¿Golpe de Timón?

Chris Hemsworth en una escena de 'Spiderhead'
Chris Hemsworth en una escena de Spiderhead

Hace algunas semanas, una filtración en la prensa que sigue sin ser negada ni aceptada por algún miembro importante de la compañía, apuntó a que Netflix iba a dejar de dar luz verde a los vanity projects.

Según algunos medios, esto significa que luego de años experimentando con levantar proyectos de prestigio que por diversas causas otros estudios habían abandonado o rechazado, como The Irishman de Martin Scorsese o The Power of the Dog de Jane Campion, y de comprar los derechos de distribución internacional de proyectos independientes como Roma de Alfonso Cuarón, la junta directiva de la compañía californiana había llegado a la conclusión que aquello no les había traído grandes beneficios. Dichas películas ni habían aumentado las suscripciones ni tenía la cifra de visionados que ellos deseaban.

Y, bueno, tampoco habían recogido los galardones que ellos deseaban.

Anoto que lo primero es mera especulación. Sobre suscriptores y visionados solo sabemos lo que ellos reportan cada trimestre. Y sobre los premios, ahí sí sabemos que fuera de varios documentales y de la ya mencionada Roma, los otros proyectos se cubrieron con nominaciones, sí, pero recogieron muy pocos galardones.

Así que, y de nuevo citando el artículo de The Hollywood Reporter, Netflix está cambiando su estrategia. Y, según eso, este año se comenzará a ver dicho cambio.

La idea, según, es presentar menos producciones con la marca de originales, pero que estos títulos sean mejores y más grandes películas.

Superproducciones, pues.

De esas que capturen la atención de los espectadores y los haga o suscribirse al servicio o, de plano, no pensar en cancelarlo.

Valga todo lo anterior para poder justificar la siguiente pregunta ¿Es Spiderhead (2022, Estados Unidos), cinta dirigida por Joseph Kosinski, parte de ese golpe de timón por parte de Netflix?

Porque si la respuesta es , entonces les mando decir a los ejecutivos de Netflix que tienen un problema mayor de lo que pensaban.

Spiderhead va de acuerdo a lo planteado en el artículo. Su director, Kosinski, es un nuevoviejo lobo del mar de los blockbusters de medio pelo (hasta que llegó Top Gun: Maverick, claro). Los guionistas son Rhett Reese y Paul Wernick, responsables de los guiones de los dos Deadpool y de Zombieland. Además, está basada en un cuento de ciencia ficción distópica escrito por el galardonado George Saunders. Y como cereza, está protagonizada por Chris Hemsworth, Miles Teller y Jurnee Smollett. Los tres con un caché bastante popular a cuestas: Thor, la saga Insurgente y Birds of Prey, respectivamente.

Y, sin embargo, esta historia sobre un futuro mediato en el que todo aquel que cumple una condena en una cárcel de máxima seguridad puede transmutar ciertos privilegios si accede a servir de conejillos de Indias para una super corporación que está probando una droga, solo tiene una interesante premisa. Porque de ahí se decanta por una serie de escenas en las que los personajes se explican muchas, muchas cosas.

Y lo único que no explican esos personajes en sus interminables choros, es cómo una película tan blanda como la que protagonizan, Spiderhead, podrá ayudarle a Netflix a capotear su crisis.

Atentamente, el Duende Callejero

Ganando sus alas

Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt
Kiera Thompson y Sienna Sayer en una escena de Martyr Lane, de Ruth Platt

Creo que no será un spoiler decir que Martyrs Lane (2021, Reino Unido) es una historia de fantasmas.

Ese dato está en la mayoría del material publicitario que la acompaña. Y bastan los primeros minutos dentro del mundo en el que vive Leah (Kiera Thompson), la protagonista de la historia, una niña de diez años que anda de aquí para allá recorriendo un caserón viejo, observando las rutinas familiares, para entender por dónde irán los tiros, como dicen.

Leah es miembro de una familia de cuatro integrantes.

La madre, Sarah (Denise Gough), es una mujer triste que suele estallar a la menor provocación y que se ha convertido en una obsesión para Leah. Sabe que esos cambios de humor provienen de algún hecho del pasado, pero no sabe qué podría ser, aunque está segura que el relicario dorado que cuelga de su cuello, y que no deja que nadie toque, es una pista importante.

Su padre, Thomas (Steven Cree), ha tomado a la religión como una forma de lidiar con cualquier problema con el que se enfrenta. Eso hace que sea difícil hablar con él, hacerlo entender que hay cosas terrenales que afectan e importan más que su ansiado más allá.

