Notas sobre un viejo viaje a lo sobrenatural

Un señor y un libro misterioso
Un señor y un libro misterioso ¿De qué se trata? Sigan leyendo…

A ver, va una pregunta para la trivia, como dicen.

Se trata una película. Es sobre un grupo de jóvenes que va a una cabaña en medio del bosque.

Una cabaña que es propiedad de un científico que quién sabe qué trabajo está haciendo, pero necesita soledad, silencio, árboles y hartos bichos.

¿Captan el asunto? Bien, prosigamos

Los jóvenes van a dos cosas que, acá entre nos, no tienen mucha lógica (advertencia temprana para aquellos que hacen del quejarse de las reacciones lógicas de los personajes un modus vivendi, o sea esos que hacen think pieces usualmente asustándose de cómo se pensaba y vivía en el pasado o los de videos explicando cosas, aléjense de esta película, por favor). Quieren pasar un fin de semana de fiesta y ayudar al viejo con su trabajo. Uno que ninguno sabe de qué se trata, pero que dicen que harán sin chistar.

¿Y dónde está el problema con eso?

Sencillo ¿Y cómo harían los jóvenes esas dos cosas si a leguas se les nota sus ganas de party-time?

No preguntemos, mejor sigamos.

Y hasta allá van, sorteando un camino que a cada milla les anuncia que se están metiendo en un lío del que quizá no salgan bien librados. Llegan a la cabaña y, claro, el viejo no aparece por ningún lado.

En ella solo quedan los vestigios de que algo pasó ahí.

Algo malo.

Algo que está relacionado con su trabajo, la lectura de un antiquísimo libro de conjuros recién descubierto.

Esos jóvenes se darán cuenta que ese algo está rondando afuera de la cabaña, literalmente.

En el bosque encuentran huellas.

Y ese algo ahora viene por ellos.

Hasta ahí, a ver ¿qué película es la que estoy describiendo?

Para todos aquellos que contestaron The Evil Dead, o los que fueron mas allá y lanzaron el otro título con el que se le conoce al debut de Sam Raimi, The Book of the Dead (1981, Estados Unidos), francamente lo siento.

Esa no es la película.

¿Que cuál es? Ah, sigan leyendo…

En 1967, un joven llamado Dennis Muren comenzó a rondar por las calles y negocios de su natal Glendale California con una idea para una pequeña película de corte fantástico.

Platicando con conocidos, familiares, amigos de la familia y dueños de negocios, el joven planteó juntar la modesta cifra de $6,500.00 dólares.

El gancho para lograr la cifra era una escena que realizó con stop-motion. Un ser alado y de brillante color rojo aterrizaba frente a un hombre en el claro de un bosque.

La bestia alada
La bestia alada que es de color rojo, lo juro

Aunque estudió administración de empresas, Muren era un apasionado del cine.

Solo que su pasión no era el sentarse tras la silla del director o actuar, menos el escribir historias. Su interés estaba en crear efectos especiales.

Una labor a la que se dedicó profesionalmente, por cierto. En su currículo está Star Wars (1977, George Lucas), Indiana Jones and The Temple of Doom (1984, Steven Spielberg), Terminator 2: Judgment Day (1991, James Cameron) y muchas más.

Bastará decir que él, junto a Steve Williams y Mark Dippe son los pioneros del CGI gracias a su trabajo en Young Sherlock Holmes (1985, Barry Levinson), y que perfeccionaron esa técnica tanto en Terminator 2 como en Jurassic Park (1993, Steven Spielberg). Ha ganado ocho Oscares y le otorgaron uno por aportación técnica.

Volvamos a mediados de los sesenta.

El dinero que Muren pidió le fue entregado sin chistar por los convocados. Todo en pequeñas cantidades, que sumándolas dieron más que el monto que había planteado.

La verdadera idea del joven era realizar un largometraje que le permitiera perfeccionar su técnica de animación cuadro por cuadro, así que lo que contó en sus presentaciones solo se trató de la premisa inicial.

Una que se inspiraba en sus lecturas de las obras de William Hope Hodgson y de H.P Lovecraft.

Sin mediar en posibles demandas (para clavados, en la película encontraran referencias a The Lurking Fear, The Horror At Red Hook, The Shadow Out Of Time y The Haunter of the Dark, junto a elementos de la gran novela The House on the Borderland), Muren logra realizar una película de unos 40 y tantos minutos en 16mm.

