Yep!!

Daniel Kaluuya y el caballo Ghost en una escena de Nope, dirigida, escrita y producida por Jordan Peele
Daniel Kaluuya y el caballo Ghost en una escena de Nope, película dirigida, escrita y producida por Jordan Peele

Ocurrió en el 2013, George Lucas y Steven Spielberg, dos de las voces cantantes del Hollywood de finales del siglo XX, compartieron sus opiniones sobre el futuro de la industria cinematográfica en el auditorio de la Universidad del Sur de California.

El par dijo que los estudios iban a darle preferencia a costosos mastodontes que fueran parte de franquicias, así produjeran solo uno o dos por año, en lugar de seguir financiando películas pequeñas o títulos originales. También que posiblemente se regresaría al concepto del palacio del cine: salas enormes, lujosas, costosas, en las que solo se exhibirán dichos mastodontes.

Y sobre las películas de mediano y bajo presupuesto, además de los títulos originales, opinaron que su destino sería alguna plataforma de streaming o la renta/venta en formato digital.

Han pasado casi diez años y, cierto, muchos de los vaticinios se han cumplido. Quizá no de forma literal, pero sí en esencia. Ejemplo: desde hace unos cinco años se ha visto que Netflix, Amazon y Apple se han dedicado a pescar películas en festivales para engrosar la oferta de sus respectivas plataformas. Y como ya sabemos, este año Apple fue la que se adelantó al resto al comprar, por 25 millones, cifra récord según algunos analistas, los derechos de distribución de la película, que acabó llevándose la mayoría de los galardones a mejor película este 2022: CODA.

La adquisición ocurrió en la edición del 2021 de Sundance.

Me gustaría pensar que entre los que escucharon aquellas opiniones, y que decidió ponerse a trabajar para que ese sombrío futuro planteado por Lucas y Spielberg no fuera una realidad, está el actor, productor, guionista y director Jordan Peele (1979, Nueva York). Porque, con su tercer largometraje como director, Nope (2022, Estados Unidos, Japón y Canadá), vaya que se nota el empeño por hacer un espectáculo visual ajeno a la estridencia, la infantilización y el acartonamiento que se ha apoderado de las producciones veraniegas desde el 2008.

Además de no desaprovechar la oportunidad de lanzar sus consabidos comentarios metatextuales. En este caso, sobre el estado actual de la industria del espectáculo.

Tomando como arranque a los hermanos Haywood, OJ (Daniel Kaluuya) y Emerald (Keke Palmer), realeza de la industria cinematográfica norteamericana al ser descendientes directos del primer hombre que apareció en una película, nos situamos en un rancho en algún lugar de Agua Dulce, California.

A la familia Haywood se le conoce por entrenar caballos para rentarlos en películas y comerciales, aunque de un tiempo a la fecha su negocio está en crisis. Los efectos especiales están dejando por fuera el realismo, con productores más interesados en fondos verdes e imágenes generadas por computadora que en lidiar con entrenadores y animales reales. Así que los Haywood ven con pesar que quizá ya deban estar pensando en otro tipo de negocio para sobrevivir.

Entre las opciones está el rentarle algunos caballos a una atracción local regenteada por una ex-estrella infantil que supo tomar un segundo aire fuera de foros y de cámaras, Jupe Park (Steven Yeun).

Nope inicia con la muerte del padre, Otis (Keith Davies), a causa de un extraño accidente: una moneda que cae del cielo se clava en su ojo y se instala en medio de su cráneo. Por ello, el lacónico OJ debe encargarse ahora del negocio con la ayuda de la desmadrosa de su hermana. Pero varias cosas extrañas que suceden tanto en el rancho como en los alrededores comienzan a robarles su atención: desde la desaparición de algunos exploradores, que algunos caballos se pongan agresivos y otros huyan del rancho y jamás se les vuelva a ver, que los aparatos eléctricos dejen de funcionar por momentos, hasta que descubran, gracias a las grabaciones de una cámara que instaló un melancólico técnico llamado Ángel (Brandon Perea), qué hay una nube que no cambia de lugar.