Finalmente está Bex (Hannah Rae), la hermana mayor, que suele mostrarse hosca y hermética como cualquier adolescente de su edad, pero que es el justo punto medio de la familia: secunda los silencios maternos con una pizca del mercurial temperamento paterno.

Debemos sumar el hecho de que, tras revisar el relicario de su madre, Leah comienza a recibir la visita de una niña (Sienna Sayer), que al parecer viene de algún lugar del bosque, que toca a su ventana, que charla con ella sobre varios temas. Esa niña anónima le va informando en dónde puede encontrar algo que le servirá para comprender ese pasado que su familia intenta mantener en secreto, mientras le presume que ya le están creciendo alas de verdad.

Porque las que de momento porta solo son parte de un disfraz.

De nueva cuenta un realizador, en este caso a la directora y guionista (y también actriz, aunque aquí no aparezca frente a las cámaras) Ruth Platt, se sirve de un relato de horror para volver un tema mundano en toda una odisea sensorial y alegórica. En este caso está el cuestionar esa costumbre por parte de los mayores por evitar que los infantes se enteren y encaren eventos que, cierto, son duros, crueles, pero que, caray, forman parte de la vida misma.

Platt lanza una pregunta interesante con Martyrs Lane ¿No será que intentando evitar un trauma, suele crearse uno?

Leah se ha convertido, por cuenta propia, en una especie de devorador de angustias para los miembros mayores de su familia. Y no sabe la razón por la que hace eso. Su conocimiento sobre cosas tan simples, como el amor o la compasión, es bastante limitado. Sus mayores han estado ocupados lidiando con otras cosas como para enseñarselo.

Es en ese apartado en el que Platt triunfa: en el situarnos, por momentos, en ese mundo infantil lleno de dudas y miedos, pero con un hambre por conocer y entender qué pasa cueste lo que cueste y que vale para que cualquier miedo quede relegado.

Ese triunfo me basta para decir que Platt se ha ganado, con Martyrs Lane, sus alas reales.

Atentamente, el Duende Callejero

Lectura del verano de 1992

Parte de la portada del The Stand de Stephen King en su versión extendida
Parte de la portada del The Stand de Stephen King en su edición extendida de inicios de los años noventa

En el verano de 1992 hice mi primer viaje solo.

Entonces tenía 16 años. Viajé de Los Mochis a Guadalajara en autobús. Fueron unas veinte horas de viaje y recuerdo bien que vomité un par de veces en el baño. Solo bebí agua durante el viaje tanto de ida como de regreso por mis mareos.

Diré que hasta la fecha suelo marearme cuando viajo en autobús, pero ya no vomito.

Recuerdo que mi maleta para ese viaje fue una mochila con un par de playeras, un pantalón de mezclilla y algunas mudas de ropa interior. Me recibiría en Guadalajara uno de mis tíos maternos, Gustavo. Me quedaría con él quince días. Él le había dicho a mis padres que deberían mandarme con él ese verano, que me haría bien comenzar a viajar por mi cuenta.

Ellos aceptaron.

Claro que tengo muchas anécdotas sobre ese primer viaje por mi cuenta. Pero este no es el lugar para relatarlas. Escribo esto porque para ese viaje me hice acompañar de la novela The Stand de Stephen King en la edición de 1990 de Plaza & Janés: Apocalipsis, ese era su título nacional. A la mitad de su portada venía un cintillo negro advirtiendo que aquella era la edición completa, sin supresiones, de La Danza de la Muerte.

Encontré ese libro, junto con otros de Stephen King en el estudio de la casa de mi abuelo materno. Hasta el día de hoy no sé quién era el que compraba esos libros que cada tanto aparecían en uno de aquellos viejos libreros. Todos traían señas de ya haber sido leídos: en algunos había pasajes subrayados con lápiz e incluso con plumas de diferentes colores.

Además de las novelas de King, encontré uno de los Books of Blood de Clive Barker en su edición Martínez Roca, Something Wicked this Way Comes de Ray Bradbury y hasta un par de novelas de Dean R Koontz. Pasé muchas horas leyendo y releyendo esos libros. Llenaba hojas de mis libretas con ideas y cuestionamientos salidos de esas lecturas y relecturas, además de algunos dibujos. Pero con The Stand pasaba lo siguiente: lo sacaba del librero, lo hojeaba, leía las primeras páginas y luego lo volvía a su lugar.

