Issa López, Barbara Crampton, Scott Ian, Don Coscarelli o Mick Garris, Wampler y Vespe repasan una novela o un cuento junto con su concerniente adaptación cinematográfica (o la serie que inspiró, según sea el caso).

Intercambiando puntos de vista, abriendo debates, desarrollando lecturas de la historia propuestas por cada participante, con The Kingcast resulta muy difícil querer quedarse al margen de la conversación.

Uno acabará releyendo (o leyendo por primera vez) alguno de los libros de King que moran los estantes de la biblioteca personal (qué decir de bucear un poco en busca de esa película que hace mucho no veíamos, o que tenemos pendiente).

Por acá les dejo no el último episodio que han subido, sino el que considero mi favorito, en el que el invitado fue Mark Z. Danielewski y hablaron sobre Cujo:

Atentamente, el Duende Callejero

Entre ruinas y cenizas, la eternidad

Fotograma de Popiól i diament
Fotograma de Popiól i diament

La última película de la involuntaria trilogía sobre los estragos de la Segunda Guerra Mundial en las juventudes de Polonia, dirigida por Andrzej Wajda (1926-2016), Popiól i diament (1958, conocida por acá como Cenizas y Diamantes), sigue coreando con esa poderosa voz de contralto su propio himno antibélico que aún ahora, sesenta y tres años después de su estreno, sigue nublando ojos y enchinando la piel.

Adaptación de la novela del mismo nombre escrita por Jerzy Andrzejewski, que junto con Wajda escribió el guion de la película, toma su título de unos versos del poema del también polaco Cyprian Norwid:

Tan seguido te presentas encendido como una hoguera

desprendiendo incendiados fragmentos,

sin saber qué lograrán esas flamas: libertad o muerte.

Solo comprendes que consumen todo lo que te es preciado

¿Y si solo quedarán cenizas, significaría que lo que quieres es caos y tormentas

o es que podrán esas cenizas descubrir que la gloria es un diamante tan brillante como una estrella

que se levanta al amanecer con la esperanza de tan ansiado triunfo?

Al joven e idealista soldado del la facción conservadora del Ejercito Nacionalista de Polonia, Maciek (Zbigniew Cybulski), junto con su amigo y comandante en el campo Andrzej (Adam Pawlikowski), justo en el día en el que debían estar celebrando la rendición de los alemanes y preparándose para el regreso a casa son llamados para cumplir una misión de suma importancia. Deben asesinar al Secretario del Partido Comunista, Szczuka (Waclaw Zastrzezynski), que viaja hacia un pequeño pueblo sin nombre para participar en un evento relacionado con el fin de la guerra.

Las cosas no van bien en Polonia. Apenas han caído los enemigos comunes, los nazis, cuando el Ejercito Nacionalista ya se ha dividido en dos facciones: la conservadora y la liberal.

El atentado contra ese alto mando de la facción liberal dará un punto a favor a los conservadores. Quizá hasta sirva para que inicie una guerra civil que rematará al pueblo polaco. Algo que, por cierto, a los altos mandos no les importa. Lo único que ellos quieren es ver quién se queda con el poder.

Quién será el que gobernará las ruinas.

El primer intento para matar al secretario ocurre durante su viaje por carretera. Pero resulta fallido. Los únicos muertos son dos civiles. Dos inocentes, piensa Maciek.

El alto mando, incluyendo a Andrzej, le comunican a Maciek que habrá que seguir adelante ¿Y sobre los muertos?

Ellos son daños colaterales. Lo que importa es el bien mayor.

Hay una nueva y última oportunidad en un banquete que se celebrará en un lujoso hotel.

Sin embargo Maciek ya no está tan seguro de querer terminar su misión.

Son esos daños colaterales, además que las varias estratagemas políticas en las que ha participado en su aún corta vida, que incluyen la virulenta figura de un doble agente encargado de la seguridad de Szczuka, Drewnowski (Bogumil Kobiela), lo que en suma lo están haciendo dudar.

