Dos Historias y un Melón Podrido

Fotograma de The Outsider, de HBO

Ver la miniserie de The Outsider, de HBO, a la par de la primera temporada del Mr Mercedes de Audience, ha sido una experiencia extraña.

Para comenzar, según Stephen King (1947, Maine), autor de las novelas en las que están basadas, las dos historias ocurren en el mismo universo y por ello comparten, tanto por referencia como por presencia, a algunos personajes y algunas situaciones.

Sin embargo Richard Price, que es el showrunner de The Outsider, decidió ignorar ese no tan pequeño detalle.

Durante la promoción de su serie, no se cansó de decir que él no había visto (ni vería) la serie a cargo de David E. Kelley y que tampoco planeba leer la novela en la que estaba basaba:

Stephen King gives you a good story and good characters, but a book isn’t a teleplay, so you have to convert all of that internal monologue to visual teleplay. But he had it all laid out. It started as a procedural and then glided into the supernatural…

Así que mi pregunta cuando inicié esta revisión fue si ese pasar por alto el asunto del universo compartido acabaría notándose de alguna forma. Todo porque, y aquí va uno de esos que llaman spoilers, es en la saga de Hodges donde se explica, digamos, el filo sobrenatural que sostiene la tensión en The Outsider.

Incluso hay un momento clave en el que la criatura de la segunda obra le pregunta a uno de los personajes claves de la primera, si ella ya conocía a alguien parecido.

Porque sabe bien que no puede ser el único.

Pero bueno, me pierdo, disculpen. Mejor diré que de las dos series que, sí, entiendo, están basadas en novelas pero no son en las novelas; me quedo con Mr Mercedes, que es la que adapta libremente la trilogía de Bill Hodges.

Foto promocional de la primera temporada de Mr Mercedes, de Audience

Dicha trilogía, según, la escribió King como homenaje al género literario hard-boiled que tanto consumió en su juventud.

Va una digresión al respecto de ese dato que aparece en todos lados, incluyendo comentarios del propio autor.

Si son de los llamados lectores constantes entonces habrán leído las introducciones y los epílogos que acompañan tanto las novelas como las colecciones de relatos de King. Así que recordarán que en más de una ocasión ha dicho que él nunca pensó que sería conocido por escribir historias de miedo.

Desde el inicio, él dice que solo se dedicó a escribir lo que se le iba ocurriendo sin mediar en el tema, en la extensión y hasta en la calidad de los textos.

Pero, pasó que cada vez que mandaba un manuscrito a un editor para ver si podía obtener algo de dinero y así no tener que buscar otro trabajo que no fuera contar historias, ellos siempre acababan escogiendo o la historia de la adolescente con poderes telequinéticos que un día decide vengarse de los abusos que reciben por parte de sus compañeros del colegio y de su propia familia, o la del escritor que regresa al pueblo en donde nació para confrontar el trauma por el que, hace años, huyó.

Esa segunda historia, por cierto, incluye criaturas que podrían catalogarse como vampiros.

Y para colmo, la tercera novela que le publican con su nombre va de un niño que descubre que tiene un poder extraordinario mientras pasa el invierno con su familia en un desolado hotel que parece estar encantado.

Esta vez consideré más seriamente el asunto, pensé en todas las personas a quienes se les había encasillado como escritores “de terror” y que tanto placer me habían proporcionado a lo largo de los años: Lovecraft, Clark Ashton Smith, Frank Belknap Long, Fritz Leiber, Robert Bloch, Richard Matheson y Shirley Jackson (sí, también a ella la habían catalogado como autora de obras de misterio). Y precisamente en aquel bar, con aquel gato dormido sobre el tocadiscos y mi editor sentado junto a mí con la cabeza apoyada en las manos, decidí que no eran tan mala compañía.

Eso está en el epílogo de Diferent Seasons, edición Grijalbo de 1993.

La historia completa va así: a King lo había citado su entonces editor, Bill Thompson, en un bar en el que siempre había un enorme gato dormido sobre el tocadiscos. Quería preguntarle en qué estaba trabajando ahora.

Second Coming, novela que fue publicada con el nombre de Salem’s Lot, que es la de los vampiros que ya mencioné, había vendido muy bien y los derechos para una adaptación cinematográfica (que al final fue televisiva) ya estaban asegurados. Así que necesitaban hablar seriamente sobre la tercera novela. Según dicen algunos, esa es la que define la carrera de todo escritor.