Sus mil quinientas y tantas páginas me intimidaban, lo acepto.

Pero como quince días de aquel verano de 1992 en aquella ciudad tan conocida, pero también tan ajena (mi familia materna es de Jalisco, así que Guadalajara y sus alrededores siempre fueron uno de los destinos de viaje familiar desde que era pequeño), me parecieron una eternidad. Y como sabía que durante las mañanas y parte de la tarde estaría solo en el departamento de mi tío, esperándolo a que regresara del trabajo para poder ir a dar la vuelta, decidí que The Stand me serviría para matar las horas.

Lo que nunca imaginé fue lo rápido que me bebería esas mil quinientas y tantas páginas que tanto me habían intimidado.

Leí The Stand en unas tres mañanas con su respectivo cacho de tarde. Recuerdo que una de las cosas que me atrapó ocurre a la mitad del primer libro, el que lleva por título Captain Trips.

Larry Underwood, el hedonista cantante de rock que ya había visto morir a su madre víctima de la supergripe y que en esas páginas se hacía acompañar de una mujer madura, Rita, con la que dejaría atrás un Nueva York que se ahogaba en el hedor de millones de cadáveres al aire libre, citaba a The Hobbit de JRR Tolkien.

Y entonces algo hizo click dentro de mí. Comprendí que todo eso que se me hacía tan familiar en la novela provenía de otros libros que ya había leído y que me habían gustado.

Ahí estaban esos pasajes protagonizados por Stuart Redman, y Frances Goldsmith y Harold Lauder, que hacían recordar a Watership Down de Richard Adams. Los de Nick Andros y Tom Cullen que hacían eco tanto al Lord of the Flies de William Golding como a Of Mice and Men de John Steinbeck. Y qué decir de la ominosa sombra de Randall Flagg, con todo y su reino en Nevada, que se manifiesta en las páginas de la novela como un villano a la Saurón de The Lord of the Rings de Tolkien.

Y como él, todo lo ve (bueno, salvo quién era tercer espía. Igual que Saurón no supo quién era el portador del anillo).

Creo que la trama ya es conocida. Igual, va un resumen: todo inicia una noche en una base militar al norte de California. En ese lugar, el gobierno de Estados Unidos ha estado creando una supergripe que se trasmite de forma sencilla y que mata en cuestión de horas. Se supone que será usada como un arma bacteriológica en el futuro, pero por sucede un accidente y el virus queda libre. Así que en cuestión de semanas muere casi la totalidad de la población del mundo, salvo a unos cuantos que resultan inmunes. La narración de King se concentra en los sobrevivientes de Estados Unidos, que se separan en dos grupos: los que van a Boulder, Colorado, convocados por una señora negra de ciento ocho años que se les aparece en sueños y que dice llamarse Abigail Freemantle, y los que se concentran en Las Vegas, Nevada, atendiendo el llamado de el hombre de negro, que se les aparece en pesadillas y que dice llamarse Randall Flagg.

Pronto, los dos grupos habrán de enfrentarse. Flagg planea desaparecer a Boulder con una bomba atómica mientras que cuatro miembros del comité de Boulder irán caminando hasta las Las Vegas para encarar a Flagg sin armamento o plan.

Lo único los acompaña a esos cuatro, y que los arropa, es su voluntad.

The Stand suele llevarse los laureles cuando se trata de decidir cuál es la mejor novela de Stephen King. Además, es un referente de obras literarias que mezclen el fantástico con el horror y cuyo escenario es el fin del mundo.

Algunos autores, como Chuck Wendig o Paul Tremblay, citan a The Stand como una inspiración a la hora de escribir sus propias versiones del Apocalípsis: Wanderers y Survivor Song, respectivamente.

Mientras que otros lo aceptan con cierto recelo.

Qué decir de las canciones que ha inspirado: Ride the Lighting de Metallica y Among the Living de Anthrax.

The Stand ha tenido dos adaptaciones en forma de serie. La de 1994, escrita por el propio King con la dirección de Mick Garris y que fue un evento televisivo para ABC. Y la de finales del 2020, estrenada en plena pandemia y que estuvo a cargo de Josh Boone y Benjamin Cavell para Paramount+.

Es en esa segunda adaptación en la que King decidió revelar una versión extendida del epilogo de la novela, El círculo se cierra. Esa fue la razón por la que decidí ver los nueve caóticos episodios que dieron cuenta de una historia que, caray, vaya que no necesitaba tanto salto en el tiempo.