Su título, Equinox… A Journey Into The Sobrenatural, que estrena localmente y es la delicia de sus amistades y amigos y vecinos y, bueno, de todo aquel que le tocara verla y aportara dinero para su realización.

Animado por los entusiastas comentarios de los espectadores, Muren muestra su película a Tonylyn Productions, productora local propiedad de Jack H. Harris, responsable del éxito The Blob de 1958. Compran el metraje y de paso contratan a Jack Woods para expandirlo.

Para eso ya casi es 1970, así que el físico de los jóvenes actores, Edward Connell, Barbara Hewitt, Frank Bonner y Robin Christopher, ha cambiado.

Para alargar la trama y lidiar con el cambio, Woods ideó una subtrama en la que él interpretó el papel de ese algo que anda rondando de aquí para allá.

Ese alargamiento sí cambió radicalmente lo ideado por Muren, dotándolo de más acción y diálogos. El resultado es una versión diferente, que doblaba al metraje original y al que le dieron un título más directo, Equinox.

Esa es la versión que se conoció en los cines. La que poco público alcanzó a ver y que quedó enlatada por años. Cosa curiosa, la vendría a rescatar la polémica sobre sí Raimi pirateó su premisa para crear sus Evil Deads.

Él siempre ha dicho que ni la conocía, pero bueno, así dicen siempre ¿no?

Acabemos con este asunto de una vez ¡Ni Muren ni Woods, menos Raimi son originales! En todo caso, sería mejor leer a Lovecraft y a Hodgson. Sin embargo, aquí estamos para recordar que hace años The Criterion Collection sacó un doble disco cargado de extras con ambas versiones para que las comparemos si queremos.

Personalmente me quedo con la de Woods, aunque sé que debatir las razones llegará a ser demasiado aburrido para muchos.

Solo diré que las actuaciones no son profesionales y como sucede cuando se discute sobre películas afines, saldrá por ahí un listillo que se pondrá a señalar los varios errores técnicos.

Digo, como si eso importara los llamados errores técnicos.

Mejor acabo el escrito.

Disfruto mucho las dos versiones de Equinox. Siempre preferiré películas como estas, realizadas con un amor que sale por los poros del celuloide hasta nuestros ojos.

¿Eres de los que solo te importa eso cuando ves una película?

Adelante, busca Equinox, dudo mucho que te puedas arrepentir de revisarla.

No es eso lo que más te importa y eres de los que se hacen los listos buscándole el tal quinto pie al gato.

Entonces evítala. Ya están por estrenar Black Widow.

Atentamente, el Duende Callejero

El podcast nuestro de cada domingo, II

Caratula de The Kingcast

Llevo varios años prendado de los podcasts.

Eso lo sabe cualquiera que intentara charlar conmigo cuando me encuentra o en la calle o en algún pasillo o en alguna sala de espera o en la mesa de un café, o incluso en la fila del supermercado, del banco o de la tortillería.

Luego de dejarlos hablar y gesticular un rato, suelo subir lentamente el dedo índice derecho a mi oído para dar unos golpecitos en los audífonos. Luego les sonrío de lado.

Algunos preguntan qué grupo es el que estoy escuchando. Les digo que a ninguno, que lo que escucho es un podcast.

Va una idea que espero no olvidar, cada domingo recomendaré uno de los varios podcast que escucho durante la semana.

Esta es la segunda (y me temo que bastante obvia) recomendación.

¿Son lectores constantes?

Sí, de esos que suelen comprar el nuevo libro de Stephen King que encuentren en la estantería de alguna librería.

Si la respuesta es sí, entonces seguro les interesará el podcast que desde el 14 de mayo del 2020 han estado produciendo Scott Wampler y Eric Vespe, The Kingcast.

Presentado como un podcast: sobre Stephen King para obsesionados con Stephen King, cada semana (en concreto, cada miércoles por las mañanas) junto a un invitado que puede ser Issa López, Barbara Crampton, Scott Ian, Don Coscarelli o Mick Garris, Wampler y Vespe repasan una novela o un cuento junto con su concerniente adaptación cinematográfica (o la serie que inspiró, según sea el caso).

Intercambiando puntos de vista, abriendo debates, desarrollando lecturas de la historia propuestas por cada participante, con The Kingcast resulta muy difícil querer quedarse al margen de la conversación.

Uno acabará releyendo (o leyendo por primera vez) alguno de los libros de King que moran los estantes de la biblioteca personal (qué decir de bucear un poco en busca de esa película que hace mucho no veíamos, o que tenemos pendiente).

