Bueno, diré dos cosas de la película The Mastermind (nota: entiendo que así se le conoció en México, aunque su título en otros países de Latinoamérica sea: Mente Maestra), dirigida y escrita por la directora Kelly Reichardt.
Primero, que su título es una ironía.
Segundo, que aunque su trama va sobre un ladrón de arte, pensar que estamos ante una de esas estilizadas heist movies en las que gran parte del metraje se va en ver cómo el personaje principal arma el equipo, explica el plan, junta lo necesario para el atraco, no cede ante las complicaciones (en las que se suele incluir un detective u oficial que quiere atrapar a nuestro anti-héroe con las manos en la masa), hasta que, ya en el tercer acto, acompañamos a la mini tropa en la realización del complicado asalto y en el mejor de los casos estaremos todo ese tiempo al filo de la butaca o silla o sillón, o dónde se esté viendo la cinta). Sin embargo, Reichardt no ha filmado una heist film sino algo que parece ser una máquina del tiempo, y nos ha hecho ver un momento específico del pasado de Estados Unidos: los primeros años de la década de los setenta, que fue cuando, dicen por ahí, el pueblo norteamericano perdió la inocencia (¿y la esperanza?), y comenzó eso que ahora llaman: la polarización.
El personaje principal se llama James Blaine Mooney y es interpretado por Josh O’Connor. Está casado con Terri (Alana Haim), tiene dos hijos (interpretados por Sterling Thompson y Jasper Thompson), es, además, hijo de un juez (Bill Camp). James se mantiene pidiendo préstamos a su madre (Hope Davis), según eso para iniciar un proyecto relacionado con el diseño, que en aquellos años estaba despegando como negocio. Hace años James quiso estudiar arquitectura, pero dejó la carrera. Ahora consume sus días pensando en cómo volverse millonario. Y decide que será mediante el robo de cuatro pinturas del artista norteamericano Arthur Dove que están expuestas (diría que ese término en esta película es literal) en un museo en Massachusetts. Pinturas que James conoció un día en el que, acompañado de su esposa y sus dos hijos, visitó el museo y solo porque sí, robó una pequeña pieza.
Obviamente James organizará a un equipo e intentará contar su plan. Digo que intentará, pues la verdad es que no tiene ni idea de en qué se está metiendo. Lo único que le importa a él es hacer el menor esfuerzo y alcanzar la gloria monetaria, mientras que a sus compinches no están en sintonía con él.
Unos también quieren dinero, aunque otros solo quieren vivir la emoción.
Y como trasfondo, ese momento histórico en el que la intervención de Estados Unidos en Vietnam colapsaba, llevándose de paso la credibilidad de un gobierno que solo se mantenía con pinzas.
En ese momento de ruptura, con jóvenes manifestándose en las calles, oficiales agrediéndolos y con un gobierno empeñado en seguir enviando a jóvenes a una guerra sin sentido, Reichardt introduce a su James Blaine Mooney y su labia y su ego, y nos da otra visión de ese pasado del que tanto se ha valido el cine norteamericano (y la literatura) para reflexionar sobre este presente fragmentado en el que viven los norteamericanos.
Solo que Reichardt lo ha hecho presentando de cuerpo completo el mayor defecto resultante de esa época. Y ese, me temo, es la justificación del título de la cinta: porque por allá se suelen creer unas mentes maestras que todo lo pueden, todo lo saben y que jamás se equivocan. Pero ¿Qué nos dice la historia al respecto?
Espero que esto último no sea un spoiler de la cinta.
Atentamente, el Duende Callejero…








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