King desgranó la trama de The Shining a su editor. Y cuando terminó, notó que Bill se había quedado serio. Su única acción: apurar un trago de cerveza y luego hundir la cabeza entre sus manos.

Inquieto, King dice que le preguntó al hombre si no le había gustado la historia. Bill le dijo que le gustaba y mucho, pero que se había puesto así pues temía que a King lo iban a encasillar luego de publicarla. Y una vez que le caiga esa etiqueta, jamás se la podrá quitar.

A King no le incomodó saber que le iban a poner esa etiqueta y que quizá lo acompañaría toda la vida. Cierto, en aquellos años él ya había comenzado a publicar otro tipo de historias con otro nombre, Richard Bachman. Pero todos sabemos que esa es otra historia y hasta otra persona. Y que esa otra persona murió hace años (aunque resultó que la esposa de esa otra persona descubrió que había un cajón con algunas libretas y… Bueno, sí, caray, esa es otra historia, otra vez discúplenme).

Lo que también sabemos es que si alguien piensa que King solo escribe historias de miedo, entonces ese alguien o solo ha leído un par de textos o solo ha visto una que otra película que va acompañada por su nombre.

Porque el de Maine ha jugado, por ejemplo, con el pulp de cepa (Colorado Kid de 2005, Joyland de 2013); bordeado con teorías de conspiración que claman el derrumbe de la sociedad norteamericana (Cell de 2006, Under the Dome de 2009, The Institute de 2019).

Incluso hay por ahí una historia de ciencia ficción con twist (11/22/63 de 2011).

Es en esos terrenos de experimentación en los que se sitúa la trilogía protagonizada por el ex detective de homicidios Bill Hodges: Mr Mercedes de 2014, a la que le sigue Finders Keepers de 2015 y luego End of Watch en 2016.

Y aunque la saga Hodges termina lógicamentge (otro spoiler) en ese 2016, acabamos enterándonos que The Outsider, de 2018, una novela que está en línea con el King de los primeros años, en concreto los de Salem’s Lot, es su siguiente capítulo.

Y que esa tendencia sigue con una novela corta llamada: If it Bleeds. Todo gracias a la presencia de Holly Gibney, compañera de andanzas de Hodges.

Holly Gibney interpretada por Justine Lupe

Regresando a las adaptaciones tras esta larga digresión, resulta curioso ver que de las dos, la que más sufre por obviar la relación entre ambas sea precisamente The Outsider.

Muchas cosas quedan en el aire en caso no se conozca la historia de Holly Gibney, que en la serie de HBO es interpretada por Cynthia Erivo y en Mr Mercedes por Justine Lupe.

Holly Gibney interpretada por Cynthia Erivo

Y digo curioso, pues a diferencia del formato de Mr Mercedes (un crime dramedy cuyo interés se basa en conseguir, mediante su truculencia, la cantidad de público necesaria para justificar la producción de una temporada más, y luego otra, y luego pues nada, cancelaron la serie tras el estreno de su tercera temporada), The Outsider es una serie de diez episodios cerrados, ajena a la preocupación de tener o no una segunda temporada.

Y si HBO decide algún día adaptar ahora If it Bleeds con Erivo, creo que podrían hacerlo y seguir llamando a la serie The Outsider. Sin problemas en ese frente.

Pero bueno, resulta que Price decidió que su Gibney apareciera en la serie sin tener una historia previa. Y así, sin presentación alguna, salta a la lúgubre escena con harto conocimiento sobre lo que está pasando. Y se convierte en el deus ex machina de la historia. Su papel es dar respuestas sin que importe de dónde sale toda esa información.

Por ello resulta obvio que salgan preguntas del tipo ¿Cómo es que esa recién llegada entiende mejor que los veteranos policías a qué se están enfrentando?

¿Será que ella ya ha enfrentado al ser ese?

¿O solo lo hace por ser una genio?

¿Acaso se apellidará Van Helsing?

Ninguna de esas preguntas se responde.

En The Outsider el personaje es convocado. Aparece. Entiende todo y ayuda a la resolución del dilema.

Ah, y resulta más inquietante que entrañable. Al menos para sus compañeros.