Una noche en la que OJ va por uno de los caballos que intentan huir, le toca comprobar qué hay algo acechando en el cielo.

Lo diré sin cortapisas: Nope ya es de mis películas favoritas de este año. Y me resulta extraño querer empatarla con las dos anteriores cintas de Peele. La razón es sencilla: mientras que Get Out, su primera película, estaba construida alrededor de la tesis de que la construcción de un Estados Unidos liberal durante el gobierno de Barack Obama ha sido un fracaso, y que lo único que legaron esos ocho años fue un divisionismo tan marcado en la sociedad norteamericana que nadie debía extrañarse por la victoria de Donald Trump y su movimiento fascistoide; su segundo largometraje, Us, daba conscientemente un paso atrás en materia de alcance, y uno adelante en materia de crítica. Porque Us va se centra en las diferencias qué hay entre las clases sociales. Diferencias que nosotros mismos promovemos, mantenemos, creamos y hasta administramos.

Recordemos, Peele fue productor ejecutivo y sirvió como el narrador de la última versión de The Twilight Zone, y tanto Get Out como Us podrían verse como capítulos extendidos del programa. Pero con Nope ya no estamos en los terrenos de dimensiones desconocidas. Acá nos adentramos a los pasillos de la galería nocturna. En concreto con un episodio del monstruo de la semana.

Peele no niega su respeto por Spielberg. Nope inicia calcando los primeros minutos de ET: vemos acciones aparentemente incompletas que sirven para ir narrando, y a trompicones, el primer encuentro de los Haywood con lo desconocido. Y qué decir de su final, en el que solo falta que Keke Palmer lance un: Smile you son of a bitch!, mientras da vuelta a una manivela.

Lo que también está claro es que Peele no está de acuerdo con los dichos lanzados por Spielberg en el 2013. Nope lo deja claro con su nueva tesis: el cine como espectáculo, ese que está diseñado para atraer al público en masa no para contarle solo una parte de la historia que deberán completar comprando otros tantos boletos en el futuro, y elaborando teorías que seguramente nunca se cumplirán, y que urgirá a que se suscriban a una plataforma de streaming para ver la serie de acompañamiento; solamente necesita de alguien que demuestre su gusto por el cine con las imágenes que presenta en la pantalla.

Imágenes que, cierto, podrán verse en un teléfono, pero que nos demandarán que las veamos en una sala de cine sin que importe si es pequeña. Basta que sea cómoda y que esté bien acondicionada.

Nope seguramente no hará que vuelvan a nominar al Oscar a Peele. Pero me ha hecho regresar a aquellos años en los que uno iba al cine sin saber bien con qué se iba a encontrar, para ver a personajes que solo podrán existir en la pantalla lidiar con problemas que solo podrían existir en la pantalla de cine. Y que por dos horas y diez minutos todo asunto del día a día quede sublimado por unas imágenes arrebatadoras que nos harán abrir la boca, sonreír y decir: por eso vemos películas, carajo.

Atentamente, el Duende Callejero

Nota: una versión de este texto apareció el día 10 de septiembre en la columna Pista de Despegue del periódico El Debate.

Para el cerebro reptiliano

Escena de Mad God, de Phil Tippett
Escena de Mad God, de Phil Tippett

Hace 30 años, el legendario artista Phil Tippett (1951, Berkeley) inició un proyecto personal: sin contar con una trama, con recursos propios y luego mediante un modelo de patronazgo en línea, ayudado por amigos y por discípulos, y sin que importe cuánto tiempo llevará terminarlo, Tippett se propuso hacer un largometraje animado mediante la técnica de stop-motion.

Técnica que, recordemos, luego de Jurassic Park, estrenada en 1993 y en la que Tippett trabajó en el equipo de efectos especiales de miniaturas y animación, parecía condenada a la extinción gracias a la llegada de la animación hiperrealista realizada por computadora.

