De amor y de sombras

Joseph McCarthy, enterándose qué piensan de él en la prensa

Ahora van unas historias de amor.

Corrían la década de 1950. En Estados Unidos, el McCarthismo era La Ley.

La idea del senador Joseph McCarthy (Grand Chute, Wisconsin 1908-1957) por proteger la integridad de su amada nación mediante una persecución sistemática de todo aquello que oliera o pareciera, o simpatizara con el enemigo, o sea el bloque soviético, provocó una ola de denuncias, de discriminaciones, de censuras y de exilios que conmocionaron al entorno social de la autoproclamada Tierra del Libre.

Bastaba una simple delación de alguien para iniciar no una investigación en forma, sino una persecución que regularmente acababa con la reputación del individuo investigado.

Sí, bastaba un pequeño desliz para que los instrumentos represores del sistema cayeran sobre algún civil y lo aplastara.

A aquello se le llamó Caza de Brujas, pero, desgraciadamente, también pudo llamársele una labor de amor.

Sombría quizá, pero a fin de cuentas fue una labor de amor según esos que comulgaban con la idea de McCarthy.

Luego de la Segunda Guerra Mundial el mundo se dividió en dos bloques, Comunismo y Capitalismo. Bloques encabezados por la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas y Estados Unidos de Norteamérica, respectivamente.

Dos países que iniciaron una guerra silenciosa. La tal Guerra Fría.

Complejo, pero sencillo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, así fue cómo quedó el nuevo mundo. El que dominara ese nuevo mundo tendría el poder tanto en lo político como en lo económico y en lo social.

Ah, y el poder siempre será esa fuerza que mueve al mundo.

Curioso ¿no? Como el amor.

Se ha escrito, filmado y discutido mucho sobre Joseph McCarthy. Pocas veces se dice que el senador antes de villano era un patriota y que su labor, fuera de adjetivos fatuos, fue eso, una jodida labor de amor.

Hemos crecido con una idea, que hay un bien y que hay un mal. Regularmente el que gana es el bueno y el que pierde, el malo. Para uno de los bandos está la luz, para el otro las sombras. McCarthy y su política represiva era un caso perdido desde el primer día, cierto. Pero, ese caso perdido duró seis años en el poder. Los dos últimos con más pena que gloria, o como se dice, a la sombra, pero en el poder a fin de cuentas. Y de no haberse metido contra el ejercito ¿Qué habría pasado?

La sociedad vivía con miedo. Se destruían carreras, se violaban derechos, se exiliaba a personas sin importar su posición social ¿Y qué pasaba?

Nada.

Algunas manifestaciones eran hasta reprimidas con una sonrisa en la boca, como la de Edward R. Murrow y su equipo. Los contrarios a las políticas represoras se defendieron con alegorías. La más famosa, claro, esa genial obra de teatro llamada The Crucible de 1953, escrita por Arthur Miller.

Se conocieron algunas desgracias públicas, como las famosas listas. La Negra, La Roja, La Amarilla. Que, sin importar los colores, acabaron con carreras en todos los niveles.

Y hasta con vidas.

Curiosamente fue en terrenos de la farándula donde más se notó afectó la política de McCarthy.

No es que no se persiguiera a la gente de a pie, como se le dice, pero tanto los reporteros, los actores, los guionistas, dramaturgos, cantantes, cineastas y demás líderes de opinión cuyas ideas u opiniones o actuaciones contraviniera, o pudieran contravenir el estado de las cosas, se convertían inmediatamente en los nuevos enemigos públicos. Y sus caídas se exhibían como piezas de caza.

Enemigos públicos. Un término que, curioso, apenas una década antes se usaba para definir a los criminales violentos que asolaban las calles.

Y uno de esos personajes fue el director, guionista y actor Jules Dassin (MiddletownConnecticut 1911-2008).

Jules Dassin, en la película ‘Pote Tin Kyriaki

Dassin, uno de los ocho hijo de inmigrantes rusos judíos, inició su carrera como actor en una compañía de teatro judía en Nueva York, Arbeter Teater Farband, en los treintas, luego de terminar sus estudios y decidir que amaba la actuación, los escenarios.

El contar historias.

Ese amor lo hizo dejar la ARTEF para irse a probar suerte en Hollywood a inicios de los cuarentas. Entonces, el cine florecía como esa Tierra Prometida que el teatro ya abrevaba.

