De Melancolía y Horror

Mike Flanagan y Kyliegh Curran, durante la producción de Doctor Sleep
Mike Flanagan y Kyliegh Curran, durante la producción de Doctor Sleep

Hace años me tocó asistir a un festival especializado en cine de horror, terror y fantasía, y una de las funciones de medianoche estuvo dedicada a una película independiente, realizada mediante crowdfunding, informó el presentador de la misma, que trataba sobre una mujer que había perdido a su esposo de forma inexplicable: un día salió de casa y jamás regresó.

Cuando comienza la película, han pasado siete años desde la desaparición, tiempo suficiente para que la mujer pueda solicitar un certificado de muerte por ausencia: como el hombre no ha aparecido en ningún otro lugar con otro nombre, pero tampoco han encontrado su cuerpo, el familiar más cercano (en este caso la esposa) tiene el derecho de acudir ante las autoridades y demandar que se declare muerto al desaparecido.

Por tal razón, familiares y amigos, además de autoridades, incluyendo el detective a cargo del caso que acabó enamorándose de la mujer, la apremian para que solicite dicho certificado y, además, que pase página.

Pero, como dicen por ahí: pretextos busca el diablo, es la llegada de la hermana de la mujer, una adicta que busca redención, la que la motiva a querer resolver de una vez por todas qué sucedió con su esposo. Y esa investigación detonan una serie de eventos sobrenaturales que giran en torno a un túnel peatonal cercano a su casa.

Uno que el esposo desaparecido solía cruzar.

El título de la película es Absentia (2011, Estados Unidos) y aunque es el cuarto largometraje del guionista, productor y director Mike Flanagan (1978, Salem), fue esa película por la que muchos lo conocimos.

Muchísimos meses después descubrí, en terrenos literarios, la existencia de un subgénero llamado: Grief Horror.

Según la escritora Laurel Hightower, dicho subgénero es propio de la comunidad de narradores independientes norteamericanos que escriben novelas cortas y cuyas historias están centradas en el peso de la pérdida y su consecuente crisis en personajes que llegan al límite.

Obviamente, dichas historias contienen elementos sobrenaturales y también exploran elementos de otras manifestaciones del horror: desde el body horror, el splatterpunk, la casa embrujada, las posesiones, entre otros.

Podría decirse que Flanagan es un representante cinematográfico de dicha corriente.

Lo digo porque sus películas y series dosifican la truculencia nativa del género, optando por centrarse en el enrarecimiento de atmósferas, además de presentarnos a personajes atrapados por sus culpas y en narrar que algunas maldiciones no dejan descansar a sus víctimas ni cuando éstas mueren. Y lo hace mediante una serie de despliegues técnicos que rezuman de un romanticismo que, caray, vaya que huele a naftalina.

Eso sí: sé que Flanagan no es para todos los gustos debido precisamente a esa forma tan personal de abordar el horror, dejando que la exposición domine secciones enteras y que el llamado perspectivismo, que consiste en armar un relato utilizando el punto de vista de varios personajes, sea la marca de la casa.

Igual informo que si alguien quiere conocerlo, la mayoría de su obra, tanto cinematográfica como en series, está en Netflix.

Ahí encontrarán desde sus versiones de la novela clásica: The Turn of the Screw, de Henry James, que él tituló The Haunting of Bly Manor. También pueden ver The Haunting of Hill House, inspirada en la novela homónima de Shirley Jackson. Además de su versión de Gerald’s Game de Stephen King.

Y qué decir de esa belleza llamada: Midnight Mass, un híbrido entre Storm of the Century, aquella serie original escrita por King, y sus clásicos Salem’s Lot y Needful Things. Las películas Hush y Before I Awake, y recientemente su versión de las novelas de horror juveniles de Christopher Pike: The Midnight Club.