Porque si hay algo que encanta en el relato, es cómo cada uno de esos personajes van llegando a sus respectivos destinos y van conociendo a esos otros personajes, creando lazos afectivos. Algo que la narrativa fragmentada de la nueva serie, ensarzada más por el efectismo y la sorpresa, acaba lastrando.

Pero, bueno, hablaba del epílogo de King. Luego del sacrificio y la destrucción en Las Vegas y del regreso de Stuart y Tom a Boulder, y también del nacimiento y la prueba tras el nacimiento de la hija de Frances; la pareja, junto con la recién nacida, Abigail, deciden emprender un viaje a bordo de una caravana hasta Maine. La única justificación tras ese viaje es las ganas de Frances por volver a ver el mar del pueblo en el que nació y no murió.

Y es en un punto de ese viaje, uno en el que la familia se siente cómoda con su decisión y baja la guardia, que Flagg se manifiesta y pone a prueba a Frances.

Otro de los problemas que tiene esta nueva versión de The Stand es lo pequeña que se siente. Mientras que Garris logró transmitir la sensación de que todo lo que ocurre en la pantalla forma parte de un evento inmenso, uno que incluso va más allá de sus márgenes; acá todo ocurre en espacios regularmente cerrados, con unos cuantos personajes y recurriendo a líneas interminables de diálogos. Pero dicho hermetismo expositivo vaya que le sienta bien a ese epílogo en el que, por alguna razón que de nuevo queda sin resolver, se decide verbalizar lo que considero que es la idea capital de The Stand: llegará un momento en la vida en la que nos tendremos que tomar una decisión. Y dicha decisión es qué camino deberemos tomar. Uno de esos caminos ofrece una solución total al problema que tenemos frente a nosotros. Y dicha solución, de momento, solo nos pide un pequeño tributo. Pero si sabemos leer entre líneas, quizá lograremos comprender que dicho tributo, a la larga, acabará siendo peor que el problema inicial. Pero vaya que resulta seductor dar ese tributo.

Aunque también está el otro camino. Uno que no reclama un tributo, que solo nos pide aceptar las consecuencias de nuestras acciones y encarar nuestras limitaciones. Que puede que nos deje sin nada, que seguro que nos provocará algo de dolor, que nos mandará al fondo de un hoyo oscuro y húmedo.

Pero que no nos convertirá en otra cosa. Porque en ese camino seguiremos siendo justos.

Algo así fue lo que pensé en aquel verano de 1992 en el que viajé por primera vez solo y en la que leí por primera vez The Stand de Stephen King. Sé que no fui el mismo tras ese viaje, que esos recorridos por la ciudad que solo conocía con mi familia me hizo resolver muchas dudas, además de ganar otras tantas que necesité años para asignarles algunas respuestas.

Pero sería injusto dejar fuera la lectura de la novela mastodóntica de King como parte fundamental de esa experiencia.

Porque gracias a ella, adopté un mote que sigue rigiéndome:

Often wrong, never in doubt.

Atentamente, el Duende Callejero

Apuntes sobre la marisma de Delia Owens

Delia Owens, fotografiada por Brittainy Newman para The New York Times en el 2022
Delia Owens, fotografiada por Brittainy Newman para The New York Times en el 2022

Publicada en el corazón del verano del 2018, a Where the Crawdads Sing, debut novelístico de la zoóloga Delia Owens (1949, Georgia), solo le tomó cinco meses (esto fue de agosto de 2018 a enero del 2019) el ponerse en fila para reclamar su título como una de las novelas más vendidas en la historia de la industria editorial norteamericana.

Como dato adicional y final en este apartado relacionado con el número de ventas y esas cosas, diré que para inicios de este 2022, la novela de Owens seguía apareciendo como uno de los diez títulos más vendidos del mes desde el 2018.

Me ha tocado leer algunas think pieces que han pretendido desentrañar qué diablos hay en las entrañas de esa novela que ha llamado tanto la atención de los lectores. La verdad, espero que este escrito no vaya por esos derroteros. Porque, anuncio: no es mi intención desentrañar nada, menos explicarlo.

Esto pasó: acabo de terminar una segunda lectura de la novela. Originalmente la leí a finales del 2018, en inglés, en versión digital. Y para el 2020 ya había olvidado gran parte de ella. Solo tenía presente sus primeros capítulos y, claro, la parte final. Esa en donde se resuelve todo.