Y le fue bien. Al llegar, aprendió el oficio de un Alfred Hitchcock recién llegado de Inglaterra y de Garson Kanin. Al primero lo asistió en Rebecca y al segundo en They Know What They Wanted.

En 1941 realizó su primera película como director por encargo para la MGM, una adaptación de 20 minutos del cuento de Edgar Allan PoeThe Tell-Tale Heart.

Esta adaptación, guion de Doane R. Hoag, quizá fuera el primer trabajo de Dassin tras la cámara, pero ya anticipa al monstruo.

Para Dassin, lo más importante de una actuación reside en los ojos de los actores, en sus miradas.

Ahí es donde centra su fuerza, con una cámara que recoge, como pocas, unas sombras que danzan con los pequeños resquicios de luz disponibles, dibujando más que capturando los mundos que pueblan esas patéticas criaturas sudorosas que son sus personajes.

Además, esos mundos están tan llenos de polvo, telarañas, basura e inmundicia que acaban aterrorizando. Y eso, junto al sudor y la mugre que cubren el rostro y los cuerpo de los actores, era algo que hasta ese momento no se veía en el cine hollywoodense.

Jules Dassin amó al cine de inmediato, pero éste no pareció corresponderle.

Sus primeras películas divagan entre los melodramas, thrillers y comedias. Como apunta Luc Sante, Dassin was and remained an erratic artist. Igual se entregó a sus películas filmando una tras otra sin hacer distingos sobre proyectos personales o encargos.

Así fue creciendo ante las miradas de los espectadores de aquellos duros años que tenían a la Segunda Guerra Mundial como vida diaria.

De 1947 a 1950, Jules Dassin entra la que podría ser su momento más oscuro y más célebre. Dicho periodo inicia con Brute Force (1947), que a pesar de su alto nivel tanto en el plano estético como dramático no encuentra ni público ni la apreciación de la crítica. Todo porque, como apunta Michael Atkinson, … For one thing, it drawns explicit parallels to the Nazi encampment experience, making it one of the first Hollywood films to explore, even by proxy, those fresh wounds

Inspirada en el sangriento motín carcelero de Alcatraz ocurrido en 1946, Brute Force, diremos, es un drama que no toma prisioneros.

Aunque sabemos que los internos de una prisión no son unos santos, Dassin logra que los respetemos al retratar lúcidamente el ambiente de encierro y marginación al que son sometidos por sus captores, que, entendemos, nos representan a cada uno de nosotros, los que estamos del lado de la ley, el orden y la justicia.

¿El verdadero criminal es, entonces, la sociedad misma que, al no encontrar una mejor solución, ha creado leyes y centros de readaptación que solo son escuelas de brutalidad?

El público urbano ve con las cejas levantadas cómo un director pone el espejo frente a ellos, preguntándoles ante el incremento del crimen y la inseguridad en sus calles, si eso es lo que verdaderamente quieren cuando hablan de justicia.

Película difícil aún para estos tiempos en los que presumimos que hemos visto de todo.

Luego vino The Naked City (1948), una película en la que el verdadero autor es su productor Mark Hellinger, un antiguo periodista que se había enamorado con la idea de llevar a la pantalla la rudeza que le había inspirado la revisión del libro de fotografías de nota roja títulado Naked City, de Arthur Fellig.

Hellinger contrata a Dassin como director, pero acaba imponiéndose. Quizá lo único que queda de Dassin en la película es su propuesta estética, que logran dar sentido a la idea de que el verdadero personaje de la película es la ciudad de Nueva York.

The Naked City también fue rechazada por crítica y público, no encontrando sentido en ese juego de realidad-ficción que planteaba. Aunque eso no le resta el hecho de que en la década de los cincuenta inspirara una serie de televisión del mismo nombre o que en el año de su estreno ganara un Oscar a mejor cinematografía, o que sirviera de inspiración para esa nueva camada de cineastas que quisieron refrescar el cine de corte urbano en los setenta. Desde William Friedkin hasta Martin Scorsese.

Con esta segunda película ocurrió lo obvioDassin quedó encasillado.

Sante dice que, … It his peculiar fate to be best remembered for movies that were least typical of him.

Dassin más que un auteur se distinguió por ser un competente artesano al que eso que llaman trascendencia le venía importando poco.

