El mundo de Roderick Thorp se detuvo un 28 de Abril de 1999. La culpa, el corazón.
Nacido en 1936, a mediados de los años 50 sale del colegio y comienza a trabajar haciendo mandados en la agencia de detectives que regentaba su padre.
Esos trabajos servirán para que el joven Thorp junte el dinero necesario para matricularse en la Universidad.
La literatura lo llama.
Partidario del modelo de Escritura Creativa tan en boga en la década de los 60, Thorp publica su primera novela en 1961: In the Forest, consiguiendo un puñado de buenas reseñas.
Fue su segunda novela la que lo puso lo puso en el candelero: The Detective (1966).
En el emblemático año de 1968, Frank Sinatra interpretó a Joe Leland en la versión cinematográfica de The Detective. La película estuvo dirigida por Gordon Douglas, escrita por Abby Man, y con una trama que sirvió de antesala del cine duro de policías norteamericano.
Regresando a la novela, que fue un homenaje al padre de Thorp; iniciamos en la oficina de Leland mientras atiende a una ofuscada viuda, Norma Maclver, que lo contrata a Leland para que investigue quién fue su marido.
Colin Maclver, según la policía, se suicidó. Solo que su segunda mujer, Norma, huele algo podrido.
El destino, como siempre sucede en esta clase de historias, le juega una mala pasada al detective desde el inicio. Resulta que el difunto, cuya vida, cueste lo que cueste, está a punto de desenmarañar, fue su compañero durante la II Guerra Mundial.
Y no solo eso. Escarbando, Leland se enterará que Colin estuvo implicado en ese caso que lo obligó a retirarse del cuerpo de policía y comenzar una carrera como detective privado.
Las varias vueltas de tuerca, la corrupción en varios niveles tanto dentro del cuerpo de policía como en el gobierno, las ambigüedades y todo lo demás que uno espera encontrar en una novela policíaca está en esas páginas. Thorp, que quizá no creo un modelo a seguir, ni se aventuró en derroteros avant garde, sí atinó a desarrollar un pulso narrativo acorde a una era veloz y cambiante, creando además un personaje memorable: Joe Leland, el último de los boy scouts.
Durante su carrera Thorp escribió en total unas trece novelas, incluyendo la continuación de The Detective: Nothing Lasts Forever (1979), donde un Leland entrado en años decide pasar los festejos de Navidad visitando a su hija, que trabaja en el edificio de la Klaxon Oil Corporation, en Los Ángeles California.
La compañía petrolera da una fiesta navideña en su rascacielos, por lo que el detective accede a acompañar a su hija y su familia unas horas, solo que, cansado por el viaje recién hecho, pide un lugar dónde reposar. Y es en ese momento que un pequeño comando terrorista alemán, liderado por Anton Gruber, entra en el edificio y toma a todos como rehenes.
Leland, aislado del resto, comprende que él será la única persona capaz de detener al comando, por lo que deberá enfrentarse a unas bien preparadas máquinas mortales con la única ventaja del factor sorpresa.
Llevar Nothing Lasts… a la pantalla era obvio. La historia, el ritmo y su inusitada violencia lo demandaba. Apenas unos años antes, Black Sunday (1977), dirigida por John Frankenheimer, adaptación de la novela de Thomas Harris publicada ese mismo año, se convirtió en un éxito; igual que Nighthawks (1981), dirigida por Bruce Malmuth, inspirada en parte por la entonces extrañamente popular figura del terrorista Carlos, El Chacal. Ambas películas trataban un tema insólito: los Estados Unidos en plena Guerra Fría es atacado por una pequeña banda de terroristas, demostrando lo frágil que puede ser el American Dream.
Nothing Lasts… pudo ser la tercera película en esa línea, sin embargo tuvieron que pasar varios años antes de hacer efectivo la compra por los derechos de adaptación.
Y otras cosas sucedieron durante esos años, entre ellas que Sylvester Stallone protagonizara First Blood (1982), dirigida por Ted Kotcheff, y que adaptaba la novela de David Morell, publicada en 1972. Y Arnold Schwarzenegger hiciera lo propio con una película de James Cameron, Terminator (1984). De esa forma, el interés hollywoodense por el terrorismo se vio opacado por dos vías: ganar por fin la guerra de Vietnam o decantarse por un hibrido entre la ciencia ficción y un muy violento thriller policíaco.
Fue hasta 1988 que la adaptación de Nothing Last… ve la luz.
