Resulta que, cuando el director Clint Bentley (1985, Florida) adaptó la novela corta del escritor norteamericano Denis Johnson (1949-2017), co-escribiendo el guion junto con Greg Kwedar, contestó la añeja pregunta de que si un árbol cae en el bosque y no hay nadie cerca ¿hace ruido?
La respuesta está en la parte final de cinta: Train Dreams (2025, Estados Unidos), en la que se resumen ochenta años en la vida de un hombre llamado Robert Grainier (Joel Edgerton).
¿Y quién es ese tal Grainier?
Bueno, la respuesta obvia sería: nadie en especial. Simplemente fue un hombre que nació, que quedó huérfano por circunstancias desconocidas, que se fue a vivir con unos parientes. Que comenzó a crecer y le tocó ser testigo, no protagonista, de los cambios más significativos de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX y parte de la convulsa década de los sesenta.
Pero, la verdades que esa no es la respuesta correcta.
Porque Train Dreams nos hace atestiguar algo que muy pocas cintas nos presentan: la importancia de vivir.
Y por ello, ante la pregunta de quién es el tal Grainier, solo hay una respuesta correcta: alguien que vivió en este mundo.
Alguien que amó, que fue amado, que trabajó y que con sacrificios logró un patrimonio, que lo perdió todo y se sintió derrotado, que logró levantarse, que cambió de trabajo y por tanto de forma de vida, que comprendió que todo dura un instante así que se dio un par de lujos ya en sus últimos años y que murió en su casa, solo y completamente ajeno de esos cambios sociales y económicos que marcaron las subsecuentes generaciones.
Por lo anterior supongo que recibiré algún correo diciéndome que acabo de contar toda la película. Porque ya me han llegado un par de esos. Pero como descargo diré que pocas cintas como Train Dreams en las que lo que menos importa es su trama (al respecto les diré que no han pasado ni cinco minutos cuando el narrador, Will Patton, nos dice qué sucederá con nuestro protagonista), sino vivir junto con Grainier todos esos momentos que solo tienen una constante: luego de vivirlos, desaparecen.
Acompañaremos a Grainier cuando conoce a la que será el amor de tu vida, Gladys (Felicity Jones), con quién comparte parte de su vida y hasta tiene una hija; también lo veremos aprender a vivir con ese trauma que lo suele despertar en las madrugadas pensando siempre qué pudo hacer diferente (la ejecución de un trabajador chino interpretado por Alfred Hsing); estaremos ahí cuando conoce al que se convertirá involuntariamente en su mentor, Arn Peeples (William H. Macy), y seremos su compañía en sus últimos minutos de vida.
Incluso nos tocará ver junto con él, entre tantos cambios históricos, cómo la tecnología comenzará no solo a hacer la vida más fácil, sino a dejar obsoletos a todos aquellos que solo supieron hacer las cosas con sus manos gracias a una sierra eléctrica; además de ver cómo toda una nación creció gracias a la construcción de las vías ferroviarias, que demandaron innumerables sacrificios. Solo para quedar relegadas luego de la construcción de las autopistas y las rutas aéreas. Todo lo anterior y más es capturado por la estoica cámara a cargo de Adolpho Veloso y la edición de Parker Laramie, tándem que logran el prodigio de capturar el terso pasar del tiempo junto con el peso de la experiencia y los años mediante simples cortes directos.
El resultado es, precisamente, la muestra de que sí, el árbol que cae en el bosque sin que nadie más esté cerca hace ruido. Y ese ruido no es más estridente o seco que aquel que lo hace a la vista de todo mundo.
Algo que le ha pasado a esta cinta, que entró en la oferta de Netflix junto con otras obras más escandalosas.
Pocas películas pueden recomendarse diciendo no hay que versa, sino vivirla. Porque para este escribano, Train Dreams ya fue, es y será una de las mejores experiencias cinematográficas del 2025.
Atentamente, el Duende Callejero…