Por acá les dejo no el último episodio que han subido, sino el que considero mi favorito, en el que el invitado fue Mark Z. Danielewski y hablaron sobre Cujo:

Atentamente, el Duende Callejero

La amabilidad de los extraños

Fotograma de Krisana
Fotograma de Krisana

Estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Matiss Zelcs (Egons Dombrovskis) sale de casa, al atardecer, debe ir a su trabajo en el Archivo Nacional de Letonia. En el camino, cruza un puente en el que ve a una mujer parada en el borde ¿Otra suicida? ¿Cuántos van?

Luego de intercambiar miradas, Zelcs agacha la cabeza y sigue su camino.

Han pasado unos metros, él sigue caminando hacia su trabajo cuando escucha al agua rompiéndose detrás.

Voltea.

La mujer ya no está en el borde ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

La escucha pedir auxilio. Regresa pero solo ve oscuridad. Así que enciende un cigarro, se encoge de hombros y sigue su camino hacia su trabajo.

El tiempo pasa, pero Zelcs no puede pensar en otra cosa que no sea en la culpa por no haberse detenido a ayudar a esa mujer ¿Quién era? ¿Por qué lo hizo?

Recurre a la policía, pero ellos no resuelven nada ¿Otra suicida?

¿Cuántos van?

A nadie le importa.

Estamos en Riga, repito.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y la vida es dura.

Siguen aquí los fuertes, se van los débiles.

Eso es lo que parece quererle decir ese policía irónico. Hay que seguir adelante.

Zelcs lo sabe, en el fondo lo sabe, pero no puede quitarse de la cabeza que ella estuvo a unos metros de él y que él solo la observó y la dejó caer.

Que a nadie parece importarle que ella no está.

A nadie.

Solo a él.

Así que, armado con lo mejor que sabe hacer, investigar, Zelcs comenzará una investigación que lo llevará no solo a conocer quién fue esa mujer que no salvó, sino qué fue lo que la orilló a tomar esa decisión, qué vida llevaba, quién era, qué quería.

Qué anhelaba.

Todo enmarcado en un conjunto de fotografías que resumen una vida como la de él.

Pero ¿Por qué hace aquello?

¿Realmente le interesa que esa mujer no siga siendo una anónima o solo quiere limpiar su conciencia?

¿Qué está pasando con él?

¿A alguien le importa?

Recordemos, de nuevo, estamos en Riga.

El ambiente es frío. La ciudad, claustrofóbica.

Y solo hubo otro suicidio en el puente.

¿Cuántos dicen que van?

El también director de fotografía Fred Kelemen (Berlín, 1964), presenta una hermosa y monocromática oda a la soledad, a la alienación y a la culpa llamada Krisana (Alemania y Lituania, 2005), que traducido sería caída, un sencillo y claustrofóbico thriller existencial escrito con sombras. Narrado por el silencio. Construido por medio de planos largos que se van ensamblando bajo el dictado de una ciudad.

Riga.

Donde el ambiente es, sí, frío. La ciudad, claustrofóbica.

Sigo jurando que a mis sueños le robaron una película.

Atentamente, el Duende Callejero

Los misterios del amor (Redux)

Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet
Kyle MacLachlan en una escena de Blue Velvet

Nota: esta es la cuarta vez que me piden subir este texto. Así que está dedicado para los que me mandaron un correo o me dejaron un comentario.

Dice Christian Metz que la diferencia entre la situación fílmica y la situación onírica reside exclusivamente en el sujeto. Aquel que ve una película sabe que está viendo una película, mientras que aquel que sueña regularmente no se entera que está soñando en el momento.

En resumen, la socorrida relatividad solo nos sirve como un punto de referencia.

Ahora bien ¿Qué pasa cuando la diferencia entre ambos estados tiende a reducirse?

Bueno, disfrutar una película, según Metz, depende de la participación afectiva que pueda tener el espectador. Cuando la conciencia del sujeto ante la situación fílmica comienza a enturbiarse, la transferencia perceptiva aumenta.

Así, el sujeto deja su papel de espectador para gesticular, decirle al personaje que continúe, aplaudir por la acción recién efectuada, sobresaltarse, gritar, llorar, reír, insultar, sentir pena, asombro o, de plano, marcharse de la sala mientras lanza palabras incomprensibles.

Catársis. Así la llaman ¿no?

Lo interesante es que, en cualquiera de los eventos antes mencionados, al sujeto en cuestión le será difícil explicar la razón por la que actuó de una u otra forma.