A la parte media, narrada a dos tiempos asincrónicos, simplemente le cayó una bruma lechosa de esas que según Owens aparecen cada tanto en las marismas y dificultan los viajes por ellas a menos que se tenga pericia, memoria fotográfica y una brújula.

Pero resulta que me encontré la versión en español de la novela, la de Ático de Libros, y a buen precio. La compré y, hace semanas, comencé a hojearla. Resultó que esos primeros capítulos volvieron a atraparme.

Así que, heme aquí, con una segunda lectura de una novela conocida por acá como La Chica Salvaje.

Y de esta nueva lectura tengo unas notas.

Y quiero compartir esas notas.

Eso es todo.

La Chica Salvaje o Donde Cantan los Langostinos, cuenta la historia de Catherine Danielle Clark, alías Kya.

Ella se convertirá en la única residente del predio de los Clark, ubicado en una de las marisma de Carolina del Norte. Un espacio:

…luminoso donde la hierba crece en el agua y el agua fluye hasta el cielo. Donde deambulan lentos arroyos que llevan al astro sol hasta el mar y donde aves de largas patas se elevan con gracia inesperada…

Su historia comienza a finales de los años 50 y termina a inicios de la década de los 70, con Kya, ya mujer, defendiendo su derecho a ser alguien libre, sin necesidad de someterse a reglas o leyes creadas por el hombre para domesticar la naturaleza.

Demostrando que lo más importante en la vida nunca se aprenderá en una escuela. Comprendiendo que todo lo moral no es más que un invento que lleva a cualquiera a convertirse en otro tipo de salvaje que lejos de cuestionarse sobre sus necesidades reales, se ha inventado unos artificiales de las que depende su vida.

Abandonada por su madre cuando tenía seis años. Luego por sus cuatro hermanos y finalmente por su abusivo padre, Kya dejará de ser niña por su cuenta. Y tras unos fallidos intentos por ser parte de la comunidad de Barkey Cove, que incluyen un día en la escuela y su posterior huida, Kya decide que mejor se dedicará a sobrevivir gracias a todas las enseñanzas que le da la salvaje pero pura naturaleza de la marisma que la rodea.

La biología consideraba el bien y el mal como el mismo color visto por diferente luz.

Así que se empeña en comprender cómo es que afectan los cambios de clima en todos los organismos vivos. Entiende el comportamiento de los animales y pone en práctica, además que expande, todas aquellas enseñanzas que de forma directa e indirecta le legaron su padre y el último de los hermanos que huyó, Jodie.

Con el tiempo, y obligada por la necesidad, Kya logra hacerse de dinero para cargar el tanque del motor del lanchón paterno y comprar algunos alimentos mediante la venta de mejillones y pescado ahumado al encargado de una tienda de conveniencia del muelle, un negro al que todos apodan Jumpin’.

Serán él, Jumpin’, y su esposa Mabel los que adoptarán el papel de padres de Kya. Le conseguirán ropa de segunda, la aconsejarán y cuidarán tanto como les sea posible, porque al ser miembros de la comunidad negra del lugar, ellos también sufrirán de persecuciones y señalamientos por parte de varios miembros de la comunidad de Barker Cove. Aunque dichas historias serán apenas relevantes para la trama que aquí se cuenta.

En el apartado sentimental, Kya deberá enfrentar el cortejo de dos machos del lugar, uno alfa y otro, uno de los machos débiles. El alfa es Chase Andrews mientras que el débil es Tate Walker. Tate se convierte en el primer amor de Kya. Le regala plumas, la enseña a leer, le consigue libros y con ellos, Kya se convierte en una erudita de la marisma y de su fauna y vegetación. Eso, a futuro, le ayudará pues se convertirá en autora de un par de libros sobre el ecosistema de las marismas, logrando cierta fama y amasando una pequeña fortuna que poco a poca ve creciendo. Pero Tate se va a estudiar biología y a pesar de su promesa por volver, abandona a kya. Entra entonces Chase, la estrella deportiva del pueblo y que se pone como objetivo el desvirgar a la chica salvaje. Le endulza el oído, la corteja por meses, hasta que ella cede. Y entonces, también la abandona.

Todo lo que ella sabía del amor se resumía en las señales deshonestas de las libélulas.

Será Chase la razón por la que se cuenta la novela, pues esta inicia cuando unos niños descubren su cadáver en una sección de la marisma. Y por la historia que vivió junto a Kya, una historia que todos conocieron porque él mismo se la comunicó a todo mundo antes de casarse con una de las chicas acomodadas del pueblo, la posibilidad de que su muerte se deba a un asesinato a en que la chica salvaje se convierta en la sospechosa de facto.