También resulta que en algún momento, Price intentó cambiarle el nombre para así no tener que andar refiriéndose a la serie de Kelley. Pero King vetó la idea.

Qué decir del tono. The Outsider es una serie de HBO que podría llamarse True Detective y a nadie le extrañaría.

Los personajes son policías enfrentados a sus propias limitaciones tanto intelectuales como filosóficas. Dedican varios momentos en rumiar eso. Y están ante un caso macabro e imposible que los rebasa: el asesinato y la violación de un niño de once años. El aparente culpable (porque todas las pruebas apuntan en esa dirección) es un maestro y padre de familia ejemplar llamado Terry Maitland (Jason Bateman). Sin embargo, también hay pruebas de que Maitland estuvo a kilómetros de la ciudad mientras ocurría el asesinato. Así que los policías comienzan a estrellarse una y otra vez con los asegunes del caso, mientras que todo se les va de las manos y suceden otras desgracias, además de revelarse más misterios.

La comunidad también comienza a degradarse poco a poco en su idea de encontrar un culpable y pasar la página, así sea dejar manchada la reputación de un americano modelo como Maitland. Todo es mejor que rasgar con la uña la tela que cubre sus realidades, esa que creen tan sólidas y a pruebas de fallos.

Así que, ya imaginarán: todo eso que se narra está arropado con un manto de gravedad que se antoja húmedo y amargo, y que flota sobre las imágenes. Los personajes susurran mucho. A veces gritan, pero sin eco. Los colores son deslavados. Los diálogos son meros soliloquios que lanzan a la nada, no al que tienen a un lado. Qué decir de la música…

¡Cuidado con esos nervios!

Conforme nos vamos acercando al final, conforme las tramas se van enredando más y más y más, conforme la tensión aumenta y conforme las interrogantes apiladas ya anuncian que están por caerse si les arrojan una más; lo vemos venir: aquí arrendaron una jodida mistery box de la fábrica del jodido J.J.

Eso quiere decir que, sí, la historia terminará. Pero las interrogantes quedarán ahí. A ver, pasen la página si pueden espectadores.

Tal parece que a los responsables de The Outsider lo que les preocupó fue que el público se decantara por volverla viral gracias a las teorías con las que pensaron que anegarían las redes sociales. Le funcionó a la citada True Detective, eso fue lo que jodió a Game of Thrones, eso es lo que mantiene viva a Westworld ¿Por qué no?

De ahí esa escena final sin sentido. También que el capítulo final se sienta tan parchado.

Sí, por eso precisamente me quedo con Mr Mercedes.

Al menos ahí encuentro momentos en los que un par de personajes detiene su marcha para intercambiar ideas sobre cualquier cosa. Incluso se habla de lo asqueroso que resulta que un policía retirado tenga por costumbre ir a pescar a un río contaminado y que no devuelva esos pesacados a las aguas y mejor se los coma.

Esos momentos resultan deliciosos (basta ver los duelos entre Holland Taylor, que interpreta al personaje inventando para la serie Ida Silver, la voz de la conciencia que suple los monólogos de Hodges, y el Hodges que interpreta Brendan Gleeson).

Cierto, la trama de Mr. Mercedes no ofrece las sorpresas de The Outsider. Todo se resume en un joven y traumado genio que hace años decidió convertirse en asesino (Brady Hartsfield interpretado por Harry Treadaway), que tuvo éxito en su única función pública, que nunca fue descubierto, que detuvo su ascendente carrera asesina pues se obsesionó con acabar con el hombre (Hodges) que menguó sus esfuerzos por descubrirlo.

Mientras Hodges pasa sus días de retiro ahogándose en alcohol. Gritándole a los niños del vecindario que juegan en la calle. Ignorando los lances de su madura vecina. Intentando orinar con dignidad y evitando el jabón y el agua cada vez que puede. Ah, y escucha vinilos y acude a las comidas con su ex compañero aún en activo (Pete Dixon, interpretado por Scott Lawrence) sin que le importe el azúcar o el colesterol.

También intenta no jalar el gatillo cada vez que se mete el cañón de su pistola reglamentaria en la boca.

Sí, una estampa perfecta del veterano detective al que le quedó un asunto pendiente: descubrir y detener al asesino que los medios llamaron Mr Mercedes, un loco anónimo que, a bordo de un mercedes robado a una solterona descuidada, arremetió contra varios desempleados que acampaban fuera de un auditorio en el que se iba a celebrar una feria de empleo.

