Quijotes Urbanos

Álex de la Iglesia
Álex de la Iglesia

Álex de la Iglesia (1965, Bilbao) es un realizador cuyo pecado jamás será la sutileza.

Sus películas (y series, como 30 monedas), además de mezclar géneros, acumular referencias, no medirse en cuanto a guiños y lanzar una que otra diatriba contra el estado del mundo (o de España, según sea el caso), lo hacen a ritmo frenético, ajeno a todo consabido concierto y sin que le importe mucho si vamos a acompañarlo hasta el final del viaje o de plano nos bajaremos en algún punto indeterminado del trayecto.

Y no debe extrañarnos que nos sintamos cansados luego de ver alguna de sus obras. La forma en la que narra de la Iglesia es la de alguien al que le apura llegar a algún lugar porque necesita desactivar el artefacto explosivo que sabe que un jefe terrorista ha accionado. Artefacto al que le quedan pocos segundos para llegar al cero, por cierto. O, bueno, también puede que narre como si fuera ese jefe terrorista que necesita dejar el artefacto en el lugar que sabe que hará más daño. Solo que decidió llevarlo con el cronómetro ya corriendo y poco le importa si estalla con el chunche.

Que hay obras mayores y menores en su filmografía, es algo que ni se discute ni debe causar sorpresa. Lo interesante es que difícilmente encontraremos dos cintas con tramas o con tonos similares. Como ya apunté, ni hablar de géneros. Porque aquella película que inicia como una heist movie de manual, va por los diez minutos cuando se transforma en una cinta de horror que, de paso, nos hará lanzar una risita incómoda cada tantas secuencias.

No negaré que las películas de Alex de la Iglesia me causan tal curiosidad que durante años las consideré piezas de caza. La culpa la tuvo El Día de la Bestia (1995, España), la primera película que le conocí gracias a un VHS que renté ya no sé qué tantas veces (y que, cuando el encargado del videoclub anunció que cerraría, acabé comprando).

A veces olvido que El Día de la Bestia merece un puesto en esa infame lista de películas que cada Navidad deben de revisarse. Porque, fuera del insulso debate sobre si es una cinta navideña o solo una película cuya trama ocurre en vísperas de, la historia que narra la deja fuera de dicha discusión.

Verán, el padre Ángel (Álex Angulo), estudioso de teología, acaba de hacer un descubrimiento en el libro del Apocalipsis: la fecha y el lugar en el que nacerá el anticristo. Y esa fecha y ese lugar será en la noche de Navidad de 1995 en Madrid. Así que, para detener al maligno y salvar a la humanidad, el padre inicia una cruzada en la que cometerá todos los pecados posibles con tal de acercarse a la maldad y así impedir que ocurra tal evento. Y para ello, se hace acompañar de un amante del heavy metal, José María (Santiago Segura) y, a la fuerza, del charlatán televisivo de moda, Cavas (Armando de Razza), que se vende como síquico y experto en lo oculto.

En mi opinión, El Día de la Bestia es una de las mejores adaptaciones de El Quijote que se han llevado al cine. Porque, en el fondo, lo que de la Iglesia hizo fue eso: presentarnos cómo sería un Quijote en la España de mediados de los noventa.

Porque en un mundo que borda con el caos, la violencia y la desolación, lo único que será capaz de mantener el orden será alguien que se tome en serio la misión de traer orden, paz y esperanza cueste lo que cueste.

Atentamente, el Duende Callejero

Material para Pesadillas

Mark Lewis Jones en una escena de Apostle (2018) de Gareth Evans
Mark Lewis Jones en una escena de Apostle (2018) de Gareth Evans

En su quinto largometraje, el director y guionista galés Gareth Evans (1971, Nuneaton) dejó a un lado la saga rompe huesos del agente Rama (Iko Uwais) de la dupla Serbuan Maut (2011 y 2014, Indonesia, Francia y Estados Unidos), para explorar los terrenos del folk horror vía Apostle (2018, Estados Unidos y Reino Unido).