Sin embargo, a pesar de que así inicia la novela, La Chica Salvaje no es una novela sobre un crimen o un relato basado en la fórmula de el falso culpable. La novela no es más que un largo relato sobre la educación sentimental de una jovencita que vive fuera del imperio de la sociedad ultraconservadora norteamericana de la post guerra. Hay muchas referencias a los estragos de las guerras en las que participó Estados Unidos. La culpa por el carácter irascible del papá de Kya viene de sus participación en la guerra. Regresó trastornado, sin poder integrarse a la sociedad y con una dependencia al alcohol que se imponía ante todas las cosas. El propio hermano de Kya, Jodie, que regresa luego de enterarse que su hermana estaba publicando libros sobre la naturaleza de la marisma, afirma que la guerra lo cambia y destruye todo. Pero también que está en cada quién el resistir ese embate o dejarse llevar por él.

Y sobre el asunto del asesinato de Chase, un último apunte.

Desde 1996 se ha informado que tanto Delia Owens, como su ex esposo Mark y su hijastro Christopher, se les busca en Zambia pues son sospechosos del asesinato de unos cazadores furtivos de elefantes. Asesinatos que incluso quedó registrado en video. Ese evento fue el que hizo que los Owens, que llevan años viviendo en Zambia, regresaran a Estados Unidos y dejaran a un lado sus carreras de ambientalistas. La historia está documentada en varios medios, pero acá pueden leer más al respecto.

Eso sí, ahora que la novela ha sido adaptada al cine por parte de la productora de Reese Witherspoon, la sospecha sobre Owens y sus familiares ha escalado en los medios de nueva cuenta. Y esta vez acompaña a más de una reseña sobre la película.

Lo que me resulta inquietante, es gran parte discurso de La Chica Salvaje consiste en justificar el impulso asesino en los humanos. Cierto, dichas justificaciones aparecen en momentos en los que Kya contempla a la naturaleza y piensa lo puro y justo que resultan las acciones de supervivencia de los animales. Por ejemplo:

Algunos insectos hembra se comen a los machos, las madres mamíferas demasiado estresadas abandonan a sus crías, muchos machos conciben maneras arriesgadas o traicioneras de superar a la competencia. Nada parece demasiado indecoroso para que la vida pueda continuar.

Y también:

Algunas conductas que ahora nos parecen crueles garantizaron la supervivencia de los primeros hombres en el aprieto en el que pudieran verse entonces. Sin ellas, ahora no estaríamos aquí.. Y esos instintos siguen presentes en nuestros genes, y se manifiestan cuando se dan determinadas circunstancias. Hay partes de nosotros que siempre serán lo que fuimos, lo que tuvimos que hacer para sobrevivir en aquellos tiempos.

Krya no comprende la razón tras el escándalo de la muerte de un ser tan despreciable como Chase. Ese follador tramposo. Entiende la tristeza y el miedo que ha emanado en la comunidad que le dio la espalda el descubrir su cadáver, pero no empatiza con ellos. Tampoco quiere la misericordia de esos pocos que de forma natural la cobijaron. Lo que tenga que pasar, que pase. Esa es parte de la resolución de La Chica Salvaje, esta obra que, según la contraportada de mi edición en español, The New York Times en su sección de libros describió como: … una educación sentimental y una oda a la naturaleza.

El mismo The New York Times que, años después, publica un artículo cuestionando si la novela no incluye la confesión y justificación de un asesinato.

¿Confesión y justificación? No lo sé. Pero que deja claro la postura de Delia Owens sobre el papel de la naturaleza en la vida de cada ser vivo.

Postura que puede resumirse con una línea de la misma novela:

Sabía que no había nada que juzgar. No había nada malvado en ello, la vida seguía adelante, incluso a costa de algunos participantes.

Atentamente, el Duende Callejero

Entonces…

Portada de uno de los 'Libros de Sangre' de Clive Barker, editado como parte de la colección Gran Super Terror de Martínez Roca
Portada de uno de los ‘Libros de Sangre’ de Clive Barker, editado como parte de la colección Gran Super Terror de Martínez Roca

¿Qué pasaba entonces?

Porque entonces era 1988, y ya pensaba en el fin del mundo.

Sí. Todo porque las cosas eran casi las mismas que ahora. Entonces, encender la televisión y sintonizar un noticiero solo servía o para querer ponerte los pelos de punta y para rumiar una o mas maldiciones por segundo.