Para colmo, una relación amorosa comienza a surgir entre él y una empleada del hotel en el que se celebrará el banquete, Krystyna (Ewa Kryzewska). Relación que lo hace desear una vida sin armas, abrazando por fin la tan ansiada paz por la que tanto luchó y que sabe que de seguir adelante con su misión, jamás les llegará.

El dilema de Maciek es claro: las armas les dieron libertad al pueblo, y las tantas muertes que se han sumado desde que se organizó la insurrección quedaron justificadas con la rendición del enemigo. Pero se debe entender que ha llegado el día en el que lo mejor es guardar esas armas en un ropero o colgarlas tras alguna puerta antes de que portarlas y dispararlas se vuelva la costumbre con la que se resuelven todos los problemas.

Y él, con su misión para iniciar un nuevo conflicto armado que traerá más dolor al pueblo pero que le dará más poder al bando en el que milita, le toca decidir qué destino es el que le espera a Polonia.

Szczuka, por su parte, tiene su propia historia.

Héroe para el comunismo que vivió los horrores del nazismo, dejó a su único hijo al cuidado de un familiar mientras recorría el mundo defendiendo la ideología del partido. Ahora regresa viejo y cansado solo para encontrar que ese hijo, por culpa de las ideas políticas que dividen a su pueblo, es un prisionero más del propio ejercito y de la propia facción en la que sirve.

Esa es la razón por la que se ha adentrado hasta esa tierra de nadie, poniendo en riesgo su vida y cuestionándose también de qué ha valido todo ese servicio prestado, si sabe que el futuro que le depara a ese único hijo está fuera de sus manos.

Wajda es claro: toda guerra es un error, siempre.

No importa quién gane o quién pierda o qué se logre después, el único resultado posible es dolor, sufrimiento, rencor, ruinas y cenizas.

Muchas cenizas.

Aunque el trabajo del cinematógrafo Jerzy Wojcik es impresionante, logrando empatar la tibieza del neorealismo de Italia con la frialdad del expresionismo de Alemania, lo que destaca está en el guion. Ese fuerte y furioso discurso político planteado con toda la gloria que la ambigüedad otorga y con la venia del totalitario partido comunista que durante esos años gobernaba los países del este de Europa.

Venia que, ya con tantos años de por medio, podríamos considerar otro momento en el que el comunismo se dio un nuevo balazo en el pie a favor del arte.

Además, Wajda logra capturar esa esencia que emanaba el cine norteamericano de la época.

Ese de los jóvenes sentimentales y rebeldes del tipo del Marlon Brando de The Wild One (1953) o del James Dean de Rebel without a Cause (1955).

Así, la hamletiana figura del también trágico Zbigniew Cybulski crea uno de esos contados iconos cinematográficos que nos hacen comprender qué significa ser eterno por obra y gracia del cine.

Atentamente, el Duende Callejero

Dos Historias y un Melón Podrido

Fotograma de The Outsider, de HBO

Ver la miniserie de The Outsider, de HBO, a la par de la primera temporada del Mr Mercedes de Audience, ha sido una experiencia extraña.

Para comenzar, según Stephen King (1947, Maine), autor de las novelas en las que están basadas, las dos historias ocurren en el mismo universo y por ello comparten, tanto por referencia como por presencia, a algunos personajes y algunas situaciones.

Sin embargo Richard Price, que es el showrunner de The Outsider, decidió ignorar ese no tan pequeño detalle.

Durante la promoción de su serie, no se cansó de decir que él no había visto (ni vería) la serie a cargo de David E. Kelley y que tampoco planeba leer la novela en la que estaba basaba:

Stephen King gives you a good story and good characters, but a book isn’t a teleplay, so you have to convert all of that internal monologue to visual teleplay. But he had it all laid out. It started as a procedural and then glided into the supernatural…

Así que mi pregunta cuando inicié esta revisión fue si ese pasar por alto el asunto del universo compartido acabaría notándose de alguna forma. Todo porque, y aquí va uno de esos que llaman spoilers, es en la saga de Hodges donde se explica, digamos, el filo sobrenatural que sostiene la tensión en The Outsider.