El proyecto que el escritor, director, especialista en efectos especiales y muchas cosas más acaba de estrenar se titula Mad God (2021, Estados Unidos). Ese es el resultado de esos treinta y tantos años de trabajo en el que Tippett y compañía nos presentan un macabro viaje a una pesadilla cuyos significados son lo que menos importa.

Con lo que nos debemos quedar es con la experiencia, que si estamos en el humor correcto, seguro que viviremos a flor de piel.

En un mundo violento, caótico, decadente, amoral y en plena destrucción, conocemos a El Asesino: una figura humanoide enfundada en un atuendo muy parecido al que usaban los soldados de trinchera de la Primera Guerra Mundial, con todo y máscara de gas.

Él será nuestro guía.

El Asesino se adentra en ese paraje de horrores con lo que parece una misión: poner un explosivo en una fábrica. Se guía por un mapa que se destruye conforme lo consulta. Mientras, a su alrededor, otros personajes son asesinados, aplastados, desmembrados, devorados, y muchas cosas más. Pero él sigue su misión sin que le importe ni los cuerpos, ni la devastación que amenaza con acabar con toda la vida en ese mundo inmundo.

La senda de El Asesino lo lleva a toparse con otros personajes: La Enfermera, El Cirujano, alguien que será conocido como El Último Humano, unas brujas. Todos esos personajes tendrán su mini historia en la que la búsqueda de algo o de alguien será el común denominador.

Pero, conforme nos vamos adentrando a estas nuevas pesquisas, el preguntarnos ¿Qué es lo que estamos viendo?, resultará algo obvio. Y por más que nos abrumen y maravillen las imágenes que Tippett y compañía crearon con sus propias manos durante tanto, tanto tiempo, nuestra parte lógica demandará una explicación, un norte, un faro…

¡Algo!

Y es aquí que dejo un par de ideas: Tippett parece que comprendió muy temprano qué tiempos eran los que se nos venían encima. Es cierto, en todo Mad God no encontremos una sola referencia a una pandemia, pero sí la hay de guerras, líderes enloquecidos de poder, sacrificios sumarios de inocentes y enfermedades varias que diezman o mutan a esos seres que pueblan ese mundo.

Sin embargo, si algo queda bastante claro en cada uno de los embates que nos receta Mad God, es que la vida, parafraseando a Ian Malcolm, personaje de esa película en la que trabajó Tippett en 1993, encontrará su camino y subsistirá.

Mad God, una película para nuestro cerebro reptiliano.

Atentamente, el Duende Callejero

Ritos de Iniciación

Amber Midthunder en una escena de Prey
Amber Midthunder en una escena de Prey

El verano cinematográfico ha terminando.

Para estas fechas, los grandes estudios ya han lanzado casi todas sus cartas fuertes, quedando solo un puñado de títulos que seguro atraerán a algunos curiosos, pero que dudo que junten a tantos espectadores como ya sucedió en los pasados tres meses.

Vendrá el otoño y con él una nueva andanada de estrenos, pero del verano solo nos quedan los análisis de taquilla, que seguramente se centrarán en entender qué sucedió este 2022, año en el que los grandes estrenos fueron, primero, esa secuela tardía de aquel comercial para reclutar a jóvenes para la fuerza aérea norteamericana.

Segundo, una película realizada artesanalmente que, valiéndose del manido concepto del multiverso, hace una reflexión sobre la maternidad, la migración, el peso de la tradición y muchísimas cosas más.

Y tercero, que una de las mejores películas de una franquicia no se estrenó en salas. Se fue directamente a una plataforma de streaming (aquí, Star+) y en la misma semana en la que en otra plataforma cancelaba su propio pedazo de franquicia.

Esta última película es Prey (2022, Estados Unidos), quinta película (dejando fuera la dupla contra Alien) de una franquicia que inició hace 35 años como vehículo de lucimiento para Arnold Schwarzenegger. Pero que acabó siendo el inicio de una interesante franquicia que hasta en sus momentos más bajos, como The Predator (2018), que se vio afectada por las demandas de ser el primer capítulo de algo, entretiene.