Lo suyo era entregarse a un proyecto y sacarlo adelante.

Lo suyo era, pues, una labor de amor.

En 1949 estrena Thieves’ Highway, adaptación de la novela de A. I. Bezzerides, Thieves’ Market. Y aunque la película no resulta tan estridente como sus anteriores obras, vuelve la polémica por su tema. Un joven héroe de la Segunda Guerra Mundial regresa y encuentra a su terruño abandonado hace años en ruina.

No hablamos de un pueblo, hablamos del país.

Estados Unidos se sume en la corrupción, en la avaricia y en el conformismo. El joven ex soldado se hace camionero, transporta frutas a uno de los mayores mercados de California, pero lo que lo alienta a continuar en ese ambiente hostil es un deseo. Quiere vengarse de un avaro acaparador que por un pleito dejó lisiado a su padre, un granjero.

Thieves’ Highway sigue la senda marcada por The Naked City. Dassin retrata casi en formato documental el tráfico de comestibles en California. Y aunque no descuida a sus personajes y sus tramas, definitivamente se nota que su interés está en la parte realista de la película.

Además, de sus anteriores películas de crimen, esta es un simple cuento de redención con final feliz.

Porque a pesar de los problemas, de los conflictos, el final deja claro que si alguien hace algo que logre calificar como bueno, jamás acabará solo.

Cierto, el Sueño Americano ha cambiado. Norteamérica perdió la inocencia, pero eso no quiere decir que todo esté perdido.

La sonrisa de Nick Garcos (Richard Conte) al final de la película, con un cigarro en sus labios, su amada descansando su cabeza en su hombro (Valentina Cortese), y manejando su camión por esa ruta de ladrones, retrata ese working class heroe que a la gente tanto le gusta.

No, parece decirnos, no todo está perdido. Solo es cuestión de tener fe y no cejar en ninguna empresa.

El amor lo vence todo.

Curiosamente, para Michael Sragow, Thieves’ Highway is his best American movie.

Además que el público y la crítica la trató mejor que con sus anteriores entregas, logrando generar interés sobre su próximo proyecto, uno que lo sacaría de Estados Unidos llevándolo a Londres justo a tiempo para estar lejos cuando el escándalo estallara en su rostro.

En 1950 presenta Night and the City.

La película, en Estados Unidos, quedó enlatada. La razón: Frank Tuttle y Edward Dmytryk señalaron a Dassin como un comunista ante el House UnAmerican Activities Committee. Lo cual fue cierto, Dassin estuvo dos años afiliado al Partido Comunista.

Salió de sus filas en 1939 para nunca volver.

Solo que gracias a Brute Force y The Naked City, el mentado comité no tuvo que escarbar mucho para declarar a Dassin como una persona non grata.

En Night and the City, Richard Widmark encarna a Harry Fabian, un ladrón de poca monta que nunca nos será simpático. Fabian ha dejado Estados Unidos para asentarse en Inglaterra. Busca iniciar de nuevo, pero lejos de ver cómo mejora su vida, siente que se está estancando. Así que decide darle un vuelco dedicándose al negocio de las luchas, enredándose en una serie de eventos que solo podrán acabar mal.

Dassin entrega con Night and the City su mejor película ¿Qué más decir? Cruel, directa, cargada de símbolos, como esa imagen del Londres aún en ruinas ¿Quién pensaría que de ese lugar deshecho podrá salir algo con futuro, con esperanza?

¿Quién iba a decir que la realidad imitaría a la ficción?

Dassin, como su Fabian, decide, por la condena que pesa en su contra en Estados Unidos, ahorrarse una vergüenza y mejor termina la producción en Londres. Envía su película sin importarle su destino y comienza a buscar dónde vivir.

Así, mientras sus películas eran censuradas en Estados Unidos, Dassin pasó cinco años brincando de residencia en residencia, siempre apoyado por sus amigos, por conocidos, por completos extraños. En su mente solo estaba el seguir esa labor de amor que se había detenido gracias a la persecución política. Aunque inició varios proyectos en Italia y en Francia, ninguno se concretó debido a que los posibles distribuidores Norteamericanos dejaron claro que ninguna de sus película tendría cabida en América.

En 1955, el productor Henri Bérnard le ofrece, al notar la lamentable condición en la que se encontraba viviendo, un proyecto. Uno que estaba destinado para el gran Jean-Pierre Melville, por cierto.