El terror que enmarca la trilogía de Hodges reside enteramente en la fragilidad de la economía norteamericana. Esa que de anunciar un futuro pujante para una comunidad, por el descuido de los idiotas que gobiernan, se revienta la burbuja y llegan las crisis económicas, el subempleo y las ganas de innovar a como de lugar con tal de obtener algún recurso que valga para mantener ese estilo de vida que se piensa que se tiene.

Y todo eso, que adereza las novelas de Hodges con comentarios o referencias reales, pasa a la pantalla en una rockwellesca puesta en imágenes.

Así que con Mr Mercedes no hay un paño azulado aceitando las imágenes. Los colores son vívidos y las estampas son constantes: muchas veces, incluso en esos momentos sangrientos (que los hay por montones), uno podría desear un afiche pues se ha encuadrado una escena que desborda americanismo sin etiquetas rojas o azules.

Quizá lo que supure ahí es una salsa morada con más tendencia a lo rojo.

Porque si son de los que les gusta leer entre líneas, en Mr Mercedes está una explicación más sobre cómo fue que Trump terminó ganando aquellas elecciones y qué pasó en Estados Unidos luego de ese triunfo.

Y si hay algo que lastra al Mr Mercedes de Kelley, es que cada temporada debía tener diez episodios.

Se nota la tensión de la liga con tal de cumplir esa encomienda por parte de los escritores de la serie (entre los que se encontró, por cierto, Dennis Lehane).

Aunque, bueno ¿A qué serie en estos tiempos de streaming no le pasa eso?

Para cerrar, que ya veo que he sobrepasado mis propias métricas, recordaré algo que se cuenta en The Outsider. La historia del melón podrido.

Uno de los personajes, Ralph Anderson, le cuenta a otro, Bill Samuels, una anécdota.

Cuando era niño, de unos diez años a lo mucho, su madre trajo a casa el melón perfecto. Buen tamaño, buena consistencia al tacto, un color precioso y qué decir de su olor. Así que la señora Anderson tomó un cuchillo, lo cortó y al separar las partes ella y su hijo descubrieron no solo que estaba podrido, sino que su centro estaba consumido por los unos gordos gusanos.

A Anderson la pregunta de cómo fue que llegaron esos gusanos al centro de ese melón lo ha perseguido toda su vida. Puede que eso fuera lo que obró para que se convirtiera en policía primero, luego en detective.

¿Cuál es el sentido de esa historia que King repite varias veces en la novela The Outsider?

Entiendo que en dejar patente la idea de qué hay misterios que no dependen de la lógica, que están ahí y lo único que uno debe hacer con ellos es resolver el problema que legan.

Sea ese problema el tirar los pedazos de un melón que parecía perfecto, luego lavar lo que se tenga que lavar y seguir adelante teniendo en cuenta que a veces, hasta lo perfecto está podrido y no podremos decir cómo fue que pasó.

Sea, también, dejar de andar cuestionándonos sobre las razones por las que, luego de un presidente tan cool como Obama, fue que ganó un energúmeno como Donald Trump (sí, caray, es mencionado algunas veces en The Outsider).

Kelley comprendió ese asunto bastante bien cuando hizo su Mr Mercedes. No lo citó literalmente, pero parte de esa crítica al sector progre de Estados Unidos está ahí. Es lo que nutre la ampliación de las historias de unos personajes que poco a poco van desmarcándose del texto original.

Pero Price al parecer no quiso irse por ese embrollo.

Él se quedó, tal y como lo hizo Anderson parte de su vida, obsesionado con intentar explicar cómo fue que los gusanos llegaron al centro del melón.

Y además, el muy cabrón nos tendió la mano. Quería que lo acompañáramos en esa búsqueda.

Como si no tuviéramos otras series y películas por ver. Por ejemplo, una que cuenta la historia de una viuda llamada Lisey.

Atentamente, el Duende Callejero.

Dos cuentos de caníbales para no dormir…

Vargtimmen, 1968
Vargtimmen, 1968

En la primavera de 1965, Ingmar Bergman (Uppsala, 1918; Farö, 2007) comenzó a trabajar en un escrito cuyo título tentativo era Los Caníbales.

