Se lo escuché a George Saunders, escritor y estudiante de la escuela Nyingma (una de las cuatro escuelas principales del budismo) en una entrevista. El bardo es, según el budismo tibetano, un lugar intermedio entre la muerte y la resurrección.
Un espacio liminal.
Y es en ese lugar donde la conciencia ya no está conectada al cuerpo.
Para Saunders es en ese espacio donde moran los fantasmas.
Everything was real; inconceivably real, infinitely dear. These and all things started as nothing, latent within a vast energy-broth, but then we named them, and loved them, and, in this way, brought them forth. And now we must lose them
Por ello decidió a crear una versión literaria del bardo para relatar lo que él piensa que ocurrió en uno de los días en los que el presidente Abraham Lincoln fue a visitar la tumba de su hijo William, muerto a los once años por la tifoidea.
Carcomido por sentimientos de culpa y por el dolor tanto por la pérdida como por la incapacidad de hacer algo siendo el presidente de toda tan joven nación, Lincoln entra al bardo y escucha las voces de los muertos.
Eso es algo que ocurre en la que es a juicio de críticos, académicos y hasta algunos escritores, una de las mejores novelas del siglo XXI: Lincoln in the Bardo.
Y traigo a colación este título publicado en 2017 debido a que comparte algunos temas con otra novela que también está considerada como una de las mejores del presente siglo: Hamnet: A Novel of the Plague de Maggie O’Farrell y que fue publicada en el 2020 (sí, en nuestro propio año de la plaga).

Ambas son ficciones que tienen como base un hecho histórico. Comparten el tema central, que es la pérdida de un hijo a la misma edad: 11 años y debido a una enfermedad que diezmaba a la población.
Solo que la que tiene a Lincoln como protagonista toma la senda de, digamos, lo sobrenatural para ensayar sobre la pérdida y el dolor como parte de los ciclos de vida que deben sortearse en esto que llamamos existencia, además de meditar sobre qué significa el amor de un padre para un hijo y de paso introduce esos cuestionamientos en la vida política y social de Estados Unidos: una nación dividida desde su mismísima concepción; mientras que la de O’Farrell decide quedarse con los pies en la tierra y se pregunta (y de paso hace que nos preguntemos) ¿Ante un dolor tan intenso, la creación, sea artística o de otra índole, será el antídoto?
En Hamnet, la protagonista es una joven curandera (bueno, herbolaría) llamada Agnes. Obviamente no es bien vista por las comunidades cercanas debido a su profesión y también por su talante. Pero eso le da igual a ella y de paso al hijo de un artesano que se dedica a enseñar latín a los hijos de los ricos del pueblo. El joven, cuyo nombre no se menciona en la novela, se enamora y se casa con la impetuosa Agnes. Pasan los años y la pareja tiene dos hijos, Judith y Hamnet. Y como él se la lleva lejos debido a su profesión: dramaturgo, Agnes se queda en el pueblo cuidando a los niños.
Es un brote de peste bubónica el que hace que Agnes tenga que sortear uno de esos ciclos de la vida: la pérdida de un hijo.
Dolor que se incrementa debido a que ella se dedicaba precisamente a sanar enfermos mediante hierbas, solo que en esta ocasión sus conocimientos resultan insuficientes.
Así que, aunque no se toca del todo lo sobrenatural, tanto Agnes como su esposo, el dramaturgo, encararán a su propio bardo: el arte, o ese lugar en donde se puede vivir para siempre.
Every life has its kernel, its hub, its epicentre, from which everything flows out, to which everything returns.
Con un guion escrito por la propia O’Farrell junto con la directora Chloé Zhao, estrenada en agosto del 2025 en el Festival de Telluride, la adaptación cinematográfica de Hamnet decide cortar con la referencia de la plaga del título, además de darle nombre al joven dramaturgo: William Shakespeare (interpretado por Paul Mescal).
Para la película, como suele pasar, la novela solo es empleada como referencia. Porque O’Farrell y Zhao entienden que en el cine lo que importa son las acciones. Así que se quedan con lo que ocupan del relato e insertan lo que les sirve para poner en imágenes la misma idea: el tiempo siempre corre en línea recta y la única forma detenerlo, regresarlo, corregirlo, ampliarlo, lo que sea… es mediante el arte.
What is given may be taken away, at any time. Cruelty and devastation wait for you around corners, inside coffers, behind doors: they can leap out at you at any time, like a thief or brigand. The trick is never to let down your guard. Never think you are safe. Never take for granted that your children’s hearts beat, that they sup milk, that they draw breath, that they walk and speak and smile and argue and play. Never for a moment forget they may be gone, snatched from you, in the blink of an eye, borne away from you like thistledown.
Solo que para su cinta, Zhao hace que el escenario donde se monta una obra de teatro escrita por el dramaturgo cuyo nombre ya sabemos, sea una versión ¿dramática? del bardo al que se refirió Saunders. Y que en primera fila, Agnes (Jessie Buckley) pueda decir:
Look at me. Look at me.

Otra curiosidad…
¿Cómo se le conoce a Shakespeare hasta nuestros días?
Pues como el Bardo de Avon…
Solo que esa palabra, bardo, ahí tiene otro significado.
Poeta.
Postdata
Hace unos días se anunció que Tom Hanks producirá y protagonizará una versión cinematográfica de Lincoln in the Bardo. Será a través de su productora Playtone que dirige junto con Gary Goetzman, y se adelantó que la cinta alternará acción viva con stop-motion.
Atentamente, el Duende Callejero…








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