Han pasado ya dos siglos desde que la publicación Frankenstein, o el Moderno Prometeo de Mary Shelley, y hay que reconocer una cosa: la mayoría conoce la historia que cuenta la novela y saben de los avatares del doctor Víctor Frankenstein: sus obsesiones, deseos, locuras y demás. Pero no conocen a la criatura que esas obsesiones, deseos, locuras y demás engendraron.
Lo que han visto es a un monstruo que fue reimaginado en 1931 cuando el director británico James Whale entregó su versión de Frankenstein. Fue así que conocimos al espigado y recio gigante coronado por una cabeza cuadrada, de piel verde (aunque la cinta fue en blanco y negro), con sendos tornillos en su cuello, algunas cicatrices, calzando unos enormes zapatos y vestido de pantalón y saco.
Esa criatura era iletrada. Balbuceaba algunas cosas y cuando llegaba a hablar, lo hacía lanzando frases cortas que repetía en varias ocasiones. Su andar era lerdo, a veces con los brazos alzados como si quisiera evitar golpearse contra algo que tuviera al frente. Y aunque en su momento, gracias a la interpretación del londinense Boris Karloff, se consideró un icono cultural, lo cierto es que esa versión fue la que se convirtió en norma a partir de esa fecha. Las que siguieron fueron por la senda de ver a la criatura reanimada por el doctor Frankenstein como un monstruo lerdo y peligroso, y no como lo que en la novela se plantea: un milagro.
Un milagro obrado por un ser humano que jugó a ser Dios y acabó pagando las consecuencias. Un milagro que fue desechado precisamente por aquel que obró para que sucediera al considerarlo un error de su parte y una afrenta contra el orden natural de las cosas.
Por lo anterior, entiendo cabalmente la obsesión de nuestro Guillermo del Toro por regresar a la criatura a la historia de Frankenstein y dejar claro quién es el verdadero monstruo. Algo que de alguna forma algunos realizadores ya habían intentado, con curiosos resultados: desde la interpretación de Clancy Brown en la cinta La Prometida de 1985 (con Sting como el doctor Frankenstein); pasando por la de Robert De Niro en Frankenstein de Mary Shelley de 1994 (que durante mucho tiempo presumió de ser la más fiel a la novela, aunque esto fue porque es la que más ha seguido las acciones que se cuentan en la novela. Nada más); hasta la de Rory Kinnear en la serie Penny Dreadful (con tres temporadas, del 2014 al 2016); y la encarnación de Xavier Samuel en una de las pocas cintas que se han contado desde la perspectiva de la criatura: Frankenstein de Bernard Rose. A ese panteón se suma ahora la romántica (y recordemos, la novela Frankenstein es el cenit de la literatura romántica) interpretación del australiano Jacob Elordi en la versión de Frankenstein (2025, México y Estados Unidos) escrita y dirigida por del Toro.
Considerarla la versión más fiel a la novela sería algo erróneo. Pasa que del Toro se toma sus libertades. Y esas libertades no son menores. Por ejemplo, el científico Victor Frankenstein que interpreta Oscar Isaac no está comprometido con Elizabeth (Mia Goth), sino que ella es la esposa de su hermano William (Felix Cammerer), así que aquí no es un niño. Hay otros cambios que se van justificando con la trama, como que esta criatura no asesina como sí sucede en la novela, pero lo principal es que del Toro ha logrado su obsesión: ha regresado a la criatura, el prodigio, el milagro, al relato de Frankenstein.
Y aunque ese logro no es cosa menor, me temo que eso resulta ser lo más destacado de la cinta. Ahora falta ver si basta esta versión (sabiendo que se viene otra, escrita y dirigida por Maggie Gyllenhaal, y con Christian Bale interpretando a la criatura) para revertir lo obrado en 1931 por Whale y que en la futuras versiones no volvemos al iletrado y deforme (y verdoso) monstruo que conocemos desde hace 94 años.
Atentamente, el Duende Callejero…