Hermético, el director de cine y teatro sueco solo había soltado algunos datos sobre el proyecto: que versaría sobre el acto creativo, que contendría muchos elementos biográficos, que sería un relato gótico.

En los días en los que Bergman develaba a cuenta gotas datos sobre ese nuevo proyecto, se ignoraba si lo resultante sería visto en las pantallas de todo el mundo o solamente en Suecia, sobre las tablas de algún escenario.

El proyecto jamás se materializó. Bergman sufrió un colapso tanto físico como sicológico causado, según se dijo, por la presión tanto personal como mediática de esos cinco últimos años en los que se convirtió en un referente cinematográfico mundial.

Así que Bergman fue recluido en un hospital. Mientras se recuperaba, replanteó su idea sobre Los Caníbales. Acabó convirtiendólo en dos proyectos hermanados por una sola premisa: todos aquellos que pasan cierto tiempo viviendo o meramente conviviendo, además de acabar queriéndose aunque digan o piensen lo contrario, también acabarán pareciéndose y de paso, heredándose tanto lo peor como lo mejor de cada uno.

Los dos proyectos resultantes fueron las películas: Persona (1966) y La Hora del Lobo (1968, su título original es: Vargtimmen).

La primera, reconocida como la obra maestra de Bergman que, según Susan Sontag en el ensayo que aparece en su colección Estilos Radicales: conlleva una dosis casi ofensiva de sufrimiento; acabó convirtiéndose en una sombra que enterró irremediablemente a la segunda.

El propio Bergman, en su biografía Images: My Life in Film, lo reconoce:

Persona fue un hito… que me dio el coraje para seguir explorando el lenguaje cinematográfico… es una película más abierta y tangible… La Hora del Lobo, por su parte, es un concepto vago que conscientemente tiene su planteamiento en la desintegración temática y formal.

¡Hágase la luz…!

Ese parece ser el grito que hace que la oscuridad en la pantalla desaparezca. Pero no escuchamos ninguna voz, solo a una máquina iniciando su trabajo.

Inicia la proyección con una toma que casi siempre pasa desapercibida: una película se desenreda de su carrete, entra en un proyector vibrando y saltando y golpeándose.

De inmediato inicia el consecuente baño de luz que llevará a las imágenes a viajar unos cuantos metros hasta un lienzo rectangular.

¡Hágase la magia…!

Ese parece ser el grito ahora que la primera y la segunda, y la tercera y todas las imágenes consecuentes comienzan a desfilar en dicho lienzo…

Pero no, seguimos escuchando esos sonidos mecánicos del proyector en plena faena, solo que ahora acompañados (¿o acaso sea mejor decir: acompasados?) por otros sonidos incidentales.

Así vemos a dos objetos que al juntarse producen fuego. Una tarántula. Un pene erecto. El dibujo animado de una imagen femenina preparándose para nadar. Una mano que es clavada en un madero. La cómica persecución del diablo y la muerte a un par de asustados mortales. El sacrificio de una oveja.

Aquel desfile de imágenes proyectadas en el lienzo blanco culmina en una morgue.

Varios cuerpos sobre camillas, cubiertos apenas con sábanas.

Uno de esos cuerpos es el de un joven.

Y ese joven despierta.

El joven explora con la mirada el lugar, ve quién lo acompaña y no parece asustarse. Solo saca, de entre su sábana, la novela Héroes de Nuestro Tiempo del ruso Mikhail Lermontov y comienza a leerlo. Y así sigue hasta que algo lo interrumpe.

A unos metros de distancia, en un lienzo rectangular se proyectan los rostros de dos mujeres.

Una con los ojos abiertos, otra con los ojos cerrados.

Los dos rostros tan parecidos.

El joven deja el libro. Camina lentamente hacia la proyección. Extiende su mano, toca la tela. Las imágenes se sobreponen en su propia piel.

La imagen resultante es un icono.

Así inicia Persona.

Ese es su preludio o, mejor dicho, su planteamiento.

En palabras del crítico sueco Mauritz Edström:

… es un recordatorio de nuestra proximidad con esa última frontera, cuando las palabras fracasan, las imágenes se vuelven redundantes y la realidad se disuelve.

