Ahora que, por obra y gracia de Robert Eggers (Lee, 1986) y Ryan Coogler (Oakland, 1986), el vampiro cinematográfico se ha puesto de nuevo de moda vía sus Nosferatu (2024; Estados Unidos, Reino Unido y Hungría) y Sinners (2025; Estados Unidos, Australia y Canadá), convendría hacer una pequeña pausa para recordar el supuesto origen del ente de pálida piel, ojos hundidos, mirada vidriosa, sombra alargada, manías asesinas y, solo desde hace algunos años, colmillos puntiagudos.
En 1816, un grupo variopinto fue reunido por el poeta Lord Byron (George Gordon Byron, nombre real) en la Villa Diodati, ubicada en Ginebra, Suiza, cerca del lago Lemán.
La idea de ese grupo era pasar un verano bohemio, con vino, comida, aire libre, charlas interminables, excursiones, debates y muchos juegos. Pero, quién les iba a decir que, a los días de su llegada, se decretó el año sin verano debido la erupción del monte Tambora, en Sumbawa, Indonesia, ocurrida en abril de 1816.
Dicha erupción arrojó tanta ceniza a la atmósfera que el clima cambió por más de un año: los días se hicieron cortos y fríos, las cosechas se arruinaron, las mareas enloquecieron, animales y humanos murieron por esos cambios. Pero todo eso fue ocurriendo lentamente. Primero en un lugar, luego en otro. Así fue cómo el efecto llegó a la Villa Diodati más de doce meses después de ocurrido.
Ese cambio climático que sigue siendo estudiado hasta nuestros días, arruinó los planes de Lord Bryon y compañía. Y debido a las lluvias caóticas y heladas que minaron toda posibilidad de huída, los asistentes tuvieron que encerrarse en casa y aburrirse, pero no de lo lindo.
Se cuenta que un día, el anfitrión decidió, aprovechando la vena artística del grupo, que jugaran un juego: todos debían inventar una historia durante el día.
Una historia que diera miedo, dijo.
Y la contarían entrada la noche. Sería algo así como un concurso. Nunca se dijo qué ganaría el que saliera con la mejor historia.
Y, resulta que, entre los presentes estaba John Polidori. Médico de profesión y amigo de Bryon. O, bueno, eso pensaba él. Pues tras esa reunión, la cercanía de ambos personajes se fue abismando.
Imaginemos que Polidori se encerró en su jaula mental y fue desgranando folclore de la llamada Europa Negra y los sumó a sus constantes disgustos con su anfitrión.
Así creó a Lord Ruthven, un seductor aristócrata que, además de parecer portador de mal agüero vaya a dónde vaya, parece quitarle la fuerza vital a quién ose estar a su lado.
Y sí, Polidori no se amilana al señalar que Ruthven, el primer nosferatu literario, solo se trató de una caricatura de Lord Byron. Cosa que el propio Byron confirmó unos años después, cuando publicó con su nombre el relato, vampirizando así al señor Polidori y legándole un título universal: El Vampiro.
Debieron pasar otros tantos años e intervenir amigos comunes para que el relato volviera a publicarse ya con el nombre del doctor. Lo importante es que, a partir de ese momento, quedó establecido que todo vampiro sería presentado como un decadente aristócrata europeo, o con aires de europeo, que vive para joderse a quién cruce su camino con él.
Por ello, me temo que decir que el Nosferatu de Eggers o el Sinners de Coogler son la mejor película de vampiros de los últimos años es quedarse corto.
¿Ya vieron Capote, que dirigió por Bennett Miller? Es del 2005, lo sé, pero qué vampiro es el Truman Capote interpretado por Philip Seymour Hoffman. Y sin colmillos puntiagudos, capas, canciones, o mucho maquillaje en el rostro.
Ah, y si alguno está interesado en lo ocurrido en la Villa Diodati en aquel año sin verano, entre los varios títulos a escoger, el clásico siempre será Gothic, película estrenada en 1986 que fue dirigida por Ken Russell y escrita por Stephen Volk.

Atentamente, el Duende Callejero…









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