Por eso, no está de más tener en cuenta que el cine, como cualquier arte, se escribe con un conjunto de leyes y valores propios. Recordemos que al ver una película solo somos espectadores. Los cuestionamientos u opiniones que tengamos son meros puntos de vista que, a veces, simplemente tendemos a sublimar hasta por el estado de ánimo en el que nos encontremos.

Planteo todo lo anterior como una confesión. Todo porque mi gusto por la película Blue Velvet (1986) de David Lynch, reside precisamente en esa gozosa sublimación a la que hago referencia.

Disfruto mucho de esa historia sobre un amor que es llevado al límite. Un amor que sobrepasa los términos de normalidad y que termina decantándose en un espectáculo hermosamente bizarro. Espectáculo que se complica al querer contestar la siguiente pregunta ¿Quién es mas perverso, aquel que hace el mal justificándose con la posibilidad de tener al amor de su vida a su lado, o aquel que hace el bien solo porque piensa que eso es lo correcto?

Dos personajes representan los contrapuestos de esa pregunta: Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan), un joven universitario que regresa al lugar que lo vio nacer debido al repentino paro cardiaco de su padre. Y Frank Booth (Dennis Hooper), un peligroso asesino y traficante de drogas que se enamoró de la cantante de un bar (Isabela Rossellini), así que secuestra a su esposo e hijo con tal de poder hacer con ella lo que le plazca.

Como leerán, la premisa de la película es sencilla. Lo interesante reside en como David Lynch arma su relato. Blue Velvet es una película que narra cómo un sueño se vuelve pesadilla.

Sencillo ¿no?

Así, el engañoso inicio con la cerca blanca, el cielo azul y las rosas rojas parece denotar tanto la tranquilidad pueblerina del ficticio Lumberton, el pueblo en donde se desarrolla la historia.

Ese seria el inicio del sueño, me temo.

Guiados por la melodía Blue Velvet de Bobby Vinton, damos un recorrido por las soleadas calles del lugar. Vemos los preciosos jardines cuidados por los apacibles lugareños, también al jefe de bomberos que cruza la pantalla a bordo de un hermoso camión rojo. Y llegamos con los Beaumont, y conocemos al padre y a la madre de Jeffrey.

El padre está en el jardín, regando. La madre en la sala de su casa, viendo una película en la televisión. La manguera comienza a fallar justo cuando la canción de Vinton pasa a un segundo término y un molesto zumbido se hace presente. En ciertos momentos, la escena nos recuerda a aquella película realizada por los Lumière, El regador regado.

Entonces, el padre de Jeffrey parece gritar y luego cae al suelo.

Es el paro cardiaco que ya mencioné. La manguera sigue lanzando agua, se le enrosca en la entrepierna al hombre y simula un descomunal chorro de orín. Entra a escena un molesto perro que, brincando sobre el infartado, lame el chorro de agua. Cerca, un niño de meses que da sus primeros pasos, observa el espectáculo y ríe.

Dejamos todo ese mundo y nos adentramos al fondo del jardín. Bajamos y bajamos hasta que nos encontramos con varios insectos que devoran todo lo que está a su alcance.

Conocemos a Jeffrey, el orgullo de la familia Beaumont. Joven, soltero, apuesto. Jeffrey visita a su padre en el hospital y se siente afligido por el precario estado en el que lo encuentra. En su regreso a casa, el joven se detiene en un solitario lugar para arrojar piedras a un tambo de lámina abandonado. Una forma algo infantil de descargar sus frustraciones, cierto, pero así es Jeffrey. Ahí encuentra una oreja humana llena de hormigas que envuelve en un papel y decide llevar a la policía. El detective Williams (George Dickerson) le plantea al joven que investigará el caso y lo somete a un interrogatorio de rutina, sin embargo Jeffrey comienza a sentir curiosidad por su hallazgo. Visita por la noche al detective Williams en su casa. Pero es Sandy Williams (Laura Dern), la adolescente hija del detective, quien le aporta la información que busca.

Sandy le cuenta a Jeffrey que durante días ha escuchado, desde su habitación que está justo encima del estudio de su padre, ciertos comentarios sobre el caso de una cantante llamada Dorothy Vallens (Rossellini). Esa misma noche Sandy le muestra a Jeffrey donde vive la mujer. Jeffrey invita a Sandy a investigar el asunto por su cuenta. Sandy acepta siempre y cuando aquello no afecte su relación con su novio y sus padres no se enteren.