Toda idea necesita de un relato. Y gracias al relato de Persona es que conocemos a la actriz Elisabeth Vogler (Liv Ullman), que queda muda en medio de una representación de la obra Elektra.

Nada es coincidencia. Los doctores que la han examinado no encuentran ningún malestar físico que pueda justificar su mudez, así que convencidos de que lo suyo es sicológico, deciden recluirla en una casa de playa durante un verano. Su única compañía será Alma (Bibi Andersson), una joven enfermera que se encargará de cuidarla.

Pero el mundo que rodea a ambas mujeres es un lugar convulso: hay movimientos sociales en todos lados, algunos con resultados tan impactantes como la autoinmolación del monje budista Thích Quáng Dúrc (las imágenes de esa inmolación, por cierto, también son icónicas).

Todas esas historias de caos alimentan la dosis diarias de información que abultan las hojas de los periódicos. Todas con una o dos fotografías contundentes y algunos párrafos intrascendentes. Recordamos más esas y otras épocas de la historia del siglo XX por sus imágenes que por sus palabras.

Y qué decir de las pantallas de televisión, con más imágenes, aunque ahora sean imágenes con movimiento; y, claro, más palabras. Pero esas palabras ni el viento se ocupa de ellas. A esas las desaparece la propia memoria. Sea la memoria de una persona o la de toda una generación.

Elisabeth consume todas esas palabras y todas esas imágenes. Parte de su tratamiento involucra que se aleje de todo eso que podría preocuparla, pero ella tiene otros problemas de los que nunca podrá alejarse. Así que esas palabras y esas imágenes y ese caos ajeno y tan, tan cercano, son su droga.

¿Su esposo, a pesar de su status de estrella y por tanto de ser un objeto del deseo colectivo, ha sido capaz de engañarla?

¿Y qué podría decirse de su hijo, que nació con una deformidad y que ella alejó de su exitosa vida encargándolo a unos familiares y manteniéndolo conscientemente en la sombra?

¿Y qué demonios pasa con ella misma, que no puede hablar a pesar de no tener una afección física?

En la casa de playa, a pesar de lo que las separa y las hace diferentes, las dos mujeres comienzan a relacionarse, a conocerse. Alma llena el obvio silencio hablando y hablando. Primero contando nimiedades, luego, aprovechando la mudez de Elisabeth, habla sobre su pasado libertino. También sobre su presente, cuestionando su desempeño como enfermera. Y sobre su idea del futuro, con un matrimonio arreglado en puerta del que quiere escapar a toda costa.

Poco a poco ambas mujeres irán dejando sus propias caretas y comenzarán a fusionarse como aquellos rostros proyectados en el lienzo rectangular del inicio.

Uno de los rostros con los ojos abiertos, incapaz de dejar su papel de testigo de un mundo que se derrumba a sí mismo. El otro con los ojos cerrados, negándose a ser parte del derrumbe circundante. Buscando así un refugio tan inútil como infantil.

Dos acciones que se complementan.

Dos rostros que son dos mundos.

Nunca una colisión se ha visto tan bella.

El crítico experto en Bergman, Jan Holmberg, apuntó que:

… si Fresas Silvestres es la película de Bergman a la que más se le plagia, y el Séptimo Sello la más parodiada, entonces Persona es de la que más se ha escrito…

Y hoy en día siento que cada vez que alguien ve Persona por primera vez, lo que hace es tocar un secreto sin palabras que solo el cine, en su condición de arte mayor, solo podrá descubrirle con el tiempo.

Eso fue Bergman en 1966.

Eso fue Bergman mostrándonos qué hay detrás de la luz.

Y luego tenemos al Bergman que se presta a mostrarnos qué se esconde en las sombras.

Porque ahora el grito es:

¡Hágase la oscuridad!…

El pintor Johan Borg (Max von Sydow), cuya relevancia mundial es ampliamente reconocida, desaparece sin dejar rastro.

El artista deja, además del misterio de su desaparición, a su esposa embarazada Alma (otra vez Liv Ullmann), varias pinturas no terminadas y un extenso diario en el que relata lo ocurrido en los días anteriores a su desaparición.

Alma, rompiendo la cuarta pared, cuenta la historia que extrae de las páginas del diario de su esposo, y de su propia experiencia durante esos últimos días.