Incluso hay un momento clave en el que la criatura de la segunda obra le pregunta a uno de los personajes claves de la primera, si ella ya conocía a alguien parecido.

Porque sabe bien que no puede ser el único.

Pero bueno, me pierdo, disculpen. Mejor diré que de las dos series que, sí, entiendo, están basadas en novelas pero no son en las novelas; me quedo con Mr Mercedes, que es la que adapta libremente la trilogía de Bill Hodges.

Foto promocional de la primera temporada de Mr Mercedes, de Audience

Dicha trilogía, según, la escribió King como homenaje al género literario hard-boiled que tanto consumió en su juventud.

Va una digresión al respecto de ese dato que aparece en todos lados, incluyendo comentarios del propio autor.

Si son de los llamados lectores constantes entonces habrán leído las introducciones y los epílogos que acompañan tanto las novelas como las colecciones de relatos de King. Así que recordarán que en más de una ocasión ha dicho que él nunca pensó que sería conocido por escribir historias de miedo.

Desde el inicio, él dice que solo se dedicó a escribir lo que se le iba ocurriendo sin mediar en el tema, en la extensión y hasta en la calidad de los textos.

Pero, pasó que cada vez que mandaba un manuscrito a un editor para ver si podía obtener algo de dinero y así no tener que buscar otro trabajo que no fuera contar historias, ellos siempre acababan escogiendo o la historia de la adolescente con poderes telequinéticos que un día decide vengarse de los abusos que reciben por parte de sus compañeros del colegio y de su propia familia, o la del escritor que regresa al pueblo en donde nació para confrontar el trauma por el que, hace años, huyó.

Esa segunda historia, por cierto, incluye criaturas que podrían catalogarse como vampiros.

Y para colmo, la tercera novela que le publican con su nombre va de un niño que descubre que tiene un poder extraordinario mientras pasa el invierno con su familia en un desolado hotel que parece estar encantado.

Esta vez consideré más seriamente el asunto, pensé en todas las personas a quienes se les había encasillado como escritores “de terror” y que tanto placer me habían proporcionado a lo largo de los años: Lovecraft, Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long, Fritz Leiber, Robert Bloch, Richard Matheson y Shirley Jackson (sí, también a ella la habían catalogado como autora de obras de misterio). Y precisamente en aquel bar, con aquel gato dormido sobre el tocadiscos y mi editor sentado junto a mí con la cabeza apoyada en las manos, decidí que no eran tan mala compañía.

Eso está en el epílogo de Diferent Seasons, edición Grijalbo de 1993.

La historia completa va así: a King lo había citado su entonces editor, Bill Thompson, en un bar en el que siempre había un enorme gato dormido sobre el tocadiscos. Quería preguntarle en qué estaba trabajando ahora.

Second Coming, novela que fue publicada con el nombre de Salem’s Lot, que es la de los vampiros que ya mencioné, había vendido muy bien y los derechos para una adaptación cinematográfica (que al final fue televisiva) ya estaban asegurados. Así que necesitaban hablar seriamente sobre la tercera novela. Según dicen algunos, esa es la que define la carrera de todo escritor.

King desgranó la trama de The Shining a su editor. Y cuando terminó, notó que Bill se había quedado serio. Su única acción: apurar un trago de cerveza y luego hundir la cabeza entre sus manos.

Inquieto, King dice que le preguntó al hombre si no le había gustado la historia. Bill le dijo que le gustaba y mucho, pero que se había puesto así pues temía que a King lo iban a encasillar luego de publicarla. Y una vez que le caiga esa etiqueta, jamás se la podrá quitar.

A King no le incomodó saber que le iban a poner esa etiqueta y que quizá lo acompañaría toda la vida. Cierto, en aquellos años él ya había comenzado a publicar otro tipo de historias con otro nombre, Richard Bachman. Pero todos sabemos que esa es otra historia y hasta otra persona. Y que esa otra persona murió hace años (aunque resultó que la esposa de esa otra persona descubrió que había un cajón con algunas libretas y… Bueno, sí, caray, esa es otra historia, otra vez discúplenme).