Así, Jeffrey y Sandy, ese par de jóvenes inexpertos, claramente inocentes y soñadores, entran en el inframundo de Lumberton.

La analogía inicial es bastante clara ahora. Aquella intromisión en el césped del precioso jardín de los Beaumont, ese donde encontramos a los insectos que devoran todo, fue una advertencia sobre lo que estaba por suceder.

Cuando la noche cae, las solitarias calles del pueblo con sus apacibles jardines y cercas blancas, se transforman en terrenos inhóspitos que en lo absoluto contrastan con la parte urbana e industrial del pueblo. Esa antesala del infierno siempre tan temida.

Así vamos conociendo que el misterio alrededor de la oreja que encontró Jeffrey reside en el corazón de un hombre, Frank Booth (Hopper). Es su deseo por Dorothy Vallens el que provoca la catástrofe. Frank y sus hombres secuestran al esposo y al hijo de la cantante. Frank acosa a Dorothy, obligándola a usar una bata de terciopelo azul mientras aspira oxigeno desde una bomba y simula que la viola. Esa es la única forma en la que ese hombre maduro, violento, decadente puede excitarse. Queda clara su impotencia, su virulencia.

Eso que él llama amor es una obsesión que lo está destruyendo.

Jeffrey entra en el mundo de Frank y con su curiosidad lo corrompe.

Conoce a Dorothy y se obsesiona con sus obsesiones. También se enamora de la aparentemente inocente Sandy, a quien arrastrará involuntariamente hasta destruir su mundo mágico de sueños donde, por la falta de amor, alguien roba a todos los petirrojos del mundo.

Que venga la pesadilla…

Frank grita su masculinidad cada vez que puede. Dice que puede coger con todo lo que se mueva, aunque el único placer que le puede dar a Dorothy en sus encuentros son los golpes que le propina y la intoxicación que le provoca su ingesta de oxígeno. Jeffrey ve en Frank la encarnación de un mal mundano. Le teme, aunque también se sienta intrigado por su violenta personalidad y sus momentos de fragilidad ¿Será que ve en él a una figura paterna que no le pudo dar su padre?

Los hombres que acompañan a Frank, además del extraño Ben (Dean Stockwell), son meras comparsas que acompañan el decadente viaje de Jeffrey hacia los misterios del amor.

Es un mundo extraño, dice el supuesto héroe cada vez que encuentra una pieza del rompecabezas que nadie le pidió que armara. Y ninguno de nosotros, en nuestro papel de espectadores, puede contradecirlo. Tan extraño como la vida misma.

Sin embargo, al final nadie aplaudirá las hazañas de Jeffrey pues, en el fondo, todos terminaremos sintiéndonos como Frank, unos payasos de caramelos a los que apodaron arenero. Somos los que entramos todas las noches de puntillas en cuartos ajenos para que, en sueños, acompañemos al personaje de esa otra historia que apenas se cuenta.

Eso es lo que hacemos cada que vemos una película ¿no?

Todo eso es recitado mientras el andrógino Ben enciende una lámpara de mecánico y, usándolo como un micrófono, nos da una cruel representación del dolor que debe sentirse al tener algo que, sabemos, nunca podrá ser nuestro.

Y sí, quizá cuando llegue a nuestra ventana un petirrojo con un insecto en el pico, podamos entender cuál podría ser el misterio del amor que obligó a Frank a no darle una de sus cartas de amor a Jeffrey, un balazo en la cabeza, cada vez que pudo.

Ah, los misterios del amor ¿Y qué fue lo que dijo Chuang Tzu sobre una mariposa y un sueño?

Atentamente, el Duende Callejero

True Crime a la mexicana

Fotograma de El Profeta Mimi
Fotograma de El Profeta Mimi

Principios de los setenta, Centro Histórico de la Ciudad de México. Noche.

Una prostituta ataviada como la conocidísima Muerte de Posadas trastabilla por una calle.

Cerca de ella va un hombre alto, de paso corto y bien vestido.

Quizá el último cliente de la noche, quizá.

La prostituta se detiene y lo encara. Para eso, el par ya ha dejado la calle y ahora están en un callejón. El hombre escucha que la prostituta primero se le ofrece, luego, tras repasarlo de arriba para abajo con su acuosa mirada, se mofa de él.

Entonces, el hombre saca de sus bolsillos una corbata. Con ella la ahorca.

Cuando el cuerpo sin vida de la mujer cae, el hombre lanza un rezo y se da a la fuga.