En esta ocasión, el encargado de contarnos el ya conocido cuento en el que un extraterrestre cazador se enfrenta al que será su mayor adversario: el hombre, es Dan Trachtenberg, que según los créditos también aportó la historia junto con el guionista Patrick Aison.

La novedad es que la trama se ubica en 1719, en el mes de septiembre. Y los protagonistas son parte de una aldea comanche.

Regresamos a lo básico: estamos ante una ágil película que consume sus primeros minutos presentándonos a la protagonista, Naru (Amber Midthunder), una joven comanche que no quiere ser una recolectora más.

Naru quiere cazar para proveer alimento y seguridad a su aldea, quiere hacer su rito de iniciación para formar parte de los cazadores. Algo que ya hace su hermano, Taabe (Dakota Beavers), junto con otros jóvenes. Esos primeros minutos también sirven para que conozcamos ese mundo que se fue: un bosque enorme, plagado de depredadores. Desde una rata, una serpiente, un puma, un oso, unos franceses cazadores de pieles y el familiar extraterrestre que es dejado en la Tierra para que realice su propio rito de iniciación.

Prey es una gran survivor movie que, una vez que presenta sus piezas, como ese terreno fangoso que se traga todo, esa hacha modificada por Naru, esa flor que medicinal; pisa a fondo el acelerador y no lo suelta hasta el final. Es como si en Apocalypto de Mel Gibson alguien soltara a un extraterrestre que puede hacerse transparente. Prey es una película que narra una ida y un regreso, y que, en efecto, se nota que aprendió lo mejor de Tolkien. Naru es la única que entiende que en el bosque hay algo más peligroso que los osos, los pumas y los franceses. Algo que amenaza a su aldea, pero necesita pruebas además de las huellas que todos confunden con la de otros animales.

Ahí está un discurso sobre el colonialismo que no huele a sermón. A Prey le basta con mostrar el salvajismo de ese grupo de franceses que masacran búfalos solo por las ganancias que obtendrán por sus pieles, como a las acciones del Predator, que mata todo lo que se cruce en su camino solo porque está recolectando trofeos.

Los comanches solo matan porque necesitan alimento o porque se están defendiendo. La naturaleza les provee todo y ellos viven en conjunto con ella. Y todo aquel que ose alterarla, sea de esta o de otro planeta, tendrá que pagar las consecuencias.

Sobre esa idea de que el regreso a las salas de cine acabará con el streaming, diré que, si el streaming sirve para que tengamos cintas como Prey, si este es un rito de iniciación por parte de Disney, dueña desde hace años de franquicias como Predator y Alien; entonces, desde acá le deseo una larga vida al streaming.

Atentamente, el Duende Callejero

Ganando sus alas

Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt
Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt

Creo que no será un spoiler decir que Martyrs Lane (2021, Reino Unido) es una historia de fantasmas.

Ese dato está en la mayoría del material publicitario que la acompaña. Y bastan los primeros minutos dentro del mundo en el que vive Leah (Kiera Thompson), la protagonista de la historia, una niña de diez años que anda de aquí para allá recorriendo un caserón viejo, observando las rutinas familiares, para entender por dónde irán los tiros, como dicen.

Leah es miembro de una familia de cuatro integrantes.

La madre, Sarah (Denise Gough), es una mujer triste que suele estallar a la menor provocación y que se ha convertido en una obsesión para Leah. Sabe que esos cambios de humor provienen de algún hecho del pasado, pero no sabe qué podría ser, aunque está segura que el relicario dorado que cuelga de su cuello, y que no deja que nadie toque, es una pista importante.

Su padre, Thomas (Steven Cree), ha tomado a la religión como una forma de lidiar con cualquier problema con el que se enfrenta. Eso hace que sea difícil hablar con él, hacerlo entender que hay cosas terrenales que afectan e importan más que su ansiado más allá.