Con un guion escrito a medias entre Jeb Stuart y Steve E. Souza, y con la dirección de John McTiernan, más la actuación de un joven actor nacido en Alemania que había cosechado éxito gracias a una serie de televisión: Bruce Willis, además de un respetado actor teatral inglés que hacía su debut cinematográfico: Alan Rickman; Nothin Lasts Forever se convierte en Die Hard, película que sienta un paradigma dentro de lo que será el thriller y la acción: las historias de esos personajes que se encuentran en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Extrañamente, Die Hard podría ser la última película de acción que se tomó a sí misma en serio, arriesgando en planteamiento y personaje sin descuidar el efectismo. Presentando al más humano de los inhumanos: John McLane (mejor idear un nuevo personaje que regresar y actualizar a Jon Leland), que en vísperas de Navidad va a regañadientes a ver lo que es la productiva nueva vida de su esposa, una flamante ejecutiva de Nakatomi Corp.
McLane es un detective de New York cuyo mal salario y arriesgado empleo lo manda a las sombras a rumiar su machismo mientras se entera, gracias a varios personajes en la fiesta de la empresa para la que trabaja su esposa, lo bien que le va a su mujer sin él: tanto que, adelantándose al posible divorcio que está en puerta, comienza a usar su nombre de soltera.
Y mientras McLane comienza a reconciliarse con su presente: que el hombre ya no está a la par de su mujer, que es mejor abnegarse que perderlo todo; los terroristas llegan. Son alemanes, fríos, altamente tecnificados.
McLane, al estar en una oficina descansando del viaje, queda incomunicado, por lo que podrá escabullirse y estudiar al enemigo. Ahora le toca pensar muy bien la situación, ver qué puede hacer a pesar de sus desventajas: solo trae su arma reglamentaria, pocas balas, está descalzo, es una nulidad en todo el aspecto tecnológico, no sabe nada del edificio en el que se encuentra, no conoce a nadie en esa ciudad liberal.
Mezcla del viejo cine de desastres y el nuevo cine de acción, Die Hard es una de esas películas por las cuales uno comprende para qué se hizo el cine.
Porque en materia de acción, no hay un guion tan preciso como el de Die Hard, ni un personaje con tantos matices como John McLane. Él no es John Rambo, que apenas y escupe una que otra palabra y muestra con orgullo sus cicatrices. McLane sangra y le duele, pero no ceja en intentarlo pues sabe que si él no lo hace ¿Entonces quién?
Y si se le va la vida en ello ¿Qué importa?
Y si logra rescatar a su mujer y acepta su papel de eterno segundón ¿Qué interesa?
Cierto, está en el lugar equivocado en el momento equivocado ¿El chiste es que está, no?
Y todo eso mientras escupe unos one liners geniales.
Die Hard tuvo otras secuelas, cada una con sus tropiezos y con su logros: desde la artificiosa y vacua Die Harder (1990) dirigida por Renny Harlin, adaptación libre de la novela 58 Minutes de Walter Wager, y con una de las escenas más escalofriantes realizadas hasta ahora: el avión que se estrella justo a la mitad de la película; hasta la también genial Die Hard with a Vengance (1995), otra vez con John McTiernan en la dirección, basada casi íntegramente en el guión Simon Says de Jonathan Hensleigh, cinta que se reconcilió con la primera entrega de la saga y agregando un poco del humor que se perdió la de Harlin. Cada una presentando a unos terroristas más acordes a los tiempos y con un escenario que abrazaba lo global: de un edificio a un aeropuerto. Del aeropuerto a una ciudad ¿Qué seguiría?
Por supuesto que el país, Estados Unidos, y enterito.
Ahí es donde se inserta: Live Free or Die Hardm un proyecto que se vino maquinando a lo largo de 10 años.
Cambiando de nombre, de trama, de escenario; porque habrá que recordar que Tears of the Sun, estrenada en el 2003 y dirigida por Antoine Fuqua, iba a ser la cuarta parte de la saga. Finalmente, la batuta la fijó un artículo sobre las guerras del futuro.
Fechado en 1997 y publicado en la revista Wired, A Farawell to Arms, artículo de John Carlin, apuesta a que el terrorismo de antaño, ese que se vale de plantar bombas y secuestrar gente, se verá transformado en cyberterrorismo. Porque más importante que vidas humanas y que lugares públicos, el rehén será la información.