Llega a su casa.

Vive en una vecindad con su anciana madre. Ellos tienen su propia historia violenta. De niño le tocó presenciar la muerte de su padre (Héctor Ortega). Lo mató su madre (Ofelia Guilmáin) de un balazo. A él y a la prostituta que había llevado a la casa al final de una juerga. Así terminó la pelea de esa noche. Su madre no quiso ver cómo su esposo fornicaba con la prostituta en el sillón de su sala.

Descubrimos que al hombre le gusta la ópera, los libros y aunque no va a misa o pertenece a un culto religioso, es capaz de citar pasajes enteros de La Biblia. Su nombre es Ángel Peñafiel, aunque todo mundo lo conoce como Mimi (Ignacio López Tarso).

También por su buen corazón. Desde niño se hizo cargo de su madre mientras purgaba su condena. Ahora trabaja como mecanógrafo. Escribe con su máquina lo que el cliente le pida y le pague. Suele no cobrarle a esas prostitutas que requieren sus servicios. La razón, nunca envía las cartas que ellas le piden que les escriba.

Algunas noches las pasa jugando ajedrez con el gallego encargado de un hotel en el que las prostitutas realizan su trabajo. Vive enamorado de su vecina, Rosita (Ana Martín), una joven cuyo sueño es largarse de la vecindad.

Y sí, él es ese asesino de prostitutas del que tanto hablan los diarios y las mujeres en la calle. Mimi sale a matar amparado por su creencia de que está haciéndoles un favor a esas mujeres. Librándolas de sus pecados y del dolor por vivir vendiendo su carne.

Nadie sospecha de él ¿Quién podría hacerlo? Mimi es de los que se quita el saco cuando ve a alguien pasar frío en la calle. También ha dejado de comer para regalar su comida a algún hambriento.

Rosita tiene un novio abusivo, Federico (Roberto “El Flaco” Guzmán), que se la tiene jurada a Mimi por las veces en las que se ha entrometido en sus asuntos. Y de noche, él sube a las azoteas para ver a Rosita desnuda. Por las mañanas, platica con ella. Le cuenta intimidades. Sueña con dejar a su madre, irse con Rosita. Quizá iniciar una familia. Ya no es joven, pero tiene fe.

Todo da un vuelco cuando conoce a Magdalena (Carmen Montejo), una solitaria y mal hablada señora que vive en un cuartucho en el techo de la vecindad. Con su desfachatez le desbarata esa idea de pecado y dolor en el que viven las prostitutas. Y buscando escapar del yugo de su correcto padre (Carlos Jordán), Rosita decide hacer la calle para juntar dinero y cumplir su sueño de largarse. Eso le rompe el corazón a Mimi.

Para colmo, conoce, y por sugerencia de Rosita, al Hermano Mackenzie (Ernesto Gómez Cruz), que con su iglesia new age está alborotando las buenas conciencias de los jóvenes.

El Profeta Mimi es el nombre de la película. Se estrenó en 1973. Dirección de José Estrada, guion del propio Estrada y Eduardo Luján. Forma parte de la colección Grandes Directores Mexicanos de los 70’s de Zima. Costó entre 15 y 20 pesos en un botadero de supermercado. Entiendo que está en streaming por ahí.

Cierto, su misoginia es tan elemental que raya en la caricatura. Los discursos del padre de Rosita corresponden a esos choros aleccionadores de la generación posterior al ‘68. La transformación de Rosita está cantada desde el inicio. Por ello, el desenlace no logra causar sorpresa.

Pero resaltar esos derrapes es tan válido como aplaudirle los logros. López Tarso está impresionante. También Montejo. Y Estrada logra transformar el Centro Histórico, escenario único de la película, en dos mundos. El de día, que se ve como un lugar apacible y hasta hermoso, y el de noche.

Una antesala de un infierno plagado de sombras, de demonios, de desolación.

Punto aparte le corresponde esas cuidadas escenas de asesinatos. Resaltando el segundo de ellos, que ocurre en un cuarto de hotel con las paredes de color rojo y en el que todo es visto desde un espejo, con una sombra de Mimi que a cada paso que da se agiganta.

¿Estamos ante uno de los primeros ejercicios de giallo a la mexicana?

Quizá. Y aunque Estrada citó en su momento a Psycho (1960) de Alfred Hitchcock como inspiración de su película, no debemos dejar fuera dos historias ocurridas realmente en ese Centro Histórico.

La de Goyo Cárdenas y la de Higinio Sobera de la Flor.