Lo que también sabemos es que si alguien piensa que King solo escribe historias de miedo, entonces ese alguien o solo ha leído un par de textos o solo ha visto una que otra película que va acompañada por su nombre.

Porque el de Maine ha jugado, por ejemplo, con el pulp de cepa (Colorado Kid de 2005, Joyland de 2013); bordeado con teorías de conspiración que claman el derrumbe de la sociedad norteamericana (Cell de 2006, Under the Dome de 2009, The Institute de 2019).

Incluso hay por ahí una historia de ciencia ficción con twist (11/22/63 de 2011).

Es en esos terrenos de experimentación en los que se sitúa la trilogía protagonizada por el ex detective de homicidios Bill Hodges: Mr Mercedes de 2014, a la que le sigue Finders Keepers de 2015 y luego End of Watch en 2016.

Y aunque la saga Hodges termina lógicamentge (otro spoiler) en ese 2016, acabamos enterándonos que The Outsider, de 2018, una novela que está en línea con el King de los primeros años, en concreto los de Salem’s Lot, es su siguiente capítulo.

Y que esa tendencia sigue con una novela corta llamada: If it Bleeds. Todo gracias a la presencia de Holly Gibney, compañera de andanzas de Hodges.

Holly Gibney interpretada por Justine Lupe

Regresando a las adaptaciones tras esta larga digresión, resulta curioso ver que de las dos, la que más sufre por obviar la relación entre ambas sea precisamente The Outsider.

Muchas cosas quedan en el aire en caso no se conozca la historia de Holly Gibney, que en la serie de HBO es interpretada por Cynthia Erivo y en Mr Mercedes por Justine Lupe.

Holly Gibney interpretada por Cynthia Erivo

Y digo curioso, pues a diferencia del formato de Mr Mercedes (un crime dramedy cuyo interés se basa en conseguir, mediante su truculencia, la cantidad de público necesaria para justificar la producción de una temporada más, y luego otra, y luego pues nada, cancelaron la serie tras el estreno de su tercera temporada), The Outsider es una serie de diez episodios cerrados, ajena a la preocupación de tener o no una segunda temporada.

Y si HBO decide algún día adaptar ahora If it Bleeds con Erivo, creo que podrían hacerlo y seguir llamando a la serie The Outsider. Sin problemas en ese frente.

Pero bueno, resulta que Price decidió que su Gibney apareciera en la serie sin tener una historia previa. Y así, sin presentación alguna, salta a la lúgubre escena con harto conocimiento sobre lo que está pasando. Y se convierte en el deus ex machina de la historia. Su papel es dar respuestas sin que importe de dónde sale toda esa información.

Por ello resulta obvio que salgan preguntas del tipo ¿Cómo es que esa recién llegada entiende mejor que los veteranos policías a qué se están enfrentando?

¿Será que ella ya ha enfrentado al ser ese?

¿O solo lo hace por ser una genio?

¿Acaso se apellidará Van Helsing?

Ninguna de esas preguntas se responde.

En The Outsider el personaje es convocado. Aparece. Entiende todo y ayuda a la resolución del dilema.

Ah, y resulta más inquietante que entrañable. Al menos para sus compañeros.

También resulta que en algún momento, Price intentó cambiarle el nombre para así no tener que andar refiriéndose a la serie de Kelley. Pero King vetó la idea.

Qué decir del tono. The Outsider es una serie de HBO que podría llamarse True Detective y a nadie le extrañaría.

Los personajes son policías enfrentados a sus propias limitaciones tanto intelectuales como filosóficas. Dedican varios momentos en rumiar eso. Y están ante un caso macabro e imposible que los rebasa: el asesinato y la violación de un niño de once años. El aparente culpable (porque todas las pruebas apuntan en esa dirección) es un maestro y padre de familia ejemplar llamado Terry Maitland (Jason Bateman). Sin embargo, también hay pruebas de que Maitland estuvo a kilómetros de la ciudad mientras ocurría el asesinato. Así que los policías comienzan a estrellarse una y otra vez con los asegunes del caso, mientras que todo se les va de las manos y suceden otras desgracias, además de revelarse más misterios.