Atentamente, el Duende Callejero

Para Lectores Constantes

Ilustración de la portada de la primera edición de If It Bleeds
Ilustración de la portada de la primera edición de If It Bleeds

En abril del 2020, justo en los días en los que todos comenzamos a cerrar puertas y ventanas, reorganizamos nuestros trabajos y salimos solo para comprar lo necesario en algunas tiendas y supermercados; la longeva editorial neoyorkina Scribner publicó la colección: If It Bleeds, de Stephen King (Maine, 1947).

Para los que somos lectores constantes, que es como King llama a todos aquellos que llevamos años comprando sus libros (y viendo las adaptaciones de sus obras y etcétera), la novedad que supuso esta publicación fue que las cuatro novelas cortas que la componen habían sido escritas expresamente para conformar este libro. Algo que, poniéndonos memoriosos, solo había sucedido en 1982 con la colección Different Seasons. Colección en la que se encuentran las novelas cortas: Rita Haywort and the Shawshank Redemption, que adaptó Frank Darabont; Apt Pupil, que adaptó Bryan Singer; y The Body, que adaptó Ron Reiner y que se estrenó con el título: Stand by Me.

La historia con la que abre If It Bleeds lleva por título: Mr Harrigan’s Phone.

Un joven llamado Craig, que vive con su padre viudo en un pueblito de unos seiscientos habitantes pero que disponía de internet como en las grandes ciudades, trabaja haciendo mandados para un anciano retirado, dueño de una pequeña fortuna, que vive a unos metros de su casa.

Ese anciano obviamente es el Harrigan del título y tiene la costumbre de regalarle a Craig un billete de la lotería en cada fecha importante: sea cumpleaños, día de acción de gracias, navidades, y demás.

Un día, uno de esos billetes se lleva el premio mayor, así que en señal de agradecimiento Craig le compra a Harrigan el primer modelo del iPhone. Hasta ese día, Harrigan se había resistido a tener tecnología en casa. Decía no necesitar más que los seis periódicos a los que estaba suscrito para estar enterado de cómo andaba el mundo. En específico, de su pasión: la bolsa de valores. Pero el regalo de Craig le abre a Harrigan un mundo de información: adelantos de películas, las cotizaciones de la bolsa de valores en vivo, la posibilidad de comprar cosas varias en línea y que le lleguen a la puerta de su casa, mapas con nuevos restaurantes para visitar. En fin, cada día Harrigan se entera de algo nuevo, además que aprende a enviar textos y correos electrónicos. Y Craig es feliz viendo que su viejo amigo es feliz. Hasta que un día, el señor Harrigan muere.

En el funeral, Craig le introduce el teléfono en el saco a Harrigan, como un homenaje. Y se despide de él. Craig no tarda en enterarse que su amigo le dejó de herencia una cuenta de banco. Son miles de dólares que administrará su padre hasta que él alcance la mayoría de edad.

Una noche, mientras se descubre extrañando a su amigo, Craig decide que quiere volver a escuchar su voz. Así que llama al teléfono del señor Harrigan pues sabe que él grabó un mensaje en el buzón de voz y piensa que le bastará con escuchar a su amigo recitando dicho mensaje para subsanar esa falta.

Pero la cosa no acaba ahí.

Porque tras esa llamada, le comienzan a llegar mensajes ininteligibles desde el teléfono del señor Harrigan

¿Será que lo habrán enterrado vivo?

¿O qué es lo que está pasando?

Obviamente no he contado más que el inicio de la historia. Una que ha sido adaptada por el director y guionista texano John Lee Hancock en una recomendable película que lleva el mismo título que la novela corta: Mr Harrigan’s Phone (2022, Estados Unidos). Película que fue producida tanto por Blumhouse como por la productora de Ryan Murphy. Está protagonizada por Donald Sutherland como Harrigan y Jaeden Martell como Craig; y que pueden encontrar desde hace días en Netflix.