Debido a una crisis tanto física como mental provocada tanto por su éxito como por sus tormentosas relaciones amorosas, Borg ha decidido exiliarse en una isla junto a su esposa, a la que engañó con una modelo de renomrbe.

Alma no solo le perdonó el desliz, sino que accedió vivir ese hosco exilio con él y sin preguntar nada. Siempre a la espera de que su hombre diga al menos una palabra que pueda interpretarse como un sincero lo siento.

Durante los primeros días, la estancia de ambos en la isla fue pura felicidad. Gracias a que sus trabajos fueron bien pagados, el dinero nunca escaseó. La mujer se dedica a los deberes domésticos, comprando víveres a los pescadores y arreglando la casa mientras el pintor camina por la isla y dedica su tiempo a buscar nuevas ideas para continuar con su trabajo.

El plan era mantenerse alejado del tumultuoso contacto social que lo había orillado a los hospitales, creando una nueva obra que les permitiera mantenerse aislados hasta envejecer. Sin embargo, su pasada crisis le había dejado un legado: Borg ahora es incapaz de dormir por las noches debido a sus pesadillas, en las que siniestros personajes hacen aparición y lo acosan.

Durante varias noches en vela, Alma jamás se aparta de su lado. Sosteniendo su cabeza con sus cansadas manos, escucha la repetitiva letanía en la que Borg se refiere a lo terrible que resulta la llamada hora del lobo: La hora en la que acaba la noche y comienza el amanecer, en la que más gente muere, más bebes nacen, los soñadores son acosados por sus más profundos miedos y los fantasmas y demonios son más poderosos.

Alma lo escucha, lo acompaña. No lo contradice. Le hace ver que lo ama con sus silencios o con sus pocas preguntas.

Pero Borg está volviéndose loco, eso es seguro. Aunque su esposa jamás lo cuestione y acepte silenciosa sus desvaríos y agresiones, está ahí. Y solo porque lo ama.

Sin embargo ¿No está ella también volviéndose loca?

Borg va llenando las páginas de un diario. Escribe sobre los personajes que lo mantienen en vela. También los pinta.

Los personajes son unos monstruosos insectos que comen carne humana, un hombre pájaro que lo acosa y reclama, una madura mujer de sombrero que lo seduce, un académico que primero dice admirarlo y después lo hace pedazos con sus críticas, un niño que no dice nada, solo lo observa vaya a donde vaya y a veces se queda quiero a pocos metros de él.

El problema es que un día, esas criaturas comienzan a visitar a la pareja por las mañanas, ya sea mientras él intenta iniciar un nuevo cuadro o mientras ella comienza una nueva tarea doméstica. Y no solo eso: en esa isla en la que debían estar solos, en las que solo debían ser visitados por pescadores cada tanto tiempo, llega un auto con alguien que se presenta como el dueño del lugar y que dice vivir en un castillo del que jamás habían oído hablar.

Ese personaje también alega que conoce muy bien a la pareja, que es un gran admirador de Borg, y que los invita a una cena en dicho castillo, en su honor.

Cita a la que la pareja irá y en la que comprobarán que no importa qué tan lejos te vayas, qué tan aislado pretendas estar, qué tanto creas en el amor como ese escudo que te defenderá contra todo y contra todos; cuando algo en tu pasado inmediato basta para quitarte el sueño por las noches, cuando aquello que hiciste en algún momento de tu vida basta para invocar demonios que vendrán a carcomerte la cordura noche a noche, gota a gota, minuto a minuto; comprenderás qué peso tuvieron tus acciones.

Porque el futuro, como la cordura, es algo que se crea mediante la construcción o destrucción de todo aquello que hicimos en el pasado.

Y al presente solo le corresponde ser el purgatorio.

¡Hágase la locura!…

Más que unas película, una experiencia. A lo que Bergman nos somete con su Hora del Lobo sigue resultando apabullante aún con tantos años de distancia de su estreno.

Porque La Hora del Lobo sigue cansando, exorcizando, sacudiendo, inquietando. Así que no es de extrañar que autores como Stephen King, en concreto con su novela The Shining; Lars von Trier con su película Antichrist; y en fechas recientes Robert Eggers con su fascinante The Lighthouse no nieguen (ni oculten) sus reverencias a esta obra de Bergman.

Y aún sin ser la mejor película de Bergman, es un título de obligada revisión.

Atentamente, el Duende Callejero