La comunidad también comienza a degradarse poco a poco en su idea de encontrar un culpable y pasar la página, así sea dejar manchada la reputación de un americano modelo como Maitland. Todo es mejor que rasgar con la uña la tela que cubre sus realidades, esa que creen tan sólidas y a pruebas de fallos.

Así que, ya imaginarán: todo eso que se narra está arropado con un manto de gravedad que se antoja húmedo y amargo, y que flota sobre las imágenes. Los personajes susurran mucho. A veces gritan, pero sin eco. Los colores son deslavados. Los diálogos son meros soliloquios que lanzan a la nada, no al que tienen a un lado. Qué decir de la música…

¡Cuidado con esos nervios!

Conforme nos vamos acercando al final, conforme las tramas se van enredando más y más y más, conforme la tensión aumenta y conforme las interrogantes apiladas ya anuncian que están por caerse si les arrojan una más; lo vemos venir: aquí arrendaron una jodida mistery box de la fábrica del jodido J.J.

Eso quiere decir que, sí, la historia terminará. Pero las interrogantes quedarán ahí. A ver, pasen la página si pueden espectadores.

Tal parece que a los responsables de The Outsider lo que les preocupó fue que el público se decantara por volverla viral gracias a las teorías con las que pensaron que anegarían las redes sociales. Le funcionó a la citada True Detective, eso fue lo que jodió a Game of Thrones, eso es lo que mantiene viva a Westworld ¿Por qué no?

De ahí esa escena final sin sentido. También que el capítulo final se sienta tan parchado.

Sí, por eso precisamente me quedo con Mr Mercedes.

Al menos ahí encuentro momentos en los que un par de personajes detiene su marcha para intercambiar ideas sobre cualquier cosa. Incluso se habla de lo asqueroso que resulta que un policía retirado tenga por costumbre ir a pescar a un río contaminado y que no devuelva esos pesacados a las aguas y mejor se los coma.

Esos momentos resultan deliciosos (basta ver los duelos entre Holland Taylor, que interpreta al personaje inventando para la serie Ida Silver, la voz de la conciencia que suple los monólogos de Hodges, y el Hodges que interpreta Brendan Gleeson).

Cierto, la trama de Mr. Mercedes no ofrece las sorpresas de The Outsider. Todo se resume en un joven y traumado genio que hace años decidió convertirse en asesino (Brady Hartsfield interpretado por Harry Treadaway), que tuvo éxito en su única función pública, que nunca fue descubierto, que detuvo su ascendente carrera asesina pues se obsesionó con acabar con el hombre (Hodges) que menguó sus esfuerzos por descubrirlo.

Mientras Hodges pasa sus días de retiro ahogándose en alcohol. Gritándole a los niños del vecindario que juegan en la calle. Ignorando los lances de su madura vecina. Intentando orinar con dignidad y evitando el jabón y el agua cada vez que puede. Ah, y escucha vinilos y acude a las comidas con su ex compañero aún en activo (Pete Dixon, interpretado por Scott Lawrence) sin que le importe el azúcar o el colesterol.

También intenta no jalar el gatillo cada vez que se mete el cañón de su pistola reglamentaria en la boca.

Sí, una estampa perfecta del veterano detective al que le quedó un asunto pendiente: descubrir y detener al asesino que los medios llamaron Mr Mercedes, un loco anónimo que, a bordo de un mercedes robado a una solterona descuidada, arremetió contra varios desempleados que acampaban fuera de un auditorio en el que se iba a celebrar una feria de empleo.

El terror que enmarca la trilogía de Hodges reside enteramente en la fragilidad de la economía norteamericana. Esa que de anunciar un futuro pujante para una comunidad, por el descuido de los idiotas que gobiernan, se revienta la burbuja y llegan las crisis económicas, el subempleo y las ganas de innovar a como de lugar con tal de obtener algún recurso que valga para mantener ese estilo de vida que se piensa que se tiene.

