De Anécdotas, Ciudades Citadas y Resistencias


Imposible abstenerse de la anécdota, así que con su permiso: a mediados de los pasados años cincuenta, Hugo Santiago (1939-2018) dejó Argentina para irse a vivir y convivir en Europa. Residió en Paris varios años, ahí conoció a Robert Bresson, fue su asistente en la producción de la película Procès de Jeanne D’Arc (1952) y en otros títulos. Se enamora del hacer cine.

Luego, realiza unos cortos que gustan mucho. Inicia así una pasión por rumiar una idea para un posible largometraje. Solo que se da cuenta que para materializarlo deberá regresar a Argentina. Porque la historia que lo tiene ocupado solo puede tener a Buenos Aires como escenario. Y luego de mucho darle vueltas, de barajar varias opciones y posibilidades, experimentar con cambios; regresa a América, a Argentina, a Buenos Aires. Y comienza por fin a trabajar en forma en su idea. Pero siente que se estanca una y otra vez, así que contacta a un viejo amigo que es escritor y que tiene cierta fama, Adolfo Bioy Casares (1914-1999). Seguro que les suena.

Su plan consistió en contarle su idea en espera de opiniones y así salir del bache. Lo siguiente no es anécdota, es imaginación: Supongo que se juntan en algún lugar algo vacío y cómodo. Que Casares escucha atentamente lo planteado por Santiago. Que lo interrumpe varias veces para dar su opinión. Y también que al final del relato no puede dejar de decirle algunas ideas que entusiasman tanto al repatriado como para acabar ofreciéndole el título de co-escritor del guion.

Casares acepta sin mucho meditarlo y comienzan a trabajar. Solo que por ahí brinca una nueva idea ¿Qué tal si se le habla a ese otro conocido de ambos, que resulta que también es escritor y que tiene temas en común con lo que planean escribir? Seguro que él también tendrá algunas ideas geniales sobre ciudades sitiadas y sobre resistencias.

Así llega Jorge Luis Borges (1899-1986) a la mesa, algo desencantado por el cine luego de haber sufrido una que otra decepción por pasadas adaptaciones de sus historias. Lo suyo seguro que fue más una obligación por la amistad con Casares que por quitarse la curiosidad de ver qué significa eso de hacer cine. Y con el trío ya conformado, se replantea todo el asunto: la película versará sobre un trasunto de Buenos Aires, uno que se llamará Aquilea. La trama de la película estará situada a finales de los cincuenta. Será algo así como el inicio de una pesadilla en la que unos enemigos, representados por una cruel policía militarizada de pulcro uniforme o por unos anónimos trajeados a bordo de autos lujosos o por unos extraños jinetes armados; mantienen a raya a una sociedad pasiva, más interesada por los partidos de fútbol o en las quejas políticas de siempre que en una verdadera acción ofensiva.

Aquilea, pues, está siendo sitiada y dominada por esos enemigos. Y como en aquel cuento de Cortázar, Casa Tomada, el cerco se va constriñendo cada vez más y más, por lo que inicia una resistencia conformada por amas de casa, doctores de edad, gente de bar con dedos y sonrisas tintadas por la nicotina. Esa gente del diario que tiene todo que perder y también todo por ganar en situaciones como esa.

Se cuenta que Borges mismo delineó el argumento de la siguiente forma:

Está es la leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes. Lucharán hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita

El resultado de esa colaboración es Invasión (1969), una película fantástica que sirvió como una alegoría ya no sobre el presente de la Argentina de finales de los cincuenta/sesenta, sino sobre su futuro durante esos bochornosos setenta/ochenta.

Aquilea parece un lugar infinito. El enemigo comienza a instalar torres emisoras que aseguran la invasión total y final, pero Don Porfirio (Juan Carlos Paz), autonombrado líder de esa resistencia que gusta de tomar mate con la única compañía de sus gatos, asume su papel como ese siempre mítico último retador de un juego de ajedrez ante un enemigo sin rostro, sin cuerpo, pero con el suficiente poder e inteligencia como para destruirlo y borrarlo de la historia.

Así se logran varias escaramuzas que van cobrando vidas en cada bando, diezmando más la vida privada de los miembros de la resistencia que sus ánimos heroicos y acuñando de inmediato las consecuentes preguntas de rigor ¿Quiénes son los únicos que ven dicha amenaza? ¿Por qué nadie más en Aquilea hace algo al respecto?

¿Conviene seguir esa lucha sin destino o final a la vista?

Santiago no contó con un gran presupuesto y se nota. Su factura es atropellada. La fotografía, a cargo de Ricardo Aronovich, es de un blanco y negro con grano reventado que la hace ver milenaria. Además que las actuaciones pecan de una teatralidad a voz de cuello. Pero eso no le estorba. Invasión tiene esa aura atemporal que la sitúa en un genérico limbo que la hace escapar a un posible encasillamiento como una película de protesta o como un objeto de contrapropaganda intelectual disfrazada de entretenimiento.

La resistencia se sabe limitada. Y los enemigos parecen tan infinitos como Aquilea, esa ciudad que, como dice en algún momento Don Porfirio: “es más que sus habitantes.” Invasión es una y muchas películas de género que no esperan ser catalogadas por nadie ¡Jamás!

En sus venas corre una milonga tristísima que dice:

Morir es una costumbre / que sabe tener la gente… Es cosa tan de siempre / tan dulce y conocida… Morir es haber nacido

Enlatada y olvidada, en el 2008 fue rescatada para su edición en DVD. Entonces Invasión, qué caray, se convirtió en esa anécdota de la que debería ser imposible abstenerse. Como lo suelen serlo todas las ciudades de todos los países, tanto del ayer, del hoy y del siempre. Ciudades que por las historias que inspiran, acaban volviéndose infinitas.

Atentamente, el Duende Callejero


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