Finalmente está Bex (Hannah Rae), la hermana mayor, que suele mostrarse hosca y hermética como cualquier adolescente de su edad, pero que es el justo punto medio de la familia: secunda los silencios maternos con una pizca del mercurial temperamento paterno.

Debemos sumar el hecho de que, tras revisar el relicario de su madre, Leah comienza a recibir la visita de una niña (Sienna Sayer), que al parecer viene de algún lugar del bosque, que toca a su ventana, que charla con ella sobre varios temas. Esa niña anónima le va informando en dónde puede encontrar algo que le servirá para comprender ese pasado que su familia intenta mantener en secreto, mientras le presume que ya le están creciendo alas de verdad.

Porque las que de momento porta solo son parte de un disfraz.

De nueva cuenta un realizador, en este caso a la directora y guionista (y también actriz, aunque aquí no aparezca frente a las cámaras) Ruth Platt, se sirve de un relato de horror para volver un tema mundano en toda una odisea sensorial y alegórica. En este caso está el cuestionar esa costumbre por parte de los mayores por evitar que los infantes se enteren y encaren eventos que, cierto, son duros, crueles, pero que, caray, forman parte de la vida misma.

Platt lanza una pregunta interesante con Martyrs Lane ¿No será que intentando evitar un trauma, suele crearse uno?

Leah se ha convertido, por cuenta propia, en una especie de devorador de angustias para los miembros mayores de su familia. Y no sabe la razón por la que hace eso. Su conocimiento sobre cosas tan simples, como el amor o la compasión, es bastante limitado. Sus mayores han estado ocupados lidiando con otras cosas como para enseñarselo.

Es en ese apartado en el que Platt triunfa: en el situarnos, por momentos, en ese mundo infantil lleno de dudas y miedos, pero con un hambre por conocer y entender qué pasa cueste lo que cueste y que vale para que cualquier miedo quede relegado.

Ese triunfo me basta para decir que Platt se ha ganado, con Martyrs Lane, sus alas reales.

Atentamente, el Duende Callejero

Lectura del verano de 1992

Parte de la portada del The Stand de Stephen King en su versión extendida
Parte de la portada del The Stand de Stephen King en su edición extendida de inicios de los años noventa

En el verano de 1992 hice mi primer viaje solo.

Entonces tenía 16 años. Viajé de Los Mochis a Guadalajara en autobús. Fueron unas veinte horas de viaje y recuerdo bien que vomité un par de veces en el baño. Solo bebí agua durante el viaje tanto de ida como de regreso por mis mareos.

Diré que hasta la fecha suelo marearme cuando viajo en autobús, pero ya no vomito.

Recuerdo que mi maleta para ese viaje fue una mochila con un par de playeras, un pantalón de mezclilla y algunas mudas de ropa interior. Me recibiría en Guadalajara uno de mis tíos maternos, Gustavo. Me quedaría con él quince días. Él le había dicho a mis padres que deberían mandarme con él ese verano, que me haría bien comenzar a viajar por mi cuenta.

Ellos aceptaron.

Claro que tengo muchas anécdotas sobre ese primer viaje por mi cuenta. Pero este no es el lugar para relatarlas. Escribo esto porque para ese viaje me hice acompañar de la novela The Stand de Stephen King en la edición de 1990 de Plaza & Janés: Apocalipsis, ese era su título nacional. A la mitad de su portada venía un cintillo negro advirtiendo que aquella era la edición completa, sin supresiones, de La Danza de la Muerte.

Encontré ese libro, junto con otros de Stephen King en el estudio de la casa de mi abuelo materno. Hasta el día de hoy no sé quién era el que compraba esos libros que cada tanto aparecían en uno de aquellos viejos libreros. Todos traían señas de ya haber sido leídos: en algunos había pasajes subrayados con lápiz e incluso con plumas de diferentes colores.