Y todo eso, que adereza las novelas de Hodges con comentarios o referencias reales, pasa a la pantalla en una rockwellesca puesta en imágenes.

Así que con Mr Mercedes no hay un paño azulado aceitando las imágenes. Los colores son vívidos y las estampas son constantes: muchas veces, incluso en esos momentos sangrientos (que los hay por montones), uno podría desear un afiche pues se ha encuadrado una escena que desborda americanismo sin etiquetas rojas o azules.

Quizá lo que supure ahí es una salsa morada con más tendencia a lo rojo.

Porque si son de los que les gusta leer entre líneas, en Mr Mercedes está una explicación más sobre cómo fue que Trump terminó ganando aquellas elecciones y qué pasó en Estados Unidos luego de ese triunfo.

Y si hay algo que lastra al Mr Mercedes de Kelley, es que cada temporada debía tener diez episodios.

Se nota la tensión de la liga con tal de cumplir esa encomienda por parte de los escritores de la serie (entre los que se encontró, por cierto, Dennis Lehane).

Aunque, bueno ¿A qué serie en estos tiempos de streaming no le pasa eso?

Para cerrar, que ya veo que he sobrepasado mis propias métricas, recordaré algo que se cuenta en The Outsider. La historia del melón podrido.

Uno de los personajes, Ralph Anderson, le cuenta a otro, Bill Samuels, una anécdota.

Cuando era niño, de unos diez años a lo mucho, su madre trajo a casa el melón perfecto. Buen tamaño, buena consistencia al tacto, un color precioso y qué decir de su olor. Así que la señora Anderson tomó un cuchillo, lo cortó y al separar las partes ella y su hijo descubrieron no solo que estaba podrido, sino que su centro estaba consumido por los unos gordos gusanos.

A Anderson la pregunta de cómo fue que llegaron esos gusanos al centro de ese melón lo ha perseguido toda su vida. Puede que eso fuera lo que obró para que se convirtiera en policía primero, luego en detective.

¿Cuál es el sentido de esa historia que King repite varias veces en la novela The Outsider?

Entiendo que en dejar patente la idea de qué hay misterios que no dependen de la lógica, que están ahí y lo único que uno debe hacer con ellos es resolver el problema que legan.

Sea ese problema el tirar los pedazos de un melón que parecía perfecto, luego lavar lo que se tenga que lavar y seguir adelante teniendo en cuenta que a veces, hasta lo perfecto está podrido y no podremos decir cómo fue que pasó.

Sea, también, dejar de andar cuestionándonos sobre las razones por las que, luego de un presidente tan cool como Obama, fue que ganó un energúmeno como Donald Trump (sí, caray, es mencionado algunas veces en The Outsider).

Kelley comprendió ese asunto bastante bien cuando hizo su Mr Mercedes. No lo citó literalmente, pero parte de esa crítica al sector progre de Estados Unidos está ahí. Es lo que nutre la ampliación de las historias de unos personajes que poco a poco van desmarcándose del texto original.

Pero Price al parecer no quiso irse por ese embrollo.

Él se quedó, tal y como lo hizo Anderson parte de su vida, obsesionado con intentar explicar cómo fue que los gusanos llegaron al centro del melón.

Y además, el muy cabrón nos tendió la mano. Quería que lo acompañáramos en esa búsqueda.

Como si no tuviéramos otras series y películas por ver. Por ejemplo, una que cuenta la historia de una viuda llamada Lisey.

Atentamente, el Duende Callejero.

Mujeres que bailan

“No hay nada más peligroso que una mujer que baila.”

Eso lo dice el juez inquisidor Rostegui (Alex Brendemühl) al boquiabierto Padre Cristóbal (Asier Oruesagasti).

