Si han leído On Writing de Stephen King, un centauro literario que alterna memorias con consejos de escritura, entonces recordarán el recuento de sus primeros tres años de matrimonio.
En concreto, la parte que inicia con esta cita:
Desde el punto de vista económico, tener dos hijos quizá no fuera lo más sensato para dos licenciados que trabajaban en una lavandería y en el turno de tarde de Dunkin’ Donuts.
Entonces era el año de 1972 y King intentaba que le publicaran sus escritos donde fuera. Además, aceptaba todos los trabajos que le ofrecían. Y cambiaba pañales, hacía papillas, calentaba biberones y tomaba la temperatura de sus dos hijos.
Fue durante esa etapa que King escribió: The Running Man, una ficción distópica que ocurre en el entonces lejano año de 2025.
The Running Man fue escrita por un hombre desesperado que solo había leído algunas novelas distópicas y que además estaba, a falta de un mejor término, encabronado. Pero lo trágico era que su furia no tenía un destinatario en concreto.
King estaba encabronado con su situación. El no poder darle una mejor vida a su familia y el fracasar una y otra vez en su carrera como escritor, que simplemente no despegaba y que cada día decía que iba a abandonar. También estaba encabronado con eso que muchos han venido a llamar: el sistema, y que no es más que el estado de las cosas que pasan a nuestro alrededor. Todo porque sentía que se premiaba a la mediocridad y lo vulgar, que no era más que lo ajeno, y una parte de su cabeza coqueteaba con la idea de dejar su voz y abrazar lo ajeno para ver si así tenía éxito. Y qué decir de lo encabronado que estaba con la economía, la política, los conflictos raciales, la violencia social y, uf, con todo.
Y pasó que King dejó que ese encabronamiento se diluyera en la historia de Ben Richards, padre de una hija enferma, Cathy, y que es incapaz de proveer la medicina que necesita porque un día se dejó llevar por su orgullo y acusó de corruptos a sus empleadores, que por cierto sí eran corruptos pero estaban del lado del sistema, y como los quiso denunciar ante ese sistema que es más corrupto que ellos, solo logró que su expediente quedara marcado. Y es por esa marca que no le dan trabajo. Así que su esposa, Sheila, es la que debe salir a la calle a conseguir algo de dinero cueste lo que cueste. Aunque de momento ese dinero solo alcanza para remedios que no curan la enfermedad de Cathy. Y por ese desespero y esa furia, Richards acaba aplicando como contendiente del concurso televisivo más exitoso de esa sociedad corrupta, violenta y entregada al opio del capitalismo: The Running Man.
Patrocinado por el gobierno como una forma de eliminar legalmente a todo aquel individuo que navegue a contra corriente y a la larga pueda convertirse en una amenaza para el sistema, las reglas de The Running Man son sencillas: para ganar los mil millones de nuevos dólares que ofrecen lo único que debe hacer el contendiente es sobrevivir treinta días. El asunto es que se le pone un precio a su cabeza, así que todo el mundo lo estará buscando. Y es literal eso de todo el mundo, además de cazadores profesionales patrocinados por la cadena y el gobierno. Si una persona lo descubre e informa, obtiene una recompensa. Si una persona lo elimina con sus propios medios, entonces la recompensa se incrementa. El fugitivo deberá enviar mensajes diarios como prueba de vida. En caso de no hacerlo habrá penalizaciones, entre ellas que se quede sin las recompensas diarias y el premio final. Incluso que se le descalifique, aunque eso no significa que se le quite el precio a su cabeza. Y en el caso que el fugitivo logre eliminar a un cazador, su premio se incrementará exponencialmente. Ah, y quién recibe el dinero que va ganando el fugitivo es su familia, a la que se le pone en resguardo porque se sabe que en cuanto se sepa que su familiar está participando y ganando dinero, sus vidas corren peligro. Solo que hasta la fecha nadie ha ganado la competencia. Y Richards no tiene pensado hacerlo. Lo único que le apura es sobrevivir lo suficiente como para darle a su familia el dinero necesario para salir de la pobreza y luego enfrentar a su destino.
En los ochentas esta novela sirvió de base para una cinta que tuvo a Arnold Schwarzenegger como protagonista. Pero esa película solo se quedó con el nombre del protagonista y la idea de un juego mortal al que envían a todas las ovejas negras de una sociedad viciada y corrupta. Sobre la decisión de alejarse tanto del texto original, el guionista Steven E. de Souza ha dicho que la decisión la tomó él luego de que supo que Schwarzenegger sería el protagonista y no Christopher Reeves. Dejó a un lado la idea de hacer un thriller futurista por la comedia de acción, eliminó todo rastro de familia del personaje y mejor lo volvió un policía que descubre a otros policías corruptos e intenta denunciar, y en lugar de que sea una competencia por sobrevivir treinta días en un mundo abierto, lo metió en un set de televisión gigante y Richards deberá sobrevivir a los ataques de unos gladiadores enfundados en ajuares estrafalarios y harto neón.
Esa fue la cinta que vio en su juventud el cineasta británico Edgar Wright, que conocía el texto original por una copia de las novelas de Richard Bachman que había en su casa. Bachman, como ya se dijo, fue el pseudónimo que se empleó para publicar las novelas de juventud de King. Wright ha dicho que no tiene problemas con la versión de los ochenta de The Running Man, pero que conociendo la novela piensa que faltaba una versión que sí adaptara la novela. Solo que siempre que investigaba si los derechos estaban disponibles, se enteraba que alguien más los tenía.
Hasta que estuvieron disponibles.
Y, bueno, resulta que en este 2025, año en el que supuestamente ocurre la novela, estrena su versión de The Running Man. Y me temo que el resultado no es bueno. La razón es sencilla: Wright adaptó la novela que King escribió en 1972 y que fue publicada en 1982, pero no la actualizó al 2025. Fue tan fiel al texto que hay mucho en ella que se siente anacrónico. Lo principal es la idea de que la gente sigue pegada a una pantalla de televisión y no hay ni apps ni nada alrededor de The Running Man. También que sabiendo ya que existe el GPS y que los productores del programa son corruptos ¿los concursantes van a llevar a todos lados una pulsera que no les sirve de nada? ¿Y no hay otra forma de enviar esos videos que no sea usar el correo ordinario?
Cuestiono todo eso (hay más, pero dejémoslo así) porque quizá aún no tenemos un concurso en el que se mate a sus concursantes, pero sabemos, gracias a los reality shows, la clase de público, concursantes y ánimos que despiertan. Y en eso, la versión de Wright se siente tan ajena a esa realidad que ya estamos viviendo. Creo que no hay cosa peor para una película que tenga como contexto el futuro que se sienta anticuado y hasta cierto punto, anacrónico.
Y qué decir que ese final convulso que, por obvias razones (spoiler: el final de la novela es pesimista y anticipa lo sucedido el 11 de septiembre), fue lo único que no fue tan fiel a la novela.
Lo cierto es que la película se deja ver, y en algunos momentos resulta hilarante e interesante. Como en esa parte en la que se le de un laurel a los que producen teorías de la conspiración que, caray, se sienten más en línea con lo que estamos viviendo que el concurso que le da nombre a la cinta. Pero, como un todo The Running Man deja claro que a veces el no ser tan fiel a la fuente es lo mejor. En ese apartado, junto con Flanagan, diré que: cero y van dos.
Atentamente, el Duende Callejero…