El protagonista de la historia es Thomas Richardson (Dan Stevens). Cuando lo conocemos vive en la calle y es adicto al opio, pero su acomodada familia lo busca con una encomienda para que enmiende su camino: su hermana (Lucy Boyton) fue secuestrada por los miembros de un culto que radica en una isla remota y hasta una petición de rescate existe. El año es 1905 y Richardson sabe que la única forma de dar con su hermana será infiltrándose en dicho culto. Un evento hace que Richardson se gane la confianza del líder y profeta, Malcolm (Michael Sheen), y es así que entra al círculo interno. Por ello, se le comienzan a develar algunos de los secretos del culto: ellos adora a Ella, la diosa de la isla. Fue fundado por tres hombres cuyos pasados no son del todo claros y que incluyen insinuaciones de que escaparon de prisión y llegaron a la isla con la idea de no ser encontrados.

Todos los miembros aparentemente han llegado a esa isla huyendo de algo. El tal líder y profeta es un hombre que predica la igualdad y la hermandad pero que en cuanto observa que algún miembro está por cuestionarlo o no cumple sus encomiendas, saca su lado violento y gracias a sus salvajes guardias someten al disidente y acaban torturando públicamente sobre una mesa, acusándolo además de blasfemia.

La tensión que logra crear Evans, una tensión que aumenta conforme van pasando los minutos de metraje, hace que Apostle no sea la típica historia de horror que creemos conocer.

Cierto, su inicio y desarrollo nos hace pensar inmediatamente en clásicos como The Wicker Man (1973, Reino Unido) o inclusive Suspiria (1977, Italia) o algún clásico de la Hammer, sin embargo es justo cuando ya estamos seguros sobre lo que ocurrirá a continuación cuando Evans nos deja ver que en ese mundo que ha creado tan detalladamente, el caos reina y cualquier cosa será posible.

Y al ser un director tan dotado técnicamente, lo que vemos en pantalla simplemente es un festín: una cámara que no da tregua a cargo de Matt Flannery que jamás perderá un detalle por más escabroso que éste sea. Un diseño de arte a cargo de Carwyn Evans y Ceinwen Wilkinson, que no escatima en lo macabro de la puesta en escena. Y, bueno, quizá el lado flaco del combo sea la edición a cargo, según los créditos, del propio Evans, al que se le va la mano con sus 130 minutos y que quizá debió repasar alguna de las subtramas que, cierto, le dan color a los moradores de la isla, pero que poco aportan a la trama principal.

Lo cierto es que Apostle es una cinta de horror insidiosa a la que le preocupa mucho remarcar que el hombre es un ser que acaba corrompiéndolo todo. Y lo peor es que lo hace casi siempre alegando que es por el bien del colectivo.

Ya con eso tenemos material para pesadillas.

Atentamente, el Duende Callejero

El Drama del Horror

Fotograma de Hereditary (2018, Estados Unidos) de Ari Aster
Fotograma de Hereditary (2018, Estados Unidos) de Ari Aster

Del joven guionista y director Ari Aster (1987, Nueva York) podemos encontrar dos cortometrajes en línea: The Strange Thing About the Johnsons del 2011 y Munchausen del 2013.

Ambos están en la plataforma de video en streaming Vimeo.

En esos dos cortos, el epicentro dramático es la familia.

En el primero, un padre que quiere a toda costa que un secreto que mantiene con su hijo siga siendo eso, un secreto. En el segundo, en cómo una madre intenta a toda costa retrasar la partida de su hijo próximo a partir para el college.

