Lo dijo el periodista Mark Harris en un post en esa red social que poco a poco ha generado más tracción que ese zombi llamado Twitter (por cierto, solo un bobo caería en la trampa de emplear el también bobo: X), Bluesky: One Battle After Another (2025, Estados Unidos) es una película que justifica la existencia de los estudios cinematográficos.
Y la razón detrás de tal afirmación es bastante sencilla: esta película, dirigida y escrita por Paul Thomas Anderson (Los Angeles, 1970); protagonizada por Leonardo DiCaprio, Sean Penn y Benicio del Toro, y con un presupuesto que, dicen, rondó los 150 millones; difícilmente se hubiera producido de no ser porque Warner Bros. le firmó un cheque en blanco a Anderson y compañía.
Y lo hicieron sabiendo que difícilmente recuperarían la inversión pero estaban seguros que la película les dará prestigio. Y eso es un lujo que una productora independiente jamás podrá darse.
Estamos, pues, ante el vanity project del año. Término que, por cierto, empleó Netflix para decir precisamente qué tipo de producciones ya no haría a futuro según eso que porque los hacían gastar mucho y, sí, conseguir uno que otro premio y buena crítica. Pero de premios y buenas críticas no se vive.
One Battle After Another está inspirada por la novela Vineland de Thomas Pynchon, publicada en 1990. Solo que, como los hechos de la novela ocurrían durante el segundo periodo de Ronald Reagan, con sus respectivos saltitos a la tardía década de los sesenta y parte de los setenta, sus temas eran: las consecuencias de la guerra de Vietnam en la psique norteamericana, la paranoia de la Guerra Fría, las luchas de grupos minoritarios por tener derechos cueste lo que cueste, el ascenso de una suerte de neofascismo auspiciado por la administración de Richard Nixon, que incluyó la fallida política que nombraron: guerra contra las drogas.
Anderson decidió quedarse solo con la esencia de la novela. Y dicha esencia se resume en una frase bastante conocida: los excesos siempre terminan mal y los extremos acaban tocándose.
En un mundo tan polarizado como el nuestro, donde tener ideales políticos conservadores te hace enemigo casi mortal de todo aquel que exuda rasgos liberales; donde hay manifestaciones violentas por cuestiones ideológicas, campos de concentración para inmigrantes, entre otras cosas; un ex revolucionario que vive en la clandestinidad, drogado casi todo el día, y que tuvo un par de momentos gloriosos mientras formó parte del grupo subversivo French 75, Pat Calhoun (DiCaprio, ganándose sus 20 millones con una mano en la cintura), es obligado a regresar a su cruzada anti sistema debido a que un viejo enemigo, el ahora coronel Steven Lockjaw (Penn, recordándonos que, polémicas aparte, es un pedazo de actor), está decidido a enmendar un error de su pasado que, según él, está amenazando a su futuro.
Resulta que, en los tiempos en los que los French 75 estuvieron activos (que fue cuando Obama inició su primer periodo como presidente, o sea: no hace mucho), y él los cazaba; el entonces oficial Lockjaw se dejó llevar por sus instintos y acabó en la cama con una de las líderes del grupo: la aguerrida Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor eclipsando a sus compañeros en cada momento que sale en pantalla), que compró su huida con una noche de sexo en un motel de paso. Algo que a la larga, provocó un trauma en el duro Lockjaw.
Perfidia tuvo a los meses una niña, Charlene (Chase Infiniti, debutando con este largometraje), que dejó a cargo del que entonces era su amante y quizá padre de la niña: Pat. Esto porque ella eligió seguir con la revolución y no con una vida en familiar.
Así fue que Pat y Charlene vivieron dieciséis esquizofrénicos años con nombres nuevos (Bob y Willa Ferguson) en pueblitos norteamericanos, hasta que Pat/Bob descubre que Lockjaw ha reactivado la cacería de ex integrantes de los French 75 luego de que logró capturar de nueva cuenta a Perfidia, y que quiere deshacerse a toda costa de Charlene/Willa, pues está seguro de que es su hija y como ahora forma parte de un poderoso grupo de nacionalistas blancos que ansían el poder político de Estados Unidos, el Club de los Aventureros Navideños (Hail Santa!), teme que si se descubre su desliz no solo minaría su ascendente carrera, también amenazaría su vida.
Anderson se deja llevar tanto por el aura pychonesca como kubrickeana (la del Doctor Strangelove para ser más exactos), y hace que One Battle After Another, o estos nouveaux Misérables sea una farsa de las que no dejan un títere con cabeza.
Así que, no importa si eres de ideas liberales, conservadoras o de centro, igual sentirás que Anderson está pisando tus fibras más sensibles y con unos tacos de fútbol.
Y ese es el gran logro de One Battle After Another, un producto que un estudio como Warner necesitaba ofrecer antes de su aparente/inminente extinción.
Una instantánea de este presente caótico y crepuscular de eso que alguna vez llamaron Imperio Norteamericano.
Una nación que, según sus algunos de sus cronistas, no aprendió su lección de historia y, según Anderson, se carcomió por dentro y solo porque olvidó lo fundamental: lo que no importa son los colores, las ideologías, las banderas o las luchas; lo que importa siempre es no perder la brújula, no dejarse llevar por cruzadas personales, no creerse dueño de la verdad.
Entender que se debe vivir con todo y pausas, pues siempre habrá que luchar una batalla tras otra.
Digo, eso también lo llamamos vida ¿no?
Atentamente, el Duende Callejero…