Dos hombres cuyas andanzas la escritora Norma Lazo relató en dos excelentes crónicas en su libro Sin Clemencia (2007).

Ellos fueron, indudablemente, la inspiración tras este Profeta Mimi que he vuelto a revisar.

Un true crime a la mexicana que vale la pena rastrear.

Atentamente, el Duende Callejero

(Días y) noches de furia

Pier Paolo Pasolini
Pier Paolo Pasolini

Recordemos ahora a Pier Paolo Pasolini (1922, Bolonia-1975, Via dell’Idroscalo), el realizador tras Salò o le 120 Giornate di Sodoma (1975).

Aún en nuestros días de descargas, piratería afuera de tiendas de conveniencia, streaming, Amazon, y rentas y compras en línea, Salò sigue siendo uno de los santos griales del cine de culto.

Parte de ese interés se debe al morbo por conocer la razón por la que, según algunos aficionados a las teorías de la conspiración, el cineasta fue asesinado.

Pasolini murió entre la noche del 1 y la madrugada del 2 de noviembre de 1975 en un paraje afuera de Roma.

Fue apaleado y atropellado con su propio auto, un Alfa Romeo GT 2000.

Según reportes oficiales, una mujer anónima que pasó por el lugar fue la que encontró el cuerpo y dio aviso a la policía.

Detuvieron a un joven pandillero conocido como La Rana, Pino Pelosi.

Él fue el único que cumplió condena por el asesinato. Cine años. Murió en julio del 2017, víctima del cáncer.

Pelosi fue detenido porque manejaba el auto de Pasolini a toda velocidad por la carretera de Ostia y en sentido contrario.

Iba drogado.

Al principio negó estar involucrado en el asesinato. Dijo que había encontrado el auto con todo y llaves y que solo se lo había llevado. Luego cambió su versión. Dijo que Pasolini le había propuesto tener sexo a cambio de dinero. Que él accedió porque quería comprar drogas, pero que luego se arrepintió.

No le gustó el trato que le dió el cineasta.

Solo que Pasolini no aceptó el rechazo. Lo agredió y él se defendió.

Fue por ese relato que Pelosi fue a la cárcel.

Las razones tras el asesinato siguen siendo poco claras. Circulan muchas historias, entre ellas que un grupo de políticos italianos conservadores no quería que Pasolini llegara a un puesto público.

El cineasta estaba incursionando en la política italiana, incluso había anunciado que Salò sería su última película porque ahora se concentraría en su carrera política.

Otra historia va que el asesinato fue el resultado de un conflicto amoroso con Pelosi. Que los dos ya se conocían y el asesinato se trató de un crimen pasional más.

Esa versión hasta el mismo Pelosi la negó.

Una final, también de Pelosi: la pareja sí llegó al paradero. Tuvieron sexo y luego él fue a orinar. Entonces, tres desconocidos aparecieron y golpearon y amenazaron a Pelosi.

Ellos fueron los que sacaron a Pasolini del auto y lo mataron a golpes mientras le gritaban: cerdo, comunista y maricón.

En fin…

Salò llegó a los cines de Italia el 10 de enero de 1976.

Basada en el libro homónimo del Marques de Sade, la trama del Salò de Pasolini sucede en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, en una villa en la que unos destacados miembros de la sociedad italiana llevan a un grupo de jóvenes para someterlos a sus deseos, reflejando con esos actos la depravación que según Pasolini, reinaba en la gloriosa Italia fascista de Mussolini.

En la película vemos castraciones, coprofagia, sodomía… El catálogo de perversiones es extenso.

Esas sórdidas imágenes es lo que la ha convertido en leyenda. Sin embargo, de vez en cuando convendría recordar que además de cineasta provocateur, el nacido en Bolonia también fue un furioso militante político de izquierda.

Tanto que el mismo partido de izquierda italiana lo vetó por su radicalismo.

Además, fue veterano de esa Segunda Guerra Mundial que tanto marcó su obra. Y crítico político y literario, poeta, dramaturgo, actor, y, claro, homosexual declarado en una época en la que eso significaba una muerte pública.

Hasta publicó unas novelas y algunos libros de cuentos. Y por ahí hasta le cuelgan un título francamente peligroso: filósofo.

Obviamente, también fue guionista. Y a finales de los cincuenta, uno de los trabajos con los que subsistía era o corrigiendo o escribiéndole guiones a esos directores italianos que estaban cosechando éxitos nacionales e internacionales: Federico Fellini y Mauro Bolognini.