Sobre la película, basta decir que es una adaptación bastante fiel al texto. Los cambios, que los tiene, intentan acercar a la película a los terrenos del horror. Cosa que, acá entre nos, no lo necesita. La historia es en sí, un morality play sobre el peso de las consecuencias de las acciones. Pero, me temo que ahondar aquí sobre eso sería descubrir ciertos aspectos de la trama que prefiero que descubran por su cuenta.

Mejor termino diciendo que, al parecer, If It Bleeds correrá la misma suerte que Different Seasons. Mr Harrigan’s Phone ya ha sido adaptada, y la productora de Ben Stiller compró los derechos de la última novela corta: The Rat. Mientras que la productora de Darren Aronofsky se hizo con los derechos del segundo texto: Life of Chuck.

Solo falta que HBO Max (o no Max) decida continuar su serie The Outsider con una adaptación del texto que da título a la colección: If It Bleeds.

Atentamente, el Duende Callejero

Nota: Una versión de este texto salió publicada el sábado 22 de octubre en la columna Pista de Despegue de El Debate.

Yep!!

Daniel Kaluuya y el caballo Ghost en una escena de Nope, dirigida, escrita y producida por Jordan Peele
Daniel Kaluuya y el caballo Ghost en una escena de Nope, película dirigida, escrita y producida por Jordan Peele

Ocurrió en el 2013, George Lucas y Steven Spielberg, dos de las voces cantantes del Hollywood de finales del siglo XX, compartieron sus opiniones sobre el futuro de la industria cinematográfica en el auditorio de la Universidad del Sur de California.

El par dijo que los estudios iban a darle preferencia a costosos mastodontes que fueran parte de franquicias, así produjeran solo uno o dos por año, en lugar de seguir financiando películas pequeñas o títulos originales. También que posiblemente se regresaría al concepto del palacio del cine: salas enormes, lujosas, costosas, en las que solo se exhibirán dichos mastodontes.

Y sobre las películas de mediano y bajo presupuesto, además de los títulos originales, opinaron que su destino sería alguna plataforma de streaming o la renta/venta en formato digital.

Han pasado casi diez años y, cierto, muchos de los vaticinios se han cumplido. Quizá no de forma literal, pero sí en esencia. Ejemplo: desde hace unos cinco años se ha visto que Netflix, Amazon y Apple se han dedicado a pescar películas en festivales para engrosar la oferta de sus respectivas plataformas. Y como ya sabemos, este año Apple fue la que se adelantó al resto al comprar, por 25 millones, cifra récord según algunos analistas, los derechos de distribución de la película, que acabó llevándose la mayoría de los galardones a mejor película este 2022: CODA.

La adquisición ocurrió en la edición del 2021 de Sundance.

Me gustaría pensar que entre los que escucharon aquellas opiniones, y que decidió ponerse a trabajar para que ese sombrío futuro planteado por Lucas y Spielberg no fuera una realidad, está el actor, productor, guionista y director Jordan Peele (1979, Nueva York). Porque, con su tercer largometraje como director, Nope (2022, Estados Unidos, Japón y Canadá), vaya que se nota el empeño por hacer un espectáculo visual ajeno a la estridencia, la infantilización y el acartonamiento que se ha apoderado de las producciones veraniegas desde el 2008.

Además de no desaprovechar la oportunidad de lanzar sus consabidos comentarios metatextuales. En este caso, sobre el estado actual de la industria del espectáculo.

Tomando como arranque a los hermanos Haywood, OJ (Daniel Kaluuya) y Emerald (Keke Palmer), realeza de la industria cinematográfica norteamericana al ser descendientes directos del primer hombre que apareció en una película, nos situamos en un rancho en algún lugar de Agua Dulce, California.

A la familia Haywood se le conoce por entrenar caballos para rentarlos en películas y comerciales, aunque de un tiempo a la fecha su negocio está en crisis. Los efectos especiales están dejando por fuera el realismo, con productores más interesados en fondos verdes e imágenes generadas por computadora que en lidiar con entrenadores y animales reales. Así que los Haywood ven con pesar que quizá ya deban estar pensando en otro tipo de negocio para sobrevivir.