Aster lo ha dicho en innumerables entrevistas: lo suyo son los dramas familiares. El asunto es que en estos tiempos, difícilmente un estudio arroparía a un joven director y guionista con la idea de que su primer largometraje sea un drama familiar basado en la culpa que se puede sentir al perder a un miembro de la familia. Y no estoy diciendo que esa película no pudiera hacerse, sino que sería difícil verla en la cartelera internacional. Seguro y la veríamos en formatos digitales tras un modesto paso por festivales especializados y tras un corto periodo en salas independientes norteamericanas.

Por ello, salta la pregunta ¿Por qué no convertir esa idea en una película de horror?

A fin de cuentas, las películas de horror difícilmente no encuentran financiamiento o distribución.

Eso, en resumen, fue lo que le confesó Aster a Mick Garris, también director y guionista, en el podcast Post Mortem a propósito del inminente estreno de su primer largometraje: Hereditary (2018, Estados Unidos).

La mamá de Annie (Toni Collette), ha muerto. Estaba enferma de cáncer. Y aunque lógicamente la noticia envuelve a Annie con tristeza, lo cierto es que en su interior se libra un conflicto emocional que la hace buscar ayuda profesional.

La relación entre Annie y su madre nunca fue buena.

Annie está casada con Steve (Gabriel Byrne), y tienen dos hijos, el rebelde Steve (Alex Wolff) y Charlie (Milly Shapiro).

Desde la muerte de la abuela, la relación familiar se ha venido deteriorando a la par que suceden cosas extrañas en la casa. Y es ahí que un accidente complica aún más las cosas para todos los miembros de la familia. Entonces, en el grupo de ayuda al que asiste Annie tras los eventos del accidente, conoce a Joan (Ann Dowd), que tras escuchar lo que está pasando en el seno familiar le propone algo que, dice, le funcionó a ella: realizar una sesión espiritista para comunicarse con los muertos familiares y poner fin a todos los problemas.

El relato de horror fue el que vendió la película, pero es el drama familiar lo que la concibió.

Hereditary o El Legado del Diablo, que fue como se conoció por acá, es una buena muestra de horror hecho no con la intención de asustarnos con trucos simples: cosas que salen cuando menos se esperan, truculencia gratuita y demás.

Aquí hay un planteamiento y una preparación que quita el aliento. Ojo con ese impresionante trabajo tras la cámara de Pawel Pogorzelski y con las esquinas del encuadre en cada escena.

Porque recordemos lo que se dice por ahí: el diablo está en los detalles. Y en Hereditary eso se toma de forma literal.

Atentamente, el Duende Callejero

De castillos, horrores y bendiciones papales

Fotograma de Castle Freak, de Stuart Gordon

Recordemos…

En 1994, Stuart Gordon (1947-2020) es seducido por Charles Band y su productora Full Moon. Le propone regresar a terrenos conocidos con una tercera adaptación de un texto de Lovecraft. Su título, Castle Freak.

Sí, recordemos…

Diez años antes, Gordon, entonces un actor y director teatral, decide incursionar en el cine con una adaptación, en tono paródico, de uno de los pocos textos del serio HP Lovecraft que pueden considerarse una novela (corta).

El resultado fue la celebrada Re-Animator.

Un año después, Gordon vuelve a adaptar a Lovecraft. Pero ahora se pone serio. El resultado es la maravillosa From Beyond. Diré que de sus adaptaciones lovecraftianas, esa es mi favorita. Pero para su carrera, ese fue el primer y quizá más grave traspié.

¿Por qué digo eso? Bueno, porque partir de esa película se dedicó a perpetrar títulos con corridas comerciales ridículas, o direct-to-video-movies.

Así pasaron años. Gordon regresó al teatro y solo volvió a ponerse detrás de las cámaras cuando algún productor lo llamaba con un proyecto ya armado. Él cumplía sacando adelante la película, recibía su paga y a lo que sigue.

Sí, caray, recordemos…

Su mayor éxito durante esa etapa fue un vehículo de lucimiento de Christopher Lambert, Fortress, de 1992. Película que inició siendo un proyecto para Arnold Schwarzenegger.