Maldiciones derivadas hasta por esa insulsa forma en la que el presentador de noticias en turno se prestaba a recetarnos su cascada de infortunios faltando a las más elementales reglas de nuestro siempre vapuleado español, pasando por las mismas calamidades que tan jocosamente nos endilgaban.

Ah, entonces, todo eso y más nos hacían fácil el amar nuestra consola de videojuegos rentada. Porque era raro el que tenía una de planta.

¡Ah, los bueno tiempos de Nintendo!

Y… La televisión por cable era un lujo que poco a poco se popularizaba. Las parabólicas servían más para definir estilos de vida que como opción de entretenimiento (aún recuerdo el comentario: mira, una parabólica en aquella casa, entonces ahí vive o un gomero o un político o un negociante. Todo se resumía en corrupción, eso sí).

Y, eran tiempos en los que fuera del centro de la república y de algunas capitales de cada uno de los estados, la opción de entretenimiento televisivo se resumía en sintonizar (y mal a veces) un canal nacional y otro local (que regularmente era como no tener nada).

Por su parte la radio ofrecía un magro consuelo, gracias a ella o acababas odiando a Mecano o canturreando: Cruz de Navajas por una Mujer… Y por eso, los discos que regularmente te llegaban por conocidos, parientes o vecinos, sí eran un consuelo válido.

Solo que si los escuchabas más de la cuenta acababas con vinilos rayados e inservibles, o simplemente con una cinta que la grabadora tragaba. Creo que así fue como comprendí qué significaba: lo finito.

Ah… Y las primeras computadoras solo eran calculadoras grandes, pesadas, costosas, extrañas. Para poco servían, pero uno podía embobarse tecleando y borrando textos por horas. Eso sí, solo con media hora esas pantallas de color naranja o verde hacían que los ojos te dolieran mas que un maratón de Ahí Viene Cascarrabias.

¿En qué plataforma de streaming tienen ese título?

Creo por eso me aficioné tanto a la lectura…

¿Qué más iba a hacer?

Demasiado grande para seguir jugando con las figuras de Star Wars de mi hermano menor, demasiado pequeño para hacer otra cosa que no fuera perderme dos o tres horas vagando por las calles de la ciudad en turno.

Además, vagar es diversión por tiempo limitado: una vez que ya te sabes de memoria el camino, que te aprendes las calles, los árboles, las casas y hasta los rostros, llega la hora de dedicarte a otra cosa.

Y sí, los libros siempre ofrecían una posibilidad de fuga tan buena que siempre he comprendido la razón por la que el mejor regalo para alguien que esté encarcelado, si aquel es consciente de su estado.

Un libro, por más que lo leas, lo releas, lo explores, subrayes o taches… Siempre te dará más y más y más.

Así que, regreso al inicio: Entonces era 1988 y ya pensaba en el fin del mundo.

Cuando uno deja de ser niño es cuando el miedo comienza a tener sentido. Yo, en 1988, le tenía miedo a la Guerra Fría y a la amenaza nuclear, aunque no sabía bien ni qué era una cosa ni qué otra. Un sueño recurrente era que el sonido de una sirena me despertaba en medio de la noche, por lo que mi padre nos juntaba en la sala y encendía un radio solo para escuchar a una voz mecánica que anunciaba que teníamos dos o tres horas para refugiarnos, que los misiles nucleares ya estaban en el aire y no tardaba en escucharse la gran detonación. El problema era que no había refugio ¿Por qué habríamos de cavar, aquí en México, sendas prisiones subterráneas de hormigón? ¿Qué no ese chisme era entre Estados Unidos y la URSS? ¿Qué tenía que hacer un misil nuclear próximo a rompernos la madre en esta parte tan calurosa de México?

Como buen sueño, la lógica valía madre, pero ¿cuántas noches me despertó ese sueño? ¿Cuántas me quedé sentado en la cama, cerrando los ojos e intentando captar, lejana, el sonido de una sirena?

La idea de que nos habíamos puesto a hacer de todo, menos preservar nuestro futuro, me aterraba. Eso sí, a pesar de mi miedo, sabía que un ataque de esa magnitud no equivaldría al fin del mundo total, constante y sonante. No, era más bien el fin del mundo tal y como lo habíamos conocido hasta ese año, 1988.

Solo eso.

Y si había una cosa que me obsesionara en 1988, era precisamente saber qué tan cerca estábamos de ese fin. Y cómo lo afrontaríamos.