Entre las opciones está el rentarle algunos caballos a una atracción local regenteada por una ex-estrella infantil que supo tomar un segundo aire fuera de foros y de cámaras, Jupe Park (Steven Yeun).

Nope inicia con la muerte del padre, Otis (Keith Davies), a causa de un extraño accidente: una moneda que cae del cielo se clava en su ojo y se instala en medio de su cráneo. Por ello, el lacónico OJ debe encargarse ahora del negocio con la ayuda de la desmadrosa de su hermana. Pero varias cosas extrañas que suceden tanto en el rancho como en los alrededores comienzan a robarles su atención: desde la desaparición de algunos exploradores, que algunos caballos se pongan agresivos y otros huyan del rancho y jamás se les vuelva a ver, que los aparatos eléctricos dejen de funcionar por momentos, hasta que descubran, gracias a las grabaciones de una cámara que instaló un melancólico técnico llamado Ángel (Brandon Perea), qué hay una nube que no cambia de lugar.

Una noche en la que OJ va por uno de los caballos que intentan huir, le toca comprobar qué hay algo acechando en el cielo.

Lo diré sin cortapisas: Nope ya es de mis películas favoritas de este año. Y me resulta extraño querer empatarla con las dos anteriores cintas de Peele. La razón es sencilla: mientras que Get Out, su primera película, estaba construida alrededor de la tesis de que la construcción de un Estados Unidos liberal durante el gobierno de Barack Obama ha sido un fracaso, y que lo único que legaron esos ocho años fue un divisionismo tan marcado en la sociedad norteamericana que nadie debía extrañarse por la victoria de Donald Trump y su movimiento fascistoide; su segundo largometraje, Us, daba conscientemente un paso atrás en materia de alcance, y uno adelante en materia de crítica. Porque Us va se centra en las diferencias qué hay entre las clases sociales. Diferencias que nosotros mismos promovemos, mantenemos, creamos y hasta administramos.

Recordemos, Peele fue productor ejecutivo y sirvió como el narrador de la última versión de The Twilight Zone, y tanto Get Out como Us podrían verse como capítulos extendidos del programa. Pero con Nope ya no estamos en los terrenos de dimensiones desconocidas. Acá nos adentramos a los pasillos de la galería nocturna. En concreto con un episodio del monstruo de la semana.

Peele no niega su respeto por Spielberg. Nope inicia calcando los primeros minutos de ET: vemos acciones aparentemente incompletas que sirven para ir narrando, y a trompicones, el primer encuentro de los Haywood con lo desconocido. Y qué decir de su final, en el que solo falta que Keke Palmer lance un: Smile you son of a bitch!, mientras da vuelta a una manivela.

Lo que también está claro es que Peele no está de acuerdo con los dichos lanzados por Spielberg en el 2013. Nope lo deja claro con su nueva tesis: el cine como espectáculo, ese que está diseñado para atraer al público en masa no para contarle solo una parte de la historia que deberán completar comprando otros tantos boletos en el futuro, y elaborando teorías que seguramente nunca se cumplirán, y que urgirá a que se suscriban a una plataforma de streaming para ver la serie de acompañamiento; solamente necesita de alguien que demuestre su gusto por el cine con las imágenes que presenta en la pantalla.

Imágenes que, cierto, podrán verse en un teléfono, pero que nos demandarán que las veamos en una sala de cine sin que importe si es pequeña. Basta que sea cómoda y que esté bien acondicionada.

Nope seguramente no hará que vuelvan a nominar al Oscar a Peele. Pero me ha hecho regresar a aquellos años en los que uno iba al cine sin saber bien con qué se iba a encontrar, para ver a personajes que solo podrán existir en la pantalla lidiar con problemas que solo podrían existir en la pantalla de cine. Y que por dos horas y diez minutos todo asunto del día a día quede sublimado por unas imágenes arrebatadoras que nos harán abrir la boca, sonreír y decir: por eso vemos películas, carajo.

