Preparados para el fade-out

En 1950, el cineasta austriaco-norteamericano Billy Wilder estrenó una de esas películas a las que no les pesa el mote de perfectas: Sunset Boulevard. En ella, la protagonista Norma Desmond (Gloria Swanson) se queja de que las películas se han vuelto pequeñas.

Esto quiere decir que, el tipo de películas que Hollywood estaba realizando a finales de los años 40 era, a juicio de este personaje ficticio, sin aspiraciones estéticas, complacientes, reiterativas y políticamente correctas.

Resulta curioso, históricamente hablando, que sea Sunset Boulevard uno de los títulos con los que iniciaron las décadas que bien podría considerarse como doradas para el cine norteamericano. Sin embargo, la opinión de ese personaje ficticio me vale para mediados de los años 20 de este siglo.

Las películas que pueblan nuestras carteleras comerciales, aunque presuman de sus abultados presupuestos y de las acciones de sus estrellas en el detrás de cámara, se sienten como dijo Desmond: pequeñas.

Y no está mal que una cinta tenga como objetivo el llenar salas o servir como base para vender palomeras personalizadas y vasotes de refresco, pero ¿en verdad eso es todo?

Lo planteo por lo que en estos momentos ocupa la atención de todo aquel que está escribiendo sobre cine en casi todo el mundo: luego de un irregular 2023, en los que el grito fue “¡la experiencia cinematográfica ha vuelto!”, grito alentado por ese fenómeno tan irrepetible como impredecible llamado: Barbenheimer, se esperaba que este año fuera ese regreso masivo a las salas de cine mediante una estrategia que, a juicio de los mandamases de los estudios, difícilmente les significaría un fracaso: estrenar películas cuyo historial en taquilla auguraba no llenos masivos pero sí recuperación del presupuesto seguras.

Revisen la lista de los estrenos y verán que ahí están títulos conocidos, sí, pero que no fueron esos grandes éxitos comerciales de su año. Títulos cuyas ganancias sí alentaron o mantuvieron franquicias pero de forma modesta, y hasta la crítica las mimó.

Y esos pocos títulos nuevos o están basados en éxitos teatrales, literarios, televisivos o de plano son remakes o reboots o secuelas tardías o precuelas tardías o etcétera.

Jugar a seguro, pues.

Sin embargo, lo que pasó en la taquilla del fin de semana pasado en todo el mundo ha encendido los focos rojos en toda la industria: la gente simplemente no está asomándose a las salas para ver qué fue lo que les prepararon.

Y la respuesta común al obvio: por qué, bien podría tener dos respuestas rápidas.

Primero, porque es muy caro ir al cine y no están los tiempos como para darse lujos. Leí que, por poner un ejemplo, en Estados Unidos si una familia compuesta por tres decide ir al cine deberá gastarse unos 70 dólares mínimo. Y segundo, porque saben que podrán ver la película en su casa, en alguna plataforma, en menos de… Bueno, tomemos el caso de: The Fall Guy, cuyo estreno en digital fue a las dos semanas del estreno en salas.

Por eso regreso con Norma Desmond y le digo: sí, las películas se están y se van a hacer más pequeñas.

Y no, el cine no morirá, pero sí cambiará radicalmente su distribución de forma dramática: las plataformas (o plataforma que quede) de streaming son su destino. Y, bueno, muchos de los que trabajan en esa industria, como pasa siempre cuando se vienen estos cambios, quizá en lugar de prepararse para su close-up ya deberían prepararse para su fade-out.

Atentamente, el Duende Callejero

Agustín Galván

Estás en el blog: filias y fobias de @duendecallejero. Inicié escribiendo sobre mis gustos y disgustos en materia de cine y literatura en algún momento del 2003. Solo que entonces fue en otro lugar, en otro espacio (ahora fallecido). La versión que ahora vistas es nueva (aunque ya tiene sus años). Gracias por la visita y si te apetece, deja tu comentario.