Además de las novelas de King, encontré uno de los Books of Blood de Clive Barker en su edición Martínez Roca, Something Wicked this Way Comes de Ray Bradbury y hasta un par de novelas de Dean R Koontz. Pasé muchas horas leyendo y releyendo esos libros. Llenaba hojas de mis libretas con ideas y cuestionamientos salidos de esas lecturas y relecturas, además de algunos dibujos. Pero con The Stand pasaba lo siguiente: lo sacaba del librero, lo hojeaba, leía las primeras páginas y luego lo volvía a su lugar.

Sus mil quinientas y tantas páginas me intimidaban, lo acepto.

Pero como quince días de aquel verano de 1992 en aquella ciudad tan conocida, pero también tan ajena (mi familia materna es de Jalisco, así que Guadalajara y sus alrededores siempre fueron uno de los destinos de viaje familiar desde que era pequeño), me parecieron una eternidad. Y como sabía que durante las mañanas y parte de la tarde estaría solo en el departamento de mi tío, esperándolo a que regresara del trabajo para poder ir a dar la vuelta, decidí que The Stand me serviría para matar las horas.

Lo que nunca imaginé fue lo rápido que me bebería esas mil quinientas y tantas páginas que tanto me habían intimidado.

Leí The Stand en unas tres mañanas con su respectivo cacho de tarde. Recuerdo que una de las cosas que me atrapó ocurre a la mitad del primer libro, el que lleva por título Captain Trips.

Larry Underwood, el hedonista cantante de rock que ya había visto morir a su madre víctima de la supergripe y que en esas páginas se hacía acompañar de una mujer madura, Rita, con la que dejaría atrás un Nueva York que se ahogaba en el hedor de millones de cadáveres al aire libre, citaba a The Hobbit de JRR Tolkien.

Y entonces algo hizo click dentro de mí. Comprendí que todo eso que se me hacía tan familiar en la novela provenía de otros libros que ya había leído y que me habían gustado.

Ahí estaban esos pasajes protagonizados por Stuart Redman, y Frances Goldsmith y Harold Lauder, que hacían recordar a Watership Down de Richard Adams. Los de Nick Andros y Tom Cullen que hacían eco tanto al Lord of the Flies de William Golding como a Of Mice and Men de John Steinbeck. Y qué decir de la ominosa sombra de Randall Flagg, con todo y su reino en Nevada, que se manifiesta en las páginas de la novela como un villano a la Saurón de The Lord of the Rings de Tolkien.

Y como él, todo lo ve (bueno, salvo quién era tercer espía. Igual que Saurón no supo quién era el portador del anillo).

Creo que la trama ya es conocida. Igual, va un resumen: todo inicia una noche en una base militar al norte de California. En ese lugar, el gobierno de Estados Unidos ha estado creando una supergripe que se trasmite de forma sencilla y que mata en cuestión de horas. Se supone que será usada como un arma bacteriológica en el futuro, pero por sucede un accidente y el virus queda libre. Así que en cuestión de semanas muere casi la totalidad de la población del mundo, salvo a unos cuantos que resultan inmunes. La narración de King se concentra en los sobrevivientes de Estados Unidos, que se separan en dos grupos: los que van a Boulder, Colorado, convocados por una señora negra de ciento ocho años que se les aparece en sueños y que dice llamarse Abigail Freemantle, y los que se concentran en Las Vegas, Nevada, atendiendo el llamado de el hombre de negro, que se les aparece en pesadillas y que dice llamarse Randall Flagg.

Pronto, los dos grupos habrán de enfrentarse. Flagg planea desaparecer a Boulder con una bomba atómica mientras que cuatro miembros del comité de Boulder irán caminando hasta las Las Vegas para encarar a Flagg sin armamento o plan.

Lo único los acompaña a esos cuatro, y que los arropa, es su voluntad.

The Stand suele llevarse los laureles cuando se trata de decidir cuál es la mejor novela de Stephen King. Además, es un referente de obras literarias que mezclen el fantástico con el horror y cuyo escenario es el fin del mundo.