Me gustaría decir que el éxito Fortress sirvió para levantar la carrera de Gordon. Pero solo ayudó a que Lambert obtuviera mejores papeles y a que se le diera luz verde a un puñado de películas con temáticas similares. Entre ellas, No Escape de 1994.

Fue en ese momento que Charles Band le ofrece esa suerte de come-back gracias a Castle Freak. Y lo hizo con un cheque en blanco.

El guion, firmado por Dennis Paoli y revisado por Gordon, estaba inspirado en un relato de Lovecraft llamado The Outsider.

Versión de The Outsider de HP Lovecraf, leída por Victor Rodriguez para el podcast Wrong Reel

Lo que Paoli y Gordon hicieron fue transformar ese relato en primera persona que narra las consecuencias de un abuso extendido por años, en una más que notable película de horror gótico que, además, le rinde un sincero homenaje a varias películas de horror italianas de finales de los sesenta y principios de los setenta. Me refiero a títulos como Castle of Blood de 1963, Terror Creatures from the Grave de 1972, The Terror of Dr. Hitchcock de 1962, Nightmare Castle de 1963, The Bloody Pit of Horror de 1969 y hasta House at the Cemetary de 1981.

Recordemos…

Castle Freak inicia con un cliché.

Una viejita tiene un hijo deforme. Lo mantiene recluido en una de las mazmorras del castillo en el que viven.

El castillo es enorme, viejo, oscuro y está en Italia.

La viejita lo alimenta con carne cruda. Lo insulta, le teme pero a la vez lo veja lo suficiente como para que ese ente acabe teniéndole miedo a ella.

Así han pasado 40 años.

La viejita muere, dejando al ente a su suerte.

Bueno, no tanto. La viejita tenía muchos gatos y, lo sabemos, esos animales son muy curiosos.

El caso es que, para seguir con el cliché, resulta que la viejita le hereda el castillo a un pariente lejano, John Reilly, interpretado, but of course, por Jeffrey Combs.

Él es un norteamericano clasemediero que acaba de pasar por una crisis familiar y que, al enterarse de la herencia, se obsesiona con llevarse a su ya descarrilada familia a Italia en un desesperado intento por salvar su matrimonio.

El problema de John, una fuerte adicción al alcohol que derivó en violencia domestica, adicción al sexo y en un accidente automovilístico con consecuencias mortales.

Su esposa Susan, interpretada, en efecto, por Barbara Crampton, no está convencida con la mudanza. Aunque John ya se rehabilitó y ella siente que debe darle una segunda oportunidad, le está resultando muy difícil perdonarle su responsabilidad en el accidente automovilístico que dejó ciega a su hija Rebecca (Jessica Dollarhide) y en el que murió el menor de los Reilly.

La idea de John es llegar, ver la propiedad, firmar los papeles que se necesiten firmar, ponerla en venta, contratar a alguien para que se encargue de los asuntos legales, pagarle su comisión, y pasar unos días en algún lugar turístico de Italia como familia.

El problema es que las cosas no le salen de acuerdo al plan.

Todo porque los Reilly acabarán teniendo que quedarse en el castillo. John lo explora, descubre la cripta familiar y ahí encuentra unas fotos que lo aterran. Uno de esos parientes lejanos guarda un enorme parecido con su hijo muerto. Por eso, al caer la noche, John y Susan discuten acaloradamente sobre su situación. Dicha discusión despierta en John su gusto por la violencia, así que intenta golpear a Susan pero logra controlarse y mejor huye al pueblo. Se mete en un pub y rompe su veda personal de alcohol.

Mientras, en otro lado del castillo, Rebecca comienza a explorar inexplicablemente por los lugubres pasillos. Pronto sentirá que hay alguien más cerca. Bueno, no solo lo siente, también lo escucha.

En las mazmorras, histérico, el ente… Bueno, para entonces sabemos que su nombre es Giorgio (Jonathan Fuller), comprende que hay extraños en su castillo, así que se escapa para descubrir quiénes son.