Atentamente, el Duende Callejero

Nota: una versión de este texto apareció el día 10 de septiembre en la columna Pista de Despegue del periódico El Debate.

Para el cerebro reptiliano

Escena de Mad God, de Phil Tippett
Escena de Mad God, de Phil Tippett

Hace 30 años, el legendario artista Phil Tippett (1951, Berkeley) inició un proyecto personal: sin contar con una trama, con recursos propios y luego mediante un modelo de patronazgo en línea, ayudado por amigos y por discípulos, y sin que importe cuánto tiempo llevará terminarlo, Tippett se propuso hacer un largometraje animado mediante la técnica de stop-motion.

Técnica que, recordemos, luego de Jurassic Park, estrenada en 1993 y en la que Tippett trabajó en el equipo de efectos especiales de miniaturas y animación, parecía condenada a la extinción gracias a la llegada de la animación hiperrealista realizada por computadora.

El proyecto que el escritor, director, especialista en efectos especiales y muchas cosas más acaba de estrenar se titula Mad God (2021, Estados Unidos). Ese es el resultado de esos treinta y tantos años de trabajo en el que Tippett y compañía nos presentan un macabro viaje a una pesadilla cuyos significados son lo que menos importa.

Con lo que nos debemos quedar es con la experiencia, que si estamos en el humor correcto, seguro que viviremos a flor de piel.

En un mundo violento, caótico, decadente, amoral y en plena destrucción, conocemos a El Asesino: una figura humanoide enfundada en un atuendo muy parecido al que usaban los soldados de trinchera de la Primera Guerra Mundial, con todo y máscara de gas.

Él será nuestro guía.

El Asesino se adentra en ese paraje de horrores con lo que parece una misión: poner un explosivo en una fábrica. Se guía por un mapa que se destruye conforme lo consulta. Mientras, a su alrededor, otros personajes son asesinados, aplastados, desmembrados, devorados, y muchas cosas más. Pero él sigue su misión sin que le importe ni los cuerpos, ni la devastación que amenaza con acabar con toda la vida en ese mundo inmundo.

La senda de El Asesino lo lleva a toparse con otros personajes: La Enfermera, El Cirujano, alguien que será conocido como El Último Humano, unas brujas. Todos esos personajes tendrán su mini historia en la que la búsqueda de algo o de alguien será el común denominador.

Pero, conforme nos vamos adentrando a estas nuevas pesquisas, el preguntarnos ¿Qué es lo que estamos viendo?, resultará algo obvio. Y por más que nos abrumen y maravillen las imágenes que Tippett y compañía crearon con sus propias manos durante tanto, tanto tiempo, nuestra parte lógica demandará una explicación, un norte, un faro…

¡Algo!

Y es aquí que dejo un par de ideas: Tippett parece que comprendió muy temprano qué tiempos eran los que se nos venían encima. Es cierto, en todo Mad God no encontremos una sola referencia a una pandemia, pero sí la hay de guerras, líderes enloquecidos de poder, sacrificios sumarios de inocentes y enfermedades varias que diezman o mutan a esos seres que pueblan ese mundo.

Sin embargo, si algo queda bastante claro en cada uno de los embates que nos receta Mad God, es que la vida, parafraseando a Ian Malcolm, personaje de esa película en la que trabajó Tippett en 1993, encontrará su camino y subsistirá.

Mad God, una película para nuestro cerebro reptiliano.

Atentamente, el Duende Callejero

Ritos de Iniciación

Amber Midthunder en una escena de Prey
Amber Midthunder en una escena de Prey

El verano cinematográfico ha terminando.

Para estas fechas, los grandes estudios ya han lanzado casi todas sus cartas fuertes, quedando solo un puñado de títulos que seguro atraerán a algunos curiosos, pero que dudo que junten a tantos espectadores como ya sucedió en los pasados tres meses.