La película proyectada seguía la temática de sus últimas entregas.

Basada en la novela de Auguste Le BretonDes Rififi Chez Les Hommes se convertiría en la bofetada con guante blanco de parte de Dassin a todos aquellos que le dieron la espalda o lo apuntaron con un sucio y retorcido dedo. Dassin tuvo que sortear los problemas que acarrea un magro presupuesto con los beneficios de tener por vez primera el control creativo total.

Des Rififi… La heist movie que inició todo un subgénero. Imitada, recordada ¡Vista! Dassin nunca había obtenido ni tanto reconocimiento ni tanto éxito comercial con una película. Una cuya historia jamás le gustó, por cierto, aunque por su amor al cine, un amor que creyó perdido debido a su situación, fue el principal motor que lo llevó a realizar su propia adaptación. Porque él escribió el guión junto a René Wheeler y Auguste Le Breton. Y hasta se pone frente a la cámara, como actor, algo que hasta ese momento no había explotado. Pero usando un alias, Perlo Vita.

Con Des Rififi… Dassin crea una nueva mitología gangsteril que hasta la fecha perdura ¿O de dónde salió esa genial The Killing de Stanley Kubrick, estrenada un año después de la de Dassin, o el Reservoirs Dogs de Quentin Tarantino, carajo?

Lejos quedaron esas fascinaciones realistas de su época americana, lejos esas historias plagadas de one liners. En Des Rififi… se planea un gran robo, se organiza, se junta al equipo y se realiza.

Esa es la película.

Ese es el tremendo ejercicio de estilo que realiza Dassin.

Esa es la película que atrae al público.

Esa es la película que encanta a la crítica.

Esa es la película que rompe con el veto en Estados Unidos.

Esa es la película por la que se hace merecedor del Premio al Mejor Director en el Festival de Cannes de 1955.

Esa es la película que sintetizó de mejor forma su amor por el cine.

Des Rififi… es también su canto del cisne para ese cine de tipos duros, sombreros, humo, pistolas y la ciudad como telón de fondo. No es que ya no hiciera películas con motivos gangsteriles, pero esas ya no fueron su preocupación.

Con una carrera con un éxito comercial tan grande, le llega la mayor libertad creativa que jamás había tenido. Dassin deja Francia y se va a vivir a Grecia.

Corren ya los sesenta y en Francia, gracias a la publicación de una revista, Cahiers du Cinéma, se comienza a revalorar el trabajo de varios directores que habían pasado al olvido.

De ahí surge ese culto a Alfred Hitchcok, a Orson Welles… Y Jules Dassin no se escapa de su revisión.

En 1960, con un Dassin ya afincado en Grecia, estrena la exitosa Pote Tin Kyriaki o Never on Sunday o Nunca en Domingo. Una película por fin cercana a sus intereses, a sus gustos.

Escrita, protagonizada y dirigida por Dassin, se trata de una versión moderna del Pygmalion que serviría como modelo para otras reinterpretaciones también famosas. Por ejemplo, My Fair Lady de George Cuckor, 1964; Pretty Woman de Garry Marshall, 1990; Mighty Aphrodite de Woody Allen, 1995.

Pote Tin… le da la vuelta al mundo recogiendo premios y reconocimientos, entre ellas sendas nominaciones al Oscar, incluyendo mejor guion original y mejor director.

Y en esas fechas se programa el estreno, por fin, de Night and the City en Estados Unidos, además que se comienzan a hacer varias retrospectivas que incluyen sus polémicas películas de los cuarenta y cincuenta.

Dassin siguió su historia de amor con el cine haciendo películas hasta 1980. Luego se dedica dar clases y a ofrecer pláticas.

Muere en el 2008.

La historia de amor con el cine de Jules Dassin contrasta con la historia de amor de su enemigo involuntario, Joseph McCarthy con el nacionalismo.

Del Evangelio de San Mateo, verso 26:52, surge el conocido Vive por la espada, muere por la espada. McCarthy, muerto por problemas de cirrosis en 1957, señalado y olvidado, y Dassin, muerto a sus 96 años con una carrera ejemplar luego de tocar fondo por culpa de McCarthy, lo dejan claro.

Todo acabará siendo o una labor de amor o la nada.

Las sombras. No hay de otra.

Atentamente, el Duende Callejero


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