Escrita, dirigida, producida y hasta editada por Sean Baker (1971, Nueva Jersey), Anora (2024, Estados Unidos) se ha convertido, sin deberla ni temerla, como dicen, en una suerte de película-mural del Estados Unidos del 2024-2025.
Y digo eso de: sin deberla ni temerla, pues tanto el guion como la producción son anteriores a este momento en el que Donald Trump comienza a convulsionar la política tanto interna como externa del país. Y si la pregunta que ahora tienen es qué tiene que ver Anora, un retorno a la screwball comedy de siempre con un twist realista sucio cortesía del corpus magnum de Baker, con las políticas implementadas por la administración Trump 2.0, esperen, ya voy a eso.
Anora tiene como protagonista a Ani (o Anora) Mikheeva (Mikey Madison), una joven trabajadora sexual (no te atrevas a llamarla prostituta) de altos vuelos que vive en Brighton Beach, un barrio lleno de rusos-americanos en Brooklyn. Ani trabaja en un club para adultos en el que sus principales clientes son rusos. Muchos de ellos, mafiosos o hijos de empresarios que supuestamente están en Estados Unidos para estudiar una carrera para luego hacerse cargo de los negocios familiares pero que en realidad se la pasan gastando las fortunas de sus acaudalados padres en videojuegos, sexo, apuestas, drogas y alcohol.
Y sí, alguno de esos acaudalados padres son los ya famosos oligarcas que tienen negocios con gente como Putin y que de paso mantienen con esos excesivos gastos parte de la economía de ciertas ciudades de Estados Unidos.
Supongo que resultará familiar, pero dejemos eso a un lado.
Ivan Zakharov, al que apodan Vanya (Mark Eydelshteyn), es hijo de uno de esos oligarcas y de pronto, cliente del club en el que trabaja Ani. Y como ya dije, Ani es de altos vuelos, así que se acerca a Vanya para invitarlo a pasarla bien por sugerencia de su patrón. Porque Ani sabe ruso. Y eso es lo que hacen, tanto la pareja como la corte de Vanya: acaban pasándola tan bien que un día acaban en Las Vegas. Es ahí que Vanya le pide a Ani que se case con él. Y le dice que es porque se enamoró de ella, aunque también está el asunto de que, por mucho que le guste el dinero y la fortuna de su familia, detesta a sus padres y a la vida que le espera en Rusia. Vanya quiere quedarse en Estados Unidos y seguir con la American way of life y también probar su suerte con el American dream. Por eso ocupa que Ani acepte su propuesta, porque solo así obtendrá la green card que necesita para renunciar a Rusia, a sus padres y ¿a su fortuna?
Y como Ani es, repito, sí, de nuevo: de altos vuelos, acepta casarse con Vanya. Solo que la noticia de la boda con la prostituta llega a los oídos de Nikolai Zakharov (Aleksei Serebryakov), padre de Vanya, que manda a unos esbirros, entre los que está el lacónico Igor (Yuri Borisov), para convencer a los recién casados de que deben anular ese matrimonio antes de que él y su mujer lleguen a Estados Unidos.
Barker, insisto: sin deberla ni temerla, nos recetó con Anora un cuento sobre esa migración que no encontramos en los discursos que tanto Trump como sus allegados están soltando: la de los adinerados juniors que una vez que llegan a Estados Unidos y comienzan a gastar, ni tienen que preocuparse por redadas ni detenciones ni deportaciones.
Y sé que ese no es el tema central de la cinta, que es uno periférico (el central sería que lo peor que se puede hacer en ese mundo en el que viven Ani, Vanya e Igor, es creer que el amor lo puede todo); pero de ahí viene eso de película-mural: con los años, seguro que regresaremos a Anora para saber cómo era la vida en una porción del Estados Unidos de mediados de los años veinte del siglo XXI, quizá como suele leerse una obra como The Great Gatsby, por poner un ejemplo.
Y más teniendo en cuenta que, el 25 de febrero, Donald Trump informó, desde el Despacho Oval, que tenía pensado vender una gold card de residencia por cinco millones de dólares anuales. Dijo que así se aseguraría de que solo migrantes acaudalados entrarán a Estados Unidos. Y cuando un reportero le preguntó que qué pensaba de que solo gente como los oligarcas rusos serán los que compren la tal gold card, Trump respondió que él conocía a algunos y que eran buenas personas.
Ahora, preguntémosle a Ani y a Igor si es cierto eso de que son buenas personas.
Atentamente, el Duende Callejero…