Vendrá el otoño y con él una nueva andanada de estrenos, pero del verano solo nos quedan los análisis de taquilla, que seguramente se centrarán en entender qué sucedió este 2022, año en el que los grandes estrenos fueron, primero, esa secuela tardía de aquel comercial para reclutar a jóvenes para la fuerza aérea norteamericana.

Segundo, una película realizada artesanalmente que, valiéndose del manido concepto del multiverso, hace una reflexión sobre la maternidad, la migración, el peso de la tradición y muchísimas cosas más.

Y tercero, que una de las mejores películas de una franquicia no se estrenó en salas. Se fue directamente a una plataforma de streaming (aquí, Star+) y en la misma semana en la que en otra plataforma cancelaba su propio pedazo de franquicia.

Esta última película es Prey (2022, Estados Unidos), quinta película (dejando fuera la dupla contra Alien) de una franquicia que inició hace 35 años como vehículo de lucimiento para Arnold Schwarzenegger. Pero que acabó siendo el inicio de una interesante franquicia que hasta en sus momentos más bajos, como The Predator (2018), que se vio afectada por las demandas de ser el primer capítulo de algo, entretiene.

En esta ocasión, el encargado de contarnos el ya conocido cuento en el que un extraterrestre cazador se enfrenta al que será su mayor adversario: el hombre, es Dan Trachtenberg, que según los créditos también aportó la historia junto con el guionista Patrick Aison.

La novedad es que la trama se ubica en 1719, en el mes de septiembre. Y los protagonistas son parte de una aldea comanche.

Regresamos a lo básico: estamos ante una ágil película que consume sus primeros minutos presentándonos a la protagonista, Naru (Amber Midthunder), una joven comanche que no quiere ser una recolectora más.

Naru quiere cazar para proveer alimento y seguridad a su aldea, quiere hacer su rito de iniciación para formar parte de los cazadores. Algo que ya hace su hermano, Taabe (Dakota Beavers), junto con otros jóvenes. Esos primeros minutos también sirven para que conozcamos ese mundo que se fue: un bosque enorme, plagado de depredadores. Desde una rata, una serpiente, un puma, un oso, unos franceses cazadores de pieles y el familiar extraterrestre que es dejado en la Tierra para que realice su propio rito de iniciación.

Prey es una gran survivor movie que, una vez que presenta sus piezas, como ese terreno fangoso que se traga todo, esa hacha modificada por Naru, esa flor que medicinal; pisa a fondo el acelerador y no lo suelta hasta el final. Es como si en Apocalypto de Mel Gibson alguien soltara a un extraterrestre que puede hacerse transparente. Prey es una película que narra una ida y un regreso, y que, en efecto, se nota que aprendió lo mejor de Tolkien. Naru es la única que entiende que en el bosque hay algo más peligroso que los osos, los pumas y los franceses. Algo que amenaza a su aldea, pero necesita pruebas además de las huellas que todos confunden con la de otros animales.

Ahí está un discurso sobre el colonialismo que no huele a sermón. A Prey le basta con mostrar el salvajismo de ese grupo de franceses que masacran búfalos solo por las ganancias que obtendrán por sus pieles, como a las acciones del Predator, que mata todo lo que se cruce en su camino solo porque está recolectando trofeos.

Los comanches solo matan porque necesitan alimento o porque se están defendiendo. La naturaleza les provee todo y ellos viven en conjunto con ella. Y todo aquel que ose alterarla, sea de esta o de otro planeta, tendrá que pagar las consecuencias.

Sobre esa idea de que el regreso a las salas de cine acabará con el streaming, diré que, si el streaming sirve para que tengamos cintas como Prey, si este es un rito de iniciación por parte de Disney, dueña desde hace años de franquicias como Predator y Alien; entonces, desde acá le deseo una larga vida al streaming.

Atentamente, el Duende Callejero