Con Fellini co escribió dos obras mayores: Le Notti di Cabiria (1957) y, sin crédito, La Dolce Vita (1960).

Con Bolognini realizó varios proyectos al hilo, entre ellos uno realizado dos años antes de debutar como director con su polémica Accattone (1961).

Dicho proyecto, inspirado en su novela Ragazzi di Vita (1956), que en el año de su publicación le acarreó la primer demanda por obscenidad cortesía de un grupo político conservador que se sintió perturbado por la crudeza con la que Pasolini retrató los barrios bajos de Roma.

La Notte Brava (1959) es el título de esa cruda crónica sobre un día y una noche de furia en la vida de varios jóvenes romanos que buscan pasarla bien sin que les importen las consecuencias de sus actos.

Scintillone (Jean-Claude Brialy) y Ruggeretto (Laurent Terzieff) son dos amigos que inician su día levantando dos prostitutas rivales, Anna (Elsa Martinelli) y Supplizia (Antonella Lualdi), para luego llevárselas a un funeral.

Ahí buscan hablar con Mosciarella (Mario Meniconi), para ofrecerle un material robado del que les urge deshacerse.

El gánster los corre con la promesa de hablar otro día del asunto, pero ellos no quieren esperar.

Necesitan el dinero para sus putas, para la noche.

A la salida del funeral encuentran a Gino (Franco Interlengui), que alcanzó a escucharlos y les ofrece ayuda a cambio de un porcentaje. Solo que el contacto de Gino está en la ruina, la depresión tras la guerra lo ha secado completamente, así que los jóvenes, con todo y las mujeres, que se están aburriendo cada vez más y no ven cómo sacarán dinero de esa temprana aventura, se quedan sin nada, riñendo nada más.

Fotograma de La Notte Brava
Fotograma de La Notte Brava

Los jóvenes acaban vendiendo el material, unos rifles robados a la policía, a un sordo (Piero Palmisano) que en ese momento está acompañado por una mujer, Nicoletta (Anna-Maria Ferrero).

El dinero que ganan es suficiente como para augurar el deseado derroche.

Para celebrar, el trío llevan al campo a las mujeres. Allá cada joven se desaparece con una y sin ponerse de acuerdo vemos cómo les va llenando la cabeza de promesas de hogares, sustento, de dejar la calle y demás, para luego del acostón dejarlas sin paga y en medio del campo.

En el camino de regreso, en plena discusión sobre cómo repartirse el dinero sobrante, los jóvenes se dan cuenta de que las mujeres les han robado, así que deciden regresar por la noche al lugar en el que las encontraron no para que les devuelvan el dinero, sino para vengarse.

En La Notte Brava podemos ver claramente esa intención demoledora de dejar atrás a ese orgullo nacional que era el neorrealismo y la enorme sombra de Roberto Rossellini.

Empresa que ni el mismísimo Fellini se había prestado a realizar.

Para Bolognini y Pasolini, más que ese retrato romántico del aquí y el ahora que cuenta esa historia del hombre común y corriente, el verdadero nuevo realismo debía escupir sangre y vísceras sin que les importara ni el qué dirá el espectador, ni la realidad misma.

Para eso el cine es un arte. Esa era su mantra.

Obviamente La Notte Brava no es aún la tesis de ese realismo sucio que luego trabajaría y perfeccionaría Pasolini por su cuenta.

La película es de Bolognini y sigue esa senda que fue marcada por títulos como: Giovani Mariti (1958) y La Giornata Balorda (1960). Senda que podría resumirse en el recuento de relatos sostenidos por noches caóticas, vividas por personajes caóticos que ni buscan su lugar en el mundo ni les preocupa encontrarlo.

Solo viven lo que viven sin pedir permiso o pedir perdón, pero siempre con una sonrisa en los labios.

Eso sí, indudablemente La Notte Brava es esa piedra de toque que en años posteriores tendría sus ecos en películas como À bout de Souffle de Jean-Luc Godard (1960), Los Caifanes de Juan Ibáñez (1967), Who’s Knocking at my Door? de Martin Scorsese (1967), en A Clockwork Orange de Stanley Kubrick (1971) y en la filmografía de Larry Clark.

Quizá por esa razón el propio Pasolini se decidió hacer su remake con la que sería su primer película: Accattone.

Lo mejor de este asunto: La Notte Brava no es tan difícil de encontrar.

Así que, buona caccia.

Atentamente, el Duende Callejero