Rostegui y un grupo de soldados, además de Salazar (Daniel Fanego), su escribano, y un hombre al que solo conoceremos con el mote de cirujano (Daniel Chamorro), llevan meses deteniéndose en varios pueblos de provincias. Van en una misión que presumen sagrada: luego de constantes reclamos al rey por cosechas perdidas, por ganado que no da leche, por embarazos malogrados y hasta por climas inexplicables, se ha concluido que el origen de todo es diabólico.

Según ellos, Lucifer está recorriendo el reino español. Va deteniéndose en cada pueblo para ejecutar sus malignas obras. Y es ayudado, claro, por mujeres. Lucifer escoge siempre a las más jóvenes, a las de espíritu libre. Esas que gustan de salir solas para beber, cantar, bailar, fumar, charlar y comer sin la compañía de algún hombre o sin la supervisión de alguna señora. Eso que hacen solas, dice Rostegui, es el Sabbat. Solo que ningún hombre lo ha visto. Las únicas que saben cómo es, qué se hace, en dónde se celebra, son ellas, las mujeres. Ellas lo confiesan luego de horas y horas de interrogación. Dicha interrogación incluye la búsqueda de “la marca de la bestia”: según el cirujano, hay una parte de su cuerpo en la que las mujeres no sienten dolor. Él lo encontrará clavándole aquí y allá una aguja larga. Ese, dice el cirujano, es el lugar dónde las tocó Lucifer.

Esa es la premisa de Akelarre (2020, España y Argentina), película dirigida y co-escrita por Pablo Agüero (1977, Mendoza), con guion también escrito por Katell Guillou.

1609 es el año en el que suceden los hechos que narra la cinta.

Estamos en la región Vasca. Los inquisidores llegan a un pueblo de costeño con mala fama. Las mujeres pasan más de medio año solas, les explica el padre Cristóbal. Los hombres se hacen a la mar y duran meses pescando. Mientras, las mujeres andan de aquí para allá sin supervisión masculina y sin que el cada vez más apesadumbrado sacerdote pueda hacer algo.

Para colmo, hablan vasco. Lengua no cristiana, ladra Rostegui.

Luego de capturar a seis jóvenes cuyo único delito fue robarse la leche de una cabra, los inquisidores las encierran y sin informarles la razón por la que están ahí, van interrogando una a una. Es Ana (Amaia Aberasturi) la que, tras ver que aquello no es un juego y que lo que sí está en juego es su vida, elabora un plan: todas saben que los hombres del pueblo suelen regresar días después de luna llena, y que llegan a ponerse violentos cuando la situación obliga. Ya ha pasado, de ahí la tal mala fama del pueblo. Así que ellas deberán hacer tiempo. Y para ello, el plan es engatusar a los inquisidores con cantos, relatos y actuaciones. Darles lo que quieren: el Sabbat. Porque de no hacerlo, están seguras de que ellos las harán firmar confesiones forzadas, que les dictarán sentencia pronta y luego, las harán arder en una hoguera.

Akelarre (que es el término euskera para referirse al Sabbat, según nos enteramos en un momento de la película) hace una relectura de Las Mil y una Noches. Solo que la Scheherezade de esta historia es esa Ana joven, inteligente, aguerrida, bella, que de inmediato nota una flaqueza en el “duro” inquisidor: ha quedado prendado de ella.

¿Podrá valerse de eso para salvar su vida y la de las otras mujeres?

Akelarre no es un cuento de horror. Es uno sobre el terror del que se valió la corona española y la iglesia para querer “borrar” toda diversidad cultural en las provincias. Y aunque se entiende que lo que ocupa el centro del discurso es remarcar, y con marcador grueso, la desventaja histórica que siempre ha tenido la mujer ante el gobierno de los hombres; eso no deja a un lado que estamos también ante un alegato sobre lo peor que tiene todo colonialismo: la imposición tanto de credos, de cultura, de modos y de formas.

Y, bueno, también es un cuento que sirve para entender porque no se debe gritar tan a la ligera, como lo han hecho algunos políticos últimamente, aquello de: “¡Es una cacería de brujas!”.

Atentamente, el Duende Callejero

Una versión de este texto apareció en El Debate, en la columna Pista de Despegue, el 21 de marzo de 2021.