Como siempre, cuando uno es joven lo único que se puede hacer era consumir ficciones como remedio para todo aquel mal que sientes que te aqueja. A falta de disciplina y displicencia, es el cine, la literatura, el chisme, los cómics y la música los buenos remedios que todo-lo-salvan-o-lo-empeoran.

De todos ellos, a los que debo, si cabe, mi cordura es a: la saga de Mad Max de George Miller, entonces primera de 1979, segunda de 1981 y tercera de 1985. Durante años fueron ese tótem especialmente diseñado para que un fatalista miope como yo pudiera sostener su creencia de que, por más mal que vaya todo, siempre habrá esperanzas.

Concret Island de JG Ballard, de 1974, leído en una ajada versión de la librería pública por 1986. Antes que Camus, Sábato o Borges, Ballard me pervirtió sobre qué podía esperar de la sociedad.

Y The Stand de Stephen King, publicada en 1979, leída por vez primera entre 1986 y 1987 en su primera versión llamada La Danza Macabra, de solo de seiscientas y tantas hojas, que dentro de ese denso relato sobre el fin y el inicio del mundo, lo que más me importaba siempre era, contradiciendo un poco a Ballard, a Camus y a Sábato, aunque dándole la razón a Borges y a Miller: Hay que tener fe.

En lo que quieras. Hay que tener fe…

Por esos años, las librerías abundaban hasta en la ciudad más pequeña. Y no solo eso: los libros, maldición, de cualquier clase, tema, lo que fuera, se encontraban porque simplemente ahí estaban. Eso, recuerdo, me lo dijo el dueño de una librería cuyo local ahora es una veterinaria.

El problema siempre fue el precio… ¡Chingado!… Siempre se dice que nadie lee, que es una lástima, que somos incultos, etcétera ¿Pero por qué los libros jamás han tenido un precio verdaderamente accesible para todos? Sí, lo sé, hay colecciones baratas, accesibles, como quieran llamarlas. Pero ¿y el resto? ¿Esas que por cualquier causa la gente quiere leer?

Y de entre todas las editoriales de aquellos años, mi afición por los libros de Martínez Roca y Minotauro (entiendo, ambas del grupo Planeta), no tenía par.

Solo las colecciones de Roca: Gran Super Terror y Gran Super Ciencia Ficción, me sirvieron como ejemplo de que los sueños siempre serán inalcanzables.

Verán, dichas colecciones siempre fueron un listón muy alto como para atreverse a cortarlo. Los libros eran caros, y aunque ahorraba y no gastaba más que en ellos, la verdad es que siempre acabé releyendo más que comprando.

Pero bueno, entonces era 1988 y además de pensar en el fin del mundo, mi vida giraba alrededor de los textos de: Brian Lumley, Bob Randall, TED Klein, Clive Barker, Richard Laymon, Tanith Lee, Stephen King, Brian Aldiss, Theodore Sturgeon, Samuel R Delaney, Philip K Dick, Dan Simmons, Roger Zelazny, Jack Vance, Ramsey Campbell, Thomas Disch, Robert Silverberg, George RR Martin, HP Lovecraft, Edgar Allan Poe, Ray Bradbury y Peter Straub.

Obviamente, porque todos ellos tenían al menos un relato en alguna de esas colecciones de Gran Super Terror o Gran Super Ciencia Ficción.

Unos años después, el muro de Berlín cayó.

Fueron ellos los que me hicieron descubrír a Ernesto Sábato, a Albert Camus, a Herman Hesse

Y a Mario Vargas Llosa… A Gabriel García Márquez… A Jorge Luis Borges… A Adolfo Bioy Casares

¡A Julio Cortázar!

Las librerías comenzaron a cerrar, concretamente cuando me disponía a comprar esos dos volúmenes editados por el FCE de Cortázar traduciendo los cuentos de Poe.

Esas librerías se volvieron ópticas o algo peor.

Las mueblerías se comieron a los cines, y la televisión en cable ya era una obligación. Todo porque los canales gratuitos jamás pudieron verse bien sin una suscripción de cable.

Sin embargo, dijeron insistentemente por ahí: el MTV era lo peor que había para la salud.

De pronto todos olvidaron a Led Zeppelin a favor de un estúpido güero que berreaba: Hello, hello, hello… How low?

¡El horror!

Todo esto para anunciar: se vienen un textos relacionados con esas primeras lecturas, esos autores con los que inicié.

Y no sé si decirles: estén atentos, o: lo siento.

Atentamente, el Duende Callejero