Y John regresa al castillo, ebrio y con una prostituta. Intenta tener sexo con ella. Pero fracasa. Así que, destruido, la deja y es Giorgio el que la encuentra y, en una escena escabrosa, da cuenta de ella.

Entonces, comienzan a aparecer cuerpos.

Cuerpos mutilados.

Todo aquel no-familiar que visite el castillo acabará mordisqueado o desmembrado.

Pronto, la policía llamará a la puerta del castillo y acusarán a John no de los cadáveres, sí de las desapariciones. Mientras, Giorgio seguirá su asedio. Poco a poco va comprendiendo qué es lo que está pasando. Y se obsesiona con su prima, Rebecca.

Al entender que si hace que la policía se lleve a John, las dos mujeres quedarán a su disposición, Giorgio sigue con su masacre hasta que el mismo John, ahora sí fugitivo de la justicia, decide confrontarlo con tal de salvar a su familia.

Y por supuesto, para lograrlo deberá sacrificar lo único de valor que le queda. Su precaria vida.

El final de Castle Freak, fuera del acartonado escenario y del desparpajo de Combs, adquiere tonos trágicos inesperados. El duelo final es el de dos monstruos en lo alto de un decadente castillo que tantos horrores ha resguardado. Cada uno tomando un extremo de una cadena.

Gracias a la eficiencia de un Gordon en plena forma, aunque no con los mejores recursos técnicos, comprenderemos que todo este cuento giró en torno a una pregunta ¿A fin de cuentas, qué es un monstruo?

Y aunque cualquiera pueda adivinar el final o responder la pregunta que se formula, no importa. El chiste es verlo, verlo de nueva cuenta y sin que medie nada. En Castle Freak, las consecuencias del abuso dentro del entorno familiar son el mayor horror al que puede enfrentarse cualquiera. Eso es lo que hace al monstruo. Y salir indemne de ese abuso demandará su consabida libra de carne.

Gordon vaya que sabe cómo contarnos una historia ya conocida cientos de veces, logrando, sin empantanarse mucho con las truculencias o con los tiempos muertos quesque reglamentarios en pro-de-conocer-a-un-personaje, un producto que sale de la medianía que tanto huele y sabe a mediocridad.

Por cierto, a la mitad del rodaje, Charles Band le informó a Gordon que por asuntos financieros (Full Moon se fue a pique a la mitad de los noventa), Castle Freak acababa de quedarse sin la mitad de su presupuesto. Así que le cheque en blanco que le han ofrecido acababa de botar.

Esa es la razón por la que Castle Freak no se vio en salas de cine.

A Gordon no le importó. Él trabajó con el mismo empeño, sorteando cualquier problema técnico que le fuera apareciendo, como esas locaciones mal iluminadas, esa carencia de escenarios y de utilería, esa única cámara que, se nota, lo complicó todo a la hora de hacer varias tomas a la vez.

Gracias, digamos, a esa serie de infortunios que alargaron el proceso de edición por un año, Gordon tuvo que quedar fuera de esa otra adaptación a Lovecraft de Full Moon. Adaptación que, por cierto, apareció primero que su Castle Freak. The Lurking Fear, dirigida por C Courtney Joyner.

Luego de entregar Castle Freak, el buenazo de Gordon se nos vuelve a perder. O, bueno, regresa a dirigir varias películas tristemente célebres. Hasta que de señales de seguir vivo diez años después con Edmond, pero esa es otra historia.

Para finalizar, una anécdota. Y a ver si ustedes la creen.

Resulta que en uno de sus días de producción (parece que fue en el siguiente tras revelarse la noticia del corte del presupuesto), el equipo de Castle Freak se encontró con una extraña comitiva a las puertas del castillo en el que filmaban. Un castillo que era propiedad de Charles Band, por cierto. Y como buenas personas, salieron a ver qué querían.

