Harry Lighton y el amor en tiempos difíciles

Ganadora del premio a la sección Una cierta mirada en Cannes del año pasado y primer largometraje del experimentado cortometrajista británico Harry Lighton (1992, Portsmouth), Pillion (2025, Reino Unido e Irlanda) viene a dar una lección sobre cómo debería retratarse el amor en los tiempos modernos, luego de fallidas intentonas que por alguna razón quisieron vestirse con diversos mantos y fracasaron (como la bobalicona revisión de Cumbres Borrascosas firmada por Emerald Fennell o el torpe bricolaje que fue The Drama de Kristopher Borgli, pasando, claro, por la seudo militante Materialist de Celine Song, y hasta podría incluir sin problema la infumable The Birde de Maggie Gyllenhaal).

Basándose en la novela Box Hill de Adam Mars-Jones, Lighton escribió y dirigió la historia de Colin (Harry Melling), un nada agraciado cantante de un cuarteto de bar cuya vida aún depende de los lances y trances de sus sobreprotectores padres, Pete (Douglas Hodge) y Peggy (Lesley Sharp), que con el cuentito de que ellos solo quieren lo mejor para su hijo criaron a un inmaduro, algo aburrido y acomplejado chico gay que ni para ligar tiene gracia. Pero su vida da un vuelco cuando conoce, gracias a un trabajo en un bar el plena vísperas de Navidad, a Ray (Alexander Skarsgård), que es todo lo contrario a él: guapo, alto, musculoso, seguro de sí mismo y líder de un grupo de motociclistas. Luego de ese encuentro, ya con sus padres en la cena navideña, a Colin le llega mediante un mensaje la propuesta para tener un encuentro con Ray. Y su madre, Peggy, que por cierto está enferma de cáncer, le dice que vaya, y hasta le escoge su ajuar del clóset de su padre. Y es a partir de ese encuentro que comienza una relación entre Colin y Ray. Relación en la que, según Ray, el amor no tiene nada que ver pues él ve a Colin como su mascota en ese juego masoquista a los que los dos se han entregado.

Y resulta que es gracias a ese juego de roles que Colin comprende qué papel le toca en ese complejo tinglado que llamamos vida: el del pasajero del asiento de atrás en la moto de otro. Y que precisamente lo que le faltaba a su vida era ese que conduce y por tanto que es el que decide qué hacer, qué no hacer, qué pedir, qué demandar, qué permitir, qué negar; pero no de la forma en la que lo hicieron sus padres. Porque ellos también han jugado un juego similar con él.

El problema es que mientras Colin puede sentirse bien siendo que le agrada ser el pasajero del asiento de atrás (que conocemos que en el argot de los motociclistas los llaman pillion), y por tanto el que no decide ni destino ni jornada, resulta que para los que lo rodean (como la cada vez más disminuida Peggy), aquello es problemático.

Y es así que la otrora vida gris de Colin se convierte en un pequeño carnaval que, durante unos días ni de día ni de noche da tregua. Hasta que todo estalla.

Lighton logra, con la gracia del trabajo detrás de la cámara de Nick Morris, un cálido relato cuyo epicentro dramático es algo que muchos cineastas codician pero que pocos logran: ver cómo dos personas que son dos mundos aparte, y que al principio no se soportan pero que comienzan a andar juntos y, por ello, se conocen (y se conocen ellos mismos) y luego se enamoran. Y no solo eso, también logra hacer que ese relato se comprenda bajo la lupa de estos tiempos duros, cínicos y ácidos que vivimos.

Y encima de todo eso, que podamos decir que, sí, el amor lo conquista todo. Menos al tiempo que, como ya dijo Marlon James:

This is the first mistake God make. Time. God was a fool to create time. It’s the one thing that even he run out of.

Atentamente, el Duende Callejero...

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Agustín Galván

Estás en el blog: filias y fobias de @duendecallejero. Inicié escribiendo sobre mis gustos y disgustos en materia de cine y literatura en algún momento del 2003. Solo que entonces fue en otro lugar, en otro espacio (ahora fallecido). La versión que ahora vistas es nueva (aunque ya tiene sus años). Gracias por la visita y si te apetece, deja tu comentario.