Dicho artículo inspiró a David Marconi a la hora de escribir su guion WWIII. El problema fue que gracias a 9/11, el proyecto quedó en veremos y nunca se concretó.
Dough Richardson y Mark Bomback tomaron el guion de Marconi y metieron con calzador a John McLane, presentando la nueva era del terrorismo y a un nuevo McLane: por fin divorciado, amargado, enlatado en su vida ordinaria, incapaz de llamar por celular o comunicarse con sus hijos y superando paso a paso sus miedos.
Hasta él llega un encargo: servirle como medio de transporte a un jovencísimo nerd, Matthew Farell (Justin Long, el de los anuncios de la Mac), como parte de una investigación del FBI. Solo que hay un problema, Farell está en la lista negra del grupo comandado por Thomas Gabriel (Timothy Olyphant), un ex-burócrata empeñado en hacerle ver al gobierno norteamericano el gran error de no creer sus advertencias sobre lo vulnerable de su estructura informática.
Así inicia esa nueva aventura de McLane. Firmada por el desaparecido Len Wiseman, Live Free or Die Hard (que para el resto del mundo es: Die Hard 4.0) se inserta en una saga que, honestamente, bien pudo quedarse en tres partes ¿Pues qué aporta esta nueva película al mito McLane?
Además de actualizar la premisa, mostrando de dónde salieron todos esos escurridizos héroes y logrando gracias al CGI un escenario fantástico: la informática como el gran Leviatán de nuestra era, dónde la información ya lo es todo, así que nada más peligroso que controlarla; la película se convierte en un subproducto cargado de explosiones, adrenalina y correrías y… desgraciadamente, poco más.
Eso sí, la cinta levanta el dedo medio a 24 (serie creada en el 2001 por Joel Surnow y Robert Cochran, donde el héroe Jack Bauer – interpretado Keifer Sutherland-, se enfrenta al nuevo terrorismo en situaciones y escenarios típicos de Die Hard, pero sin poder asomar la nariz siquiera si no tiene al menos un satélite de su parte mientras le grita a quién se deje mediante el celular que tendrá casi pegado a la palma de su mano, que envién esos refuerzos que siempre llegarán en el momento oportuno; el John McLane del siglo XXI sigue escuchando a los Creedence, añorando a su esposa, celando a su hija (Mary Elizabeth Winstead), y haciendo lo que mejor sabe hacer, solo que sin aprovecharse del fuck (maldita decisión de la ya extinta 20th Century Fox, que decidieron que la película fuera PG-13).
Y otro asunto: John McLane ahora es inmortal.
Sí, porque si algo falla en esta película, además de ese embellecimiento gratuito por parte de Wiseman, y la falta de groserías, es que el McLane de ahora no busca evitar el dolor: feliz y contento acude a él. Convirtiendo a la dupla: nerd y policía rudo, en un eco de la pareja del Terminador 2: Judgment Day (también de James Cameron, de 1991).
Así, McLane subirá a una patrulla, acelerará y se lanzará al asfalto buscando derribar un helicóptero sin mediar en que terminará todo madreado. Eso es parte del oficio.
También se quitará de encima a una molesta terrorista con una camioneta a toda velocidad, que hará caer por el hueco de un elevador con él dentro.
El dolor como forma máxima de expresión.
Sí, renqueará un poco y sangrará más, pero al final nada que un poco de agua, algo de alcohol y un algodón no pueda solucionar.
Live Free or Die Hard es una película que ahí queda ¿Colgada? Por supuesto ¿Recomendable? Yo la volvería a ver y pronto ¿Me gustó? No del todo, pero, mierda, es McLane y eso hace valer el boleto.
Al final, si algo debemos agradecer a Wiseman, y al propio Willis, es que al menos su cuarta entrega sí entra en los parámetros de la saga y no queda como una película que se parece a Die Hard, pero no es.
Nada peor para una película que crear un subgénero y termina no haciéndose justicia.
¿Star Wars, por ejemplo?
Roderick Thorp pudo morir allá en 1999, cierto. Pero su creación, algo transformada, completamente calva; algo bruta pero por siempre ingeniosa, vivirá por siempre.
Yippie Kai-Yey, motherfuckers!
Atentamente, el Duende Callejero iniciando el 2024 con una retrospectiva de Die Hard. Y recordando que SOLO SON CUATRO PELÍCULAS. No existe una quinta cinta en esa saga…