Resultó que el Papa Juan Pablo II andaba en los alrededores, en peregrinación, y estaba pasando a bendecir a las casas y a las personas del lugar.

La comitiva venía solo a avisar.

Inmediatamente todos los de la producción fueron a contárselo a Gordon, a los actores y al resto del crew. Y para cuando pasó el Papa, todos estaban en fila esperando su bendición, incluyendo Fuller completamente caracterizado como Giorgio.

Según eso nadie de la comitiva, ni el mismísimo Papa, reparó en ello.

Supuestamente eso los alentó a librarse del bache y ponerse a trabajar. A fin de cuentas, esa era la primera (y seguramente única) película de horror que puede presumir una bendición papal

La gente tenía que verla.

Atentamente, el Duende Callejero

Canciones que no cantarán los muertos

Portada de El Canto del Cisne o Swan Song
Portada de El Canto del Cisne o Swan Song

El Canto del Cisne o Swan Song, publicada originalmente en 1987 pero que leí en 1992-1993 gracias a la edición de Martínez Roca, es la Gran Novela de Robert R McCamon (1952, Birmingham Alabama).

Y él lo sabe, vaya que lo sabe.

Aunque en 1989, apenas dos años después de la aparición de su épica, publicó, en el número 22 de la revista Mystery Scene, una diatriba en la que orondamente dijo:

Swan Song… is ancient story to me… I want more from myself, and I don’t plan on letting anybody belive for a second that Swan Song is going to be a laurel wreath on my head.

Y en 1992, cinco años después, seguramente tras evaluar lo logrado con sus otras publicaciones, Stinger de 1988, The Wolf’s Hour de 1989, la colección de relatos Blue World de 1990, MINE o Mary Terror también de 1990, Boy’s Life o Muerte al Alba de 1991 y Gone South o Huida al Sur de 1992, McCamon simplemente decidió retirarse de la escritura. Aunque su retiro acabó en el 2002, cuando, además de quitarse la R de Rick, publicó Speaks the Nightbird, novela histórica en clave de horror que inaugura la saga de Matthew Corbett, que continuó con Queen of Bedlam del 2007, luego vendrían Mister Slaughter del 2010, The Providence Rider del 2012, The River of Soul del 2014, Freedom of the Mask del 2016 y Cardinal Black del 2019.

Lo siento, en verdad lo siento McCamon, pero El Canto del Cisne o Swan Song sí es y me temo que será la corona de olivo perfecta para tu cabeza.

Y acá ente nos, no importa que luego renegara del horror. Se sabe que en la década de los noventa, el señor prohibió las reediciones de sus primeras cuatro novelas, Baal o El Príncipe de los Infiernos de 1978, Bethany’s Sin de 1980, Night Boat también de 1980 y They Thirst o Sed de Sangre de 1981. Además, en 1991, en un artículo para la revista Lights Out! dijo que…

The field of horror writing has changed dramatically since the mid- to late-’70s. At that time, horror writing was still influenced by the classics of the literature. I don’t find that to be true anymore. It seems to me that horror writing, all writing, no matter what genre, needs to be about people, first and foremost. It needs to speak to the pain and isolation we all feel, about the disappointments we have all faced and about the bravery people summon in order to get through what is sometimes a crushing day-to-day existence. Again, I don’t find that to be generally true of the horror field as we enter the ’90s. Something of rubber stamping and cookie cutters has gotten into this field, and it’s an unfortunate fact that even the best writing is judged not by its own merit, but by what the general public understands to be real horror-namely, the brutal and brainless garbage that Hollywood throws out as entertainment for the lowest common denominator.

Tampoco importa que dijera que le apenaba que tanto Los Angeles Times y Publishers Weekly dijeran que con El Canto del Cisne o Swan Song estaba al nivel de Stephen King, principalmente por las similitudes que hay con The Stand, original de 1978 y cualquiera de la saga The Dark Tower, o de Peter Straub, seguramente por Talisman, publicada en 1984 y co escrita con King, además de Ghost Story, original de 1979.