Algunos autores, como Chuck Wendig o Paul Tremblay, citan a The Stand como una inspiración a la hora de escribir sus propias versiones del Apocalípsis: Wanderers y Survivor Song, respectivamente.

Mientras que otros lo aceptan con cierto recelo.

Qué decir de las canciones que ha inspirado: Ride the Lighting de Metallica y Among the Living de Anthrax.

The Stand ha tenido dos adaptaciones en forma de serie. La de 1994, escrita por el propio King con la dirección de Mick Garris y que fue un evento televisivo para ABC. Y la de finales del 2020, estrenada en plena pandemia y que estuvo a cargo de Josh Boone y Benjamin Cavell para Paramount+.

Es en esa segunda adaptación en la que King decidió revelar una versión extendida del epilogo de la novela, El círculo se cierra. Esa fue la razón por la que decidí ver los nueve caóticos episodios que dieron cuenta de una historia que, caray, vaya que no necesitaba tanto salto en el tiempo.

Porque si hay algo que encanta en el relato, es cómo cada uno de esos personajes van llegando a sus respectivos destinos y van conociendo a esos otros personajes, creando lazos afectivos. Algo que la narrativa fragmentada de la nueva serie, ensarzada más por el efectismo y la sorpresa, acaba lastrando.

Pero, bueno, hablaba del epílogo de King. Luego del sacrificio y la destrucción en Las Vegas y del regreso de Stuart y Tom a Boulder, y también del nacimiento y la prueba tras el nacimiento de la hija de Frances; la pareja, junto con la recién nacida, Abigail, deciden emprender un viaje a bordo de una caravana hasta Maine. La única justificación tras ese viaje es las ganas de Frances por volver a ver el mar del pueblo en el que nació y no murió.

Y es en un punto de ese viaje, uno en el que la familia se siente cómoda con su decisión y baja la guardia, que Flagg se manifiesta y pone a prueba a Frances.

Otro de los problemas que tiene esta nueva versión de The Stand es lo pequeña que se siente. Mientras que Garris logró transmitir la sensación de que todo lo que ocurre en la pantalla forma parte de un evento inmenso, uno que incluso va más allá de sus márgenes; acá todo ocurre en espacios regularmente cerrados, con unos cuantos personajes y recurriendo a líneas interminables de diálogos. Pero dicho hermetismo expositivo vaya que le sienta bien a ese epílogo en el que, por alguna razón que de nuevo queda sin resolver, se decide verbalizar lo que considero que es la idea capital de The Stand: llegará un momento en la vida en la que nos tendremos que tomar una decisión. Y dicha decisión es qué camino deberemos tomar. Uno de esos caminos ofrece una solución total al problema que tenemos frente a nosotros. Y dicha solución, de momento, solo nos pide un pequeño tributo. Pero si sabemos leer entre líneas, quizá lograremos comprender que dicho tributo, a la larga, acabará siendo peor que el problema inicial. Pero vaya que resulta seductor dar ese tributo.

Aunque también está el otro camino. Uno que no reclama un tributo, que solo nos pide aceptar las consecuencias de nuestras acciones y encarar nuestras limitaciones. Que puede que nos deje sin nada, que seguro que nos provocará algo de dolor, que nos mandará al fondo de un hoyo oscuro y húmedo.

Pero que no nos convertirá en otra cosa. Porque en ese camino seguiremos siendo justos.

Algo así fue lo que pensé en aquel verano de 1992 en el que viajé por primera vez solo y en la que leí por primera vez The Stand de Stephen King. Sé que no fui el mismo tras ese viaje, que esos recorridos por la ciudad que solo conocía con mi familia me hizo resolver muchas dudas, además de ganar otras tantas que necesité años para asignarles algunas respuestas.

Pero sería injusto dejar fuera la lectura de la novela mastodóntica de King como parte fundamental de esa experiencia.

Porque gracias a ella, adopté un mote que sigue rigiéndome:

Often wrong, never in doubt.

Atentamente, el Duende Callejero