El Canto del Cisne o Swan Song es una novela fantástica y larga, 900 y tantas hojas. Una road-novel que inicia apocalíptica, continua post-apocalíptica, y culmina volviéndose una correcta revisión al inmortal cuento sobre la última lucha entre el bien y el mal.

Revisión no exenta de belleza, compasión, locura, violencia, horror, aventura y, vaya, esperanza.

Cinco personajes que caminan y caminan primero en un mundo convulso, confortado por los miedos y manías de la Guerra Fría, pero que extrañamente no se sienten tan lejanos a nuestros pandémicos tiempos. Luego caminan y caminan por un erial poblado por amenazas mutantes y desolación. Cada uno con sus historias a cuestas, vivirán y sobrevivirán un desastre nuclear solo para comprender que en sus actos yace el verdadero futuro de la humanidad.

El Canto del Cisne o Swan Song logra lo que muchos escritores han ansiado, el estampar correctamente la posibilidad de un nuevo inicio luego de nuestra larga y enfermiza relación amorosa con el fuego o ese legado-condena de Prometeo, hijo de Jápeto y Asia, o, según Esquilo, de Temis y de Gea. Algo que según McCamon no solo nos permitió evolucionar como sociedad hasta alcanzar el dominio tecnológico, sino que acabó siendo nuestra innegable perdición.

El fin del mundo tal y como lo conocemos. El Canto del Cisne o Swan Song alterna la polifonía capitular que toda épica que intenta retratar el caos debe presentar, por un relato seriado que, por 95 capítulos, completarán la historia en la que Sue Wanda Prescott, o Swan, se convertirá en leyenda gracias a sus manos, que inexplicablemente pueden devolverle la vida a las plantas aún en medio de tal devastación.

Best seller atípico, aunque vendió los suficientes ejemplares como para aparecer en las listas del New York Times, ganó el premio Bram Stoker a mejor novela de horror en 1988, y sigue en la lista de Jones & Newman de los mejores 100 libros de horror en los últimos 500 años, El Canto del Cisne o Swan Song es una novela prácticamente desconocida. Heredera más de Richard Jefferies o de Richard Matheson que de los citados King o Straub, pilar sobre el que se funda una obra mayor como The Road de Cormac McCarthy.

El Canto del Cisne o Swan Song, además de ser una rabiosa oda al átomo y al monstruo que todos llevamos dentro, también es un apreciable homenaje a la que quizá sea nuestra mejor cualidad…

El fabular.

Atentamente… El Duende Callejero

El podcast nuestro de cada domingo, IV

Carátula de Hellbent for Horror

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café, o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno, que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que escucho durante la semana.

Esta es la cuarta recomendación.

Lo descubrí gracias a un episodio de Wrong Reel que se trató sobre las películas de Roman Polanski que ocurren en departamentos, Rosemary’s Baby, Repulsion y The Tenant.

Así fue como supe de la existencia de Hellbent for Horror, conducido por S.A. Bradley. Así fue como supe sobre el primer beso

Bradley, que se presenta como aquel que está aquí para recordarte que alguna vez te gustaron películas de horror… Y que, secretamente, aún te gustan… A veces entrevista a directores, escritores, críticos y amantes del cine de horror. A veces nos da su lectura sobre la obra de algún cineasta, sobre una película en concreto, sobre un escritor, sobre un libro o una colección de relatos. Pero ya sea solo o acompañado, el hombre nos muestra su amor y pasión por el cine de horror sin importar que sea una cinta de estudio o una película independiente.

Además, es autor del libro Screaming for Pleasure, how horror makes you happy and healthy.

Por acá les dejo uno de sus episodios, para que lo conozcan y noten que a Bradley le gusta Judas Priest.

Atentamente, el Duende Callejero...